CAPITULO 9
SULAMITA
Maldita sea.
Estoy hecha un demonio... y al mismo tiempo muerta de miedo. Es una mezcla ácida que me quema la garganta y me impide pensar con claridad. No es solo la adrenalina de la discusión, es el peso de lo que acaba de ocurrir en ese parking oscuro.
No es por Alfredo. Alfredo, en el fondo, me da igual; era solo una cara bonita, una distracción, alguien que me miraba como si yo fuera una chica normal y no la hija de un hombre al que todos temen.
No es su pérdida lo que me quema por dentro.
Lo que me aterra de verdad, lo que me hace temblar las manos mientras subo las escaleras mecánicas, es la sola posibilidad de que Alekséi abra la boca. De que se lo diga a mi padre.
Ese pensamiento me aprieta el pecho hasta dejarme sin aire, como si una mano invisible me estuviera estrujando los pulmones.
El corazón me late tan fuerte que lo siento en la garganta, en las sienes, en los oídos, un tambor sordo que marca la cuenta atrás de mi libertad.
Cada latido es un recordatorio cruel: si mi padre se entera, mi vida tal como la conozco se acaba hoy mismo.
En mi cultura, en mi familia, no existe el concepto de "solo estamos conociéndonos".
No existe la curiosidad inocente, ni el derecho a probar el mundo sin que haya consecuencias permanentes.
Si los padres saben que tienes un novio, o que has estado a solas con un hombre en la penumbra de un aparcamiento, la maquinaria se pone en marcha.
Significa compromiso. Oficial. Con fechas marcadas en el calendario.
Con familias reunidas alrededor de una mesa de madera pesada, intercambiendo promesas que pesan más que cualquier deseo propio.
Significa matrimonio. Y yo... yo no estoy lista.
Dios mío, tengo diecisiete años. No quiero ser la esposa de nadie todavía.
No quiero ser un contrato firmado con sangre y honor.
Solo quería saber cómo se siente. Qué se siente cuando alguien te mira sin que haya planes de boda detrás.
Sin contratos invisibles que te aten las manos.
Sin destinos ya escritos por otros antes de que tú nacieras.
Solo quería eso: un beso robado que no significara una eternidad, una mano que no pidiera permiso a mi linaje, una risa que no tuviera consecuencias legales.
Pero ahora todo se ha torcido de la forma más violenta posible.
Subo por los peldaños móviles hacia la salida con el cuerpo tenso, los pasos rápidos y desordenados.
Las luces fluorescentes del centro comercial parpadean sobre mi cabeza, proyectando sombras largas y distorsionadas que parecen querer alcanzarme los talones.
El aire acondicionado me roza la piel fría, erizándome el vello de los brazos, pero no logra enfriar el incendio que Alekséi ha provocado en mí.
Sé que está detrás de mí. No necesito girarme para saberlo.
Lo siento como se siente la presión antes de una tormenta eléctrica.
Su silueta es pesada, peligrosa, ocupándolo todo, robándome el oxígeno del pasillo.
Es como si el espacio entre nosotros se cerrara por su propia voluntad.
Sus pasos son lentos, rítmicos, deliberados.
No corre porque no le hace falta. Sabe que no voy a escapar.
Sabe que, en este laberinto de cristal y acero, él es el dueño de la salida.
Me muerdo el interior de la mejilla con rabia, saboreando el toque metálico de la sangre.
No soporto que me trate como si fuera una niña que se ha escapado del jardín.
No soporto que crea que tiene el derecho de decidir por mí, de juzgar lo que hago en mi tiempo libre.
Pero lo que más odio... lo que más me duele admitir, es que hay algo en su forma de dominar el espacio que me tensa de una forma que no tiene nada que ver con el miedo.
Es un tirón en el bajo vientre, una chispa de algo prohibido que no quiero nombrar porque sé que sería el error más grande de mi vida.
Aprieto los dedos contra la barandilla metálica y sigo avanzando por la rampa. No mires atrás, me ordeno. No le des el gusto de ver cuánto te afecta. Pero soy débil. Lo hago. Solo un segundo.
Y ahí está. Un par de peldaños por debajo, subiendo con la elegancia de un depredador que sabe que la presa está acorralada. Sus ojos azules no se apartan de mi nuca. No mira a los lados, no se distrae con la gente que pasa. Me observa como si yo fuera el único punto importante en el universo.
—¿Te has quedado tranquila ya? —su voz llega grave, una vibración baja que me golpea la espalda—. ¿O todavía tienes ganas de seguir jugando a las escondidas, Sulamita?
Me giro de golpe en el rellano, con los ojos echando chispas.
—No estoy jugando a nada —escupo, con la voz temblorosa de pura indignación—. Y deja de hablarme como si fueras mi padre. No eres nada mío, Alekséi.
Él se detiene dos escalones más abajo, lo que nos pone casi a la misma altura. Su expresión es indescifrable, una máscara de mármol ruso que oculta una violencia contenida. Su mandíbula está tan tensa que parece que va a estallar.
—Si fueras mi hija —responde con una lentitud aterradora—, esta conversación no estaría ocurriendo en una escalera mecánica. Sería mucho más breve y mucho más dolorosa.
Un escalofrío me recorre la columna, pero no bajo la cabeza.
—Menos mal que no lo soy —replico, clavando mis ojos en los suyos—. Porque no te aguantaría ni un solo día. Eres un dictador, un hombre de hielo que no entiende lo que es querer ser libre.
Sus labios se curvan apenas. No es una sonrisa; es un gesto cínico que me hiela la sangre.
—Libertad... —repite como si fuera una palabra extranjera—. Lo que tú llamas libertad, yo lo llamo suicidio. No tenías derecho a hacer lo que has hecho ahí abajo.
—¿Derecho? —le espeto, bajo un peldaño hacia él para no dejarme intimidar—. El derecho es mío, Alekséi. Es mi vida. Son mis labios. Es mi piel. Y decido yo quién me toca o quién me mira. No eres más que un invitado en esta casa, no mi dueño ni el guardián de mi moralidad.
Él suelta un bufido seco, una risa carente de humor que me eriza el vello. Se inclina hacia delante, obligándome a echar el peso hacia atrás sobre el siguiente escalón.
—Te equivocas —dice con una voz que parece venir de las profundidades del hielo—.
No soy el guardián de tu moralidad, Sulamita.
Me importa una mierda tu moralidad. Soy el que tiene que limpiar la sangre si algo sale mal.
Soy el que tiene que mirar a la cara a tu padre si te encuentran en un callejón con el cuello cortado por los perros de Kemal.
Así que no me hables de "tus derechos" cuando no eres capaz de ver que el lobo ya tiene los dientes en tu garganta.
—No necesito que me protejas de todo —le digo, aunque mi voz suena más pequeña de lo que desearía—. No soy de cristal, Alekséi.
—No —admite él, y su mirada baja un segundo a mis labios antes de volver a mis ojos—. Eres peor que el cristal. Eres imprudente. Eres orgullosa. Y no mides el peligro que atraes simplemente por existir. Eso es lo que te va a matar si no aprendes a cerrar la puerta.
Odio cómo dice mi nombre. Lo pronuncia con una gravedad que me hace sentir que le pertenezco de alguna forma retorcida. Me giro y sigo caminando, tratando de ignorar el hecho de que mi corazón está a punto de salirse del pecho.
Llegamos al coche en un silencio sepulcral. En cuanto salimos del aparcamiento, el cielo parece romperse. La lluvia cae con una furia tropical, golpeando el parabrisas con una violencia que casi impide ver la carretera. El sonido es ensordecedor, un tamborileo metálico que aumenta mi ansiedad.
Alekséi conduce con una mano firme, los nudillos blancos sobre el cuero del volante. No me mira. No habla. Pero el aire dentro del habitáculo está tan cargado de electricidad que temo que un solo roce provoque un incendio. El silencio pesa. Pesa como una losa sobre mis hombros.
Trago saliva. El miedo a mi padre vuelve a emerger, superando mi rabia. No puedo dejar que se lo cuente. No puedo.
—No... no le digas nada a mi padre —susurro al fin. Mis ojos están fijos en la lluvia, pero mi voz me traiciona, rompiéndose al final—. Por favor, Alekséi. Te lo pido por lo que más quieras.
Él gira la cabeza apenas un segundo. Sus ojos están encendidos de una furia que me hace encogerme en el asiento.
—¡¿No tienes ni puta idea de lo que te juegas, verdad?! —estalla de repente. El grito llena el vehículo, haciéndome dar un respingo—. ¡Crees que esto es un juego de adolescentes! ¡Crees que el mundo es un lugar seguro para ti!
—¡¿Y qué si me arriesgo?! —le devuelvo el grito, y las lágrimas que estaba conteniendo empiezan a caer—. ¡¿No me digas que todo este puto enfado es por Kemal?! ¡¿Por ese turco asqueroso?!
Él da un puñetazo al volante que me hace saltar.
—No me jodas... —escupe con asco—. ¿Ahora te pones a llorar? ¿Después de haberme toreado todo el día?
—¡Lloro porque me agobias! ¡Porque me tratan como a un objeto! —le grito, perdiendo los papeles.
El coche da un volantazo brusco y frena en seco en el arcén.
El chirrido de los neumáticos se mezcla con el trueno.
Alekséi abre su puerta y sale bajo la lluvia torrencial, cerrándola de un portazo que sacude todo el chasis.
Lo veo caminar de un lado a otro, empapándose en segundos, pasándose las manos por el pelo como si quisiera arrancarse la piel.
No puedo más. Abro mi puerta también. El agua fría me cala la chaqueta de cuero y me pega el pelo a la cara en un instante.
——¡¿Adónde coño vas?! —ruge él al verme salir.
—¡Lejos de ti! ¡Me vuelves loca! —le gritó bajo el aguacero.
No doy ni tres pasos antes de sentir su mano cerrarse sobre mi brazo.
Me gira con una fuerza que me deja sin aire y, antes de que pueda protestar, me levanta del suelo.
Me carga como si fuera un fardo de seda, sin esfuerzo, y me mete de nuevo en el interior.
Me sienta de golpe y se inclina sobre mí, su cuerpo mojado bloqueando cualquier salida.
Siento su respiración agitada contra mi cuello.
Su cara está a milímetros de la mía. El ruido de la lluvia fuera es un rugido, pero aquí dentro solo existimos nosotros dos.
Me abrocha el cinturón con un movimiento seco, sus dedos rozando mi cintura, provocando un calambre que me hace cerrar los ojos.
—No vuelvas a hacer eso —dice en un susurro ronco, sus ojos clavados en los míos—. Nunca más me retes así, Sulamita.
—No eres mi dueño —respondo, pero mi voz es apenas un hilo.
Él no se retira de inmediato. Se queda ahí, envuelto en el vapor que desprende su propia furia, mirándome como si quisiera devorarme o protegerme del mundo entero, y por un segundo, creo que va a besarme. Deseo que lo haga. Y me odio por ello.
Se endereza, cierra mi puerta y da la vuelta. Entra, empapado, y el olor a lluvia y a hombre llena el habitáculo. Arranca sin decir nada. Gira la calefacción al máximo y orienta las rejillas hacia mí. Es un gesto de cuidado que choca con la violencia de hace un momento.
—Tranquila —dice al fin, con la voz ya controlada pero cargada de una fatiga profunda—. No diré nada a tu padre. Te doy mi palabra.
No respondo. No puedo. El nudo en mi garganta es demasiado grande. Me abrazo a mí misma, mirando por la ventana cómo las luces de Cádiz se difuminan. Alfredo ya es un recuerdo borroso. Todo lo que puedo sentir es el calor que emana de Alekséi y el secreto que ahora nos une.
Llegamos a la finca. Entramos en la casa y el silencio del vestíbulo me parece acusador. Subo las escaleras intentando que nadie vea mis ojos rojos, pero me cruzo con Rafa.
—¿Suli? ¿Qué ha pasado? Estás empapada... —pregunta mi hermano, preocupado.
No respondo. Paso por su lado como una exhalación y me encierro en mi cuarto.
Apoyó la espalda contra la puerta y me deslizo hasta el suelo, llorando en silencio.
Me da miedo. Me da miedo lo que Alekséi puede hacerme sentir.
Porque en mi mundo, los secretos tienen un precio.
Y me temo que el precio de este silencio va a ser mi corazón.