CORONA DE SANGRE CAPITULO 25
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CAPITULO 25

SULAMITA

Siento el aire suave del ventilador de techo girando con un zumbido hipnótico. Por un segundo, al abrir los ojos, todo parece normal. La luz de Cádiz entra por las rendijas de la persiana, cálida y familiar. Gracias a Dios, todo está tranquilo...

—¡¡No, no te comas mi chocolate!! —Saray se incorpora de golpe en la cama, gritando al vacío, y yo pego un salto que casi me saca el corazón por la boca.

—Tú y tus malditas pesadillas —la fulmino con la mirada, apretando las sábanas contra mi pecho—.

¿Otra vez la pesadilla del enano comiéndose tu última tableta de chocolate negro?

—Me giro al otro lado, resoplando—. Ojalá el enano te viole de una vez en el sueño y dejes de dar por saco a los demás, que son las siete de la mañana.

—¡¡Oye!! —me da un empujoncito indignada y no puedo evitar reír por lo bajo—. No dirías eso si un montón de avispas se posaran en tus helados de caramelo salado... bo-ni-ta.

Nos quedamos un momento en silencio, recuperando el aliento, hasta que mi móvil empieza a vibrar sobre la mesilla. Lo ignoro. No quiero hablar con nadie. No quiero que el mundo exterior entre en este cuarto todavía. Saray se inclina, cotilla por naturaleza, para ver la pantalla.

—Creo que deberías cogerlo.

—Ni muerta. Seguro que es mi padre para decirme que baje a desayunar, y no pienso levantarme. Si me quedo en esta cama, el tiempo no pasa. Si no me levanto, no me voy a Rusia.

—Sulami... creo que no es tu padre. Es Alfredo.

El nombre cae como una piedra en un pozo. Me incorporo de golpe, apartándome los mechones de pelo que se me pegan a la cara por el sudor frío de la noche.

—¿Alfredo? Le dije ayer que no insistiera más. Que se había acabado.

—¿Hablaste con él ayer y no me dijiste nada? -Saray abre los ojos como platos.

—Perdona, estaba un poco ocupada en una boda forzada —le espeto con sarcasmo antes de suavizar el tono—. Luego te cuento. Pásame eso.

Cojo la llamada con un nudo en la garganta.

—Alfredo... ayer te lo dejé claro. No insistas, por favor. Es peor para los dos.

—Vaya... ¿Ni un buenos días? —Su voz suena cansada, rota—. Sé que te marchas hoy. Todo el barrio lo sabe ya.

Trago saliva. Escuchar la confirmación de mi partida de boca de alguien que no sea un mafioso hace que la realidad me golpee los dientes.

—Sí. Me marcho. Seguramente tarde, después de cenar... —miento para ganar tiempo, para sentir que aún me quedan horas de libertad.

—Lo sé. Por eso te llamo. Me gustaría verte por última vez. Solo cinco minutos. En el árbol de siempre. No puedo dejar que te cruces el mapa sin despedirme de ti como Dios manda. Por favor, Suli...

Miro a Saray. Ella intenta pegar la oreja al auricular, nerviosa. Miro la habitación que ha sido mi refugio toda la vida. Si me voy ahora, ¿cuándo volveré a ver a alguien que me quiera por quién soy y no por mi apellido?

—Vale. En dos horas. En el árbol. No faltes.

Cuelgo y el silencio de la habitación se vuelve opresivo. Saray se pasa las manos por la cara, aterrorizada.

—Suli... eso es una locura. Estás jugando con fuego. Alekséi no es un novio celoso normal, es un lobo. Si se entera de que te vas a ver con tu ex dos horas antes de volar... nos mata a las dos. Ahora legalmente eres su mujer.

Le pongo una mano en el hombro, intentando transmitir una seguridad que no tengo.

—No se enterará. He salido de esta casa mil veces sin que nadie me vea. Ahora me las apañaré.

Me levanto y me visto rápido. Me pongo las mallas negras, la camisa corta negra de Off-White y mis botas negras de combate. Me recojo el pelo en una coleta tirante, alta, como si me preparara para una batalla. Al mirarme en el espejo, ya no veo a la novia de anoche. Veo a la fugitiva.

Bajamos a la cocina y el olor a café y tostadas me revuelve el estómago. Allí están ellos: la santísima trinidad del control. Mi padre, Rafa y Alekséi, sentados alrededor de la isla de mármol. El silencio es tan espeso que se podría cortar con un cuchillo de carnicero.

—Buenos días —digo con desgana, evitando las miradas que sé que me están perforando desde que puse un pie en la sala.

Saray se sienta junto a Alekséi, tratando de disimular. Yo me quedo de pie, sintiendo el peso de la mirada del ruso sobre mí. No parpadea. Es como un radar que detecta mentiras.

—Siéntate, Sulamita. Tenemos que hablar del viaje —dice mi padre con ese tono de "negocios" que tanto odio.

—No tengo hambre —empujo el plato de fruta que Saray me acerca.

—Come —ordena mi padre—. El viaje es largo.

Pero antes de que pueda pinchar un trozo de piña, mi padre mira a Alekséi y suelta la bomba.

—He estado hablando con los hombres. Kemal está moviendo fichas en el puerto. No vamos a esperar a la noche. El avión privado está listo en el aeródromo. Saldréis inmediatamente después del desayuno. En treinta minutos.

El mundo se detiene. El aire se escapa de mis pulmones.

—¿Ahora? —mi voz suena pequeña, asustada.

Alekséi asiente, su mandíbula marcada moviéndose apenas.

—No quiero riesgos innecesarios. Cuanto antes estés en territorio Volkov, más segura estarás.

Saray me aprieta la rodilla por debajo de la mesa. Sus dedos tiemblan. Treinta minutos. No son las dos horas que Alfredo esperaba. El pánico me sube por la garganta como ácido. Rafa me mira con sospecha, entrecerrando los ojos.

—¿Estás bien, Suli? Parece que hayas visto un muerto.

—No, no estoy bien —estallo, levantándome de la silla con tanta fuerza que casi la vuelco—. Me estáis arrancando de mi vida como si fuera un trozo de carne. ¡Ni siquiera me dejáis terminar de despertar!

Me doy la vuelta y camino hacia el baño del pasillo a zancadas. Cierro con pestillo y saco el móvil con dedos torpes.

«El viaje se adelanta. Salimos ya. No puedo ir al árbol. Lo siento, Alfredo. Adiós.»

Envío el mensaje y me apoyo en el lavabo, jadeando. Siento que las paredes se cierran sobre mí. Esto es todo. El fin de mi libertad. El fin de mi vida en Cádiz.

Cuando abro la puerta para salir, el corazón se me para.

Alekséi está allí. No se ha movido del pasillo. Está apoyado contra la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho ancho, bloqueando el camino. Su mirada es una hoja de afeitar, fría y afilada.

—¿Todo bien? —su voz es un murmullo ronco que vibra en el pasillo estrecho.

Trago saliva, tratando de recomponer mi máscara de orgullo.

—Perfecto. Solo me ha sentado mal el café.

Él da un paso hacia delante. Solo uno, pero es suficiente para que su sombra me cubra por completo. Huele a tabaco caro, a madera y a ese peligro que parece emanar de sus poros. Se inclina hacia mí, invadiendo mi espacio vital hasta que su aliento roza mi frente.

—No me mientas, Sulamita —susurra, y su voz tiene un filo letal—. Puedo oler el miedo y la culpa desde aquí. ¿Qué estabas haciendo ahí dentro con tanta urgencia?

No respondo. Me quedo rígida, con el corazón golpeando mis costillas como un pájaro enjaulado. Lo miro fijamente desafiante, aunque por dentro me estoy desmoronando. Él baja la vista hacia mi mano, donde todavía aprieto el móvil con fuerza.

—En mi mundo, los secretos matan —dice, y por un segundo, su mano se mueve como si fuera a quitarme el teléfono, pero se detiene a milímetros de mi brazo—. No hagas que empiece este viaje perdiendo la paciencia contigo.

Me quedo sin aliento. La certeza de que estoy atrapada con un hombre que puede leer mis silencios me aterra más que el exilio en Rusia. Y lo peor es que, a pesar del miedo, mi cuerpo traidor reacciona a su cercanía con una descarga eléctrica que odio.