CORONA DE SANGRE CAPITULO 24
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CAPITULO 24

SULAMITA

—¿Estás bien?

La voz de Saray me llega amortiguada, como si mis oídos estuvieran llenos de arena.

Paso por su lado en el pasillo de la mansión con la respiración entrecortada.

Siento que el corsé del vestido de novia, que antes me hacía sentir poderosa, ahora me está asfixiando, aplastando mis costillas contra los pulmones en un intento de borrarme.

—Sí, solo tengo que ir... a refrescarme —es lo único que consigo articular. Mis cuerdas vocales están tan tensas que mi voz suena como la de una desconocida, ronca y rota.

Saray me sigue sin dudarlo. El eco de sus tacones sobre el suelo de mármol resuena como disparos en el pasillo desierto.

Intento controlar la rabia y la impotencia que me queman por dentro.

Ese baile... ese maldito baile con Alekséi ha despertado algo en mí que no sé nombrar, un nudo eléctrico que se me ha instalado en la boca del estómago y no me deja vivir.

Él no parpadeó. En todo el tiempo que estuve girando a su alrededor, bajo la guitarra frenética de Rafa y la flauta de Yeray, sus ojos como el hielo no me soltaron ni un segundo.

Su mirada estaba lista para devorarme entera.

Tuve que apartar el rostro cuando sentí que sus manos, grandes y callosas, casi me rozaban la piel.

No pude evitar verlo de cerca, con una nitidez que me asusta: su espalda ancha que parecía a punto de reventar las costuras del traje negro, los músculos de sus hombros moviéndose bajo la seda, su altura intimidante y esa mandíbula que parece tallada en granito. Y sus labios...

Tierra, trágame viva.

Porque si esto es lo que siento por el hombre que me ha utilizado, prefiero estar muerta antes que cruzar esa frontera.

Sigo caminando, sujetando los metros de encaje y seda con ambas manos para no tropezar.

Empujo la puerta del baño de invitados y entro de golpe.

Saray entra detrás y echa el pestillo con un clic metálico que suena a sentencia de muerte.

Se gira y me mira. Sé lo que ve: una novia deshecha, con la respiración descontrolada, los ojos brillantes de una fiebre que no es física y las manos temblando como hojas al viento.

—Suli, por Dios... respira —dice Saray, acercándose con las manos extendidas, como si intentara calmar a un animal herido.

—No puedo —susurro, caminando de un lado a otro del reducido espacio—.

Esto es real, Saray. Mañana un avión me llevará a un país de nieve, y ni siquiera puedo ir a despedirme de mi madre.

Mi padre me trata como a una mercancía que hay que exportar y él...

él me mira como si fuera su presa, esperando el momento exacto para cerrarme las fauces.

Alguien golpea la puerta del baño. El sonido me dispara la adrenalina.

—¡Ocupado, joder! ¡Id a cagar a otra parte o juro que salgo y os mato! —grito con toda la furia que tengo acumulada, mi voz quebrandose al final. Los pasos se alejan rápido. Nadie vuelve a intentar entrar.

Me apoyo en el lavabo de porcelana, mirando mi reflejo. El maquillaje está intacto, una máscara perfecta de belleza y orgullo, pero mis ojos están hinchados, conteniendo una marea negra que amenaza con desbordarse.

—No tengo muchos recuerdos de ella —digo con la voz rota, mirando a Saray a través del espejo—.

Era muy pequeña cuando murió. Pero recuerdo su calor.

Recuerdo cuando me contaba historias antes de dormir y yo me acurrucaba en su costado, sintiendo que nada malo podía pasarme.

Eso es lo único que quiero ahora, Saray.

Ese calor. Y no puedo marcharme a rusia sin decirle adiós una última vez.

No puedo dejarla allí sola, entre los muertos de Cádiz, sin prometerle que volveré a por ella.

Saray me sujeta las manos. Su tacto es lo único real en esta casa llena de mentiras.

—Vale... eso harás. Me quedaré esta noche en tu cuarto y te cubriré las espaldas. Pero cálmate, Suli. Si Alekséi o tu padre te ven así, no te quitarán la vista de encima. Tienes que salir ahí fuera y actuar como si todo esto te resbalara. Como si el ruso no te importara una mierda. ¿Entendido?

Cojo aire, llenando mis pulmones de forma consciente. Asiento. Saray me retoca el pelo, aplica un gloss transparente sobre mis labios y me obliga a mirarme de nuevo.

—Eres una Machín. Tienes sangre de reyes y fuego en las venas. Sal ahí y demuéstrales que nadie te dobla.

Salimos al pasillo con la cabeza alta. La fiesta está muriendo.

El murmullo de los invitados llega desde el jardín como el eco de un sueño lejano.

Al entrar de nuevo al salón, lo veo. Alekséi está en un rincón con mi padre.

No hay cámaras, no hay música para ellos.

Sus rostros son de piedra. Están cerrando los últimos flecos de mi venta: rutas de escape, logística en Rusia, seguridad.

Me miran al verme entrar. Nuestros ojos chocan como dos trozos de pedernal, sacando chispas en la penumbra.

Soy yo quien aparta la mirada primero, pero con un desprecio que espero que le escueza en el alma.

Pasan las horas. Los invitados se marchan con sus "felicidades" vacías y sus abrazos de plástico. Al final, el silencio cae sobre la mansión como una losa de cemento. Quedamos solo nosotros. Los protagonistas de la farsa.

—Ya que todo ha acabado... Saray y yo nos vamos a mi cuarto a descansar. Mañana es un día largo —digo sin mirar a nadie. Paso por el lado de Alekséi, sintiendo el calor posesivo que desprende su cuerpo, pero no me detengo.

Subimos las escaleras en silencio. En cuanto cerramos la puerta del dormitorio y echo el pestillo, la contención explota.

Me agarro al escote del vestido con ambas manos. La seda y el encaje blanco, que antes me hacían sentir como una reina, ahora son una jaula asfixiante que me quema la piel.

—¡A la mierda! —grito, y tiro con todas mis fuerzas hacia abajo.

El sonido de la tela rasgándose es un latigazo seco en el silencio de la habitación.

Escucho cómo las perlas y los cristales que costaron miles de euros salen despedidos, rebotando contra el suelo de madera como balas perdidas.

No hay delicadeza. El encaje se rompe bajo la presión de mis uñas, las costuras ceden con quejidos agónicos.

Tiro de la cola del vestido, desgarrando metros de tul con una rabia animal, una furia ciega contra el mundo, contra mi padre, contra Kemal, y sobre todo, contra Alekséi Volkov.

—¡No soy suya! —bramo, mientras el vestido cae a mis pies, reducido a un montón de trapos destrozados. Mis manos tiemblan, rojas por el esfuerzo y por la fricción de la tela dura. Mis uñas se han roto en la batalla.

Me quedo en ropa interior, jadeando, mirando el cadáver blanco de mi sumisión en el suelo.

—Voy a quemar esta mierda —gruño, pisoteando el encaje—. No quiero que quede rastro de hoy. No quiero que este vestido me recuerde nunca el día de fingir una boda.

Saray me ayuda a cambiarme en silencio. Sabe que no hay palabras que puedan calmar esta tormenta.

Me pongo mis mallas negras, mi camiseta negra y me calzo mis Balenciaga.

Mi ropa de siempre me devuelve algo de la identidad que el vestido de novia me robó.

Saray prepara la cama con cojines para simular que estamos allí durmiendo.

Salgo por la ventana. El aire de la madrugada en Cádiz es húmedo y huele a salitre.

Bajo por la escalera oculta entre las ramas del árbol, mis movimientos son felinos, entrenados en años de escapadas nocturnas.

Miro hacia la ventana de Alekséi. Está apagada.

Cruzo el jardín y salgo por el callejón trasero.

Camino rápido. Las calles estrechas de Cádiz son laberintos de sombras a esta hora. Llego al cementerio. El viejo guardia me abre la reja sin preguntar, con una mirada llena de lástima. Sabe que hay despedidas que no entienden de horarios.

La grava cruje bajo mis Balenciaga, un sonido rítmico en medio de la muerte. Llego a la lápida de mármol blanco. Mis dedos recorren las letras doradas de su nombre.

—Mamá... —mi voz se quiebra instantáneamente. Me derrumbo. Me arrodillo sobre la tierra fría y abrazo el mármol como si fuera su cuerpo. El frío del mármol atraviesa mis mallas, pero es el único consuelo que tengo.

—No sé cómo hacer esto, mamá... me llevan lejos. Me llevan a un país donde el sol no calienta, con un hombre que me mira como si fuera su propiedad. ¿Por qué tienen que decidir siempre por mi? Solo quiero decidir yo misma un amor de verdad, mamá. Uno como el que tú tenías.

El dolor se me clava tan profundo en el pecho que siento que me falta el aire. Cierro los ojos y me abrazo más fuerte al mármol frío, dejando que mis sollozos manchen la piedra.

—Perdóname, mamá. Perdóname por haber crecido sin ti.

Perdóname por no recordar el sonido exacto de tu risa, por no tener más historias tuyas que contar.

Te necesito tanto... y ahora me arrancan de aquí, me arrancan de ti.

¿Quién te traerá flores? ¿Quién te hablará en voz baja para que no te sientas sola?

No es justo que te hayas ido tan pronto.

No es justo que tenga que fingir que estoy bien cuando por dentro me estoy muriendo.

Me quedo allí una hora eterna, vaciándome de lágrimas y de miedos sobre su tumba. Cuando me levanto, me siento vacía, pero más ligera. He dicho adiós. He cumplido con la sangre.

Regreso a la mansión con el corazón en un puño. Subo por el árbol, entro por la ventana y veo a Saray roncando plácidamente. Sonrío con una tristeza infinita. Me quito las deportivas y me meto en la cama a su lado, buscando su calor humano antes del frío eterno.

Mañana veré la nieve por primera vez.

Mañana seré, legalmente, la mujer de un ruso.

Pero esta noche, he sido solo Sulamita, la niña que echa de menos a su madre.

Y mientras cierro los ojos, solo una imagen me persigue: los ojos de Alekséi en el baile, prometiéndome un infierno del que me costará escapar.