CORONA DE SANGRE CAPITULO 21
30%

CAPITULO 21

SULAMITA

Es un nuevo día y esto es una maldita pesadilla vestida de encaje y seda.

No hay tiempo para respirar, para pensar, ni siquiera para permitirme el lujo de llorar en silencio sobre mi almohada.

La mansión entera parece haber despertado con una energía eléctrica y violenta que se filtra por debajo de mi puerta: voces que suben y bajan por los pasillos como mareas inquietas, pasos apresurados que golpean el mármol con la cadencia de una marcha militar, puertas que se abren y se cierran con la urgencia de un cuartel general en plena guerra.

El aire dentro de mi habitación está saturado; huele a laca de pelo que pica en la garganta, a polvos de maquillaje y a esos perfumes caros que usan las mujeres de la Bratva para ocultar el rastro del miedo.

Todo el mundo corre de un lado a otro con los preparativos de mi boda.

Mi boda. La palabra me golpea la boca del estómago como un puñetazo cada vez que la pienso.

No es una celebración del amor, es una transacción comercial de alto riesgo camuflada de sacramento.

Un papel que se firmará con tinta negra y se sellará con la sangre invisible de mi libertad, todo para mantener a Kemal lejos de mí...

y para atarme a un hombre que es como un glaciar: hermoso, letal y capaz de hundir cualquier esperanza que se cruce en su camino.

Sé que, en el fondo, todo esto es mi culpa.

Quise experimentar. Quise sentir el peligro de la noche sin medir las consecuencias, creyéndome invencible por llevar el apellido Machín.

Quise entrar en el club Zafiro con Saray para demostrarme que no era solo la "niña de papá y sentirme libre", que el mundo era mío.

Y allí apareció Kemal, emergiendo de las sombras con su mirada de un demonio y esa sonrisa que nunca llegaba a sus ojos.

Allí empezó mi descenso a los infiernos.

Pero, mientras me miro las manos temblorosas, una parte de mí grita que tiene que haber habido otra salida.

Otra manera de parar a ese psicópata sin tener que lanzarme al mejor postor de la mafia rusa.

Sin embargo, aquí estoy. Atrapada entre la espada de Kemal y la pared de acero de Alekséi. Tengo que tomar esto como un castigo divino por mi soberbia. Siempre me las apaño para meterme en problemas, pero esta vez he llegado a la cumbre de todas mis malas decisiones.

La puerta se abre con un chirrido suave.

Entra Carmen, mi maquilladora. Me conoce desde que tenía trece años; me ha visto reír por tonterías y hoy, por la forma en que evita mi mirada al principio, sé que ve que estoy a punto de romperme.

Lleva su maletín enorme y esa sonrisa profesional que intenta ocultar su lástima.

—Buenos días, Sulamita... y felicidades —dice, aunque su voz suena un poco hueca, como si ella misma no se creyera sus palabras.

—Gracias... supongo —respondo, forzando una sonrisa que se siente como una máscara de yeso a punto de agrietarse.

Carmen se coloca detrás de mí, frente al gran espejo de marco dorado.

Sus manos son precisas y su voz siempre ha tenido ese efecto calmante.

En diez minutos suele convertir cualquier cara de cansancio en algo que parezca vivo, pero hoy su magia lucha contra una resistencia interna que no puede maquillar.

La presión en mi pecho es insoportable. Es como si alguien hubiera apretado una banda de hierro alrededor de mis costillas; cada vez que intento tomar aire, el metal se cierra un poco más, recordándome quién es el dueño de mi respiración a partir de ahora.

—¿Nerviosa? —pregunta mientras me aplica la base con movimientos lentos.

—Un poco —miento descaradamente. Mis ojos en el espejo están vacíos. La sonrisa que intento mantener es tan falsa que me asombra que no se den cuenta del grito que tengo atascado en la garganta.

Carmen asiente, fingiendo que me cree.

—Es normal. Todas las novias se transforman el día de su boda. Pero mírate... vas a estar espectacular. Ese vestido es un sueño.

No respondo. El vestido está colgado en la puerta del armario, blanco roto, corte sirena, con un encaje que parece hecho de sombras entrelazadas. Es perfecto. Y lo odio con cada fibra de mi ser porque representa mi rendición absoluta ante Alekséi Volkov.

Carmen sigue trabajando en silencio. Me pinta los labios de un rojo tan oscuro que parece sangre fresca. Cada pincelada es un recordatorio de que hoy voy a tener que fingir ser la mujer más feliz del mundo.

—¿Quieres que te haga algo especial en los ojos? —pregunta mientras mezcla una sombra más oscura—. Algo que diga: "Soy yo, y nadie me va a doblegar".

Sonrío de verdad por primera vez en todo el día.

—Hazlo. Quiero que cuando me miren, sepan que no estoy rota. Que el fuego sigue ahí, aunque me hayan encerrado en una iglesia.

Ella sonríe de vuelta y se pone manos a la obra. Después de lo que parecen siglos de olor a laca y perfumes, Carmen da un paso atrás.

—Listo. Mírate, Sulamita.

Me miro. Y por un segundo, me olvido de la mafia. El maquillaje es una obra de arte bélica. Parezco una reina gitana a punto de entrar en combate. El pelo suelto en ondas salvajes, trenzas finas con hilos de oro... no soy una novia, soy una declaración de guerra.

—Gracias —susurro.

Carmen me da un beso en la frente y se marcha. Pero la soledad dura poco. Vika entra como un vendaval de seda roja, con una botella de champán y dos copas.

—¡Cuñada! —exclama, cerrando la puerta de una patada—. ¿Lista para conquistar el mundo o todavía planeas saltar por la ventana?

—Todavía estoy considerando la ventana —admito con una pequeña risa.

—Normal. Yo también huiría si me casara con mi hermano. Es un bloque de hielo con patas —Vika descorcha la botella con un pop seco—. Pero recuerda: esto es una farsa. Solo tienes que aguantar el tipo, cumplir el contrato y luego... libertad.

Me pasa una copa. El líquido burbujeante está helado.

—¿Tú crees que podré aguantar? —pregunto, sintiéndome pequeña de repente.

Vika se pone seria, sus ojos grises clavados en los míos.

—Creo que puedes aguantar cualquier cosa, Sulamita. Eres gitana. Llevas fuego en la sangre y un orgullo que mi hermano no sabe ni por dónde empezar a manejar. Además, Alekséi... puede ser un cabrón frío, pero protegerá tu vida antes que la suya. Puedes aguantar.

Vika apura su copa de un trago y mira el reloj de pared con nerviosismo.

—Bueno, preciosa, me encantaría quedarme aquí a emborracharme contigo, pero si no bajo ahora mismo, tu padre se va a poner de los nervios.

Tengo que terminar de organizar los últimos preparativos y supervisar que los pocos que estamos abajo no se maten entre ellos por la tensión.

Alekséi ya está allí, y créeme, parece que va a morder a cualquiera que le dirija la palabra.

Me da un beso rápido en la mejilla.

—Respira hondo. Estás preciosa. Bajo ahora mismo a ver si todo está listo para que bajes. ¡Nos vemos en el altar!

Se marcha, dejándome de nuevo con el silencio. Me miro una última vez. Lo odio. Lo odio a él por meterme en esta farsa.

Entonces, la mesita vibra: es un mensaje de Alfredo. «Sulami, abre la ventana».

Mi corazón da un vuelco tan violento que casi me deja sin respiración. Camino hacia el cristal con las piernas temblando y abro el cierre con el menor ruido posible. Alfredo salta hacia el interior con una agilidad desesperada, pero se queda mudo, petrificado al verme vestida de blanco.

—Necesitaba verte —dice con una desesperación contenida, mirando de reojo hacia la puerta—. Sé que te están obligando. Vámonos ahora mismo. Tengo un coche fuera, nadie nos verá en esta boda tan pequeña.

Me quedo helada. Podría irme. Pero soy conciente que mi seguridad depende de este "sí".

—Nadie me obliga, Alfredo —miento con una firmeza que me asusta—. Alekséi y yo aceptamos esto hace tiempo.

—Mientes. Siempre has mentido fatal.

—No miento. Vete, Alfredo. Por favor. No quiero problemas con mi futuro marido.

Alfredo da un paso hacia mí y me agarra de las manos.

Su tacto es cálido, familiar, me sabe a la libertad de las calles de Cádiz, al mar y a una vida donde yo tendría el control.

Miro de reojo la ventana abierta; el coche debe estar ahí abajo, esperando.

Es tan fácil. Solo tengo que saltar, dejar atrás este vestido de novia y desaparecer.

Por un segundo, el impulso de huir me quema en el pecho.

Podría ser libre. Podría volver a ser la Sulamita de antes.

Pero entonces, la imagen de Alekséi invade mi mente.

Sus ojos azules clavados en los míos, su control absoluto, esa intensidad protectora y oscura que me hace sentir expuesta y, extrañamente, viva.

Si huyo, desataré una guerra. Si huyo, Alfredo morirá.

Y lo peor de todo... es que una parte de mí no quiere escapar de él.

Suelto mis manos de su agarre con lentitud, rompiendo el último hilo que me une a mi antigua vida.

—Vete, Alfredo —susurro, y esta vez mi voz es un ruego—. Ya es tarde.

Alfredo retrocede, herido, mirándome como si contemplara a un fantasma, y desaparece por la ventana.

Cierro el pestillo con un clic que resuena como una sentencia en la habitación y me apoyo contra el cristal.

Estoy temblando. He tenido la libertad en la palma de la mano y la he dejado ir.

He preferido el fuego de Alekséi a la salvación de Alfredo.

Y eso es lo que más me aterra de lo que va a pasar hoy en el altar.