CAPITULO 11
SULAMITA
Esto es fantástico. Siempre lo ha sido.
Las bodas de mi gente tienen algo salvaje y hermoso a la vez, una alegría que no se finge y que se siente en la piel como una descarga eléctrica que te recorre la columna.
Después de la cena, el espacio se transforma.
Los hombres, con una eficiencia casi militar, retiran las mesas del gran salón de la hacienda y el lugar se convierte en un templo de ritmo y tradición.
La música sube sin pedir permiso, las palmas comienzan a marcar el compás con una fuerza que hace vibrar el suelo y las risas se mezclan con los primeros acordes de la guitarra flamenca.
El aire se vuelve denso, cargado de perfume caro, humo de tabaco de importación y ese olor dulce, casi embriagador, de las flores frescas que decoran cada columna.
Nosotras formamos un gran corro, un anillo de seda, fuerza y orgullo, hombro con hombro.
Faldas en movimiento que parecen olas de color, cabellos oscuros volando libres y miradas que brillan bajo las lámparas de cristal.
En el centro, los novios inauguran la fiesta.
Mi primo no aparta los ojos de su mujer ni un segundo.
La sostiene con una firmeza que roza la devoción, como si el mundo pudiera desmoronarse en ese mismo instante y a él no le importara mientras ella siguiera ahí, entre sus brazos, siendo su centro de gravedad.
Una vez me confesó algo que nunca olvidé: me dijo que la mirada de ella calmaba la bestia que él llevaba dentro.
Que cuando la miraba, la sangre dejaba de hervir y el ruido del mundo se apagaba.
Me dijo que la amaba con una lealtad que iba más allá de la ley y de la propia vida.
Aquí, amar así, con esa intensidad que quema y consume, es un acto de valentía suprema.
Aplaudo con fuerza mientras giran, mientras la música se acelera y los vítores llenan el salón hasta que las paredes parecen latir.
Durante un rato consigo perderme. Me fundo con el baile, con el calor del cuerpo en movimiento, con la bendita sensación de pertenecer a algo más grande que mis propios miedos.
Las palmas resuenan en mi pecho, sincronizadas con los latidos de mi corazón, y por unos instantes benditos olvido todo: la discusión de anoche, el parking oscuro, el olor a gasolina, los gritos bajo la lluvia y la sensación de la mano de Alekséi cerrándose sobre mi brazo como un grillete de fuego.
Pero los minutos de paz son caros en mi familia. Y se agotan pronto.
Una hora después, la fiesta sigue igual de viva, pero yo empiezo a sentir el peso de una mirada que me busca entre la multitud.
Continuamos en el círculo, palmeando, mientras los hombres forman sus propios sectores de poder cerca del mostrador.
El ambiente es embriagador, una mezcla de sudor, alcohol y adrenalina.
Y entonces, como una sombra que no se puede ignorar, mi mente me traiciona y me devuelve a la penumbra del vehículo.
«No… no le digas nada a mi padre».
La frase regresa con una nitidez que me eriza la piel.
Sin querer, busco entre la multitud, fingiendo que solo observo a los bailaores, y lo encuentro.
Alekséi está apoyado contra una de las columnas de mármol, con su traje impecable y esa expresión impasible que es su mejor arma.
Observa el salón como si fuera un mapa de riesgos, analizando cada ángulo, cada movimiento, como si esta celebración fuera una misión y él fuera el único que sabe que el peligro ya está dentro.
En cuanto nuestras miradas se cruzan, la aparto. Rápido. Demasiado rápido.
Hay algo en él que me crispa los nervios de una forma insoportable.
¿Por qué tiene que estar ahí, como un monumento al control, recordándome que soy una "tarea" pendiente?
No lo necesito. Podría centrarse en los negocios con mi padre y dejar de analizarme como si yo fuera un problema que no sabe cómo resolver.
—No puedo creer que tu padre lo invitara a la boda de tu primo —la voz de Saray me saca de mis pensamientos. Se acerca con una copa y la mirada clavada en el ruso—. Parece un bloque de hielo en mitad de una hoguera.
—Dímelo a mí… —respondo con un bufido—. No pinta nada aquí.
Doy un sorbo largo a mi copa.
—No lo soporto, Saray. Se cree con el derecho de juzgarme. ¿Te puedes creer que ayer me vio con Alfredo?
—¡¿Qué?! —Saray casi se atraganta—. Suli… ¿se lo dirá a tu padre?
—Dijo que no —respondo, aunque una parte de mí no termina de confiar en la palabra de un hombre tan oscuro—. Y más le vale cumplir, porque si no…
En ese momento, mis primas Cristina y Ana se nos acercan. Las "desesperadas".
—Suli… —empieza Ana con voz dulce—. ¿De verdad ese es el amigo de tu padre?
—Sí —respondo escueta.
—Preséntamelo, porfiiis —dice Ana juntando las manos.
—Siii —añade Cristina—. Venga, tírate el rollo.
Resoplo, mirando a Alekséi. Él sigue allí. Observando. Sabe que hablamos de él. Lo sabe todo.
—Ni hablar —digo—. No es vuestro tipo. Es peligroso.
—¿Y tú qué sabes? —replica Cristina divertida—. Tiene pinta de ser de los que muerden bien.
—¿Por qué no vais vosotras solas? —les sugiero.
—Mira, Suli —Cristina me lanza una mirada afilada—. Si me lo presentas y consigues que me hable… seré tu tapadera para ver a Alfredo un mes entero.
Me quedo callada. Es una oferta tentadora.
—Eres una víbora, Cristina —le digo con una sonrisa torcida—. Pero está bien. Vamos.
Caminamos hacia él. Alekséi no se mueve, pero sus ojos azules se clavan en los míos. Al llegar, presento a mis primas. Él las mira un segundo y, para mi horror, rueda los ojos. No es un gesto grosero exagerado, es un movimiento sutil de hartazgo.
—Encantado —dice con una voz que suena como el metal golpeando el suelo.
Cristina se adelanta.
—Sulamita nos ha hablado mucho de ti, Alekséi.
Miro a Cristina queriendo desaparecer.
—¿Ah, sí? —Alekséi me mira de lado—. Curioso. Yo no recuerdo haberte dado motivos para hablar tanto de mí.
—Será porque siempre estás demasiado ocupado creyendo que lo sabes todo —respondo sintiendo el calor subir por mi cuello.
—O porque algunas personas no miden lo que dicen… ni lo que hacen —responde él con una lentitud de hielo.
—Relájate —le digo—. Esto es una boda. No una de tus reuniones.
Ana sonríe incómoda.
—Bueno… solo queríamos saludar.
—Saludo aceptado —interrumpe él—. Ahora, disfrutad de la fiesta.
El tono es tan gélido que mis primas se despiden y se alejan riendo, dejándonos solos. El ruido de la música vuelve a golpearme de golpe, pero la tensión entre nosotros crea una burbuja de silencio.
—Podrías haber sido educado —le digo cruzándome de brazos—. No te costaba nada ser un ser humano por cinco minutos.
—No me pediste que fuera un ser humano —responde él, dando un paso hacia mí hasta que nuestras sombras se mezclan en el suelo de mármol. Su voz ha bajado un octavo, volviéndose más densa—. Me pediste silencio. Y eso es exactamente lo que te estoy dando, Sulamita.
—¿Silencio de qué? —le reto, dando un paso al frente para no dejarme intimidar por su altura—. ¡No he hecho nada malo! Solo te he presentado a mi familia.
—No juegues conmigo —su voz es ahora un susurro peligroso que me eriza el vello de la nuca—. No después de lo que acabo de ver en la zona de bebidas.
Frunzo el ceño, genuinamente confundida.
—¿De qué hablas? ¿Qué has visto en el mostrador? No he ido allí en toda la noche, Alekséi. He estado en el anillo de baile con las mujeres.
Él suelta una risa seca, un sonido sin rastro de alegría. Se inclina un poco más hacia mí, obligándome a inclinar la cabeza para sostenerle la mirada. Sus ojos azules están fijos, cargados de algo que no alcanzo a descifrar, una mezcla de advertencia y una posesividad que me revuelve el estómago.
—No me refiero a lo que has hecho tú —dice, arrastrando las palabras—. Me refiero a lo que está provocando tu simple presencia. Estás jugando con fuego, Sulamita, y lo peor es que ni siquiera te das cuenta de quién tiene el fósforo en la mano.
—¿De qué hablas? —insisto, irritada—. Deja de hablar en acertijos. Si tienes algo que decir, dilo de una vez.
Él me observa en silencio durante unos segundos que se sienten eternos. Su mirada baja un momento a mis labios y luego vuelve a mis ojos, con una intensidad que me corta el aliento.
—Hay consecuencias que no vas a poder controlar cuando esto estalle —dice finalmente, su voz vibrando con una amenaza que no parece dirigida a mí, sino a algo que me rodea—. No digas que no te lo advertí. No vuelvas a provocar lo que no estás dispuesta a terminar.
—¿Provocar? ¡Yo no estoy provocando nada! —exclamo, indignada—. ¡Solo estoy en la boda de mi primo!
—Ese es tu problema —responde él, recuperando su máscara de mármol y enderezándose—. Que crees que este mundo es un jardín de juegos. Pero el lobo ya está dentro, y tú sigues bailando como si no pudieras olerlo.
Se da la vuelta sin decir nada más, dejándome con la palabra en la boca y el corazón galopando contra mis costillas.
Me alejo de él con la sangre hirviendo. No entiendo nada. ¿Qué lobo? ¿Qué consecuencias? Es un paranoico. Un mafioso que ve fantasmas en cada esquina.
Me mezclo entre la gente, buscando aire, buscando a Saray. La música sigue atronando, palmas, risas, vestidos girando. Todo sigue igual. Pero yo me siento fuera de lugar.
—¡Suli! —Saray me agarra del brazo, tirando de mí hacia un rincón más apartado—. ¿Qué te ha dicho? Parecía que iba a morderte.
—Está loco, Saray. Dice que estoy provocando cosas que no puedo controlar. ¡Ni siquiera sé de qué habla!
Saray me mira con una expresión extraña, una mezcla de miedo y lástima.
—Suli… ¿es que no lo has visto?
—¿Ver el qué?
Saray señala con la cabeza hacia la barra, donde un grupo de hombres ríe ruidosamente.
—Alfredo. Está ahí desde hace una hora.
Siento como si me hubieran echado un cubo de agua helada encima.
—¿Alfredo está aquí? Pero… ¿cómo? Esta es una celebración privada.
—Se ha colado con unos primos lejanos de la novia —susurra Saray—. Y Suli… no deja de mirarte. Pero lo peor no es eso.
—¿Qué es lo peor?
—Lo peor es que Alekséi lleva media hora fijando la vista en él. Se han cruzado miradas que… Dios, Suli, si las miradas mataran, Alfredo ya sería ceniza. Alekséi no está enfadado contigo por las primas. Está advirtiéndote de que ha marcado el territorio.
Miro hacia el mostrador y, efectivamente, allí está Alfredo. Me ve y me lanza una sonrisa rápida, un gesto de triunfo idiota que me hace querer gritar. Luego miro hacia la columna de Alekséi. Él no mira a Alfredo. Me mira a mí.
Su advertencia retumba en mi cabeza: «No vuelvas a provocar lo que no estás dispuesta a terminar».
De repente, lo entiendo. Alekséi no se refiere a que yo esté coqueteando.
Se refiere a que mi insistencia en "ser libre" y en ver a Alfredo está creando una situación de violencia que él, y solo él, tendrá que resolver con sangre.
Y lo que más me aterra no es la pelea… es la forma en que Alekséi me mira, como si yo fuera la causa de su propia pérdida de control.
Él no me está protegiendo de Alfredo. Está intentando protegerse de lo que siente cuando me ve con otro. Pero yo soy demasiado joven, o estoy demasiado asustada, para entender que el "lobo" del que habla no es Alfredo.
El lobo es él.
Y yo acabo de invitarlo a entrar.