CORONA DE SANGRE CAPITULO 14
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CAPITULO 14

SULAMITA

—Me encanta esa canción… y cuando la cantas tú, me gusta aún más —me dice Saray cuando me acerco a ella, aún con el pulso vibrándome en la garganta y el eco de los aplausos retumbando en mis oídos.

Sonrío, intentando restarle importancia mientras aparto un mechón de cabello detrás de la oreja.

Mis manos aún tiemblan un poco por la descarga de adrenalina de estar sobre el escenario.

El murmullo del salón sigue vivo a mi alrededor: risas, copas chocando, música de fondo…

todo parece normal. Demasiado normal. Como si el mundo no se hubiera detenido hace un momento cuando mis ojos se cruzaron con los de Alekséi mientras yo cantaba sobre amores que te marcan el alma.

—No es para tanto —respondo, tratando de que mi voz suene estable—. Mi hermano la mejora con la guitarra. Sin él no quedaría igual.

—Vamos, Suli… sabes perfectamente que muchos esperamos a escucharte cantar —insiste Saray, bajando la voz con esa picardía que siempre la caracteriza—. Y sí, lo admito, tú y tu hermano hacéis un buen dúo… porque madre mía cómo toca la guitarra ese hombre.

Asiento despacio, dándole la razón. Mi hermano siempre ha sido así: talento puro fluyendo entre los dedos. Yo solo pongo la voz… y quizá un poco de alma. Pero hoy, el alma pesaba más de la cuenta.

En ese momento, Cristina se acerca con una sonrisa que no anuncia nada bueno. Esa sonrisa suya siempre significa secretos, miradas cruzadas o problemas inminentes. Es la sonrisa de quien sabe algo que tú aún no has descubierto.

—¿Sabes quién me ha preguntado por ti? —dice, inclinándose lo justo para que su aliento me roce el oído.

Entrecierro los ojos, ladeando la cabeza hacia ella, devolviéndole una sonrisa parecida. Ya lo sé antes de que lo diga. Lo presiento en el estómago, como un aviso de tormenta.

—¿Quién?

—Tu adorable Alfredo… —alarga el nombre con una malicia que me hace apretar los dientes—. Dice que quiere hablar contigo y que te espera en la parte de arriba del salón. Tercera puerta a la derecha. Dice que es urgente.

Mi corazón da un pequeño salto. No es amor. Es curiosidad… y una pizca de esa rebeldía que siempre me mete en líos. Después de la intensidad con la que Alekséi me ha estado vigilando, la idea de hablar con Alfredo se siente como un acto de liberación, una forma de decir: "Nadie me posee".

—¿Ahora? —pregunto, aunque ya tengo un pie fuera del círculo.

Cristina se encoge de hombros, restándole importancia.

—Dice que es importante. Y ya sabes cómo es él cuando se pone melodramático.

Sonrío, despidiéndome de mi prima y de Saray con un gesto ligero, como si fuera al baño o a buscar aire.

Camino entre la gente disimuladamente, evitando la mirada de mi padre y, sobre todo, la de ese ruso que parece tener ojos en la nuca.

Subo las escaleras que llevan a la segunda planta del local de la hacienda, donde el bullicio de la fiesta empieza a desvanecerse.

Cada paso aleja el ruido… y acerca un silencio denso.

Arriba, el ambiente cambia por completo.

La música llega amortiguada por el suelo, las luces son más tenues y el pasillo, alfombrado y oscuro, parece más largo de lo que debería.

Mis tacones resuenan contra la madera con un eco seco.

Por primera vez en la noche, siento un pequeño escalofrío recorrerme la espalda.

Tercera puerta.

Golpeo suavemente con los nudillos.

—Pasa —responde la voz de Alfredo desde el interior.

Entro. La habitación es un pequeño salón de fumadores, con cortinas pesadas y olor a cerrado. Alfredo está apoyado contra la ventana, la chaqueta abierta, el nudo de la corbata flojo. Me sonríe al verme, esa sonrisa suya que siempre parece querer algo más de lo que está dispuesto a pedir.

—Pensé que no vendrías —dice, enderezándose y acercándose hacia mí.

—Aquí estoy —respondo, cruzándome de brazos para marcar distancia—. ¿Qué querías, Alfredo? No tengo mucho tiempo, mi padre se dará cuenta de que no estoy abajo.

Se aproxima demasiado. No me toca aún, pero invade mi espacio personal con una confianza que hoy me resulta molesta. Su perfume es fuerte, cargado… y algo torpe comparado con el olor a cuero y frío que emana de Alekséi.

—Solo hablar contigo —murmura—. Tranquilos, sin tantas miradas encima. Sin ese ruso soplándote en la nuca.

—No suelo esconderme solo para hablar —replico, aunque no retrocedo. No quiero que piense que le tengo miedo.

Él sonríe, levanta los dedos y roza los míos con ligereza. Es un contacto leve, pero mi cuerpo reacciona por pura inercia defensiva, no por deseo. Y eso me enfada. Me enfada no sentir nada más que incomodidad.

—Siempre tan dura, Suli… —susurra, inclinándose hacia mí—. A veces pienso que no sabes lo mucho que provocas con esa forma de mirar.

—Alfredo… —digo, firme, poniendo una palma en su pecho para detenerlo—. No cruces líneas que no deberías. He venido a hablar, nada más.

Pero entonces, algo cambia en el aire. Sus ojos se desvían un segundo hacia la puerta detrás de mí. Su mano sube, lenta, rozando mi muñeca. Su rostro se inclina hacia el mío y puedo sentir su aliento…

Un golpe seco. Un sonido brutal de hueso contra carne.

Alfredo cae al suelo como un saco de patatas, sin tiempo siquiera a soltar un quejido.

Me giro de golpe, con el corazón golpeándome las costillas. Un hombre de facciones duras y mirada vacía está de pie detrás de él. No lo conozco. No es de mi familia. No es de los nuestros.

Todo ocurre en una fracción de segundo. Intento gritar, intento correr hacia la puerta, pero una fuerza como una tenaza me rodea la cintura por detrás y otra mano, áspera y grande, me tapa la boca con un trapo impregnado en algo químico.

El olor me golpea de inmediato. Dulce. Penetrante. Asfixiante.

Cloroformo.

Mierda. Mis rodillas flaquean, pero mi cerebro trabaja a mil por hora.

Retengo el aliento al instante, cerrando la garganta para no inhalar el veneno.

Lucho contra el mareo punzante que amenaza con arrastrarme a la oscuridad.

Mi cuerpo se debilita por el pánico, lo justo para convencerlo.

Dejo que las piernas cedan. Finjo que he perdido la conciencia.

Me abandono a su agarre, forzando una respiración irregular y superficial.

El tipo me arrastra hacia el fondo, buscando la salida de servicio que comunica con la habitación. Cree que estoy completamente fuera de combate.

Cuento mentalmente. Uno… dos… tres…

Abro los ojos de golpe y la adrenalina hace el resto.

Me incorporo con una agilidad que no sabía que tenía, zafándome antes de que pueda reaccionar, pero el tipo es rápido.

Me intercepta antes de que llegue al pomo de la puerta principal.

Forcejeamos con violencia. Le araño la cara, le golpeo el pecho con los puños cerrados, pataleo con mi calzado buscando sus espinillas.

El miedo se ha transformado en una rabia pura que me quema las venas.

Veo un palo de madera, quizás el resto de un mueble roto, tirado en un rincón.

No lo pienso. No razono. Me lanzo a por él. Lo cojo con ambas manos.

Golpeo.

Una vez en el brazo. Él suelta un gruñido.

Dos veces en el costado. Se dobla de dolor.

Tres veces con todas mis fuerzas en la sien.

Cae. Su cabeza golpea el suelo con un sonido sordo que me hace estremecer.

Respirando con una dificultad espantosa, me quedo de pie con el palo en alto, temblando de pies a cabeza. El pecho me sube y baja de forma errática, mis palmas están blancas de tanto apretar la madera. No sé cuánto tiempo paso así, sola en esa habitación con el intruso inconsciente a mis pies.

Entonces, la puerta se abre de golpe, golpeando contra la pared.

Alekséi. Y detrás, Rafa.

Los dos se quedan paralizados en el umbral. Sus ojos recorren la escena: el hombre en el suelo, el desorden, el palo en mis manos, mi vestido negro rasgado en un hombro. Se hace un silencio tan espeso que casi se puede tocar.

Trago saliva, sintiendo que el nudo de mi garganta finalmente se deshace en palabras temblorosas.

—No estará muerto… ¿verdad? —pregunto con la voz quebrada.

No hay alivio en los ojos de Alekséi. Hay algo mucho más oscuro. Hay fuego. Un incendio contenido que amenaza con devorar todo el edificio.

Rafa es el primero en romper el hechizo.

—Gracias a Dios... —susurra mi hermano—. Sulami, baja eso. Estamos aquí.

Lo miro. Es mi hermano. Es mi sangre. El temblor que llevaba conteniendo estalla.

Mis dedos se aflojan y la madera cae al suelo con un estrépito que me hace saltar.

Las lágrimas brotan, calientes y amargas.

Aprieto los labios para no sollozar frente a ellos, pero el llanto se me queda atrapado, doliendo.

Doy un paso atrás, incapaz de dejar de mirar al hombre del suelo.

—¿Quién… quién es este hombre? —mi voz es un hilo de seda roto.

Rafa me agarra del brazo con firmeza.

—Salgamos de aquí. Ahora. Papá está abajo, está fuera de sí. Alfredo apareció sangrando y diciendo que te habían llevado.

Dejo que Rafa me guíe fuera de la habitación. Mis piernas obedecen de forma automática, pero mi mente sigue atrapada en ese cuarto. Antes de que la puerta se cierre del todo, levanto la mirada una última vez.

Alekséi no se ha movido del sitio. Está de pie junto al cuerpo del agresor. Sus ojos están clavados en los míos, fijos, intensos. No me toca. No me pregunta si estoy bien. Pero en su mirada hay un pacto sellado. Una promesa de violencia que él ejecutará en mi nombre.

—Sabes qué hacer con este despojo, ¿verdad? —pregunta Rafa desde el pasillo, con una voz que no es la de mi hermano, sino la de un heredero del clan.

—Sí. No te preocupes —responde Alekséi. Su voz es grave, controlada, mortalmente tranquila—. Le sacaré hasta el último aliento de información. Yo me encargo de todo.

Esas palabras, "Yo me encargo", me recorren la espalda como una caricia de hielo. Sé exactamente lo que significa. Sé que ese hombre desearía no haber despertado nunca.

Bajamos al aparcamiento. El aire de la noche me golpea y me ayuda a enfocar la vista. Allí, junto a los coches negros, está mi padre. Su mirada me atraviesa como un disparo. No hay gritos, no hay abrazos dramáticos. Solo ese silencio de Machín que es más aterrador que cualquier tormenta.

—Padre, ella está bien —dice Rafa, colocándose entre nosotros—. Se defendió. Casi mata al tipo con un palo.

Mi padre asiente despacio, sin dejar de mirarme.

—Será Alekséi quien saque la información —dice mi padre con una voz que suena a sentencia—. Sabrá quién lo envió y por qué. Entra en el coche, Sulamita.

Obedezco. Me siento en el asiento trasero y escondo mis manos temblorosas en el regazo. El coche arranca y el silencio se vuelve asfixiante. Miro por la ventana la hacienda que se aleja y entiendo que algo se ha roto esta noche.

Ya no soy la niña que baila en las bodas. Soy la mujer por la que un ruso ha prometido con su mirada quemar el mundo. Y lo peor de todo… es que esa idea ya no me asusta tanto como debería.