CORONA DE SANGRE CAPITULO 10
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CAPITULO 10

ALEKSÉI

Me quedo en la base de la escalera, inmóvil, observando cómo Sulamita sube sin mirar atrás ni una sola vez.

Sus botas golpean los peldaños de madera con una rabia contenida que parece querer astillar el roble.

Cada pisada es un eco seco, un desafío lanzado al aire que resuena en el pasillo como una bofetada silenciosa.

No necesita gritar; todo en su lenguaje corporal es un rugido: los hombros tensos, la barbilla apuntando al cielo y esos puños apretados a los costados, como si estuviera conteniendo el impulso de destrozar algo... o de destrozarme a mí.

Rafa se detiene a mitad de la subida. Mira a su hermana desaparecer en la planta superior con el ceño fruncido y luego gira la cabeza hacia mí.

Yo no me he movido. Sigo con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo, la mandíbula tan apretada que siento un dolor sordo en los oídos.

Parezco un hombre que acaba de salir de una zona de guerra, y en cierto modo, lo soy.

Rafa abre los brazos con un gesto teatral, intentando disipar la densidad del aire con su habitual ligereza.

—No te lo tomes como algo personal con mi hermana, ruso —dice soltando una risotada breve mientras baja los escalones que le faltan para quedar frente a mí—.

Suli es capaz de sacar de quicio a una estatua de piedra.

Siempre ha sido así, desde que gateaba. Cuando se enfada, está convencida de que el universo entero tiene la obligación de pagar por su mal humor.

Me pone una mano en el hombro y me da una sacudida de falsa camaradería. Yo no reacciono. Soy un bloque de granito.

—No tendrás que aguantar su carácter para siempre —añade, y aunque sigue sonriendo, el tono de su voz baja un octavo hacia algo más serio—.

Papá ya está moviendo hilos. Ya sabes cómo funciona esto.

Algún arreglo de familia, un compromiso que asegure el futuro...

pronto se calmará. Al final, la sangre es lo que manda.

Se aparta y se marcha silbando una melodía despreocupada, de nuevo absorto en la pantalla de su móvil.

Yo me quedo solo en el salón, rodeado de sombras y del rastro de ese aroma a violetas que se niega a desaparecer.

El pensamiento del "arreglo" me deja un sabor a hiel.

Alguien como ella, entregada como un trofeo para sellar un pacto.

Subo a mi habitación con la cabeza a punto de estallar. Por primera vez en mi vida, la lealtad a mi código y la lealtad a mis instintos están en guerra.

~~~

A la mañana siguiente, el espejo me devuelve una imagen que no me gusta.

Me ajusto la corbata de seda negra por cuarta vez.

El traje de Brioni cae sobre mis hombros con una perfección insultante, dándome ese aire de poder sobrio que me ha servido de escudo durante años.

Pero por dentro, todo está mal colocado.

Hoy es la boda de Raúl, el sobrino de Machín.

Un evento social que para otros significa alegría y para mí significa vigilancia extrema.

Bajo al gran salón. Machín ya está allí, imponente con su bastón y un traje gris que emana autoridad. A su lado, Rafa revisa el reloj con impaciencia, moviendo el pie con nerviosismo.

—¡Vamos, hermanita! —grita Rafa hacia el piso de arriba, perdiendo la paciencia—. Seguro que serás la más guapa del enlace, incluso más que la novia... ¡pero baja ya!

Machín suelta un bufido divertido, apenas una mueca, mientras observa a su hijo con una calma que solo dan los años de mando.

—No le metas prisa —dice el patriarca con voz profunda—. Las mujeres importantes necesitan su tiempo.

Me acerco a ellos en silencio. Machín me mira con fijeza y asiente, reconociendo mi puntualidad y mi porte.

—Buenos días, Alekséi. Espero que estés listo para el ruido. Las bodas de mi gente no son como las que hacéis en el norte.

—Estoy listo —respondo, aunque mis ojos azules se desvían involuntariamente hacia la barandilla de la de la planta superior.

Pasan quince minutos. Quince largos minutos en los que intento no pensar en la conversación del coche, ni en el temblor de sus hombros bajo la lluvia. Y entonces, escucho el primer andar. El roce de la seda contra la madera.

Levanto la vista. Mis instintos me gritan que mire a otro lado, pero mis ojos desobedecen.

Sulamita aparece en lo alto del primer tramo.

Y juro que el mundo se detiene. El vestido negro la envuelve como si hubiera sido forjado sobre su propia piel; es elegante, peligrosamente sutil, resaltando su tez oliva de una forma que corta el aliento.

Su cabello cae en ondas oscuras, enmarcando un rostro que hoy no muestra rebeldía, sino una belleza soberana.

No es la chica de ayer. Es una mujer que parece capaz de hacer arrodillar a un imperio.

Rafa silba, descarado, rompiendo el silencio sepulcral que se ha instalado en el salón.

—Te lo dije —dice el hermano con una sonrisa de oreja a oreja—. Siempre llega tarde... pero siempre merece la pena.

Machín la observa con atención, con ese orgullo silencioso que solo un padre como él puede permitirse. Veo por un momento, el hombre de hierro que se ablanda frente a su creación más preciada.

Sulamita baja los últimos escalones. Cuando llega al nivel del suelo, sus ojos se clavan en los míos. Solo un segundo. Un segundo en el que el parking, la lluvia y el secreto vuelven a existir. No me sonríe. Me mira con una intensidad que me quema la piel.

Desvío la mirada primero. Tengo que hacerlo. Porque si sigo mirando, las líneas rojas que he jurado no cruzar empezarán a borrarse.

El trayecto hacia la hacienda es un despliegue de seguridad. Voy en el coche de retaguardia, con la mirada fija en el retrovisor y en el vehículo que va delante, donde viaja ella. Le debo la vida a Machín. Proteger a su hija es mi forma de pagar esa deuda de sangre. No hay espacio para nada más.

Llegamos a la celebración. El lujo es desbordante: cristal de bohemia, flores exóticas y el aroma a vino y azahar. Nos sentamos en la mesa reservada, con una vista privilegiada de todo el recinto.

De repente, la música cambia. Se vuelve más profunda, más ritual. Los novios entran y el salón estalla en palmas y vítores. Es el canto que celebra la pureza y la unión. Busco a Sulamita entre el gentío. Está de pie, aplaudiendo, y por un momento la máscara de tensión desaparece de su cara.

Machín se inclina hacia mí mientras los invitados empiezan a bailar.

—Me alegra que estés aquí, Alekséi. Me da la paz que necesito para disfrutar de la familia.

—Cumpliré con mi parte —respondo con firmeza—. No permitiré que nadie la toque.

Pero mientras la música sube de volumen y las guitarras lloran, entiendo que el mayor riesgo de esta noche no es un ataque exterior. El mayor riesgo es la forma en que ella me busca con la mirada entre la multitud, y cómo yo, por mucho que intente evitarlo, siempre la encuentro.