CAPITULO 17
ALEKSÉI
El ardor de la bofetada sigue vivo en mi mejilla, una pulsación rítmica que me recuerda que sigo siendo humano, aunque a veces mi trabajo consista en olvidar qué significa eso.
No es el dolor físico lo que me molesta; hace años que el dolor dejó de ser una advertencia para convertirse en un simple trámite administrativo del cuerpo.
Es el recuerdo del gesto. Nadie me toca la cara.
Nadie se atreve a invadir mi espacio personal con esa violencia cruda y sale de la habitación con la columna intacta.
Los pocos que lo hicieron en el pasado ahora solo son nombres borrosos en lápidas sin flores o, peor aún, fantasmas desaparecidos en fosas que el tiempo y la cal han terminado de devorar.
Hombres que terminaron durmiendo con los insectos por no entender que hay fronteras que un Volkov nunca permite cruzar.
Y, sin embargo, aquí estoy. De pie en el despacho de Machin, atrapado en un compromiso que nació de una mentira necesaria, permitiendo que una niña furiosa me marque la piel con los cinco dedos delante de los hombres más poderosos del clan.
Exhalo despacio por la nariz, sintiendo cómo la adrenalina de la boda empieza a cristalizarse en una rabia densa y peligrosa.
El silencio que ha quedado en el despacho tras su salida es tan pesado que casi puedo oír el latido del corazón de Machin.
Podría haber reaccionado. Mis reflejos están entrenados para interceptar un ataque antes incluso de que el agresor sea consciente de su propio movimiento.
Podría haberle enseñado, en un segundo de terror, lo que significa desafiar a la Bratva.
Pero no lo hice. Y esa es la parte que más me inquieta: no fue falta de velocidad, fue una elección deliberada.
—Esta muchacha no para de darme problemas…
—la voz de Machin rompe el silencio, cargada de una fatiga que parece haberle sumado décadas en un solo suspiro.
Se frota la frente con los dedos temblorosos, apoyando todo su peso en el bastón de mando—.
De verdad siento mucho la falta de respeto, Alekséi. Ella no sabe medir las consecuencias.
Levanta una mano cansada hacia mí, un gesto de disculpa que rara vez un patriarca ofrece a alguien que no sea de su sangre.
—Te recompensaré por este insulto —añade en voz áspera.
Me llevo la mano a la mandíbula, moviéndola con una lentitud calculada para que él vea que el golpe tuvo impacto. En este mundo, la deuda emocional es más valiosa que el dinero, y ahora Machin siente que me debe una parte de su honor.
—Machin… no te preocupes —respondo con una calma que suena a hielo golpeando un vaso—. Ahora no lo entiende. Está asustada, aunque lo disfrace de furia. Lo hará cuando se calme y vea que el mundo fuera de esta casa no tiene piedad con las niñas bonitas.
Rafa suelta una risa corta y seca desde la esquina, rompiendo la solemnidad del momento.
—Joder, cuñado… qué cara tienes. Parece que te haya dado con un martillo en vez de con la mano. Tienes la marca de sus dedos grabada como un sello de propiedad.
Lo miro de reojo, con una frialdad que suele hacer que la gente retroceda tres pasos.
—Disfruta mientras puedas, Rafael. No todos los recuerdos sobreviven mucho tiempo en mis manos, y las risas a mi costa suelen salir caras.
Su sonrisa se tensa apenas un segundo. Suficiente. Machin resopla, harto de actuar como muro de contención entre dos lobos que solo quieren morderse.
—Basta. Esto no es un juego de niños. La boda será en una semana. Todo debe cerrarse antes de que Kemal vuelva a mover ficha. Quiero que estéis fuera de España en cuanto se firmen los papeles.
Asiento una sola vez. Una semana. Tiempo suficiente para organizar la seguridad, las rutas y los contactos en Rusia.
Tiempo suficiente para que Sulamita aprenda nuevos sinónimos de la palabra "odio".
Camino hacia la ventana y observo la oscuridad del jardín, donde las sombras parecen estirarse buscando algo que atrapar.
—Cuando esto termine… —dice Machin a mi espalda— quiero a mi hija de vuelta exactamente igual que ahora. Ni un rasguño, Alekséi. Ni uno.
—Así será —respondo sin girarme. Pero por primera vez en mi vida profesional, siento que estoy firmando un cheque que mi voluntad no sabe si podrá pagar.
Salgo del despacho y el pasillo me recibe con una corriente de aire frío.
Necesito moverme. Necesito purgar esta presión que me aprieta el pecho desde que vi a Sulamita subir esas escaleras con el orgullo envuelto en fuego.
Me dirijo a mi habitación con pasos que resuenan en el mármol como sentencias de muerte.
Cierro la puerta con el pestillo. El clic metálico suena limpio, definitivo.
Me cambio despacio, sustituyendo la seda del traje por ropa táctica completamente negra.
La sangre no resalta sobre el negro y las sombras me aceptan mejor así.
Saco el maletín oculto en mi maleta; el cuero cruje bajo mis dedos como un animal que despierta.
Dentro, el orden es perfecto: herramientas diseñadas para el silencio y el dolor.
Herramientas honestas. Paso la yema de los dedos por el puñal dentado, diseñado para desgarrar fibras, y el punzón de acero.
Hoy no busco justicia, busco la verdad que se esconde detrás de los gemidos.
Bajo las escaleras y encuentro a Rafa en la entrada principal, envuelto en el humo de un cigarrillo, observando la noche con una seriedad que no le conocía. Sabe perfectamente adónde voy y qué voy a hacer.
—Si tienes pensado decirme que quieres venir... ni lo pienses —le digo antes de que abra la boca—. Prefiero que te quedes aquí. Saber que todo está en calma en esta casa mientras yo me encargo de la basura.
—Tranquilo, no iba a decir eso. Hay cosas que prefiero no ver para poder seguir cenando con mi padre.
Saca unas llaves del bolsillo y me las lanza con un movimiento fluido. Las atrapo al vuelo justo al pisar el último escalón, sintiendo el metal frío en mi palma.
—Llévate mi moto. Pasa más desapercibida que tus tanques rusos... solo ten cuidado con mi chica.
Una sonrisa torcida aparece en mi boca, una expresión cargada de una intención que él capta al instante.
—Tranquilo... la montaré como si fuera mía.
Dejo que el doble sentido cuelgue en el aire, denso y cargado de una testosterona peligrosa. Rafa frunce el ceño al instante, sus ojos se entrecierran bajo la luz de la entrada.
—No te burles, Alekséi. Para mí... mi moto es como una mujer.
Alzo una ceja, divertido por su comparación, aunque sé que en su mundo, las máquinas y el honor van de la mano.
—¿Ah, sí?
Él asiente con total seriedad, dando una última calada a su cigarrillo.
—Sí. Tienes que saber tocarla suave antes de exigirle velocidad... sentir cómo vibra entre tus piernas, entender cuándo quiere correr y cuándo necesita que la domines con mano de hierro. Si la tratas mal, te tira al suelo sin previo aviso. Si la respetas... te lleva al cielo.
Lo observo un segundo en silencio, procesando la analogía.
—Definitivamente estás enfermo, Rafael.
—Y tú vas camino de estarlo —responde él sin perder esa media sonrisa que esconde más de lo que muestra—. Solo que todavía no lo sabes. Estás tan acostumbrado al hielo que no ves que te estás empezando a derretir.
No contesto. No hay respuesta para una verdad que todavía me niego a aceptar.
Salgo de la mansión y el aire frío de la madrugada me golpea el rostro, despejando la niebla de mi mente.
Me subo a la moto negra. El motor ruge bajo mis manos con una vibración profunda, casi animal.
Acelero y la carretera se abre ante mí como una herida oscura.
Cada kilómetro me aleja de la mansión y de los ojos marrones de Sulamita, pero por mucho que corra, no consigo dejar de sentir el peso de su bofetada en mi piel.
Llego al almacén en las afueras. El olor a óxido, gasolina y miedo llena el aire, estancado entre las paredes de chapa.
Mis hombres ya han preparado el escenario.
El secuestrador está atado a una silla metálica en el centro de la nave, bajo un foco que parpadea con un zumbido eléctrico molesto.
Está magullado, respirando con una dificultad silbante, pero sigue vivo.
Me acerco despacio, dejando que el sonido de mis botas sobre el cemento agrietado sea su despertador. Abro el maletín sobre una mesa cercana. El sonido del acero al chocar es casi musical en este silencio sepulcral.
—Vamos a intentar esto una vez más —digo con una calma aterradora—. Y te prometo que esta vez... el dolor será tu única compañía.
Me detengo frente a él. Sus ojos están hinchados, pero hay una chispa de resistencia que me molesta.
—Todavía estás a tiempo. Dime quién más te envió, quién os dio la invitación para entrar sin ser vistos... y tu muerte será rápida. Un favor entre profesionales.
El hombre levanta la cabeza lentamente. Escupe un coágulo de sangre a mis pies, ensuciando la punta de mi bota.
—No diré nada... ruso —dice con la voz rota—. Igual que tú proteges a esa chica... yo protejo a los míos. Si hablo, ellos mueren. Si callo, quizá tengan una oportunidad.
Le agarro la mandíbula con una fuerza que hace que sus dientes crujan, obligándolo a sostener mi mirada.
—No me importa a quién quieras proteger. Intentasteis tocar lo que no debíais. Esa gitana me pertenece desde el momento en que puse un pie en esta ciudad para salvarla. Y tú... tú solo eres el escombro que voy a limpiar.
Lo suelto con un empujón violento. Hago un gesto a Mikhail.
Empezamos la técnica del trapo y el agua.
Es una tortura limpia, pero rompe el alma más rápido que cualquier golpe.
Sus pies golpean el suelo, las cuerdas tensas crujen bajo su peso mientras intenta buscar un aire que solo llega en forma de líquido.
Retiro el trapo de golpe después de treinta segundos.
—¡Habla! ¡Dame un nombre!
—Mátame... y deja de perder el tiempo —jadea, su pecho subiendo y bajando espasmódicamente—. No hay nombres para ti. Solo hay silencio.
Aprieto la mandíbula. Su lealtad me irrita porque es un espejo de la mía. Pasamos a la grúa industrial que cuelga del techo, un gancho de acero frío y oxidado. Enganchamos las correas de sus brazos a la espalda.
—Tus hombros van a salirse de su sitio en los próximos cinco minutos. Última oportunidad. O hablas... o dejas de ser un hombre funcional antes de morir.
Sus ojos se llenan de lágrimas de pura agonía, pero no hay traición en su voz. Solo una determinación desesperada.
—Si hablo, mi familia muere. Kemal no perdona los errores, y menos la delación. Si me matas sin que hable... quizá los deje vivir por mi silencio. Ya sabes lo que tienes que hacer, Volkov. Termina esto.
El silencio cae sobre el almacén, pesado como el plomo. Entiendo su postura. Es un guerrero en el bando equivocado, protegiendo su único legado: la seguridad de su mujer y sus hijos. Es un pacto silencioso que ambos entendemos. Él me da su vida, yo le doy la paz de no ser un traidor.
—Has sido más hombre que muchos de los que llevan traje en mi país —le digo, con un respeto gélido mientras saco mi revólver de la sobaquera.
Alzo la mano. El motor de la grúa eleva el cuerpo unos centímetros más.
Se escucha un crujido húmedo, grotesco, cuando los huesos de sus hombros abandonan su lugar natural.
El grito que suelta atraviesa las chapas del almacén, un sonido que se pierde en la noche gaditana.
Pero no hay nombres. No hay direcciones.
—¡¡MÁTAME DE UNA PUTA VEZ!! —aúlla entre espasmos de dolor insoportable.
Me planto frente a él, sosteniendo su mirada hasta que el último vestigio de luz se apaga en su interior, sustituido por el deseo de la oscuridad eterna. Levanto el arma y apunto al centro de su frente.
—Que encuentres la paz que aquí no pudiste comprar —murmuro.
Bumm.
El disparo con supresor suena como un golpe de martillo seco.
Silencio inmediato. El cuerpo queda balanceándose levemente en el aire, una sombra colgada en medio de la nada.
La sangre empieza a gotear sobre el cemento, marcando el ritmo de un tiempo que para él ya se ha detenido.
No ha dicho nada. Ha preferido el infierno a entregar a los suyos.
—Busca a su familia —ordeno a Serguéi sin mirarlo, guardando el arma—.
Protección discreta desde la distancia. Si Kemal intenta tocarlos, eliminad a los atacantes.
Nadie debe saber que intervenimos. Y que el cuerpo aparezca en el linde del territorio de Kemal mañana.
Que huela a advertencia, que sepa que sus hombres mueren en silencio bajo mi guardia.
Salgo al aire frío de la madrugada. La rabia se ha enfriado, transformándose en una determinación cortante. Si Kemal está dispuesto a usar el terror contra familias, yo convertiré su imperio en cenizas.
Me subo a la moto de Rafa, sintiendo el cuero frío bajo mi peso. Al encenderla, el motor vibra contra mis muslos y las palabras de Rafa vuelven a mi mente con una fuerza renovada. Tienes que saber tocarla suave... entender cuándo necesita que la domines.
Acelero a fondo, sintiendo el viento azotar mi rostro mientras regreso a la mansión.
El compromiso de una semana ya no es solo una estrategia política.
Es una cacería personal. Y Sulamita, aunque ella no lo sepa y me odie con cada fibra de su ser, acaba de convertirse en el único territorio que estoy dispuesto a defender hasta las últimas consecuencias.
Llego a la mansión cuando el horizonte empieza a teñirse de un violeta oscuro. Miro hacia su ventana, la única que me importa en este edificio inmenso.
—Prepárate, Sulamita —susurro para la oscuridad—. Porque el invierno que te espera a mi lado va a hacer que este infierno te parezca un paraíso.