CAPITULO 16
SULAMITA
Entro al despacho de mi padre sin tocar.
La puerta se cierra a mi espalda con un sonido seco, un chasquido de madera que parece demasiado fuerte para el silencio sepulcral que reina dentro.
Y en cuanto doy el primer paso, lo noto.
La tensión. Es espesa, pegajosa, cargada de un magnetismo que hace que el vello de mis brazos se erice.
Es como si el aire pesara más de lo normal, como si cada molécula de oxígeno estuviera saturada de decisiones que ya se han tomado sin mí.
Mis ojos recorren la habitación y entonces lo entiendo todo a medias.
Mi padre, sentado tras su escritorio como un rey en su trono de cuero; Rafa, apoyado en un lateral con una expresión que no sé descifrar; y Alekséi.
¿Por qué está él aquí? ¿Por qué siempre está él en el epicentro de cada desastre de mi vida últimamente?
Algo dentro de mi estómago se contrae. Un nudo frío, afilado, que se clava en mis entrañas y no me deja respirar bien.
No digo nada. No pregunto. Solo avanzo despacio, sosteniendo sus miradas del mismo modo en que ellos sostienen la mía, en un duelo silencioso donde nadie quiere ser el primero en parpadear.
Me siento en el sillón de terciopelo negro, justo frente al escritorio.
Cruzo las piernas con una elegancia que no siento.
Levanto el mentón. Si esto es un regaño por lo de Alfredo, no voy a dárselo fácil. No voy a pedir perdón por sobrevivir.
Mi padre se levanta. El sonido de su bastón contra el suelo marca un ritmo fúnebre hasta que se detiene frente a mí. Demasiado cerca. Demasiado serio.
—Bueno… —dice al fin, con una calma que me eriza la piel—. Antes de que empieces a explicarme qué hacías a solas con el niñato de Alfredo… hay algo que debes saber. Algo que ha cambiado las reglas de este juego.
Mi corazón da un golpe seco contra las costillas. Algo va mal. Muy mal.
—Unos hombres de Kemal Kara vinieron en su nombre hace un rato… pidiendo tu mano. Reclamándote como si fueras una deuda pendiente.
El mundo se queda en silencio. Siento cómo mis ojos se abren solos, cómo el aire se me queda atrapado en la garganta, quemando. Intento hablar, pero mi padre alza la voz, cortándome el paso antes de que pueda articular una sola protesta.
—No me interrumpas, Sulamita. Escucha. Esto no es una rabieta de adolescentes. Es una cuestión de supervivencia.
Ese tono… nunca lo había usado así conmigo. Es el tono que usa para condenar a traidores. Mis dedos se clavan en el terciopelo del sillón hasta que siento las uñas hundirse en la tela, buscando un anclaje en una realidad que se desmorona.
—Tuvimos una conversación delante de esos hombres —continúa mi padre, paseando por el despacho—. Y antes de que intentaran secuestrarte… porque estoy seguro de que ese ataque de arriba ha sido obra de Kemal… se nos ocurrió una solución. La única que garantiza que sigas respirando mañana.
¿Se nos ocurrió? Mis ojos se deslizan hacia un lado.
Rafa está apoyado en la mesa, mirando al suelo con una rigidez que me asusta.
Pero Alekséi… él ni siquiera se ha girado desde que entré.
Sigue mirando la silla vacía de mi padre como si yo fuera invisible, como si yo fuera un simple objeto de estudio en una reunión de estrategia.
La rabia empieza a arderme bajo la piel, lenta pero imparable, como lava líquida.
—¿Qué… solución…? —susurro, y mi voz suena extraña a mis propios oídos.
Mi padre no duda. No parpadea.
—Habrá un matrimonio por contrato. Tú y Alekséi Volkov. Os casaréis en una semana… y te irás a Rusia bajo la protección de la Bratva.
El tiempo se rompe en mil pedazos. Me levanto de golpe, como si el sillón me hubiera quemado la piel. La sangre me golpea en las sienes con la fuerza de un martillo. El corazón late tan fuerte que el dolor se irradia por mi pecho.
—Será una broma… ¿verdad? —mi voz tiembla, pero no de debilidad, sino de una furia que amenaza con consumirlo todo—. Dime que no hablas en serio, papá. Dime que no vas a venderme a este… a este imbécil.
—He dicho que calles y escuches —el golpe de sus palabras me detiene en seco—.
No es una venta. Es un escudo. No debes preocuparte —añade mi padre, intentando suavizar el tono, aunque sin éxito—.
Será un matrimonio falso. Un papel firmado.
Un contrato con cláusulas de salida. Cuando Kemal desaparezca de nuestras vidas, cuando sea neutralizado…
todo terminará. El contrato se anulará y volverás a casa.
Silencio. Un silencio que zumba en mis oídos.
Entonces, por fin, él se mueve. Alekséi se levanta despacio, con esa elegancia depredadora, y se gira hacia mí.
Odio que mi cuerpo lo note. Odio que mi respiración se acelere ante su cercanía.
Odio que sus ojos azules me encuentren como si siempre supieran exactamente dónde está mi punto de ruptura.
—No debes preocuparte, Sulamita —dice él, con esa calma rusa que me dan ganas de destrozar a puñetazos—. Es por tu bien. Solo es política. Cuando todo acabe… te traeré de vuelta y tu vida seguirá exactamente donde la dejaste. Como si nada hubiera pasado.
Algo dentro de mí estalla. Es una explosión silenciosa de dignidad herida. Camino hacia él sin pensarlo, sin medir las distancias. Me detengo a un paso de su cuerpo, sintiendo el calor que emana de su traje oscuro.
—¿No te da vergüenza? —mi voz sale baja, vibrando de odio—. ¿Comprometerte conmigo sin preguntarme? ¿Usarme como una moneda de cambio en tus guerras de mafiosos?
Le golpeo el pecho con el dorso de la mano. Una vez. Dos. Tres veces sobre la tela impecable de su camisa.
—Tengo diecisiete años, Alekséi. ¡Diecisiete! Por si tus cálculos rusos no funcionan bien. No soy una propiedad que puedas comprar con una alianza falsa.
Una risita ahogada suena a un lado. Rafa. Giramos la cabeza al mismo tiempo y lo fulminamos con la mirada. Mi hermano levanta las palmas en señal de rendición, pero su sonrisa me duele.
Vuelvo a Alekséi. Él tiene las manos en los bolsillos, la cabeza apenas inclinada para mirarme desde su altura superior. Y lo peor… no está enfadado. No hay rastro de irritación. Está demasiado tranquilo, como un domador observando a una fiera enjaulada.
—Esto lo empezaste tú, tsygánka… —susurra él, bajando el tono para que solo yo escuche esa palabra extranjera. No sé qué significa, pero suena a posesión, a un secreto oscuro compartido entre las sombras.
La rabia me ciega. El impulso es más fuerte que la razón.
Mi mano vuela antes de que mi mente pueda detenerla.
El sonido de la bofetada corta el aire del despacho como un latigazo.
Su rostro se gira por el impacto del revés…
pero no retrocede ni un milímetro. Ni un paso.
Ni un gesto de dolor. Se queda ahí, con la marca roja de mis dedos empezando a florecer en su mejilla, mirándome con una intensidad que me hace querer desaparecer.
—¡Sulamita! —mi padre me sujeta del brazo con una fuerza que me hace daño—. ¡Ahora mismo vas a disculparte! ¡Deja de comportarte como una niña malcriada!
Lo miro a los ojos, con el alma rota.
—¿Yo tengo que disculparme? ¿Por qué no me dejas elegir mi vida? ¿Por qué no puedo elegir por mi misma? El día que quiera casarme de verdad, quiero elegirlo yo... ¡Me estás robando mi futuro!
—Machín —interviene Alekséi, y su voz es firme, sin rastro de rencor por el golpe—. Entiendo su enfado. No la regañe. Tiene derecho a odiar este acuerdo.
Lo miro, sorprendida. ¿Por qué me defiende? ¿Por qué su voz suena tan malditamente noble mientras me arrastra al abismo?
—Este matrimonio solo existe para protegerte —continúa Alekséi, clavando sus ojos azules en los míos—. Te doy mi palabra de honor, Sulamita. Tu vida y tu futuro quedarán intactos. No soy tu dueño, soy tu guardaespaldas con un anillo falso. Nada más.
Mi corazón da un latido extraño. Torpe. Peligroso. Lo odio por hacerme sentir que, en medio de este caos, él es el único que me dice la verdad.
—No quiero tu palabra —susurro con desprecio—. Quiero mi libertad.
Algo pasa por su mirada. Un destello de algo que parece dolor, pero desaparece tan rápido que creo haberlo imaginado.
—Si hubiera otra forma de que Kemal no te arrastrara a su cama esta misma noche, la usaría —dice él, y la crudeza de sus palabras me hiela la sangre—. Pero no la hay.
El miedo intenta abrirse paso. Lo aplasto. No voy a llorar. No delante de ellos. No delante del hombre que acaba de comprar mi nombre. Respiro hondo, llenando mis pulmones de ese aire viciado de mafia y promesas rotas.
—Bien… —digo al fin, con la voz rota pero firme—. Si este es el precio para que la sangre no llegue a esta casa… Entonces me casaré contigo.
El silencio cae como una sentencia de muerte. Doy un paso más hacia él, invadiendo su espacio hasta que el aire que respiro es el suyo.
—Pero escúchame bien, Alekséi Volkov. Esto será un contrato. Un papel. Nada más. Y el día que esto termine… quiero que desaparezcas de mi vida como si nunca hubieras existido. Quiero que seas un fantasma que nunca debí conocer.
Algo en su expresión se quiebra un segundo. Sus ojos se oscurecen. Y por alguna razón estúpida, eso me duele más que el compromiso.
Me doy la vuelta. No pido permiso. No digo adiós. Simplemente salgo del despacho. El golpe de la puerta resuena por toda la mansión como el disparo de salida de una carrera que no quiero correr. Subo las escaleras casi sin ver los peldaños, con el pulso errático.
Entro en mi estancia y cierro con llave. La mudez me cae encima como una losa. Me dejo caer en la cama, mirando mis palmas. Aún siento el calor del impacto en la piel. Aprieto los dedos con fuerza. No voy a llorar. No voy a darle ese gusto al destino.
Cojo el móvil y llamo a Saray. Necesito una voz que no huela a pólvora ni a mentiras.
—¿Suli? ¿Qué pasa? —pregunta ella al tercer tono.
—Me voy a casar, Saray —susurro, y las palabras suenan como una condena—. En una semana. Con Alekséi. Y me llevan a Rusia.
El silencio al otro lado es eterno. Saray intenta consolarme, intenta buscar soluciones, pero sus palabras rebotan en las paredes de mi cuarto.
—Rusia —murmuro, mirando por la ventana la noche de Cádiz—. Saray… me voy a morir de frío allí. Esa gente tiene la sangre de hielo. Ni siquiera entiendo su idioma. No sé qué voy a hacer en un país donde todo es gris y las normas son de hierro.
Me apoyo contra el cristal helado. Me siento como una prisionera esperando su ejecución. Queda una semana. Siete días para dejar de ser Sulamita Machín y convertirme en la mujer de un monstruo ruso que me mira como si fuera su salvación y su condena al mismo tiempo.
Cierro los ojos y, por primera vez, dejo que una lágrima ruede por mi mejilla. El invierno ruso ha llegado antes de tiempo a mi habitación en el sur de España.