CORONA DE SANGRE CAPITULO 27
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CAPITULO 27

SULAMITA

Nunca he viajado en avión. En mi mundo, las raíces están pegadas a la tierra, al asfalto de Cádiz y al salitre del mar.

La idea de estar suspendida a miles de metros de altura, rodeada únicamente por una fina capa de chapa y cristal, me aterra de una forma que no puedo explicar.

Siento que, en cualquier momento, el cielo se cansará de sostenernos y nos dejará caer como piedras.

Pero no voy a permitir que Alekséi vea mi miedo.

No después de la humillación del coche, no después de haber sentido su fuerza y su control sobre mí.

Mantengo la espalda recta, tan rígida que me duele, y la mirada clavada en la ventanilla pequeña. Mis muñecas todavía tienen la marca roja de la brida, un recordatorio físico de que ya no soy la dueña de mis movimientos.

Hasta que mis ojos caen en él. Alekséi está sentado frente a mí, ocupando el espacio con una naturalidad insultante. Me observa como siempre: tranquilo, peligroso, como un depredador que vigila a su presa herida para asegurarse de que no se desangre antes de tiempo.

—Desatarme —ordeno, levantando las muñecas. Intento que mi voz no tiemble, pero el zumbido de los motores no ayuda.

Él rueda los ojos, soltando un suspiro que parece decir que soy una molestia necesaria.

Se levanta y el avión parece encogerse bajo su estatura.

Saca una pequeña navaja de su chaqueta; el clic seco al abrirse suena como un disparo en la cabina silenciosa.

Se acerca a mí y el aire se vuelve denso.

Con una precisión de cirujano, mete la hoja entre el plástico y mi piel, rompiendo la brida con un movimiento rápido.

No se retira. Toma mi muñeca derecha con su mano grande y callosa, examinando la marca rojiza.

Su pulgar empieza a acariciar la piel lentamente, en círculos pequeños, una caricia que no es agresiva, sino algo mucho peor: es posesiva.

Siento un escalofrío que me recorre la columna, una descarga eléctrica que odio con todas mis fuerzas porque me hace sentir viva en el lugar equivocado.

Se vuelve a sentar, guardando la navaja con un movimiento fluido.

—¿Cuántas horas son de vuelo? —pregunto, moviéndome incómoda, intentando borrar el rastro de su tacto en mi piel.

—Alrededor de siete horas.

—¡¿Qué?! —se me escapa el grito. Siete horas en esta jaula de oro. Siete horas con él respirando el mismo aire que yo. El pánico empieza a arañarme la garganta por dentro.

—Tranquila —dice él, con una voz que suena genuinamente agotada—. Solo relájate y disfruta del viaje.

Su tono me irrita. Suena como si yo fuera la culpable de su cansancio, como si secuestrarme y llevarme a la otra punta del mundo fuera un trabajo agotador para él. Que se joda. Yo no pedí este destino.

Vuelve a coger mi móvil. Ver sus dedos largos y fuertes deslizándose por mi pantalla me revuelve el estómago.

Es una violación de mi intimidad. Tengo fotos con Saray riéndonos en la playa, mensajes de voz llenos de secretos, mi música, mi vida entera resumida en ese aparato.

Pero ya he aprendido que, con Alekséi Volkov, la privacidad es un lujo que no me puedo permitir.

—Alekséi, dame mi teléfono, por favor —digo, intentando usar un tono razonable, casi suplicante—. Te prometo que no hablaré con Alfredo. Lo bloquearé ahora mismo, delante de ti si quieres.

Él no me mira. Su ceño se frunce más y más a medida que desliza el dedo por los mensajes. De pronto, levanta la vista y sus ojos oscuros me clavan al asiento.

—“Sulami, te veré como sea. Iré hasta Rusia si hace falta” —lee en voz alta. Su voz suena como el trueno antes de la tormenta—. Parece que ese tal Alfredo tiene una vena suicida muy desarrollada.

Un nudo se me instala en la garganta al escuchar las palabras de Alfredo. Esfuerzo una sonrisa cínica, la máscara de la "Reina de Cádiz" que siempre me ha protegido.

—Ya se le pasará. Los chicos a esa edad son todo drama y testosterona. No significa nada.

Alekséi no sonríe. Deja el móvil sobre la mesa, justo en medio de los dos, pero mantiene su mano grande sobre él, como un recordatorio de quién tiene el control del flujo de información.

—No se le va a pasar —dice con una voz baja que me eriza el vello de los brazos—. Y tú tampoco vas a contestarle. Ni ahora, ni cuando lleguemos a Karelia, ni nunca. ¿Ha quedado claro, Sulamita?

El rugido de los motores del Gulfstream ruge de golpe con una potencia ensordecedora, haciendo que todo el interior vibre y las paredes de madera parezcan temblar.

El momento ha llegado. Siento cómo mi estómago se encoge hasta el tamaño de una nuez.

Aprieto las manos en el regazo, clavándome las uñas en las palmas.

—No soy tu prisionera —murmuro, aunque la voz me sale más pequeña de lo que desearía.

—No eres mi prisionera —responde él, inclinándose hacia delante, invadiendo mi burbuja de seguridad—.

Eres mi esposa. Eres alguien a quien debo proteger.

En Karelia estarás lejos de todo el ruido: lejos de la ambición de Kemal, lejos de los pactos de sangre de tu familia.

Allí solo estaremos tú y yo… y el silencio del bosque.

Sus palabras me provocan un frío que no tiene nada que ver con el aire acondicionado. Karelia. Me imagino un lugar de árboles negros, nieve eterna y una soledad que puede volverte loca.

—No me das miedo —miento, sosteniéndole la mirada con todo el orgullo que me queda.

Alekséi sonríe lentamente. Es una sonrisa ladeada, peligrosa y oscura que me hace sentir un calor incómodo y traicionero en el vientre.

—Deberías tenerlo —susurra—. Porque cuanto más me desafías, más ganas tengo de demostrarte por qué eres mía.

El avión acelera de golpe. La fuerza de la gravedad me empuja contra el respaldo del asiento.

Cierro los ojos con fuerza, respirando hondo por la nariz, intentando no pensar en que el suelo acaba de desaparecer bajo mis pies.

Cuando los abro, Alekséi sigue ahí, observándome.

Ya no hay burla en su rostro, solo una intensidad protectora y oscura que me hace sentir expuesta.

Pasan los minutos y el silencio se vuelve la banda sonora del vuelo.

Me giro para mirar hacia atrás y veo a Igor en su propio asiento, hablando por teléfono con alguien, gesticulando y riendo.

Se da cuenta de que le observo y me saluda con la mano, con una familiaridad que me desconcierta.

Le devuelvo el gesto con el pulgar hacia arriba, una mentira visual para ocultar que por dentro estoy tiritando.

De repente, el avión da un salto brusco. Una turbulencia. Mi corazón se detiene por un milisegundo y suelto un pequeño grito ahogado. Cierro los ojos y entierro las uñas en el cuero del reposabrazos, segura de que este es el final.

—Oye, tranquila… mírame. No tengas miedo.

Su voz ha cambiado. Ya no es el hombre que me ató las manos; ahora suena dulce, casi tierno. Escucho cómo se levanta y, antes de que pueda reaccionar, siento el asiento hundirse a mi lado. Se ha sentado conmigo.

—Ven aquí, pequeña tsygánka.

No tengo fuerzas para pelear. El miedo al vacío es superior a mi odio por él.

Me dejo arrastrar cuando me rodea con sus brazos.

Son enormes, sólidos como troncos de pino, y desprenden un calor que me resulta hipnótico.

Apoyo la cabeza en su pecho, justo encima de su corazón.

El latido es constante, fuerte, una brújula en medio de mi caos.

—No sé qué significa esa palabra… pero ahora mismo no me importa —murmuro contra la tela de su camisa cara. Huele a madera, a cuero y a algo que solo puedo describir como "hombre".

—Shh… —susurra él. Su mano sube hasta mi nuca, y sus dedos largos empiezan a masajear el cuero cabelludo, soltando la tensión de mi coleta—. Relájate. Este avión es la máquina más segura del mundo. Y yo estoy aquí. Nadie va a tocarte mientras yo respire, Sulamita. Nadie.

Sus palabras son una promesa y una advertencia a la vez. Debería indignarme, debería recordarle que él es la mayor amenaza para mi libertad, pero en este momento, con el avión meciéndose sobre las nubes, solo puedo aferrarme a él como si fuera mi única tabla de salvación.

—No te soporto —murmuro, aunque cierro los ojos y me hundo más en su abrazo.

—Lo sé —responde él, y noto la vibración de su pecho contra mi mejilla cuando ríe suavemente—. Pero ahora mismo no necesitas que te caiga bien. Solo necesitas que te sujete. Y yo necesito que estés tranquila.

El avión se estabiliza. El miedo empieza a ceder paso a un agotamiento profundo.

Me quedo así, escuchando su respiración, sintiendo la fuerza contenida de sus brazos alrededor de mí.

Es extraño. Debería sentirme asqueada, pero me siento protegida.

Es una sensación peligrosa, una grieta en mi armadura.

El sueño me vence finalmente. Me duermo con la cara pegada a su pecho, dejando que el ritmo de su corazón me arrulle.

Cuando abro los ojos de nuevo, la luz de la cabina es más tenue.

Levanto la cabeza con cuidado y veo que sigo acurrucada contra él.

Alekséi tiene los ojos cerrados y su rostro está relajado, despojado de esa máscara de mando que siempre lleva.

Observo la línea de su mandíbula y la sombra de su barba que empieza a asomar.

Es guapo de una forma brutal, casi salvaje.

Me quedo embobada un segundo de más, atrapada en la visión de este hombre en reposo.

Alekséi abre los ojos justo cuando el piloto anuncia por el intercomunicador que vamos a comenzar el descenso hacia Petrozavodsk.

—Hola, pequeña —dice con su voz ronca de sueño, una vibración que me recorre entera.

—Hola —respondo en voz baja, apartándome con rapidez, sintiendo cómo el rubor me sube a las mejillas. Me siento expuesta, como si me hubiera pillado confesando un secreto.

Me siento en mi asiento original mientras el avión desciende suavemente.

Miro por la ventanilla y el paisaje me deja sin aliento.

Karelia se despliega debajo de nosotros como un mar de esmeraldas oscuras.

Bosques infinitos de pinos y abetos, el gigantesco lago Ladoga brillando como una placa de acero pulido bajo la luz del atardecer, y una niebla blanca que se enrosca entre los árboles.

Es una belleza cruda, gótica, aterradora.

Parece el fin del mundo, o el principio de uno nuevo.

El Gulfstream toca tierra con una delicadeza asombrosa. Cuando se detiene por completo, Alekséi se levanta y me tiende la mano. La acepto sin mirarle, todavía sintiendo el fantasma de su calor en mi piel. Igor aparece en la puerta, ya con su abrigo puesto.

—Todo listo, jefe. El transporte nos espera fuera.

Bajamos la escalinata. El aire de Rusia me golpea la cara como un bofetón de hielo. Es un aire puro, seco, cargado del olor a resina y a tierra mojada. Tiritó violentamente. Un Rolls-Royce Cullinan negro, con los motores en marcha, nos espera en la pista.

—¿Estás bien? —pregunta Alekséi, notando mi temblor.

—Solo… hace mucho frío —miento, aunque el frío es real.

Sin mediar palabra, se quita la chaqueta de su traje y la coloca sobre mis hombros. Me queda enorme, casi como un abrigo, pero su calor y su perfume me envuelven instantáneamente, dándome una seguridad que no quiero admitir.

—No quiero que llegues enferma a casa —dice. La palabra suena definitiva, como una sentencia.

Subimos al coche. Esta vez no hay bridas, pero no las necesita.

El bosque se cierra sobre nosotros a medida que avanzamos por una carretera privada.

Los árboles son tan altos y densos que la luz apenas llega al suelo.

Finalmente, llegamos a la mansión. Es imponente: una construcción de madera oscura y piedra volcánica, con ventanales que miran directamente al lago Ladoga.

Parece una fortaleza elegante escondida del resto de la humanidad.

El coche se detiene. Alekséi me mira antes de bajar.

—Bienvenida a Karelia, Sulamita. Aquí nadie no puede acercarse sin que yo lo sepa. Ni Kemal, ni el pasado. Yo soy tu muro ahora.

Baja y me abre la puerta, ofreciéndome su mano para ayudarme a salir al aire gélido de la noche rusa.

Acepto su mano y, mientras caminamos hacia la entrada de mi nueva vida, solo puedo pensar en una cosa: siete horas en sus brazos han hecho más daño a mi resistencia que todas sus amenazas anteriores.

Y eso es lo que más me aterra de haber aterrizado.