CAPITULO 8
ALEKSÉI
Camino por todo el maldito centro comercial cargado de bolsas como si fuera un guardaespaldas convertido en mula de carga.
El peso, sin embargo, no está en mis brazos, ni en la seda de los vestidos o el cuero de los zapatos que ella ha elegido con esa parsimonia exasperante.
El peso real está en mi cabeza. Es una sensación incómoda, un zumbido bajo la piel que no me abandona desde que me alejé de ella para dejar el cargamento en el coche.
Cada paso mío resuena en el suelo de mármol pulido con una pesadez que no encaja con el ambiente festivo del lugar.
Cada risa ajena, cada voz estridente de los adolescentes que corretean por los pasillos me enerva más que la anterior.
El aire acondicionado me golpea la nuca, frío y artificial, pero no logra enfriar el incendio que ha empezado a arder en mis entrañas desde que vi a Sulamita sonreírle a su teléfono en la sastrería.
—Joder… —murmuro entre dientes, ignorando la mirada de una mujer que se aparta al verme pasar con cara de pocos amigos.
¿Cómo puede una chica de diecisiete años hacer conmigo exactamente lo que quiere sin siquiera proponérselo?
Me descoloca. Me desquicia profundamente porque yo soy un hombre que ha sobrevivido a las purgas de Moscú, que ha negociado con lo peor de la mafia siciliana y que ha mantenido la cabeza fría mientras las balas zumbaban a centímetros de mi cara.
Yo no soy un tipo que pierde los estribos por una rabieta de una adolescente.
Y sin embargo, aquí estoy. Obedeciendo rutas que ella marca, respetando horarios que ella rompe, aceptando caprichos que ella disfraza de sonrisas ladeadas.
Me cabrea conmigo mismo porque en mi mundo nadie manda sobre mí.
Nadie. Y ella lo hace con una facilidad insultante, casi sin intentarlo, como si yo fuera una pieza más de su tablero de juegos.
Salgo al exterior y el aire caliente del aparcamiento me golpea la cara como un puñetazo húmedo.
Camino directo al coche, abro el maletero con un movimiento brusco y tiro las bolsas dentro sin el menor cuidado.
El golpe seco de los paquetes resuena en el hormigón vacío, un eco de mi propia frustración.
Cierro la tapa. Clack.
Pulso el mando del cierre centralizado. Clack.
Me quedo quieto un segundo, con las manos apoyadas en el borde metálico del maletero y la cabeza ligeramente inclinada hacia delante.
Respiro hondo. El olor a gasolina recalentada y asfalto me llena los pulmones, pero no calma el nudo de mi estómago.
Hay algo que no encaja. Es esa sensación vieja y conocida, un instinto que se me activa detrás de las orejas.
Es el mismo presentimiento que precede a los errores caros, a las emboscadas, a la sangre que se derrama antes de tiempo.
Sulamita se ha estado comportando de forma extraña. No demasiado, lo justo para que un ojo civilizado no lo note, pero lo suficiente para que un lobo como yo sienta el cambio en el viento. Estaba demasiado tranquila. Demasiado... distraída con ese teléfono.
—No me jodas… —susurro, y el vello de mis brazos se eriza.
Espero que no me la esté jugando. Porque si lo hace, si ha aprovechado mis cinco minutos de ausencia para algo estúpido, el problema no será Machín. El problema seré yo.
Doy media vuelta y vuelvo a entrar a la galería. El cambio de luz y el ruido me golpean de nuevo. Miro a la izquierda, a la derecha. Camino con zancadas largas hacia el asiento donde la dejé sentada, dándole la espalda a la entrada principal.
El banco está vacío.
Me detengo en seco, y juro que el mundo se detiene conmigo.
—Mierda.
Escaneo el entorno con una rapidez automática que me ha salvado la vida mil veces.
Tiendas de ropa, cafeterías, escaleras mecánicas.
Nada. No hay rastro de su chaqueta de cuero, ni de su melena oscura que se mueve como una bandera de guerra, ni de esa forma suya de ocupar el espacio sin pedir permiso.
Aprieto la mandíbula con tanta fuerza que me duelen los oídos.
No. No puede ser. Sigo avanzando, buscando en los locales más cercanos, asomándome a los pasillos laterales con la desesperación contenida de un cazador que ha perdido a su presa más valiosa.
Cada segundo que pasa, mi agitación se transforma en algo más oscuro.
—¿Dónde coño te has metido, Sulamita…? —mascullo entre dientes.
No es miedo lo que siento, es una pérdida absoluta de control, y en mi profesión, perder el control es el primer paso hacia la tumba.
He fallado. La he dejado sola cinco minutos.
Cinco malditos minutos han bastado para que una chica como ella desaparezca del mapa.
O peor… para que alguien que lleva días acechándola haya visto su oportunidad.
La imagen de Kemal llevándosela me atraviesa el cerebro como una bala de plata.
Acelero el paso. Subo y bajo escaleras mecánicas, recorro los pasillos de la planta superior, me asomo a las salidas de emergencia. Nada. El recinto ha dejado de ser un lugar de ocio para convertirse en un laberinto hostil lleno de puntos ciegos.
Me detengo junto a una columna, obligándome a respirar, a pensar con la frialdad del hielo ruso.
Piensa, Alekséi. Ella no es tonta. Si se ha ido, es porque quería irse.
Pero Sulamita nunca hace lo que se espera de ella.
Si ha decidido jugar conmigo, si esto es una de sus travesuras para ponerme a prueba...
va a descubrir que mis límites son muy cortos.
—Las cámaras —digo para mí mismo, dándome un golpe mental por no haber reaccionado antes.
Giro sobre mis talones y me dirijo a la zona de seguridad. Un guardia intenta cortarme el paso con una mano levantada, pero mis ojos deben de dar miedo porque se queda mudo antes de abrir la boca.
—Machín —digo con una voz que suena a sentencia de muerte.
El nombre del patriarca funciona como una llave maestra en esta ciudad. El guardia baja la mano de inmediato y me guía hasta la sala de control. Entro sin llamar, sobresaltando al técnico que está frente a los monitores.
—La cámara del banco de la entrada principal. Ahora mismo —ordeno, colocándome detrás de él.
El hombre empieza a teclear con dedos temblorosos. Las imágenes saltan en la pantalla, retrocediendo en el tiempo. Y entonces, la veo. Sulamita está sentada, esperando. Mira el móvil. Mira alrededor. Y entonces aparece él.
Un chico joven. De su etnia. Con esa seguridad arrogante de quien cree que el mundo es suyo. Se acerca a ella sin dudar. Y ella... ella le regala una de esas sonrisas reales, de las que no me ha dado a mí en todo el día. El chico se inclina y le da un beso en la mejilla.
—Será hijo de puta… —gruño, y el técnico de seguridad se encoge en su silla.
Siento que la sangre me hierve, una marea negra que me nubla la vista.
Los veo hablar brevemente y luego, él le coge la mano.
Ella no se aparta. No protesta. Se levantan juntos y caminan hacia una de las salidas laterales que conducen a los niveles inferiores del aparcamiento, una zona que apenas tiene tránsito a esta hora.
—Para —ordeno cuando cruzan el umbral de la puerta.
Observo el plano congelado. Esas escaleras llevan a los sótanos, rincones oscuros, mal iluminados y fuera del alcance de la mayoría de la gente. Un lugar perfecto para esconderse. O para hacer estupideces que a su padre le costarían la salud y a ese chico la vida.
—Gracias —digo sin mirarlos, y salgo de la sala antes de que puedan hacerme una sola pregunta.
Bajo las escaleras de emergencia de dos en dos, mis botas resonando contra el hormigón.
El aire aquí abajo es más frío, más denso, cargado con el olor rancio del aceite y la humedad de los cimientos.
Mi cabeza es un hervidero de pensamientos contradictorios.
No es asunto tuyo, me dice una parte de mí.
Es joven, tiene derecho. Pero la otra parte, la que está al mando ahora mismo, solo quiere aplastar a cualquiera que se atreva a tocarla mientras yo sea el responsable de su seguridad.
Llego al rellano inferior y reduzco la velocidad de mis pasos para volverme invisible. Escucho risas apagadas al final del pasillo. Reconocería ese tono melodioso en cualquier parte. Es ella.
Me detengo en las sombras, justo antes de doblar la esquina.
No me ven. Todavía no. Me obligo a tomar una bocanada de aire para calmar el pulso, pero la furia que siento es algo físico, un animal que araña por salir.
No es solo protección profesional. Es algo mucho más primario.
Algo que me dice que ese chico está ocupando un lugar que me molesta de forma irracional.
Me asomo apenas. Los veo. Están junto a una columna, bajo una luz que parpadea.
Él la tiene acorralada contra el muro, invadiendo su espacio personal con una confianza que me da ganas de arrancarle los brazos.
Ella se ríe, relajada, ajena al hecho de que Kemal podría estar enviando a un equipo de secuestro en este mismo instante.
El alivio de verla viva dura un suspiro. Luego, solo queda la rabia.
Él se inclina hacia ella. Sus rostros están a centímetros. Su mano se apoya en la pared junto al hombro de Sulamita. Es el lenguaje universal de quien está a punto de robar un beso.
No voy a permitirlo.
Salgo de las sombras con un movimiento fluido.
No corro, pero mi presencia llena el pasillo en un instante.
El chico ni siquiera me oye llegar. Lo agarro por el cuello de la chaqueta y lo arranco de la pared como si fuera una brizna de paja.
Lo aparto con un empujón controlado pero cargado de una fuerza que lo deja descolocado, tambaleándose.
—Creo que hoy no tendrás esa suerte, niñato —digo, con una voz tan baja y peligrosa que parece salir de una tumba.
Lo suelto. Él se gira de golpe, con los ojos ardiendo de orgullo herido, dispuesto a encararse con quien sea que lo haya interrumpido. Pero entonces me mira bien. Mira mi traje, mira mi cara, mira la frialdad absoluta de mis ojos.
Y se queda blanco. Me reconoce. Sabe quién soy, o al menos sabe qué represento. Se le borra la valentía de la cara en menos de un segundo.
—¿Alekséi? ¡¿Pero qué te crees que haces?!
La voz de Sulamita me golpea desde atrás.
Está furiosa, sus grandes ojos son dos brasas encendidas.
No me giro. Mantengo mi atención en el chico.
Le hago un leve gesto con la cabeza hacia la salida.
No necesito hablar; mi postura dice claramente que si no desaparece en los próximos tres segundos, no saldrá de este aparcamiento por su propio pie.
Él duda, mira a Sulamita, me mira a mí, y la lógica termina imponiéndose. Se da la vuelta y se larga de allí casi corriendo, su hombría desmoronada bajo mi mirada.
Cuando por fin me giro hacia ella, Sulamita ya me está encarando. Tiene los puños apretados y el pecho le sube y baja con rapidez. La rabia la hace verse más hermosa, más viva, y eso me irrita todavía más.
—No conozco mucho vuestras costumbres —digo despacio, midiendo cada palabra para no soltar algo de lo que me arrepienta—, pero sí sé algo: no querrías que tu padre se enterara de que tienes un… ¿novio? ¿A escondidas en un parking?
La palabra "novio" me deja un sabor amargo, como el metal oxidado.
—Nos estamos conociendo —escupe ella, dando un paso hacia delante, invadiendo mi espacio con la misma temeridad con la que bajó por la ventana anoche—.
Los padres de él conocen al mío. Mi padre conoce a los suyos.
Sé que no deben enterarse todavía, pero eso a ti no te concierne, Alekséi. Tú solo eres el amigo de mi padre.
Aprieto la mandíbula con tanta fuerza que siento un crujido. Cada palabra suya es una provocación que me empuja al límite.
—Puedes hacer lo que te dé la real gana con tu vida, Sulamita —respondo, bajando la voz hasta que es un susurro peligroso—, pero no cuando tu padre me ha dejado a cargo de tu seguridad.
Mientras yo esté aquí, no vas a desaparecer en parkings oscuros para jugar a las casitas con un crío que no sabría protegerte ni de un resfriado.
Doy un paso hacia ella, obligándola a retroceder contra la columna. El aroma a violetas de su piel se mezcla con el ambiente frío del sótano.
—Al coche. Ahora mismo. Y sin decir una puta palabra más.
—¡¿Sabes qué?! ¡No te soporto! —me grita ella, levantando las manos al aire, con los ojos brillantes, tal vez de rabia, tal vez de algo más que se niega a admitir.
—¡El sentimiento es mutuo, pequeña gitanita! —le devuelvo el grito, perdiendo por completo la compostura que tanto me ha costado mantener—. ¡Joder!
Cierro los ojos un segundo, maldiciéndome internamente.
Me ha hecho perder los nervios. Me ha hecho gritar como un estúpido.
Se gira y empieza a caminar hacia las escaleras, rápida, furiosa, con el cuerpo tenso como un arco a punto de disparar una flecha.
Yo voy detrás, pesado, vigilante, cada paso mío marcando el territorio como un animal herido.
No la pierdo de vista ni un solo segundo. Ya no. Se acabó el espacio, se acabaron los cinco minutos de cortesía.
Porque esta chica no solo no sabe el peligro que corre fuera de esas paredes... es que el verdadero peligro, el que me asusta de verdad, es lo mucho que me está empezando a gustar descubrir hasta dónde es capaz de llegar para sacarme de quicio.
Y mientras la veo subir los escalones, me doy cuenta de que este viaje a por un traje ha terminado siendo el prólogo de un desastre que no sé si quiero evitar.