CAPITULO 23
SULAMITA
Nos encontramos sentados en la mesa presidencial, bajo el peso de un banquete que se siente más como una última cena que como una celebración.
Platos de porcelana fina se amontonan frente a nosotros con manjares que nadie toca con verdadero apetito.
Alekséi está a mi lado, tan rígido y serio que parece que este matrimonio ha sido una condena impuesta por mí y no la farsa que él mismo orquestó.
Su mirada no descansa. Es una cámara de vigilancia humana que escanea cada esquina del jardín, cada rostro de mis primos, cada mano que se mueve con demasiada rapidez hacia una copa o un bolsillo interior.
¿Qué está buscando con tanta insistencia?
¿Es esa su naturaleza, vivir siempre en una paranoia constante?
¿O es que hoy, con el peso de este anillo de platino quemándome la piel, soy capaz de ver la oscuridad que lo habita con más claridad?
Vuelvo a mirarlo de reojo y el recuerdo del beso en la frente me recorre la espalda como un latigazo.
Mi cuerpo todavía está tenso, reaccionando a su cercanía de una forma que odio.
Agacho la mirada hacia mi plato: un trozo de cordero asado con patatas panaderas que exhala un vapor que se me antoja asfixiante.
Se me revuelve el estómago. No puedo comer.
Siento la garganta tan cerrada que ni siquiera puedo tragar mi propia saliva.
En ese momento, mi prima Ana se acerca. Lleva un vestido ajustado y esa sonrisa suya que siempre parece esconder una segunda intención, un filo de envidia que nunca ha sabido ocultar bien.
—Felicidades, prima —dice, inclinándose para darme dos besos que apenas rozan mis mejillas—. Sabía que había algo entre vosotros cuando nos lo presentaste en la boda de mi hermano. Por poco os matáis con las miradas... o por poco os devoráis.
Se ríe con una malicia que me hace apretar los cubiertos. Está claro que Ana no tiene ni la más remota idea de lo que es esto. Para ella, me he llevado al "premio gordo", al ruso guapo y poderoso. Se da la vuelta con un contoneo exagerado, dejándome con un nudo de bilis en la garganta.
El miedo me golpea de repente, como una ola de agua helada en pleno invierno.
Miedo a que esta farsa sea una mancha indeleble.
Mi reputación, mi futuro, mis propias decisiones con quién quiero estar y quien no...
¿Quedará todo arruinado por este contrato?
Si esto se sale de control, el mundo pensará que yo quise esto.
Y aunque me molesten algunas leyes se que está decisión podría mancharme de por vida.
Pensarán que Sulamita Machín se entregó voluntariamente a un lobo de la Bratva...
Tranquila, Sulamita. Respira. Intento calmar el ritmo de mi corazón.
Me obligo a mirarlo de nuevo, esta vez con el frío análisis de quien estudia a un enemigo.
Me fijo en la vena que resalta en su cuello, marcando el pulso de su furia contenida.
Subo la mirada hacia su mandíbula, tan tensa que parece que va a estallar, y por un segundo me quedo embobada.
"Madre mía... pero qué hombre", pienso antes de poder filtrarlo.
Sacudo la cabeza con violencia y me pongo recta.
Venga ya, Sulami, ¿qué coño te pasa? Sí, es guapo de una forma pecaminosa, el muy gilipollas está para dejar que te devore en un rincón oscuro, pero se cree que tiene derecho a decidir mi destino como si fuera un mueble.
Tengo que recordarle que el fuego de una gitana no se apaga con hielo ruso.
La gente empieza a levantarse. Los camareros retiran las mesas con una eficiencia silenciosa que me pone los pelos de punta.
Es la hora. El baile de los novios. El círculo que se abre para que el mundo nos vea "querernos".
Mi hermano Rafa se acerca con esa sonrisa de medio lado que dice que esto va a ser el espectáculo del año, pero esta vez, trae su guitarra española colgando del hombro.
Se coloca en el corro con Yeray y los demás. Rafa no va a mirar; Rafa va a tocar.
—Vamos dentro del corro —dice Rafa, empujándonos suavemente.
—No pienso bailar —susurra Alekséi. Su voz es un gruñido bajo mientras me agarra la mano. Su tacto es abrasador, posesivo, y su pulgar roza el interior de mi muñeca "sin querer". Ese roce es una corriente eléctrica que baja por mi brazo y estalla en mi bajo vientre.
—¿No quieres bailar? Pues te jodes y apechugas, marido —le respondo con la misma intensidad, sintiendo cómo mi pulso golpea contra su dedo.
Me aprieta la mano, molesto, mientras entramos al centro del corro.
Mi familia rodea el espacio. Rafa acaricia las cuerdas de su guitarra, dándonos el tono, una nota baja y vibrante que parece una advertencia.
Yeray levanta su flauta. Alekséi está ahí, inmóvil, mirándome como si fuera una pieza de ajedrez que no sabe cómo mover.
—No pienso bailar —repite, y su aliento roza mi oreja como humo caliente.
—Tranquilo —suspiro, soltándome de su agarre con un movimiento brusco—. No te muevas. Yo bailaré por los dos. Tú solo observa... si es que puedes aguantarme la mirada.
Rafa rompe el silencio con el primer rasgueo de su guitarra.
No es un acorde alegre; es una queja, un grito que sale de la madera.
Toca con una fuerza brutal, sus dedos volando sobre las cuerdas con una velocidad que corta el aire.
Al instante, Yeray se une con la flauta, su nota larga y grave introduciéndose como una serpiente venenosa entre los acordes de Rafa.
Es una música de sangre y luna, la banda sonora de mi orgullo gitano contra el mundo.
Empiezo a moverme.
Mi furia se filtra en cada zapateo que hace retumbar el suelo.
Rafa lee cada uno de mis movimientos y contesta con un acorde más agresivo, dándome el ritmo de mi propia rabia.
Bailo alrededor de Alekséi como una tigresa rodeando a una presa que sabe que no puede escapar.
Mi cadera se mueve con una ondulación que es una provocación directa a su control.
Rafa golpea la caja de la guitarra con la mano, un clack seco que puntúa mi giro violento.
Giro sobre mí misma, rápido, y quedo justo frente a él.
A un centímetro. Tan cerca que puedo oler el tabaco y el miedo en su piel.
Yeray baja el tono de la flauta a un susurro casi inaudible, pero Rafa intensifica el rasgueo de su guitarra, un trémolo rápido que hace que el aire vibre entre nosotros.
Mis ojos están clavados en los suyos. Mi respiración es un jadeo rítmico que hace que el encaje del vestido roce mis pezones, endurecidos por la adrenalina y la tensión eléctrica que Rafa y Yeray están alimentando.
Rafa lanza un arpegio rápido y yo doy otro giro, mi pelo desarmado golpeando mi propia cara.
El vestido de encaje se ajusta a mi cuerpo, una segunda piel que Alekséi devora con la mirada.
Me acerco más, mi pecho subiendo y bajando.
Rafa golpea de nuevo la guitarra, un sonido que parece un disparo.
Giro violento, furioso, y quedo a un paso, de espaldas a él, pero con la cabeza girada para sostenerle la mirada.
Él no se mueve. Está petrificado. Pero veo la gota de sudor que corre por su sien.
Veo cómo sus manos se cierran en puños a los costados.
Rafa empieza a tocar el ritmo del jaleo, rápido, frenético, incitando a mi sangre.
Yeray eleva el tono de la flauta a un grito de guerra.
No respiramos. El mundo se ha reducido a este centímetro de aire que nos separa y a la música que nos une en este duelo de honor.
Siento que mi propio fuego me va a consumir si no lo toco, o si no lo mato ahora mismo, y la guitarra de mi hermano parece estar de acuerdo con cada nota desgarradora.
ALEKSÉI
Parece que el tiempo se ha detenido dentro de este círculo de gitanos y guitarras, y joder, el español toca como si tuviera al mismo diablo metido en los dedos.
Rafa está usando esa guitarra no para acompañar, sino para afilar el ataque de Sulamita hacia mí.
Cada nota es una bala de fogueo que me golpea directo en el control.
Su baile es una declaración de guerra. Cada movimiento de sus caderas, cada giro violento de sus muñecas, es un insulto y una provocación que Rafa amplifica con un rasgueo brutal.
Me cabrea su desafío, pero me hechiza su fuerza animal.
Recuerdo la canción que cantó: “yo solo te bailo a ti”.
Maldita sea. Pienso tatuarme esa frase en el pecho solo para recordarle que ahora me pertenece.
Cuando queda justo a un paso de mí, su calor me golpea la cara.
Rafa golpea la caja de la guitarra con un clack seco que puntúa la tensión.
Mi mano se levanta sola, impulsada por un hambre que no puedo controlar.
Quiero tocarla. Joder, necesito sentir si su piel quema tanto como sus ojos.
Pero antes de que mis dedos rocen su mejilla, Rafa lanza un arpegio rápido y ella se aparta con un giro eléctrico, burlándose de mi debilidad con una sonrisa de victoria.
Aprieto el puño y lo bajo, mirando de reojo. Control, Alekséi. Control.
La música de Rafa y Yeray sigue latiendo, frenética, profunda, como un corazón que se acelera antes de un infarto.
Ella no para. Vuelve a acercarse, su vestido blanco empapado en sudor marcando la línea de sus pechos con cada respiración jadeante.
Sus caderas se mueven en círculos lentos, hipnóticos, al ritmo que su hermano le marca.
Su aroma es una droga: violetas, sudor y rabia pura. Es intoxicante.
Me rodea de nuevo. Rafa toca un punteo rápido, incitándola a más.
Sus ojos son dos pozos en llamas. "Mírame, pero no me toques", parecen decir.
Pero su cuerpo me está gritando otra cosa.
Rafa golpea de nuevo la guitarra con fuerza y ella se inclina hacia mí, su pecho subiendo y bajando tan cerca que siento el roce casi inexistente del encaje contra mi camisa de seda.
Si me muevo, la agarro. Y si la agarro, no respondo de mis actos delante de su familia, aunque su hermano esté ahí dándonos la banda sonora de nuestra propia destrucción.
Ella da un último giro frenético. Su mano roza mi brazo por accidente —o queriendo— y el contacto es un chispazo que me recorre la columna y se aloja con violencia bajo mis pantalones, justo en mi polla, que se tensa y duele contra la tela del traje en una erección salvaje que no puedo ocultar.
Sus labios rojos, húmedos y entreabiertos, brillan bajo las luces del salon mientras jadea, restregando su victoria en mi cara.
Rafa termina el baile con un rasgueo final, brutal y seco, que deja el aire vibrando.
Yeray lanza la última nota de flauta como un suspiro final.
Por primera vez, siento que el hielo de los Volkov se está evaporando. El fuego que ella trae no quiere matarme; quiere consumirme hasta que no quede nada de mí.
La música se detiene de golpe.
Sulamita se queda inmóvil, con el pelo cubriéndole la cara, jadeando. Me mira un segundo más con esa furia indomable y luego aparta la mirada como si yo fuera el mismo diablo. Esta cría me va a matar y ni siquiera se ha dado cuenta del poder que tiene. Y eso me pone de una mala leche insoportable.
Caminamos fuera del corro, cada uno por su lado. Los aplausos suenan falsos, las copas chocan sin alegría. Nadie sabe que el anillo que lleva en el dedo es una cadena que nos asfixia a los dos. Necesito un cigarro. Ahora mismo.
Paso junto a Igor, que vigila desde las sombras.
—Voy a salir —le digo, mi voz es un hilo de acero—. Vigila que nadie se acerque a ella. Solo su familia.
Él asiente y se mueve hacia Sulamita. Yo atravieso el jardín hasta la zona oscura, donde el ruido de la fiesta es solo un eco lejano.
Enciendo el cigarro. Aspiro el humo con desesperación, cerrando los ojos. El aire de Cádiz es pegajoso, pero el humo me alivia la tensión acumulada.
—Hijo, ¿qué haces aquí solo?
La voz de mi madre me hace tensarme. Me doy la vuelta, forzando una sonrisa que no siento.
—Mamá... ya sabes que no me gustan las multitudes hay demasiado ruido.
Ella se acerca y me acaricia el rostro con esa ternura que siempre me ha desarmado.
—Tranquilo, Alekséi. Todo se solucionará. Estoy tan feliz por ti... Sulamita es preciosa. Se nota que los dos lo habéis decidido de corazón.
Sus palabras son como puñaladas. No sabe nada de la farsa. Para ella, esto es el sueño cumplido de ver a su hijo formar una familia. Siento un nudo de culpa que me oprime los pulmones.
—No sé, mamá... —respondo, y la verdad se me escapa por las grietas de mi fachada—. Ella me odia. Y si se enterara de la verdad, me odiaría mucho más.
—¿Qué verdad, hijo? ¿Qué puede ser tan grave?
Niego con la cabeza, arrepintiéndome al instante.
—Nada importante. Cosas del pasado. Solo... Necesito aíre.
Paso por su lado para volver a la fiesta, pero ella me agarra del brazo con suavidad.
—Alekséi. No la lastimes. Dale tiempo. El amor siempre encuentra su camino.
Asiento en silencio, con el pecho cerrado.
Mi madre cree que esto es amor, cuando en realidad es una deuda de sangre y una posesión egoísta.
No voy a tocarla. No voy a romper la línea del contrato.
Pero joder... si sigue bailándome así, si sigue mirándome con ese fuego, y si su hermano sigue dándole el ritmo de su propia sangre con esa guitarra endemoniada, no sé cuánto tiempo podré seguir siendo el protector que ella necesita y no el monstruo que desea reclamarla.
Esa mentira cada vez pesa más, y la mentira apenas acaba de empezar.