CORONA DE SANGRE CAPITULO 13
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CAPITULO 13

ALEKSÉI

Machín no dice nada. No lo necesita. Se limita a incorporarse con esa calma peligrosa que solo poseen los hombres que han sobrevivido a demasiadas guerras y han enterrado a demasiados amigos.

El bastón golpea el firme de mármol una sola vez, un sonido seco y autoritario que marca el final del espectáculo.

Me mira primero a mí, con esos ojos oscuros que parecen leer los pecados que aún no he cometido, y luego a Rafa.

Inclina apenas la cabeza, lo justo para que sepamos qué espera de nosotros.

Lo seguimos. No hay palabras, el aire es demasiado denso para que las frases fluyan.

Rafa camina a mi lado, tenso, con los hombros tan rígidos que parecen a punto de romperse.

Yo voy un paso por detrás de Machín, atento a cada sombra, midiendo cada movimiento del personal de servicio que se cruza en nuestro camino.

Dos de sus hombres de confianza cierran la marcha, flanqueando el pasillo como gárgolas de traje oscuro.

Antes de cruzar el umbral hacia la zona privada, mi mirada se desliza instintivamente por el salón de baile.

Busco el destello negro de su vestido, el movimiento salvaje de su pelo.

No la veo. Claro que no. Esa mocosa no sabe quedarse quieta ni cuando el infierno se está abriendo bajo sus pies.

Estará con Saray, riendo, escapando de las miradas de los viejos del clan, totalmente ajena a la declaración de guerra que acabo de firmar en su nombre.

Entramos en una sala privada al fondo del edificio de la hacienda.

Es un despacho de paredes forradas en madera, oliendo a cuero y tabaco viejo.

No hay música aquí. No hay risas. No hay testigos.

Los hombres de Machín se quedan fuera, cerrando la entrada tras nosotros con un clic seco que suena demasiado definitivo, como el cierre de una celda.

Ahora sí. Estamos solos.

Machín se gira despacio y apoya ambas manos sobre la mesa de madera oscura. Su mirada es afilada, profunda, cargada de años y de decisiones que nunca se tomaron a la ligera.

—Explícate —dice al fin. Una sola palabra que pesa más que un interrogatorio completo.

Rafa se cruza de brazos, apoyado contra la pared. Me observa de reojo, todavía procesando el impacto de mi declaración. Yo doy un paso al frente, manteniendo la columna recta y la voz bajo control.

—Kemal no venía a negociar, Machín —digo con calma—. Venía a marcar territorio. A medir tu debilidad.

Machín no se inmuta.

—Eso ya lo sé. Lo que quiero saber es por qué has decidido atar su nombre al tuyo sin consultarme.

—Porque mientras Sulamita sea solo "la hija del jefe del clan", Kemal creerá que es una pieza que puede capturar para negociar contigo.

Mientras sea "una opción", él insistirá.

Mandará flores, luego hombres, luego amenazas.

En cuanto el mundo crea que pertenece a la Bratva rusa...

deja de ser una posibilidad matrimonial y se convierte en un conflicto internacional demasiado caro para sus bolsillos.

El silencio que sigue es sepulcral. Machín entrecierre los ojos, sopesando los beneficios contra los riesgos. Rafa baja la cabeza un segundo y suelta una risa breve, sin una pizca de humor.

—Joder... —murmura Rafa—. Así que por eso lo has dicho con esa cara de piedra. Parecía que llevabas el anillo en el bolsillo.

—No había margen para el titubeo —respondo a Rafa sin apartar la vista de su padre—. Los perros de Kemal huelen la inseguridad a kilómetros. Si hubiera dudado un solo segundo, habrían vuelto esta misma noche con un ejército.

Machín se endereza, clavando su bastón en la alfombra.

—Has puesto mi apellido bajo el tuyo, Alekséi. En mi mundo, eso es un contrato de sangre. Y has puesto a mi hija en medio de una guerra que ella ni siquiera entiende.

—Kemal ya la había puesto ahí el día que decidió que la quería —contesto con dureza—. Yo solo he cambiado el dueño del tablero.

Rafa se separa de la pared, preocupado.

—¿Y qué pasa cuando ella se entere? Porque se va a enterar antes de que llegemos al coche, Alekséi. Conoces a mi hermana. No acepta órdenes, imagina un compromiso falso con un hombre que no conoce.

—Cuando se entere —digo, y mi voz suena más segura de lo que me siento—, Kemal ya se lo habrá pensado dos veces antes de intentar seguirla. Ese es el precio.

Machín suspira, un sonido cansado que revela su edad.

—Kemal no retrocede fácil. Si cree que te has interpuesto entre él y su capricho, buscará grietas en ese compromiso. Y si descubre que es una farsa, nos matará a todos por el insulto.

—No encontrará grietas —aseguro—. Sostendré la mentira hasta que Kemal sea historia.

Machín asiente una última vez. Salimos de la sala y el ruido de la fiesta nos golpea de nuevo, pero ahora todo parece diferente.

Busco a Sulamita entre la gente mientras nos dirigimos a la salida.

Aún no aparece. Una certeza se clava en mi pecho: acabo de tomar una decisión que la protege del mundo, pero que la encadena a mí.

Y no sé qué me da más miedo: si su odio cuando lo sepa, o la facilidad con la que mi lengua pronunció esas palabras.

El salón empieza a vaciarse. Los invitados se despiden entre abrazos y promesas de verse pronto. Rafa camina a mi lado hacia el aparcamiento, demasiado satisfecho para mi gusto. Lleva esa sonrisa ladeada que solo usa cuando está a punto de hurgar en una herida abierta.

—Qué, futuro cuñado —dice, alargando las sílabas con malicia—. ¿Nervioso por saber cómo reaccionará nuestra pequeña fiera? Quiero estar presente cuando se lo digas. No pienso perderme el momento en que intente arrancarte los ojos por decidir su futuro sin pedirle permiso.

—Rafael —gruño, apretando el paso—, no me pongas más nervioso de lo que ya estoy.

—Oh, vamos... —se ríe él—. El gran Alekséi Volkov, el hombre de hielo, tiene miedo de una niña de diecisiete años. Si yo estoy disfrutando el espectáculo y ni siquiera soy el "novio".

—Baja la voz —le advierto, mirando a los hombres de seguridad que cargan los regalos en los coches.

—Hablando en serio —Rafa se pone un poco más formal, pero no mucho—, lo que has hecho hoy ha sido un movimiento de maestro.

Has puesto tu nombre delante del de ella.

Pero prepárate, Alekséi. Sulamita no va a gritar primero.

Te mirará. Te mirará como si intentara entender en qué momento decidiste que tenías derecho sobre ella.

Y ese silencio... ese silencio es el que te va a destruir.

Lo sé. Lo sé demasiado bien.

Llegamos a los vehículos. Machín ya está dentro del suyo.

Rafa sube al de delante. Yo me quedo junto al mío, con el motor en marcha, esperando a que ella aparezca por la puerta principal de la hacienda para ocupar su lugar en la comitiva.

Pasan los minutos. Uno. Dos. Tres. Mis dedos tamborilean sobre el volante con un ritmo errático.

Ella debería haber salido ya con sus primas o con Saray.

Entonces, la puerta se abre de golpe.

No es ella. Es Alfredo.

Me tenso al instante. Camina de forma errática, como si la superficie se moviera bajo sus pies.

Tiene los dedos presionando el lateral de su cabeza y, entre ellos, un hilo de sangre roja y brillante le recorre la sien.

Tiene la mirada perdida, una mezcla de terror y confusión que me hace saltar del habitáculo antes de que termine de bajar la escalinata.

—¡Tío Machín! —grita Alfredo, con la voz quebrada por el pánico.

Salgo disparado hacia él antes de que termine de bajar. Lo agarro por las solapas de la chaqueta, sacudiéndolo.

—¿Dónde está ella? —rujo, y mi voz suena como un trueno en el aparcamiento vacío.

Alfredo parpadea, intentando enfocarme.

—Yo... yo no lo vi venir, Alekséi. Subimos a la planta de arriba... a una de las salas privadas para hablar. Solo queríamos hablar lejos del ruido del salón...

—¿Arriba? —interviene Rafa, poniéndose pálido al instante—. ¡Hablad, maldita sea!

—Estábamos en la tercera puerta —balbucea Alfredo, mientras la sangre le gotea sobre los zapatos—. De repente, alguien entró. Me dieron un golpe seco en la nuca. Caí al suelo y todo se volvió negro. Cuando desperté hace un minuto... la sala estaba vacía. ¡La han agarrado y se la han llevado!

Siento como si el suelo se abriera bajo mis pies. La furia me ciega. Estampo a Alfredo contra el lateral de mi carrocería, hundiendo mi antebrazo en su garganta.

—¿Quién fue? —siseo, con el rostro a milímetros del suyo—. Si esto es una de tus tretas para esconderla, te juro que te enterraré bajo este mismo asfalto.

—¡No lo sé! —grita él entre espasmos—. Solo vi una sombra...

—¡Basta! —ruge Machín, golpeando el suelo con su bastón—. ¡Dejad de perder el tiempo con este inútil!

Miro a Alfredo como si fuera basura. Mis manos tiemblan de pura furia asesina.

—Rafa, coge a los hombres. Revisad el interior, las cámaras de las cocinas, los baños. ¡Ya! —ordeno, asumiendo el mando sin que nadie me lo cuestione.

No espero a que termine. Suelto a Alfredo, que cae al piso gimiendo, y echo a correr hacia el interior del edificio. Rafa va justo detrás de mí. Cruzamos el salón de baile, ahora vacío y fantasmagórico con las luces a medio gas, y subimos las escaleras de tres en tres.

Mi mente es una tormenta de odio y culpa.

Yo estaba abajo. Yo estaba en el despacho, jugando a los hombres de negocios, mientras alguien ponía sus manos sobre ella en el piso de arriba.

El pensamiento de un desconocido tocándola, asustándola, me provoca unas ganas de matar que nunca antes había sentido con tal intensidad.

Llegamos a la segunda planta. El pasillo está en silencio.

—¡Sulamita! —grita Rafa, su voz resonando en las paredes de madera.

Llegamos al tercer umbral. Está entornado. Mi mano vuela a la culata de la pistola que llevo oculta en la espalda, pero no llego a sacarla.

Empujo la madera de golpe.

Lo que veo me detiene en seco.

No hay rastro de secuestradores escapando. No hay una ventana abierta. Hay un hombre en el suelo, gimiendo de dolor, con la cara bañada en sangre. Y en el centro de la habitación, de pie, con el vestido negro rasgado en un hombro y el cabello desordenado, está ella.

Sulamita.

Sostiene un palo de madera maciza con ambas manos, como si fuera una lanza. Está temblando, pero sus ojos... sus ojos no son los de una víctima. Son los de una loba que acaba de morder.

Rafa suelta un suspiro de alivio que suena casi como un sollozo.

—Gracias a Dios... —susurra su hermano—. Sulami, baja eso. Estamos aquí.

Yo no puedo hablar. Me quedo clavado en el acceso, devorándola con la mirada para asegurarme de que es real, de que no tiene más heridas de las que puedo ver. Siento una mezcla violenta de alivio y una rabia negra contra el hombre que yace a sus pies.

Ella me mira. Nuestros ojos se encuentran por encima del cuerpo del intruso. En ese segundo, el mundo exterior desaparece. Ella sabe que he venido a buscarla. Y yo sé que, a partir de este instante, ya no hay vuelta atrás.

—No estará muerto... ¿verdad? —pregunta ella con la voz quebrada.

Miro al hombre del suelo. Respira, por desgracia para él.

—No —respondo, y mi voz suena más fría que el invierno en Siberia—. No está muerto. Pero deseará estarlo antes de que amanezca.

Rafa se acerca para abrazarla, pero yo no me muevo. Me quedo custodiando la entrada, vigilando su sombra, entendiendo que el compromiso que inventé hace media hora abajo, acaba de convertirse en mi única realidad.

Alguien ha intentado llevársela dentro de nuestra propia casa.

Y yo voy a encargarme de que el mensaje de vuelta se escuche hasta en el último rincón de Cádiz.