CORONA DE SANGRE CAPITULO 20
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CAPITULO 20

ALEKSÉI

Doy un paso hacia atrás cuando Sulamita me cierra la puerta de su habitación en las narices.

El golpe seco de la madera contra el marco resuena en el pasillo como un disparo amortiguado, una sentencia que pone fin a la electricidad que casi nos hace arder en la cocina.

Me quedo ahí fuera, solo, con el eco de sus pasos alejándose del otro lado de la puerta.

Suspiro y agacho la cabeza un segundo, pasándome una mano por la nuca, sintiendo cómo los músculos están tan tensos que parecen cuerdas de piano a punto de romperse.

La tensión de aquélla noche, cuando torturé a ese hombre hasta que dejó de respirar, me dejó demasiado agitado.

Todavía siento el olor a metal y sudor frío pegado a mis poros.

Las palabras que salieron de mi boca en la cocina no debieron salir.

Fue un error táctico. Fue dejar que el animal que llevo dentro asomara la cabeza por los barrotes.

Joder. Ahora me cuesta mirarla sin que el pecho me duela de una forma que no sé diagnosticar.

Si la miro más de lo normal, haré algo que no me perdonaré, algo que romperá el último vestigio de decencia que me queda.

Y aunque tengo una cuenta pendiente con ella por la bofetada...

esa se la cobraré más adelante. Cuando sea el momento.

Cuando ella esté lista para pagar. O cuando yo ya no pueda contenerme más.

Me dispongo a bajar las escaleras cuando me percato de las voces graves que salen del despacho de Machin.

La mansión, a pesar de su tamaño, parece haber encogido.

Mi padre y él están ahí dentro. Hablan bajo, en ese registro que los hombres como ellos reservan para los testamentos o las declaraciones de guerra.

Reconozco el tono de mi padre: ese tono que usa cuando está evaluando un riesgo que no le gusta, una nota baja y vibrante que parece mover los cimientos de la casa.

Tok, tok.

—Adelante —escucho la voz de Machín, cansada pero firme.

Entro y cierro la puerta detrás de mí. El aire en el despacho es pesado, cargado de humo de tabaco de calidad y el olor acre del whisky viejo.

Me acerco al sillón de terciopelo donde están sentados, dos patriarcas de mundos distintos unidos por una mentira necesaria.

No me quitan ojo de encima mientras me siento y apoyo los codos en las piernas, enterrando parte de mi rostro en la penumbra.

Mi padre me estudia durante unos segundos largos, analizando las ojeras bajo mis ojos y la rigidez de mis hombros, y después asiente, como si hubiera estado esperando exactamente esta entrada.

—Bueno, el señor Machín me ha contado la verdad —dice mi padre, con una calma que me pone los pelos de punta.

Ahí es cuando levanto por completo la mirada. Mis ojos azules chocan con los suyos.

—¿Ah, sí? —pregunto, sintiendo un nudo de nervios en el estómago que no sentía desde mi primera ejecución.

—Sí... —mi padre suspira, asintiendo despacio—. Y estoy de acuerdo en que los ayudes, hijo. Aunque debiste habérmelo dicho antes. La Bratva no se mueve por impulsos, se mueve por información.

—Papá, no lo creí necesario —respondo, intentando que mi voz suene como la de un coronel y no como la de un hombre en crisis—. Solo es hasta poder atrapar a Kemal... o a quien sea que esté moviendo los hilos desde las sombras. Todo es falso.

Falso.

Esa palabra cae como ácido en mi lengua.

Me quema al decirla porque sé que el latido de mi corazón cuando ella está cerca es lo único verdadero que he sentido en años.

Falso el contrato que descansa en la caja fuerte.

Falso el anillo que mañana brillará en su dedo ante los ojos de Dios.

Falso el "sí" que saldrá de sus labios, esos labios que todavía saben a caramelo y a desafío.

Mi padre me observa en silencio. Esos ojos suyos que siempre han visto a través del humo y los espejos.

—Falso o no —dice al fin, con una autoridad que no admite réplica—, tengo que estar al tanto de todos los movimientos en mi familia, Alekséi. Sobre todo si involucran a Machín. En este mundo, una boda falsa atrae balas tan reales como una verdadera.

Machín levanta una mano, intentando suavizar la tensión que vibra entre mi padre y yo.

—Bueno, Dimitri... no le regañes más. Todo fue inesperado. El ataque de Kemal forzó nuestras cartas. Alekséi actuó como un hombre de honor.

Mi padre resopla, pero relaja la postura.

—En fin, como sea. Tu madre no lo sabe, Alekséi.

Y es mejor que no lo sepa de momento. Estaba muy ilusionada con la idea de verte sentado por fin, de verte formar un hogar.

Si se entera de que esto es solo una farsa de seguridad...

va a sufrir. Y ya ha tenido suficiente dolor con los años de guerra en Moscú.

Asiento despacio, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre mis hombros.

—Lo sé. No diré nada.

Mi padre se inclina hacia delante, invadiendo mi espacio con su mirada de acero.

—Entonces mantén la fachada. Por ella. Por la alianza que mantiene la paz en este territorio. Si el mundo cree que es real, entonces es real para todos los efectos.

Machín me mira con una mezcla de gratitud y advertencia.

—Y por Sulamita —añade—. No quiero que mi hija viva con miedo. No quiero que Kemal la toque. No quiero que nadie la toque.

Sus palabras me golpean en la base del cráneo. Porque yo también quiero eso. Quiero que nadie la toque. Quiero que nadie la mire. Quiero ser el único hombre que habite en su mente, aunque sea como su villano favorito. Pero me guardo el veneno para mí.

—Nadie la tocará —respondo, con una voz que suena a sentencia de muerte—. Te doy mi palabra de Volkov.

—Tu palabra siempre ha valido más que el oro, hijo —dice mi padre levantándose—. No la rompas. Por nada. Ni por nadie.

Salgo del despacho y la casa parece un mausoleo. Subo las escaleras y cada peldaño cruje bajo mis botas de combate, recordándome que mañana, a esta misma hora, estaré legalmente unido a la única persona que tiene el poder de destruirme sin usar un arma.

Me detengo frente a su puerta. El silencio es tan espeso que puedo oír mi propia sangre circulando.

Apoyo la frente contra la madera, cerrando los ojos.

Podría entrar. Podría simplemente abrir la puerta y decirle que tengo miedo.

Pero los hombres como yo no tienen miedo; los hombres como yo tienen planes de contingencia.

Me obligo a caminar hasta mi cuarto y echar el pestillo.

El sonido metálico es un alivio momentáneo.

Me tumbo en la cama sin siquiera quitarme la ropa. El cansancio es una losa, pero el cerebro no se apaga. El sueño me arrastra hacia abajo, a un lugar donde las reglas de mi padre y el honor de Machín no existen.

En el sueño, estoy en una penumbra asfixiante.

No hay bodas, solo calor. Siento una boca caliente, húmeda, envolviendo mi polla con una voracidad que me arranca un gemido animal.

La presión es perfecta, la lengua se desliza con una lentitud torturante que me hace arquear la espalda y hundir los dedos en las sábanas.

Es el placer más puro y sucio que he sentido jamás.

No veo su rostro, solo una melena castaña que cae sobre mi vientre, ocultando a la mujer que me está llevando al abismo.

—Joder... —susurro en el sueño, perdiendo el sentido de la realidad.

Entonces, ella se detiene. Siento el frío del aire donde antes había fuego.

Ella levanta la vista lentamente, apartando el pelo de su cara con un movimiento que parece ensayado por el mismo diablo.

Me quedo sin aliento. El corazón me da un vuelco violento en el pecho cuando sus ojos chocan con los míos.

Son marrones. Son profundos. Tienen esas motas doradas que me desafían cada mañana.

Es Sulamita.

Me mira con una intensidad que me hiela la sangre, una sonrisa de victoria en los labios mientras una gota de mi propio deseo brilla en la comisura de su boca. En el sueño, el pánico y la excitación se funden en una explosión incontrolable.

Me despierto de golpe, con un espasmo que casi me tira de la cama.

El corazón me golpea las costillas como un preso intentando escapar.

Mi cuerpo tiembla, empapado en un sudor gélido.

Y entonces, la realidad me golpea: me he corrido.

En mis pantalones, en las sábanas. Sin tocarme.

Solo por la imagen de ella en mi cabeza.

El placer residual se mezcla instantáneamente con una oleada de náuseas y una vergüenza que me quema la garganta como ácido sulfúrico.

—Hijo de puta... —me insulto a mí mismo, apretando los puños contra mis sienes hasta que veo estrellas.

Me siento en el borde del colchón, mirando mis manos temblorosas en la oscuridad.

Culpa. Una culpa espesa y negra que se me pega a los pulmones.

Ella tiene diecisiete años. Es la hija de mi mejor amigo, el hombre que me dio de nuevo la vida.

Es la niña que juré proteger de monstruos como Kemal, solo para descubrir que el monstruo más asqueroso vive debajo de mis propias costillas.

La vergüenza me revuelve el estómago. ¿Cómo puedo reclamar honor si mi cuerpo me traiciona de esta manera? ¿Cómo voy a mirarla mañana al altar sabiendo lo que mi subconsciente le ha hecho en la oscuridad?

Me levanto de golpe, despojándome de la ropa manchada.

Entro en la ducha y abro el agua fría al máximo.

El chorro me golpea como agujas de hielo, pero no limpia la imagen de sus ojos mirándome desde abajo.

No borra el calor de su boca imaginaria.

Salgo y me seco con furia, mirándome en el espejo.

Veo a un extraño, a un cazador que está empezando a desear a su propia presa.

Me visto con ropa limpia y me quedo de pie junto a la ventana, observando cómo el jardín recibe las primeras luces del alba. Mañana —hoy mismo— dirá "sí". Se convertirá en mi esposa ante el mundo. Y mientras observo el horizonte, entiendo la terrible verdad.

Cuando camine hacia mí en la iglesia...

Cuando sienta el frío del metal del anillo en mi mano...

Cuando la suba al avión hacia Rusia...

No estaré pensando en salvarla. Estaré pensando en que, por fin, ella es mía.

Y esa sed de posesión, esa necesidad de reclamar cada centímetro de su alma para castigarla y adorarla a la vez, es lo que me aterra más que cualquier guerra.

Porque sé que, una vez que la tenga, no la dejaré ir jamás.

Aunque eso signifique que ambos ardamos en el mismo infierno.