CORONA DE SANGRE CAPITULO 18
26%

CAPITULO 18

ALEKSÉI

Llego a la mansión cuando el cielo ya empieza a clarear por el este, ese gris sucio que anuncia el amanecer sin dar calor.

Las verjas se abren en silencio, como si supieran que no hay nadie despierto para verme llegar.

El motor de la moto de Rafa se apaga con un último ronroneo grave y el silencio me envuelve de golpe.

La casa está demasiado grande ahora. Sin los empleados corriendo de un lado a otro, sin las voces bajas de la mañana, sin el tintineo de cubiertos en la cocina. Solo eco. Solo yo.

Bajo de la moto y dejo el maletín dentro maletero del asiento.

No quiero meterlo en la casa. No quiero que ese olor a acero y muerte contamine el lugar donde ella duerme.

Lo que tenía que hacer esta noche ya está hecho, y aunque mis manos están limpias de sangre gracias a los guantes, me siento sucio por dentro.

Es una suciedad antigua, una que no se quita con jabón.

Entro por la puerta lateral que da a la cocina.

La luz del extractor está encendida, esa luz fría y amarillenta que nunca apagan del todo.

El suelo de mármol está helado bajo las botas.

Me quito la chaqueta y la dejo colgada en el respaldo de una silla.

El cuerpo me pesa. No es cansancio físico; es esa presión que se me instaló en el pecho cuando vi su puerta cerrada al subir las escaleras y que no se ha ido ni con la adrenalina del interrogatorio.

Abro la nevera. La luz blanca me da en la cara como un flash.

Cojo una botella de agua y bebo directamente del gollete, largo, lento, intentando enfriar lo que arde dentro.

No funciona. El teléfono vibra en el bolsillo de mi pantalón, un zumbido que rompe el silencio de la cocina como una avispa irritante.

Lo saco sin mirar la pantalla, pero ya sé quién es.

Nadie más se atrevería a molestarme a estas horas de la madrugada.

—Vika. ¿Qué coño quieres a estas horas? —mi voz sale más ronca de lo que esperaba, raspada por el frío y la falta de uso.

—¡¿Es cierto?! —el grito de mi hermana me taladra el tímpano, vibrando con una energía que me resulta insoportable ahora mismo—. ¡¿Es cierto que te vas a casar?! ¡Dime que los rumores que han llegado a Moscú son una broma de mal gusto!

Cierro los ojos y aprieto el puente de la nariz con los dedos, sintiendo el inicio de una migraña.

—Vika, acabo de llegar. Estoy cansado, cubierto de mierda y sin ningún humor para tus interrogatorios. Te contaré los detalles mañana, ¿sí? Duérmete.

—Ni de coña. Me tienes que contar detalle por detalle ahora mismo.

—Su voz suena alegre, casi infantil, con esa curiosidad morbosa que siempre la ha caracterizado.

Como si esto fuera una noticia de una revista de sociedad y no una sentencia de muerte disfrazada de alianza estratégica—.

¿Quién es? ¿Cómo es? ¿Es guapa? ¿Es una de esas gitanas que papá siempre decía que traían problemas y fuego en la sangre?

Suelto el aire por la nariz, un suspiro largo que empaña el cristal de la ventana frente a mí.

—Es la hija de Machin. Sulamita.

Se hace un silencio sepulcral al otro lado de la línea. Solo escucho su respiración agitada. Luego, una risa incrédula, casi histérica.

—¿La niña gitana? ¿La que apenas ha dejado de ser una cría?

No contesto. No tengo argumentos que no suenen a excusa barata.

—Joder, Alekséi… —el tono de Vika baja varios octavos. Ahora sí suena preocupada, con esa intuición de hermana que siempre me ha puesto de los nervios—. ¿Estás bien? ¿Te han obligado?

—Fue mi decisión —respondo al fin, y mi voz suena extraña, como si no me perteneciera—. Kemal mandó hombres. Pidieron su mano como si fuera una mercancía. Intentaron secuestrarla. No iba a dejar que un animal como ese la tocara.

Otra pausa larga. Vika conoce el lenguaje de los silencios tan bien como yo.

—Y tú… ¿qué ganas con esto? ¿Desde cuándo eres el caballero andante de las causas perdidas?

La pregunta me golpea justo donde duele, en ese rincón que ni yo mismo me atrevo a explorar.

Gano tiempo. Gano control sobre la situación.

Gano la excusa legal para tenerla bajo mi guardia las veinticuatro horas del día.

Pero sobre todo, gano la oportunidad de tenerla cerca sin tener que admitir ante Machín que su hija me ha descolocado el mundo.

—No gano nada —miento, y sé que ella sabe que miento—. Solo cumplo con mi viejo amigo. Él me salvó la vida. Ahora le devuelvo el favor protegiendo lo único que le importa.

Vika suspira al otro lado, un sonido lleno de lástima que me hace apretar los puños.

—Eres un mentiroso de mierda, hermano. Y lo peor es que te lo crees. Te has metido en una jaula pensando que tienes la llave, pero no te has dado cuenta de que la puerta solo abre desde fuera.

—Buenas noches, Vika.

—Alekséi… ten cuidado. Las jaulas también atrapan al que las cierra. Y las mujeres como ella no se dejan domesticar. Te va a quemar vivo.

Cuelgo sin responder y dejo el teléfono boca abajo sobre la encimera.

El cristal frío me quema la palma de la mano.

Sulamita. El nombre se me clava en el pecho como un anzuelo de pesca, tirando de mí hacia arriba.

La recuerdo subiendo las escaleras hace unas horas, con el vestido negro, el pelo desordenado y el pecho subiendo y bajando con una furia animal.

La forma en que me miró antes de salir por las puertas...

como si quisiera matarme y, al mismo tiempo, como si yo fuera el único punto de apoyo en un mundo que se caía a pedazos.

Abro el grifo y me echo agua fría en la cara.

El chorro golpea la piel como agujas de hielo, pero no logra apagar el recuerdo de su piel oliva bajo la luz de la luna.

Me seco con el dorso de la mano y miro mi reflejo en la ventana negra de la cocina.

Mis ojos, de ese azul que mi madre decía que parecía hielo, se ven cansados.

Cínicos. Y por un segundo absurdo, veo sus ojos marrones reflejados en los míos.

Me aparto de la ventana como si quemara. No voy a dejar que esto me coma vivo. No soy un adolescente con las hormonas disparadas. Soy un soldado de la Bratva. Soy Alekséi Volkov.

Estoy a punto de salir de la cocina cuando la puerta se abre de golpe y Sulamita entra como un vendaval contenido.

Lleva ese pijama corto de algodón negro que parece pintado sobre su piel, y en el segundo en que cruza el umbral, el oxígeno de la habitación desaparece.

Me mira un instante y pasa de largo sin decir una palabra, restregándose un ojo con el dorso de la mano como si yo fuera una sombra invisible.

Esta niña va a acabar conmigo.

Me apoyo en la encimera y cruzo los brazos, observándola con esa calma que he perfeccionado frente a pelotones de ejecución.

—Así que ahora haces la ley del hielo —murmuro.

Ella se detiene un segundo. Me recorre con una mirada de desprecio puro.

Abre la nevera y se agacha hacia el congelador.

El pantaloncito se le tensa, abrazando cada curva de su cuerpo de una forma que hace que mi polla se despierte con una urgencia dolorosa.

Me aclaró la garganta y me siento en el taburete para ocultar mi reacción.

No voy a darle el placer de verme perder el control.

Saca un bote de helado de caramelo salado, coge una cuchara del cajón con un movimiento brusco y se sienta justo enfrente de mí, al otro lado de la isla.

Cruza las piernas, apoya un codo en el granito y me mira por fin, con una postura de desafío que me recuerda que ella no es una víctima, es una combatiente.

Respiro hondo, llenando mis pulmones con el aroma que desprende su piel caliente por el sueño.

—Sulamita, sé que te dolió la decisión de tu padre —empiezo, forzando una voz razonable—.

Créeme, yo tampoco busqué encadenarte a una farsa.

Pero este matrimonio no es una sentencia de por vida.

Es una armadura. Solo durará hasta que Kemal deje de ser un problema.

Ya sea porque se aburra de ti o porque yo le meta una bala entre los ojos. Lo que ocurra primero.

Ella mete la cuchara en el helado, saca una porción generosa y se la lleva a la boca.

Lo hace despacio, con una lentitud que me parece calculada para torturarme.

No responde. Solo lame la cuchara, pasando la punta de la lengua por el metal, y juro que el sonido de mi mandíbula apretándose se escucha en toda la habitación.

—Kemal no acepta un "no" —continúo, intentando ignorar la forma en que sus labios se cierran sobre la cuchara—.

Está obsesionado. Tu padre sabe que solo mi nombre y el de mi familia pueden mantenerlo a raya.

No es un romance, Sulamita. Es supervivencia pura y dura.

Cuando esto termine, podrás irte. Serás libre de nuevo. Sin deudas. Sin Kemal. Y sin mí.

Ella vuelve a meter la cuchara. Otra vez ese lametón lento, pausado, casi obsceno bajo la luz amarillenta de la cocina. Mis dedos se clavan en el borde de madera del taburete. El autocontrol se me está escapando entre los dedos como arena fina.

No aguanto más. Extiendo el brazo por encima de la isla y le sujeto la muñeca justo antes de que vuelva a probar el helado.

Mi agarre es firme, rodeando su piel suave con la dureza de mis dedos curtidos.

Su pulso está disparado, golpeando contra mi yema como un pájaro atrapado.

Me está mintiendo; no está tan tranquila como quiere aparentar.

—Sulamita —gruño, y mi voz ha bajado dos octavas, volviéndose peligrosa.

Ella levanta la vista. Por fin. El azul frio de mis ojos choca con el marrón profundo de los suyos, donde las motas doradas brillan con una furia renovada. Estamos tan cerca que puedo sentir el frío del helado en su aliento y el calor de su rabia en su piel.

—Te pido perdón por lo de la bofetada —dice de repente. Su voz es ronca, una caricia áspera que me eriza el vello de los brazos—. Era eso o darte una patada en los huevos tan fuerte que estarías cantando en el coro de la iglesia el resto de tu vida. Pero me dejé llevar. Lo siento.

Suelto un aire que no sabía que estaba reteniendo. Una disculpa. No me la esperaba.

—Pero —añade, y su mirada se vuelve a afilar— eso no cambia nada. Sigues siendo un hijo de puta arrogante que cree que puede decidir mi vida con un contrato y una pistola al cinto. No me gustas, Alekséi. Ni me vas a gustar nunca.

Asiento despacio, aceptando sus términos.

Mis ojos, traidores, bajan a su labio inferior.

Hay una mínima gota de helado allí, brillando, tentando a mi cordura.

Sin soltar su muñeca, dirijo la cuchara con su mano, la cargo con un poco de helado y me la llevo a mi propia boca, sosteniéndole la mirada mientras saboreo el caramelo y la sal.

Sus pupilas se dilatan hasta casi borrar el iris. Su respiración se vuelve errática, corta.

—Entonces… —murmuro, dejando que el tono ruso se filtre en mis palabras— algún día me cobraré esa bofetada, Moyá tsygánka. Y te aseguro que el precio será mucho más alto de lo que imaginas.

Suelto su muñeca con una lentitud agónica, dejando que mis dedos rocen la parte interna de su brazo, donde la piel es más fina y sensible.

Me levanto del pequeño asiento. Mi erección sigue ahí, dura y exigente, marcándose bajo la tela de mi pantalón.

No hago nada por ocultarla. Que sepa lo que provoca.

Que sepa que, aunque sea un contrato, lo que siento cuando estoy cerca de ella es cualquier cosa menos burocrático.

Doy media vuelta para irme, pero su voz me detiene en seco.

—¡Pero serás gilipollas! —grita, y oigo cómo se levanta del taburete, que chirría violentamente contra el suelo—. ¡¿Y eso qué significa?! ¡No me hables en ruso como si estuviéramos en una de esas novelas baratas que lee mi tía!

Me detengo en el umbral de la puerta. Me giro solo a medias, mostrándole esa sonrisa torcida que suele preceder a mis peores actos.

—No es ruso lo que hablo cuando te miro así, Sulamita —le digo, dejando que cada palabra caiga con peso—. Es una advertencia.

Ella camina hacia mí, plantándose a medio metro. Está furiosa, su pecho sube y baja rápidamente, y el frío de la cocina hace que sus pezones se marquen contra la fina tela del pijama. Joder, es preciosa cuando quiere matarme.

—¿Advertencia de qué? —exige, cruzándose de brazos, lo que solo acentúa su escote.

—De que no voy a ser un caballero contigo —respondo, dando un paso adelante, invadiendo su espacio personal hasta que nuestras respiraciones se mezclan—.

No voy a fingir que no te deseo. No voy a fingir que no me pone al límite verte comer ese helado.

Y no voy a fingir que no me muero por cobrarme esa bofetada de formas que te harían sonrojar incluso a ti.

Sulamita traga saliva. Veo el movimiento en su cuello, escucho su corazón martilleando. Está asustada, sí, pero hay algo más en sus ojos. Un desafío. Una chispa de deseo que ella misma intenta apagar con su odio.

—Eres un cerdo —sisea, pero su voz ha perdido fuerza.

—Soy un hombre que sabe reconocer lo que quiere —corrijo, inclinándome hasta que mi boca queda a escasos milímetros de la suya—. Y ahora mismo te quiero a ti. Desnuda sobre esta encimera, gritando mi nombre hasta que olvides que nos casamos por obligación.

Ella no retrocede. Nunca lo hace. Pero sus manos tiemblan a los costados.

—Pero no lo voy a hacer —añado, rompiendo la tensión al dar un paso atrás—.

Porque cuando suceda ya no serás una niña, Sulamita, y va a ser porque tú me lo pidas de rodillas.

Porque decidas que prefieres quemarte en mi infierno antes que seguir congelándote sola.

Y si algo me sobra como ruso, es paciencia.

Doy media vuelta y subo las escaleras, dejando atrás el silencio de la cocina y a una Sulamita que seguramente se ha quedado de piedra.

Entro en mi habitación, cierro la puerta y me apoyo contra la madera, intentando que mi pulso recupere la normalidad.

Tengo la polla dura como el acero y el cerebro hecho un caos.

Vika tenía razón. He cerrado la jaula. Pero mientras escucho el silencio de la mansión, solo puedo pensar en una cosa: ya no estoy seguro de quién de los dos es el prisionero.

Y joder, lo peor es que me encanta.