CAPITULO 12
ALEKSÉI
Así que Alfredo ha tenido los santos cojones de presentarse.
Después de haberlo visto ayer, demasiado cerca de Sulamita, demasiado confiado, demasiado cómodo en un territorio que no le pertenece.
Lo veo ahora desde mi posición estratégica junto a una de las columnas de mármol: apoyado en el mostrador con una indolencia que me revuelve el estómago, el traje desabrochado, esa sonrisa torcida de quien se cree el rey de la pista, hablando con dos amigos pero con los ojos clavados, como flechas envenenadas, en el pequeño escenario del recinto.
En ella.
Aprieto la mandíbula y dejo escapar una sonrisa mínima, carente de cualquier rastro de humor.
El ruso que llevo dentro, ese animal que enterré bajo capas de disciplina y trajes caros, se revuelve, violento, exigiendo acción.
Sangre. Un recordatorio físico y definitivo de quién manda aquí.
Pero respiro. Profundo. Lento. Siento el aire frío llenar mis pulmones.
No es el momento. No es el lugar. Y, sobre todo, no es mi derecho.
Todavía.
Rafa la rodea con un brazo desde abajo, riendo con esa energía inagotable que tienen los de su sangre, y la empuja con suavidad hacia los músicos. Ella protesta por pura inercia, sacudiendo la cabeza, pero no hay una resistencia real. Siempre acaba cediendo con su hermano. Siempre.
La guitarra española arranca con un rasgueo seco, vibrante, que silencia el murmullo del salón.
Y entonces, Sulamita canta.
Mi atención queda atrapada sin remedio, como si me hubieran encadenado al suelo.
La música nace de ella con una naturalidad salvaje, como si le perteneciera desde antes de nacer.
No canta para agradar, ni para que la aplaudan.
Canta porque su alma parece tener demasiada presión y necesita una salida.
Para ella, esto es solo una canción más de boda, una tradición compartida entre primos, un momento de euforia gitana. Nada más.
Para mí… es una ejecución.
«Había muchos tipos, pero a ti te vi el primero...»
Siento el impacto directo en el pecho, un golpe sordo que me deja sin aire.
La letra suena inocente en su boca, fluida, alegre.
Pero cada palabra se me clava bajo la piel como si estuviera escrita con mi propia sangre.
Su voz, esa mezcla de seda y arena, ronca y cálida a la vez, envuelve el salón.
Siento cómo se me mete por los poros. Su cuerpo se mueve con una ligereza insultante, un leve balanceo de hombros que hace que la seda negra de su vestido juegue con la luz de las lámparas.
No busca provocar, es una seducción inconsciente, y eso es lo que la hace letal.
Mis ojos, traidores, reaccionan antes que mi cabeza. Buscan a Alfredo en la zona de bebidas.
Lo veo.
Está quieto, con la copa a medio camino de los labios, devorándola con la mirada. Sonríe. Esa sonrisa torcida que me dan ganas de arrancar de su cara con mis propias manos. Imagino el crujido de sus huesos bajo mis puños, imagino el silencio que seguiría a su caída.
«Camiseta Armani con pantalones negros...»
Cierro los dedos lentamente alrededor del vaso de cristal que tengo en la mano.
Siento el material crujir bajo la presión de mis falanges.
Joder. La letra encaja demasiado bien. Demasiado precisa.
Demasiado peligrosa. Aunque ella no lo haga a propósito, cada verso se siente como un puñal que se hunde en mi autocontrol.
La forma en que levanta la barbilla, cómo marca el ritmo con los dedos en el aire, cómo su voz se desliza por la melodía… todo es una provocación que me desarma.
«Yo solo te bailo a ti...»
Levanta la barbilla justo al pronunciar esa frase. Y entonces, como si el destino decidiera burlarse de mi estoicismo, me mira.
Solo un segundo.
Es una mirada limpia, distraída, casi casual entre la multitud.
Pero para mí es el fin del mundo. Siento cómo algo se tensa entre nosotros, un cable invisible de alta tensión a punto de romperse y electrocutarnos a ambos.
Mi pulso se dispara. La boca se me seca.
El salón entero, con sus cientos de invitados, parece encogerse hasta que solo quedan cuatro metros de aire viciado entre ella y yo.
No aparto la vista. No puedo. Soy un verdugo paralizado por su propia víctima
«Me estaba mirando, estaba temblando...»
Yo no tiemblo. Mi cuerpo es una máquina entrenada para la inmovilidad.
Pero por dentro, los cimientos de mi mundo se están resquebrajando.
Ella sigue cantando con esa naturalidad que me mata, sin tener la menor idea del incendio que está provocando.
Para ella es diversión. Para mí es una tortura exquisita, un castigo por haber creído que podía ser solo un espectador en su vida.
«Desde ese momento supimos que iba pa' largo...»
Aprieto la mandíbula con tal fuerza que me duelen los dientes.
Me obligo a recitar mentalmente mis reglas.
Diecisiete años. La hija de Machín. El honor.
La deuda. La línea roja que no se cruza.
No soy el hombre que responde a canciones de amor.
Soy el que mantiene la distancia aunque cada palabra de esa maldita canción parezca diseñada para romper mis muros.
«Yo solo te bailo a ti...»
Cuando repite el estribillo, su expresión cambia apenas un ápice.
Ya no sonríe de la misma forma. Hay algo más serio en sus ojos, una chispa de consciencia, como si de repente hubiera entendido que no le está cantando al vacío.
Y eso me enfurece. No con ella, sino conmigo mismo.
Porque sigo mirándola. Porque no me doy la vuelta.
Porque, por un segundo prohibido, deseo que esa letra sea verdad, que sea a mí a quien baila, que sea mi nombre el que se oculta tras la melodía.
Cuando los aplausos estallan y la música se detiene para dar paso a las felicitaciones, yo sigo quieto. Soy una estatua de carne y hueso. Me repito que estoy aquí por Machín. Porque me salvó del fuego. Porque me pidió que la protegiera.
No me pidió que la protegiera de mí.
La veo bajar del escenario, rodeada de risas y palmas. El ruido del mundo vuelve de golpe, como si alguien hubiera subido el volumen ahora que ella ya no es el centro del silencio. Me bebo el whisky de un trago. Quema. Necesito ese fuego para abrasar cualquier otro pensamiento.
Dejo el vaso en una bandeja y camino hacia los lavabos. Necesito frío. Necesito silencio. Necesito recordar quién soy antes de que cometa una estupidez que nos condene a todos.
Apoyo las manos en el mármol frío del lavamanos. El espejo me devuelve a un hombre que no reconozco. Ojos de un azul demasiado gélido. Mandíbula de acero. La cara de alguien que está a punto de perder una guerra interna.
—Concéntrate —susurro en ruso—. No es tu lugar. No es tu guerra.
Me lavo la cara con agua helada, una y otra vez, intentando ahogar la voz de Sulamita en mi cabeza. Me seco y salgo de nuevo al salón, con la máscara de hierro perfectamente colocada. El Alekséi que vuelve es el de siempre: frío, atento, letal.
Pero nada más cruzar el umbral, el instinto me grita que algo ha cambiado.
No es la música. No son las risas. Es el aire. Huele a amenaza.
Me dirijo a la mesa principal. Dos hombres. No son de aquí. No bailan, no ríen. Van vestidos con trajes grises, demasiado rectos, demasiado alertas. Se mueven como tiburones en una piscina de niños.
Van directos hacia Machín.
Me coloco al lado de Rafa en un movimiento fluido. Machín no se mueve, pero sus ojos se encuentran con los míos. Un pacto silencioso.
—Buenas noches —dice el más alto de los desconocidos—. Venimos de parte de Kemal. Él envía sus respetos… y su propuesta final.
Machín apoya su bastón con fuerza.
—Kemal no fue invitado. Hablad rápido.
—Kemal quiere formalizar la unión. Ha decidido pedir la mano de su hija, Sulamita. Cree que es la mejor forma de unir nuestras rutas y evitar… malentendidos.
El silencio que sigue a esas palabras es violento. Rafa tensa los puños, pero Machín lo detiene con un gesto.
—Mi hija no está en venta —dice el patriarca con voz de ultratumba—. Decidle a Kemal que busque otra forma de negociar.
—Kemal anticipó su respuesta —dice el hombre con una sonrisa gélida—. Y nos pidió que le dijéramos que, si no es por las buenas, será por el rito antiguo. Si no hay acuerdo, la tomará de todos modos. Porque él cree que ella está sola. Que no tiene un hombre que la reclame.
Siento una descarga eléctrica recorrerme la espina dorsal. Es el momento. El tablero acaba de saltar por los aires y yo tengo la jugada ganada, aunque me cueste el alma.
Doy un paso al frente, invadiendo el espacio de los emisarios. Mi sombra cae sobre ellos.
—Decidle a Kemal que llega tarde —mi voz suena como el hielo crujiendo en invierno—. Mucho más de lo que cree.
Los hombres me miran, confundidos.
—¿Y tú quién eres?
—Soy Alekséi Volkov. Jefe de la Bratva de la región de rusia —hago una pausa deliberada, dejando que el nombre de la mafia rusa pese en el aire—. Y Sulamita no está disponible.
—¿Y por qué no? —pregunta el más bajo, desafiante.
Miro a Machín. Él sostiene mi mirada con una mezcla de sorpresa y astuto cálculo. Él sabe lo que voy a hacer. Sabe que es la única forma de frenar a Kemal sin empezar una guerra de sangre esa misma noche.
—Porque Sulamita está comprometida —suelto la bomba sin pestañear—. Conmigo.
Rafa suelta un jadeo sordo. Los hombres de Kemal retroceden un paso, como si les hubiera apuntado con un arma. La Bratva no es una familia gitana a la que se puede intimidar; es una organización internacional que no entiende de perdones.
—¿Comprometida con un ruso? —el hombre parece no creérselo—. Eso no estaba en los informes de Kemal.
—Kemal no sabe muchas cosas —replico, acercándome a él hasta que nuestras narices casi se tocan—. Decidle que si toca un solo cabello de Sulamita Volkov, no se enfrentará solo a Machín. Se enfrentará a Moscú. Y creedme, no queréis saber cómo termina eso.
Los emisarios intercambian una mirada de puro terror. Saben que han perdido. Se giran y desaparecen entre la multitud, casi corriendo.
Me quedo mirando su rastro mientras el aire vuelve a mis pulmones. Rafa me mira de reojo, con los ojos como platos.
—¿Comprometida? —murmura su hermano—. ¿Estás loco, Alekséi?
Machín se levanta lentamente, apoyándose en su bastón. Me mira durante un largo rato, evaluándome, buscando la grieta en mi mentira.
—Ha sido un movimiento inteligente —dice Machín por fin—. El único que podía frenar a ese turco sin que corriera la sangre hoy.
—Era necesario —respondo, intentando que mi voz no tiemble.
—Pero ahora —continúa Machín, clavando su mirada en la mía—, tienes que mantener la farsa. Delante de todos. Delante de Kemal… y delante de ella.
Asiento.
Pero por dentro, el pánico empieza a suplantar a la adrenalina. Porque cuando he pronunciado las palabras "Sulamita Volkov", no he sentido que fuera una mentira de estrategia. He sentido que, por fin, ponía las cosas en su sitio.
Acabo de ponerle un anillo de humo, una marca invisible que el mundo entero respetará. Pero ella no sabe nada. Ella sigue allí, bailando, ajena a que ahora, ante los ojos de la mafia y del mundo, me pertenece.
Y lo peor es que, aunque me cueste la vida, no me arrepiento de haberlo dicho.