CORONA DE SANGRE CAPITULO 15
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CAPITULO 15

ALEKSÉI

No sé cómo he podido respirar durante la última hora. De verdad que no lo sé.

Mi cuerpo se ha movido por puro automatismo, impulsado por una maquinaria de guerra interna que se activó en el mismo instante en que Alfredo pronunció esas palabras malditas: "No está.

Se la han llevado". Desde entonces, todo ha sido instinto primario.

Puerta tras puerta, pasillo tras pasillo.

Habitaciones vacías que me devolvían el mismo eco cruel, estancias que olían a una ausencia que me desgarraba los nervios.

Cada vez que empujaba una puerta y no la encontraba, algo dentro de mi pecho se cerraba un poco más.

No era miedo; el miedo es para los que tienen algo que perder, y yo, hasta hace poco, no tenía nada.

Era esa angustia muda que no grita, pero te ahoga despacio.

La que no admite errores de cálculo. La que te recuerda con cada latido que, por primera vez en tu vida profesional, has llegado tarde.

Mis hombres se movían rápido, eficaces como sombras, pero yo apenas los registraba. Solo pensaba en una cosa: Sulamita. En su terquedad insultante. En su boca afilada, siempre lista para un ataque. En esa manía suya de creer que el mundo es un escenario y que nadie se atrevería a romper el guion.

Cuando finalmente la vi en aquella habitación de la planta alta…

con el palo en alto, temblando de rabia, con las lágrimas quemándole las mejillas pero manteniéndose viva…

sentí algo parecido a un golpe seco en el esternón.

No fue alivio. Fue una furia contenida, una presión volcánica que amenazaba con arrasar el edificio entero si alguien se atrevía a respirar cerca de ella.

Ahora, el cuarto del sótano donde han bajado al tipo está en calma. Demasiado silencio.

El hombre yace bocabajo en el suelo de cemento.

Inconsciente. El cuerpo torcido de forma antinatural, como una marioneta a la que le han cortado los hilos.

Un hilo de sangre roja y espesa le recorre la frente y se pierde entre las juntas de las baldosas.

No se mueve. Respira, pero es una respiración superficial, costosa.

Me quedo observándolo unos segundos. No siento nada por él.

Ni compasión, ni rabia descontrolada. Solo cálculo frío.

Me agacho despacio y le doy la vuelta con el pie.

Su rostro aparece magullado: la mandíbula hinchada, los labios partidos, un hematoma que ya torna a morado en la sien.

Sulamita no se ha contenido. Y eso… eso me arranca una mueca de orgullo que no puedo ocultar.

Ella es más fuerte de lo que cree. Mucho más.

Me incorporo y me paso una mano por la nuca, intentando enfriar mis propios pensamientos. Mis hombres esperan en el umbral de la puerta. No hablan. Son profesionales; saben leer el ambiente y saben que, en este momento, mi mente es un campo de minas.

—Asegurad el perímetro —ordeno en voz baja, con esa voz que uso para dar sentencias de muerte—. Nadie entra. Nadie sale. Si veis a un solo hombre de Kemal merodeando, no preguntéis. Disparad.

Uno de ellos asiente y se aleja. Me quedo a solas con el intruso.

Con el error que casi me cuesta la cordura.

Porque este hombre no ha actuado solo. Eso es evidente.

Nadie se atreve a tocar a la hija de Machín sin respaldo, sin un plan de escape y sin una recompensa que valga el riesgo de una ejecución lenta.

Camino despacio alrededor de su cuerpo. Sulamita… La imagino arriba, forcejeando. Midiendo el momento exacto para atacar mientras el cloroformo aún le nublaba los sentidos. La veo alzando ese palo con una furia pura, la furia de quien se niega a ser una víctima.

Aprieto los dientes. Ella tiene una dulzura peligrosa, una belleza que engaña al verdugo haciéndole creer que es una presa fácil. Pero detrás de esos ojos marrones hay acero forjado. Y quien no lo vea… acaba como este despojo en el suelo.

Me inclino y le doy un ligero golpe en la mejilla. Nada. Otro golpe, más seco. Gime.

—Despierta —digo con una voz gélida—. No te conviene dormirte ahora. Lo que viene requiere que estés muy consciente.

Parpadea. Confuso. Intenta moverse, pero sus articulaciones no responden. Mis hombres se han encargado de inmovilizarlo antes de dejarme solo con él.

—¿Dónde…? —balbucea, intentando enfocarme.

Me agacho frente a él, apoyando los antebrazos sobre las rodillas. Mi sombra lo cubre por completo, borrando la luz de la bombilla desnuda que cuelga del techo.

—¿Quién mas te envió? —pregunto.

Traga saliva. Veo cómo el miedo le aprieta la laringe, cómo su cuerpo lucha entre el instinto de sobrevivir y el terror a lo que hay fuera de este sótano.

—No… —susurra—. No puedo decirlo. Me matarán.

Le sujeto el mentón con los dedos, apretando los puntos de presión, y le obligo a mirarme a los ojos.

—Te matarán si sales de aquí —le corrijo—. Pero si te quedas conmigo sin hablar, desearás haber muerto en esa habitación.

Pero entonces ocurre algo que no esperaba. El hombre no suplica. No llora. Esboza una mueca torcida, amarga, nacida de la convicción de un hombre que ya se sabe muerto.

—No puedo hablar —dice con la voz rota—. Porque si tú quieres proteger a los que amas… yo hago igual. Tengo familia, señor. Si hablo, ellos pagaran.

El silencio cae como un disparo sin eco. Lo observo largo rato. No hay mentira en su mirada. Hay una lealtad forjada en el miedo, una orden de Kemal que pesa más que su propia vida.

Lo suelto despacio y me incorporo. Ahí está la confirmación. No es un improvisado. No es un borracho que se pasó de listo. Es un mensaje enviado por Kemal Kara para recordarnos que nadie está a salvo.

—Interesante… —murmuro, dándole la espalda.

Así que Kemal no solo amenaza; Kemal utiliza la lealtad como arma. Camino unos pasos, ordenando las piezas del tablero. Me giro de nuevo hacia él.

—Tienes razón en una cosa —digo—. Entiendo perfectamente por qué callas. Yo haría lo mismo por los míos. Pero has cometido un error de bulto.

—¿Cuál…? —pregunta él, con un hilo de voz.

—Pensar que soy un hombre que respeta las reglas de la guerra.

Me enderezo y hago un gesto a mi equipo para que lo trasladen a la nave privada, lejos de la hacienda. Un lugar donde los gritos no molestan a los invitados.

—Llevamoslo. Con cuidado. Que no se muera antes de que yo llegue.

Salgo del edificio con el pulso todavía demasiado alto.

El aire de la noche gaditana debería enfriarme la sangre, pero el incendio interno sigue vivo.

Machín y Rafa siguen fuera, junto a los vehículos.

Alfredo está con ellos, pálido como un muerto, tocándose la herida de la cabeza.

Cobarde. Si hubiera sido un hombre de verdad, no habría permitido que se la llevaran.

Dentro del vehículo de Machín, tras el cristal tintado, está ella.

Sulamita. Aunque no la vea, sé exactamente dónde está sentada.

Siento su presencia como una corriente eléctrica.

Machín levanta la mirada cuando me acerco y yo asiento una sola vez.

Todo está bajo control. El hombre será interrogado en la nave.

El trayecto a la mansión de Machín es un desfile de silencios. Yo los sigo en mi coche, vigilando el parachoques trasero del vehículo donde va ella. Mis manos sujetan el volante con una fuerza que me deja los nudillos blancos.

No puedo dejar de pensar en Sulamita empuñando ese palo. En sus ojos llenos de fuego. Ella no es frágil, y esa verdad me inquieta. Porque significa que la guerra que viene también será suya, y yo no sé si estoy preparado para verla luchar en el barro conmigo.

Las verjas de la mansión se abren como las fauces de una bestia. Aparcamos. Machín sale primero, recuperando su porte de patriarca. Me mira y me hace un gesto para que entre. No es una invitación; es una citación oficial.

Rafa baja después, estirándose con una indiferencia fingida.

—Joder… —murmura al pasar a mi lado—. Esto se va a poner muy feo, ¿verdad, Alekséi?

No respondo. Entramos en la casa. La mudez es una losa. Sulamita no se detiene en el recibidor. Sube las escaleras sin mirar a nadie, con una dignidad que me deja sin aliento.

—¿A dónde vas? —la voz de Machín corta el aire.

Ella se detiene en el rellano, girando apenas el rostro.

—Voy a quitarme este vestido lleno de cloroformo, papá. Después bajaré a escuchar tu sermón.

Ese tono. Desafiante. Indomable. Cierro los ojos un segundo, intentando controlar el latido de mi sien. Machín le ordena bajar de inmediato y ella desaparece en el piso superior.

Nos dirigimos al despacho. Rafa cierra la puerta y el clic del cerrojo suena como una ejecución. Machín se sienta tras su escritorio y me mira con una seriedad que me recuerda por qué es el jefe.

—Esto es serio, Alekséi. Mi hija no es una ficha de ajedrez de las que usáis en Moscú.

—Lo sé —respondo, sosteniendo su mirada—. Por eso he hecho lo que he hecho.

—Has anunciado un compromiso —dice Machín—.

Ahora, tenemos que poner reglas. Haremos un contrato silencioso.

Cuando Kemal sea historia, esta farsa debe desaparecer sin manchar el honor de mi hija.

No la tocarás, Alekséi. Respetarás su pureza.

No permitirás que haya sentimientos. Le queda un mes y medio para la mayoría de edad, pero para mí sigue siendo una niña.

La tensión en el despacho es absoluta. Rafa me mira, esperando mi reacción.

—No habrá sentimientos —repito, y la mentira me amarga la boca—. No la tocaré. No permitiré que ella se confunda. Además, me odia. Es demasiado lista para enamorarse de un monstruo como yo.

—Eso espero —dice Rafa—. Ella no sabe lo que es un novio, ni que le susurren cosas al oído... no quiero que seas tú quien rompa su inocencia.

Estoy a punto de asentir cuando la puerta se abre.

El aire abandona mis pulmones. Sulamita entra.

Se ha quitado el vestido de seda. Ahora lleva una camiseta ancha que le queda como un vestido corto, dejando sus piernas largas y desnudas a la vista, terminando en unas botas negras de tacón grueso y el pelo le cae por la espalda como una cascada oscura.

Se ve joven, salvaje y terriblemente hermosa.

La atmósfera en la habitación sube hasta volverse insoportable. Ella no mira a su padre, ni a su hermano. Me mira a mí. Y en sus ojos no hay gratitud por haberla salvado. Hay una tormenta de preguntas y una furia que promete quemarnos a todos.

Protegerla de Kemal va a ser fácil. Lo imposible va a ser protegerme a mí mismo de las ganas de cruzar la habitación y reclamar lo que mi lengua ya ha declarado como mío.

—Siéntate, Sulamita —dice Machín con voz grave—. Tenemos que hablar...

Ella sonríe, pero es un gesto de guerra. Una sonrisa que me dice que mi infierno personal acaba de empezar.