CORONA DE SANGRE CAPITULO 26
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CAPITULO 26

ALEKSÉI

Después de verla salir del cuarto de baño con esa mirada esquiva y los dedos apretando el móvil como si fuera un salvavidas, estoy seguro de que algo esconde.

He pasado media vida detectando ratas y traidores en los callejones de Moscú; sé perfectamente cuándo una mujer miente y cuándo está planeando una de las suyas.

Sulamita es un libro abierto escrito en un idioma de fuego que yo apenas empiezo a descifrar.

Por eso no le quito el ojo de encima. Camino justo detrás de ella por el pasillo de la mansión, midiendo cada uno de sus pasos, escuchando su respiración agitada que intenta camuflar con altanería.

Noto cómo sus hombros se tensan cuando siente mi sombra proyectándose sobre ella, una presencia constante que no piensa darle ni un centímetro de tregua.

Sé que busca una escapatoria, que sus ojos escanean las ventanas y las puertas laterales de la casa que ha sido su reino hasta hoy.

Pero no va a escapar. No hoy. No de mí.

En la puerta principal de la mansión, la despedida es rápida y amarga, como un trago de vodka barato que se queda pegado a la garganta.

Machín y Rafa están allí, flanqueados por hombres armados que vigilan el perímetro.

El aire de Cádiz se siente pesado, cargado de una humedad que anuncia cambios.

Saray abraza a Sulamita con una fuerza que parece querer retenerla en España para siempre, susurrándole algo al oído.

Intento leer sus labios, pero Sulamita oculta el rostro en el hombro de su amiga, protegiendo sus últimos secretos.

Rafa, por su parte, se acerca a mí con paso lento.

Su mirada es una advertencia grabada en acero, la mirada de un hombre que sabe que está entregando a su sangre a un lobo.

—Cuídala, Alekséi. O iré a buscarte —me dice con voz baja, cargada de una amenaza que respeto profundamente.

Asiento una sola vez, manteniendo el contacto visual. Entre hombres que viven al filo de la ley, las palabras sobran cuando el honor está en juego.

—Estará a salvo —respondo. Y por una vez, no es solo parte del contrato. Es una promesa personal que me nace del instinto.

Machín apoya una mano en el hombro de su hija, un gesto que ella apenas tolera, manteniéndose rígida como una estatua de sal.

—Sé fuerte, Sulamita. Esto es por tu seguridad.

Ella no responde. Solo asiente con la mandíbula tan apretada que me pregunto si no se romperá los dientes antes de llegar al aeropuerto. Se aparta de todos con una dignidad que me deja sin aliento y se dirige directamente al coche.

Abro la puerta del Rolls-Royce. Ella entra y se hunde en el asiento trasero.

Yo hago lo mismo, ocupando el espacio frente a ella, cerrando la puerta con un golpe seco que sella el mundo exterior y nos deja en una burbuja de lujo y silencio.

El interior es un santuario de cuero negro, madera oscura y cristales tintados.

El motor arranca con un ronroneo potente, casi imperceptible, y el vehículo de siete cifras empieza a rodar por el camino de grava. Ahora estamos solos.

Sulamita se sienta lo más lejos posible de mí, pegada a la ventanilla, con las manos apretadas sobre las rodillas.

Su coleta alta deja al descubierto la curva de su cuello, una línea elegante que me tienta a inclinarme y reclamarla.

Aunque intenta parecer indiferente, su respiración es irregular, demasiado rápida.

Está nerviosa. Está aterrorizada, aunque prefiera morir antes que admitirlo.

—¿Vas a seguir mirándome así todo el camino? —pregunta sin girarse, con la voz afilada como un cristal roto.

—No estoy mirando —respondo con una calma que sé que la irrita—. Te estoy vigilando.

Ella suelta una risa corta y amarga, mirando su reflejo en el cristal tintado.

—Qué romántico. Mi marido ya me trata como a una prisionera antes incluso de despegar.

La palabra "marido" sale de su boca como un insulto. Me recuesto en el asiento, observándola con detenimiento. El sol de la mañana entra por la ventanilla y le ilumina el rostro, destacando la furia en sus ojos marrones. Está preciosa incluso cuando me odia. Especialmente cuando me odia.

—Prisionera es una palabra muy fea —digo en voz baja, bajando el tono para que resuene en la cabina—. Prefiero decir que te estoy protegiendo.

Sulamita gira la cabeza por fin y me clava una mirada llena de fuego y desprecio.

—Protegerme... —repite—. ¿De qué? ¿De Alfredo? ¿De mi propia vida? ¿De Kemal? ¿O de ti mismo?

No contesto inmediatamente. El coche avanza suave por las calles de Cádiz, dejando atrás las casas blancas, el mar a lo lejos, la vida que hasta ayer era su única realidad.

Sé que está pensando en ese tal Alfredo.

Sé que planeaba verlo. Y sé que ahora mismo está odiándome un poco más por haberle robado ese último adiós.

—Sulamita —digo, inclinándome ligeramente—. Si tienes algo que decir, dilo ahora. En cuanto subamos al Gulfstream, todo esto quedará atrás.

Ella traga saliva. Por un segundo sus ojos brillan con algo parecido al pánico, pero lo disimula rápido con rabia.

—No tengo nada que decirte.

—Mientes muy mal —murmuro—. Puedo oler el miedo... y también la culpa.

Sus mejillas se tiñen de un rojo tenue. Aparta la mirada, pero la tensión en el coche es casi física.

De repente, su móvil empieza a sonar. Ella mira la pantalla, frunce el ceño y cuelga sin contestar.

Vuelve a sonar. Cuelga otra vez. Y otra.

Mi paciencia, ya mermada por el viaje, empieza a agotarse. Se me está poniendo muy mala hostia.

—¿No piensas coger la llamada? —intento que mi voz suene controlada, aunque la mandíbula me duele de tanto apretarla.

—Es spam —responde seca, sin mirarme.

«Y una mierda», pienso. El silencio se vuelve insoportable.

Ella aprieta el móvil entre las manos como si fuera una granada a punto de explotar.

Yo estoy a punto de ir al dentista para que me reconstruyan los putos dientes de tan fuerte que aprieto la mandíbula.

El móvil sigue sonando. Esta vez le llegan notificaciones tras notificaciones, vibraciones que resuenan en el cuero del asiento.

En un movimiento rápido que ella no se espera, me lanzo y le arrebato el teléfono de las manos.

—¡Dame el teléfono! —grita ella, transformándose en una fiera.

La detengo con una mano en la frente, manteniéndola a distancia mientras miro la pantalla que no deja de iluminarse.

—Tu "spam" está muy nervioso porque contestes —digo en tono enfadado, sintiendo los celos y la desconfianza hervir en mi pecho.

Entonces ella me da un pisotón con toda su fuerza sobre mi zapato de piel.

Doy un pequeño grito ahogado y aflojo la mano por el impacto.

Sulamita aprovecha para lanzarse de nuevo sobre mí, pero la sujeto por la cintura con un brazo, alejando el móvil con el otro mientras el Cullinan sigue su curso ajeno a la batalla interna.

Forcejeamos. Su cuerpo se revuelve contra el mío, sus piernas se enredan con las mías en el espacio reducido.

Siento su calor, su aroma a jazmín y furia, y por un segundo, la situación es tan absurda que casi me río: un coronel de la Bratva peleando por un móvil con una gitana indomable.

—¡Devuélvemelo, ruso de mierda! —gruñe, intentando morderme el brazo.

—Cuidado, tsygánka, yo muerdo más fuerte —respondo con una risa baja, casi divertida, aunque mi pulso está a mil.

Ella logra acercarse más de lo previsto en el forcejeo.

Estamos tan cerca que el aire se acaba. Entonces, me clava los dientes en la oreja con una saña que no esperaba.

Doy un grito de dolor real y cierro los ojos.

Logro apartarla, pero en el movimiento, su pecho roza mi brazo con fuerza y noto sus pezones endurecidos bajo la camisa.

El humor desaparece de golpe. La lujuria me golpea como un mazo en el estómago.

Forcejeamos un rato más hasta que consigo inmovilizarla contra el asiento, cubriendo su cuerpo con el mío, aplastándola contra el cuero negro. Tengo sus labios tan cerca que puedo saborear su aliento agitado. Me está torturando y ella ni siquiera lo sabe. O tal vez sí lo sabe.

—Para... quita —jadeo contra su boca, tratando de recuperar el juicio.

Ella jadea contra la mía, sus ojos ardiendo de rabia y algo mucho más oscuro que el odio.

—No volverás a hablar con ese niñato de los cojones —le susurro con un esfuerzo sobrehumano—. Lo bloquearás, lo borrarás de tu puto teléfono. Estamos poniendo todo de nuestra parte para protegerte, así que... solo te pido... que pongas un poco de tu esfuerzo.

—Dame mi teléfono y me lo pensaré —responde ella, desafiante, sin ceder ni un milímetro.

Lo que ella no sabe es que mientras hablábamos yo estaba deslizando la mano hacia el hueco de la puerta, donde siempre guardo bridas de plástico para emergencias. Sin que se lo espere, le atrapo las muñecas y se las ato por encima de su cabeza. El sonido del plástico ajustándose es definitivo.

—¡Pero qué estás haciendo! —grita, revolviéndose como una loca bajo mi peso.

Me aparto de ella mientras sus ojos se convierten en una ametralladora de desprecio. Se incorpora, pero con un movimiento firme la vuelvo a colocar en el asiento de enfrente.

—Estate quietecita y no me obligues a taparte la boca —le advierto, con la voz cargada de una intención que la hace callar por un segundo.

Se me ocurren muchas formas de taparle la boca, pero las aparto de mi mente porque ya es una tortura ocultar la maldita erección que tengo.

Me duele hasta la vena de los huevos de tanto contenerme.

Me quito la chaqueta del traje de mala gana y la pongo sobre mi regazo para que ella no note mi estado.

—¡Desátame ahora mismo! —da un soplido furioso para retirar un mechón de pelo que le cae sobre el rostro.

Me encanta verla enfadada, ver cómo el fuego le recorre la piel. Pero ahora tengo que ser el guardia, no el amante.

—Te soltaré cuando esté seguro de que no te abalanzarás otra vez hacia mí —le digo molesto, llevándome la mano a la oreja. Hay sangre en mis dedos. —¡Me has hecho sangre, joder!

—Da gracias que no te la he arrancado.

—Inténtalo y veremos qué arranco yo primero, gitana —le doy una risa ladeada—. Y el móvil me lo quedo hasta llegar a Karelia.

El coche se detiene frente al aeródromo privado.

A lo lejos, el Gulfstream G700 brilla bajo el sol, imponente y frío.

La jaula con alas está lista. Salgo yo primero del coche para ayudarla a salir, estirando el brazo dentro del habitáculo para obligarla a salir despacio, pues todavía tiene las manos atadas.

—¿Puedes quitarme esto o es que me dejarás atada en todo el vuelo? —pregunta con veneno puro.

Me quedo mirándola, disfrutando de su resistencia. Antes de que pueda responder, Igor baja del coche escolta. Ve las bridas y suelta una carcajada.

—¿Estás empezando ya con los preliminares? —pregunta en ruso con malicia.

Levanto una ceja, siguiéndole el juego.

—No aguantaría ni uno de mis empellones -le contesto en ruso, y ambos reímos.

Sulamita me clava una mirada asesina y, sin previo aviso, me planta un codazo brutal en el estómago. Me doblo, soltando el aire de golpe.

—Joder... ¿pero por qué...?

—Porque sé que estás hablando de mí, gilipollas —escupe ella—. Así que delante de mí hablas en español.

—Pero si no sabes ruso... —consigo decir mientras recupero el aliento. Joder, qué fuerza tiene la cría.

—No me hace falta entender ruso para saberlo.

Subimos las escaleras del avión. El interior es un palacio de cuero crema y madera pulida.

Le señalo su asiento y ella se deja caer con la dignidad de una reina cautiva.

Me siento frente a ella, tan cerca que nuestras rodillas casi se rozan.

El silencio se vuelve denso mientras los motores empiezan a rugir.

—¿Vas a dejarme atada todo el vuelo? —vuelve a preguntar.

—Depende de ti. Si te portas bien... quizás te las quite cuando estemos en el aire.

Ella suelta una risa amarga.

—¿Portarme bien? ¿Como un perro? ¿Eso es lo que esperas de tu esposa?

La palabra queda vibrando en el aire. Me recuesto en el asiento, saboreándola.

—Mi esposa... —repito despacio—. Todavía no te has dado cuenta, ¿verdad? Esto ya no es una tapadera para tu padre. Esto ya es real. Y cuanto antes lo aceptes, menos doloroso será para ti.

Sulamita levanta la barbilla.

—¿Real? Mi padre te mataría si te escuchara. Te recuerdo que me doblas la edad.

Me inclino hacia ella, mi voz es un susurro ronco que compite con el ruido de los motores.

—Tu padre me salvó la vida. Y yo le debo protegerte. La edad solo es un número cuando se trata de mantenerte viva. Y sí... esto ya es real. Aunque todavía te cueste aceptarlo.

El avión empieza a correr por la pista. Sulamita mira por la ventana cómo el suelo de su tierra desaparece bajo nosotros.

Tiene las manos atadas y la mirada llena de un odio que me resulta adictivo.

Yo me quedo mirándola, sabiendo que el viaje a Karelia no es solo un traslado, es el inicio de una guerra que estoy deseando pelear.