CAPITULO 22
ALEKSÉI
Todo está preparado para la gran farsa, pero el aire huele a pólvora antes de que se dispare la primera bala.
Los pocos invitados que Machín ha permitido —la élite de su clan, hombres que han jurado lealtad sobre la sangre y el honor gitano— empiezan a llegar a la mansión con una puntualidad fúnebre.
Coches negros con cristales tintados se detienen en silencio absoluto sobre la grava del jardín trasero, como una procesión de sombras.
Los hombres que bajan de ellos no traen sonrisas de felicitación; traen miradas que escanean el perímetro, manos que se ajustan las chaquetas para ocultar el metal de sus armas y una tensión que se puede palpar en el ambiente.
La boda se celebrará aquí, a puerta cerrada.
No es un evento social; es un pacto de guerra sellado con flores blancas.
Han montado un altar bajo un arco de hierro forjado que parece más una jaula que un adorno.
El cura, un hombre mayor que ha visto demasiados pecados como para escandalizarse por este, espera en silencio con la Biblia en las manos, pagado generosamente por su amnesia selectiva.
Yo me encuentro en el despacho de Machín, solo.
Necesito este minuto de aislamiento antes de salir ahí fuera a representar el papel de mi vida.
Me miro en el espejo de cuerpo entero. El traje de gala de los Volkov me queda impecable, resaltando la anchura de mis hombros y la frialdad de mi rostro, pero me siento como si llevara una armadura demasiado estrecha.
Intento mantenerme cuerdo, centrando mi mente en la estrategia puramente militar.
Repito mi mantra personal como si fuera una oración para no condenarme: Protección, no posesión.
Deuda, no deseo. Pero la mentira me pesa en los hombros más que el propio tejido de lana fina.
Tok, tok.
—Adelante —digo, y mi voz suena como el roce de dos lápidas de mármol.
Entra Igor, mi sombra, el hombre que ha limpiado mi sangre de las aceras y de mi sótano de Moscú. Trae un paquete pequeño envuelto en un papel marrón ordinario, pero la forma en que lo sostiene, lejos de su cuerpo, me dice que algo va terriblemente mal.
—Señor Alekséi... —Igor suena tenso, sus ojos saltando hacia la puerta cerrada—. Acaba de llegar esto para la señorita Sulamita. El guardia del portón norte dice que alguien lo dejó en el buzón de seguridad hace menos de diez minutos. No hay remitente. No hay sello. Nada.
Hago un gesto seco con los dedos. Igor deposita el paquete sobre el escritorio de roble. Saca su navaja táctica y rasga el papel con una precisión que delata su nerviosismo. Abre la caja de cartón.
Al instante, Igor da un paso atrás, llevándose la mano a la boca con una mueca de asco profundo. Yo, en cambio, me acerco. He visto cosas mucho peores en los sótanos de la Bratva, pero esto es distinto. Esto es personal.
Dentro de la caja descansa una rata muerta.
Está hinchada por el rigor mortis, con los ojos vidriosos y abiertos, apuntando directamente al techo como si fuera un testigo silencioso de nuestra desgracia.
Al lado del animal, hay una nota doblada con una pulcritud que me revuelve las entrañas.
Cojo el papel. No me tiembla la mano, pero siento cómo la sangre se me congela, convirtiéndose en cristales de hielo que me cortan por dentro.
"Hola, Alekséi. Mataste a una de mis ratas en el puerto, pero tengo muchas más ocultas entre vosotros, respirando vuestro mismo aire. Solo espero el momento perfecto para obtener lo que es mío por derecho y que no comparto con nadie."
Mis nudillos se vuelven blancos mientras arrugo el papel. Pero es la posdata lo que me hace querer quemar el mundo entero.
"Posdata: Está preciosa vestida de novia. El encaje resalta ese orgullo que pronto le voy a arrancar."
Aprieto la mandíbula hasta que el dolor me sube por las sienes y los oídos me zumban.
Kemal es un animal, un tipo impulsivo y sádico, pero esto...
esto es ajedrez. ¿Cómo ha sabido exactamente qué lleva puesto Sulamita?
¿Cómo ha podido saber que hoy era el día, si hemos mantenido la fecha en secreto absoluto?
Miro a Igor. Mis ojos deben de ser dos pozos de oscuridad pura porque él retrocede otro paso, instintivamente.
—Igor, quema esta mierda. Ahora mismo. No quiero que Sulamita vea esto, y mucho menos su padre. Si una sola palabra sobre este paquete sale de tu boca, te juro por la memoria de mi familia que te cortaré la lengua yo mismo.
—Sí, señor —Igor cierra la caja y sale del despacho casi corriendo, como si llevara una bomba de tiempo.
Me acerco a la ventana y me enciendo un cigarro.
Aspiro el humo con rabia, dejando que el calor me queme la garganta, un dolor necesario para anclarme a la realidad.
Miro hacia el jardín. Veo a Vika riendo con Rafael, veo a mis padres intercambiando cortesías con Machín.
Todo parece una estampa de paz familiar, pero ahora sé que es una cáscara vacía.
Kemal no es tan inteligente para infiltrarse así.
Tiene que haber alguien más. Alguien que conoce los horarios de las patrullas del patriarca, alguien que sabe dónde están los puntos ciegos de las cámaras de seguridad.
Un traidor. Alguien que está sentado en nuestras mesas, bebiendo nuestro vino y sonriendo a nuestras espaldas.
La paranoia se instala en mi pecho como un parásito.
Escaneo las caras de los hombres de confianza de Machín a través del cristal.
¿Quién de ellos ha vendido la intimidad de Sulamita por unas monedas?
Tiro la colilla y la aplasto con el tacón. Si ese hijo de puta cree que Sulamita tiene dueño, tiene razón. Pero ese dueño soy yo. Y hoy voy a marcárselo en la piel ante los ojos de todos, mientras mi mente empieza a cazar al infiltrado.
Llegó la hora.
Camino hacia el altar improvisado en el jardín.
El sol de Cádiz es un juez implacable que cae sobre nosotros, haciendo que el aire vibre de calor.
Me coloco en mi sitio, con la espalda tan recta que parece una columna de acero.
Igor está apostado en la esquina izquierda; mis mejores tiradores están ocultos en la planta superior de la mansión.
Pasan los minutos. El sudor empieza a perlar mi frente, y por primera vez en mi vida, no es por el esfuerzo físico.
Es el pánico visceral de que ella no aparezca o de que el traidor que nos vigila ya haya dado un paso que yo no he sido capaz de prever.
Cada segundo de retraso es un latigazo en mi espalda.
Vika se acerca corriendo con esos pasos cortos que da cuando está nerviosa, aunque intente disimularlo con una sonrisa. Saca un pañuelo de su bolso y me lo pasa por la frente.
—¿Por qué sudas tanto, hermanito? —susurra con un tono burlón que no llega a sus ojos—. Deja de parecer un pato mojado, vas a arruinar las fotos que mi madre quiere sacar.
—Es el puto calor de este sur, Vika. Déjame en paz —le respondo, quitándole la mano con más brusquedad de la que pretendía.
Ella se aleja, sacudiendo la cabeza, y vuelve a su asiento al lado de Rafa.
De repente, la música empieza a sonar. Es una pieza de cuerda, lenta, grave y solemne, que resuena en las paredes de piedra de la mansión.
Los pocos invitados se ponen en pie, el silencio se vuelve absoluto y el aire parece detenerse.
Y entonces, las puertas dobles se abren y la veo a ella.
El mundo entero se desvanece. El ruido del viento en los árboles, el murmullo de los guardias, el peso de la amenaza de Kemal... todo se apaga. Solo queda Sulamita.
Camina del brazo de su padre con una lentitud que me resulta torturante.
El vestido blanco, ese corte sirena que parece haber sido cosido sobre su misma piel, marca cada curva con una insolencia que me deja sin aliento.
El encaje blanco, tal como decía la nota del diablo, resalta el bronceado de su piel y ese orgullo indomable que lleva en la mirada.
El escote en su espalda es una invitación al pecado que me devuelve directamente a las imágenes de mi sueño.
Sus ojos, enmarcados en ese maquillaje oscuro y feroz, son dos hogueras de odio y desafío.
Me mira como si cada paso que diera fuera un clavo en mi ataúd, y yo,, estoy dispuesto a dejarme enterrar por ella.
A tomar por culo el contrato. A tomar por culo la farsa de la protección.
En ese instante, mientras la veo avanzar, entiendo que nunca podré dejarla ir. No me importa el día que cumpla los dieciocho; para entonces, ya me habré encargado de que no pueda imaginar una vida sin mi sombra sobre ella. Haré que este matrimonio falso sea la única verdad que conozca.
Llega a mi lado. Machín me entrega su mano con un gesto que me recuerda que me está entregando su tesoro más preciado.
Su mano está helada, pero en cuanto mis dedos rodean los suyos, siento una descarga eléctrica que me recorre la columna.
Nos arrodillamos ante el cura. Sus palabras sobre la fidelidad y el amor eterno suenan a blasfemia en esta reunión de asesinos, pero cuando llega el momento y ella dice: "Sí, quiero", el sonido de su voz se me clava en el centro del pecho como una bala de plata.
Es una mentira, sí, pero es la mentira más hermosa de mi vida.
Saco el anillo. Un círculo de platino frío, sin adornos, una cadena circular.
Se lo pongo en el dedo y siento cómo tiembla.
Es mi marca. Mi propiedad ante los ojos de su familia y de la mía.
Ella me pone el mío con una mano que parece querer soltarme a la primera oportunidad, como si el contacto con mi piel le quemara.
El metal en mi dedo pesa más de lo que debería; pesa como una cadena de ancla.
—Os declaro marido y mujer —pronuncia el cura.
Llega el momento que todos esperan. Me inclino hacia ella.
No puedo besarla en los labios con la pasión que me está destrozando por dentro, no delante de Machín, no todavía.
Pero necesito marcar territorio. Necesito que el traidor que nos mira sepa que ella ya no está disponible.
Me acerco a su frente y deposito un beso lento, posesivo, cargado de una ternura oscura que me asusta incluso a mí.
Aspiro su perfume: violeyas, a flores y ese rastro de rebelión que nunca la abandona.
Siento su pulso acelerado bajo mi boca, un tambor de guerra que late desbocado.
—Felicidades, esposa —le susurro al oído, dejando que mi aliento roce su piel. Mi voz es un gruñido ronco, bajo, casi un aviso de caza.
Sulamita me mira con un odio que me enciende la sangre.
—Y tú, marido... —responde en un susurro, escupiendo la palabra como si fuera veneno—. Que disfrutes del teatro mientras puedas, porque las luces se van a apagar pronto.
Me aparto de ella con una sonrisa ladeada, una que oculta los colmillos.
La gente aplaude, un sonido seco en medio del jardín.
Vika llora de verdad ahora, abrazando a Rafa, y mis padres se acercan para cumplir con el protocolo.
Mi padre se coloca a mi lado y me pone una mano pesada en el hombro, sus ojos de acero escaneando a la multitud igual que los míos.
—Ahora empieza lo difícil, Alekséi —dice en voz baja.
Asiento, pero mis ojos no están en la celebración.
Están recorriendo cara por cara a los invitados y a los guardias de Machín.
Busco un gesto de nerviosismo, una mirada esquiva, cualquier señal de quién ha ayudado a Kemal a enviarme esa rata asquerosa.
Lo difícil no es la boda, ni siquiera es fingir que siento algo por ella.
Lo difícil es que estoy durmiendo con un enemigo oculto, y tengo a mi lado a una mujer que me odia con toda su alma, pero que es lo único que me importa mantener con vida en este puto mundo.
Hoy no es solo un "sí" falso. Hoy es el día en que la hice mía ante los hombres. Y pobre del que intente arrebatármela, porque descubrirá que la Bratva rusa no negocia con ratas; las extermina.