CORONA DE SANGRE CAPITULO 19
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CAPITULO 19

SULAMITA

Ya ha pasado casi una semana desde que mi mundo se detuvo para convertirse en una moneda de cambio.

Mañana es mi boda. Mi boda. Me lo repito en la cabeza una y otra vez, como un mantra que, al ser pronunciado, pudiera perder su veneno, pero solo suena a broma cruel.

A una sentencia dictada en un idioma que me niego a aprender.

Estoy en el taller de la modista para los últimos arreglos.

El local de la señora Rosa siempre me ha parecido un refugio, pero hoy se siente como una celda acolchada de seda.

Huele a tela recién planchada, a café quemado y a ese perfume dulzón y empolvado que ella siempre usa.

Saray está sentada en el sofá de terciopelo rosa del probador, con las piernas cruzadas y el móvil en la mano, haciendo fotos de cada detalle como si esto fuera una sesión para una revista de novias y no el preludio de un sacrificio.

Alekséi nos ha traído. Mi hermano Rafa también está aquí, vigilando la entrada, apoyado en la pared con esa media sonrisa que pone cuando sabe que la mecha ya está encendida y solo falta que alguien sople.

Pero mi mente no está aquí. Desde la noche de la cocina, las palabras de Alekséi se han convertido en parásitos que se alimentan de mi tranquilidad.

“No voy a fingir que no te deseo”. “No voy a ser un caballero contigo”.

Las odio. Las odio porque me hacen sentir sucia solo de recordarlas.

Las odio porque cada vez que lo veo —caminando por el pasillo con esa autoridad insultante, sentado a la mesa en silencio o simplemente respirando el mismo aire que yo— siento ese tirón extraño en el bajo vientre.

Es una pulsación traicionera que me obliga a apretar los muslos y a contener el aliento hasta que me mareo.

No es deseo. Me niego a que lo sea. Tiene que ser asco.

Tiene que ser la rabia manifestándose de una forma física que no puedo controlar.

Es mi cuerpo vendiéndose antes que mi voluntad.

La señora Rosa sale del probador con una sonrisa profesional y los paquetes envueltos en papel de seda negro, crujiente y elegante.

—Aquí tienes, cielo… Serás una novia preciosa. Una de las que no se olvidan.

Me entrega las bolsas con una reverencia casi religiosa. Yo solo asiento, con los músculos de la cara tan tensos que sonreír me causaría un calambre.

—Gracias —murmuro, con la voz seca.

En ese momento, la campanilla de la puerta suena con un tintineo metálico.

No necesito girarme para saber quién es.

El aire en la habitación cambia; se vuelve más denso, más cargado de electricidad estática.

Alekséi entra con ese paso suyo, silencioso y pesado a la vez, como si cada una de sus pisadas fuera una reclamación de territorio.

Lleva un traje negro impecable que parece una armadura moderna, la camisa abierta en el primer botón dejando ver la cadena de plata que brilla contra su piel.

Me mira un segundo —sus ojos analizando cada milímetro de mi expresión— y el tirón vuelve a golpearme.

Bajo la mirada rápido, concentrándome en las bolsas como si fueran lo más interesante del mundo.

Vuelvo a centrarme en la costurera, intentando ignorar su presencia.

—Gracias de nuevo —repito, esperando poder salir corriendo.

Pero Alekséi no me deja coger las bolsas.

Se adelanta, rodeándome con su aroma a colonia cara y tabaco frío, y las toma antes de que yo pueda reaccionar.

Sus dedos rozan los míos. Fue apenas un contacto de un segundo, pero el calor que desprendió me quemó hasta los huesos.

Parece molesto, pero no siento que sea conmigo.

Hay una vibración de irritación en él, como si estuviera librando una batalla interna que no sabe cómo ganar.

Saray suelta un silbido bajo desde el sofá, disfrutando del espectáculo.

—Joder, Alekséi… ¿siempre tienes que entrar como si fueras a ejecutar a alguien o a follar a alguien? Elige un bando, hombre, que nos tienes en un sinvivir.

Rafa suelta una carcajada sonora, palmeando la pared.

—Los dos, Saray. Los dos a la vez. Es su superpoder ruso. Sangre y sexo, el pack completo.

Alekséi no les dedica ni una mirada. Su atención es un rayo láser fijo en mí. La señora Rosa ríe con nerviosismo, sintiendo que algo se le escapa en esa conversación.

—¿Entonces todo correcto? ¿No quieres que revisemos la caída de la cola una última vez?

—No, está perfecto —corto yo, queriendo terminar con esta farsa.

Saray se levanta de un salto y me rodea la cintura con un brazo, pegándose a mí.

—Vas a estar espectacular, Suli. Aunque sea una boda… digamos, apresurada, vas a hacer que todos se traguen la lengua cuando entres en la iglesia.

Miro a Alekséi por el rabillo del ojo. Él sigue callado, pero veo cómo el músculo de su mandíbula trabaja, apretándose hasta que parece que va a romperse. Rafa se acerca y me besa la frente con ternura, un gesto que me recuerda que, a pesar de todo, sigo teniendo a mi sangre cerca.

—Oye, hermanita… si en algún momento quieres que le parta la cara a este antes de la ceremonia, solo silba. Tengo los puños con ganas de marcha.

Alekséi por fin abre la boca. Su voz es un rugido controlado, profundo y lleno de advertencia.

—Rafa. No tientes a la suerte. No hoy.

Rafa alza las manos en son de paz, pero sus ojos siguen desafiantes.

—Tranquilo. Solo cuido de mi hermana. Tú ya sabes lo que pasa cuando alguien toca a los míos.

—¡Ay, por Dios! —exclama Saray—. Si os vais a poner a mediros las pollas aquí mismo, avisadme para ir a por palomitas.

—Basta —sentencio yo, con una autoridad que los silencia a todos—. Vámonos de aquí. Ya tenemos lo que veníamos a buscar.

Alekséi asiente, una sola vez, seco y marcial. Sale primero del taller, cargando con las bolsas de seda como si fueran armas de contrabando. Caminamos hacia el coche en un silencio tenso. Saray me da un último abrazo en la acera.

—Llámame esta noche. Quiero saber si el ruso sigue vivo después de verte probarte el velo.

Rafa me guiña un ojo.

—Y recuerda, Suli: plan B. Coche lleno, pasaporte falso y un destino sin extradición. Solo tienes que pedirlo.

Asiento con una sonrisa triste. Me subo al asiento trasero del coche negro. Alekséi cierra la puerta por fuera con un golpe seco que suena a punto final. Rodea el vehículo, se sienta al volante y arranca. El motor ruge, potente, y salimos hacia la mansión.

Durante los primeros minutos, el silencio es absoluto, roto solo por el sonido del tráfico. Miro por la ventana, viendo cómo el sol empieza a caer sobre las casas blancas de la ciudad.

—Estás preciosa con ese vestido —dice de pronto. Su voz es apenas un murmullo, pero llena todo el habitáculo.

Lo miro por el retrovisor. Él no aparta la vista de la carretera, sus manos apretando el cuero del volante.

—No es un cumplido —continúa, como si necesitara justificarse—. Es un hecho estadístico. Y mañana… cuando te vea caminar hacia el altar… va a ser muy difícil recordar por qué firmamos ese contrato.

Siento un nudo en la garganta.

—No es difícil para mí —respondo, intentando que mi voz no tiemble—. Para mí sigue siendo una jaula de oro. Y tú sigues siendo el hombre que tiene la llave.

Él aprieta el volante con tanta fuerza que sus nudillos se vuelven blancos.

—Lo sé. Y aun así… no puedo dejar de pensar en lo que te dije en la cocina lo sien...

—No lo menciones —susurro, girándome hacia la ventana mientras lo interrumpo.

—No puedo evitarlo, Sulamita. Porque cada vez que respiras cerca de mí, me cuesta más recordar por qué no debo reclamarte como mía de verdad.

Apoyo la frente contra el cristal frío, intentando apagar el incendio que sus palabras han provocado en mi piel.

No respondo. No puedo. Si abro la boca, temo que mi voz me traicione y admita que yo también pienso en ello.

Que yo también siento ese tirón que me arrastra hacia él como si fuera un imán de acero.

Llegamos a la mansión. El jardín está bañado por una luz ámbar que lo hace parecer sacado de un sueño, pero la realidad nos golpea antes de bajar del coche. Una voz femenina, vibrante y llena de energía, rompe la paz del atardecer.

—¡¡ALEKSÉI!!

Giro y veo a una mujer corriendo por el camino de entrada. Es una belleza irreal: rubia, con el pelo brillando como el oro, un vestido rojo que grita confianza y unos ojos grises que parecen saltar de alegría. Es puro caos, todo lo contrario a la rigidez de mi futuro marido.

Alekséi se queda petrificado. Y entonces, ocurre lo imposible: sonríe. Una sonrisa real, ancha, que ilumina su rostro y le quita diez años de encima.

—Vika, ¿qué demonios haces aquí? —pregunta él, con una ternura que nunca le he escuchado.

Ella se lanza a su cuello y él la levanta por los aires, riendo a carcajadas. Un sonido profundo y cálido que me recorre la columna. Se ve... humano. Demasiado guapo para ser real.

—¿Creías que te ibas a casar sin nosotros, idiota? —dice ella, bajando al suelo.

Alekséi parpadea, su sonrisa volviéndose tensa.

—¿Cómo que "nosotros"?

Vika me ve entonces. Se acerca con una curiosidad felina.

—Tú debes ser Sulamita. Dios, eres mucho más guapa de lo que decían los rumores.

Me quedo quieta, con las bolsas en el pecho.

—Encantada —digo, extendiendo la mano con timidez.

Ella ignora mi mano y me envuelve en un abrazo cálido que huele a perfume caro y a hogar.

—Seremos cuñadas —me susurra al oído—, y espero que pronto hermanas. Mi hermano es un bloque de hielo, pero tiene buen gusto, la jodida bestia.

Se aparta y mira a Alekséi con picardía.

—Por cierto… papá y mamá también están aquí. Ya se han instalado en el ala de invitados.

Alekséi y yo intercambiamos una mirada de puro pánico.

—¡¿Qué?! —decimos a la vez.

Vika se ríe, bajando la voz.

—Tranquilos. Ellos creen que esto es un matrimonio por amor y alianzas. Así que tendréis que fingir muy bien. Nada de caras largas, ¿entendido?

Rafa llega en ese momento con su moto, el estruendo del motor marcando su entrada. Se baja, se quita el casco y mira a Vika como si acabara de ver un oasis en el desierto.

—¿Y esta maravilla quién es? —pregunta Rafa, con su sonrisa de cazador.

Alekséi suspira, recuperando su tono protector.

—Rafa, mi hermana Vika. Vika, el hermano de Sulamita. Intentad no mataros o follaros en los próximos cinco minutos, por favor.

Vika le estrecha la mano a Rafa, manteniendo el contacto más de lo necesario.

—Encantada, español. He oído que eres un peligro sobre dos ruedas.

Rafa le guiña un ojo.

—Y tú eres un peligro para mi salud mental, rusa. No sabía que el bloque de hielo tuviera una hermana tan… hermosa.

Subimos todos a la casa. Vika me coge del brazo, llevándome hacia mi habitación como si me conociera de toda la vida. Rafa y Alekséi nos siguen con los vestidos.

—No estás sola, Suli —me dice Vika mientras subimos las escaleras—. Mi hermano puede ser un idiota controlador, pero cuando alguien le importa, mueve cielo y tierra.

—Lo hace por la deuda con mi padre —insisto yo.

Vika sonríe con una sabiduría que me inquieta.

—Al principio, tal vez. Pero los ojos de un Volkov no mienten cuando miran lo que desean. Y él no te quita la vista de encima ni para parpadear.

Llegamos a mi cuarto. Alekséi deja las bolsas sobre la cama. Nos quedamos un segundo a solas mientras los demás se dispersan.

—Mañana… —empieza él, con la voz baja.

—Mañana será el final de mi vida —lo corto yo, mirando hacia otro lado.

Él aprieta la mandíbula mientras camina hacia la puerta y se detiene en el umbral.

—Mañana intentaré que no sea tan difícil para ti, Sulamita. Te lo prometo.

Cierro la puerta después de que él sale, sintiendo que mis piernas flaquean. Me quedo con Vika, que se sienta en mi cama y me mira con una ceja alzada.

—Vaya… eso ha sido intenso. Hay más electricidad entre vosotros que en una tormenta de verano.

Suspiro, dejándome caer a su lado.

—Es odio, Vika. Solo odio.

Ella se ríe suavemente, dándome una palmada en la mano.

—El odio y el deseo son dos caras de la misma moneda, cuñada. Y mañana, cuando digas "sí", te darás cuenta de que la moneda ya ha caído del lado que más te aterra.

Me quedo sola poco después. Miro el techo, escuchando el bullicio de la casa que ahora alberga a dos de las familias más peligrosas del mundo.

Mañana seré una Volkov. Mañana seré suya ante la ley y ante el mundo.

Pero lo que más me asusta no es la boda.

Lo que me aterra es que, a pesar de todo mi odio, hay una parte de mí que se muere por saber si Alekséi cumplirá su promesa de la cocina.

Porque mañana, el carcelero y la prisionera tendrán que compartir la misma casa. Y no sé si la jaula será lo suficientemente grande para los dos.