CORONA DE SANGRE CAPITULO 7
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CAPITULO 7

ALEKSÉI

Hoy el plan es sencillo en papel, pero un campo de minas en la práctica: llevarla a la modista para los últimos retoques de su vestido de boda y luego buscar un traje para mí.

No me gustan las bodas. Son eventos donde la gente bebe demasiado, habla de más y baja la guardia.

Pero esta boda es un tablero de ajedrez.

Machín no me quiere allí para comer tarta; me quiere allí porque Kemal Kara es una sombra que se alarga cada vez más sobre Cádiz.

El turco ha estado husmeando, moviendo hilos en el puerto, enviando a sus perros a marcar territorio.

Y Machín sabe que yo soy el único perro de presa capaz de morderle la yugular a cualquiera que mire a su hija más de la cuenta.

La puerta principal de la mansión se abre y levanto la vista. Mis dedos se aprietan contra el aro de cuero.

Ahí está.

Sulamita baja los escalones con una chaqueta ligera de cuero negro que le queda como una segunda piel.

El pelo le cae en ondas salvajes, oscuras, sobre los hombros, y camina con la barbilla tan alta que parece que el mundo entero le debiera una disculpa.

No parece una chica que vaya a probarse seda y encaje. Parece una declaración de guerra.

Cuando abre la puerta del copiloto y se sienta, el espacio del coche se reduce a la mitad. No huele a perfume barato; huele a carácter. A ese aroma sutil de jazmín que ya reconozco como suyo, mezclado con la brisa de la mañana.

—Buenos días —dice, sin mirarme, mientras se abrocha el cinturón con un clic seco que resuena en el habitáculo.

—Buenos días —respondo, arrancando el motor—. Hoy no vamos a discutir, Sulamita. Es un día de recados, no un combate.

—Qué decepción —contesta ella, y por el rabillo del ojo veo cómo esa sonrisa pequeña y ladeada asoma en su rostro. Es una sonrisa que debería estar prohibida, porque te hace olvidar quién eres.

Salimos del recinto y me concentro en el asfalto.

Mantengo las manos firmes sobre el volante, como si eso pudiera ayudarme a mantener mis pensamientos igual de rectos.

Distancia. Control. Profesionalidad. Eso es lo que me repito, pero el sol de la mañana entra por la ventanilla y le ilumina el perfil, resaltando esos ojos marrones suyos que parecen absorber toda la luz del coche.

—Después de la modista iremos a por mi traje —le informo, manteniendo el tono neutro—. Y luego volvemos a casa. Directos. Sin desvíos ni "visitas sorpresa" a tus amigas.

—Siempre tan autoritario —murmura ella, girándose hacia la ventanilla—. ¿También vas a decirme a qué hora tengo permiso para respirar, Alekséi?

La ignoro. O al menos lo intento con todas mis fuerzas.

—Machín espera que estés impecable mañana. Es una boda importante para tu familia.

—¿Importante para quién? —pregunta, clavando sus ojos marrones en los míos. Hay una curiosidad ahí que me quema—. ¿Para mi padre o para los negocios que cerráis entre brindis?

—Para gente peligrosa —respondo con frialdad—. Así que compórtate. No es un juego.

Ella me sostiene la mirada unos segundos. No hay rastro de miedo en esas pupilas color miel quemada, solo un desafío latente que hace que el aire se vuelva espeso, difícil de tragar.

—Siempre me comporto —dice al final, con una calma que suena a mentira pura.

Aparco cerca de la boutique de la modista.

Sulamita baja del coche con una ligereza que me asombra; no es fragilidad, es una confianza innata, algo que se hereda en la sangre gitana.

Camina unos pasos por delante de mí y me doy cuenta de lo que Kemal vio en ella.

No es solo que sea hermosa. Es que tiene un magnetismo que desarma.

Los hombres se giran a su paso, las mujeres la evalúan.

Ella no parece notarlo, o quizás está tan acostumbrada que le resulta irrelevante.

Entramos en el establecimiento. El olor a hilo, telas nuevas y tiza me resulta ajeno. Yo pertenezco al olor a pólvora y aceite de motor, no a este santuario de la elegancia femenina.

La costurera la recibe con una exclamación. Sulamita me lanza una mirada rápida —una mezcla de "quédate ahí y no molestes" y una burla silenciosa— antes de desaparecer tras la cortina del probador.

Me quedo esperando, apoyado en un sillón de terciopelo que parece que va a crujir bajo mi peso. Cruzo los brazos y mis ojos empiezan a escanear el lugar por puro instinto. Puerta trasera, tres ventanas que dan a un callejón, el reflejo del escaparate... siempre busco las salidas. Es mi naturaleza.

—Quédate quieta, cielo —oigo decir a la mujer tras la cortina—. Es solo un ajuste en la cintura.

—Lo intento, pero este vestido parece que quiere estrangularme —responde la voz de Sulamita.

No puedo evitar esbozar una media sonrisa. Ese vestido conspira contra todos, pequeña, pienso. Apoyo la espalda y cierro los ojos un segundo, tratando de recordar por qué estoy aquí. Por Machín. Por la deuda. Por evitar que un carnicero como Kemal le ponga una mano encima.

Entonces, la cortina se descorre.

Abro los ojos y el aire se me queda atascado en la garganta.

Sulamita sale despacio. El vestido negro abraza sus curvas con una precisión que me resulta dolorosa.

El escote es sutil, elegante, pero resalta la línea de su cuello y sus hombros bronceados.

Ya no queda nada de la niña que recordaba.

Es una mujer, una con una fuerza visual que te obliga a mirarla.

Su mirada brilla con una mezcla de orgullo y vulnerabilidad que no había visto hasta ahora, mientras que mis propios ojos azules se clavan en ella, incapaces de apartar la vista.

—¿Y bien? —pregunta, ladeando la cabeza mientras juega con un mechón de su pelo—. ¿Apruebas el traje de la princesa rebelde?

Trago saliva. El silencio en la tienda es tan denso que juraría que puede oírse el latido de mi corazón.

—Es… adecuado —respondo. Mi voz suena demasiado firme, demasiado controlada. Es el registro que uso cuando estoy negociando la vida de alguien.

Ella arquea una ceja, claramente insatisfecha con mi respuesta.

—Eso ha sonado casi a cumplido. ¿Te duele decir algo amable, ruso?

—No te acostumbres a mis cumplidos, Sulamita. No estoy aquí para eso.

La costurera ríe, rompiendo la tensión. —Le queda espectacular, señor. Mañana será la envidia de toda la celebración.

Espectacular. Esa es la palabra. Y también es una palabra peligrosa, porque lo que es espectacular atrae a los depredadores.

Media hora después, estamos en Brioni. El contraste es total: silencio, madera oscura y el olor a éxito y poder. Me pruebo el traje bajo la mirada profesional de un sastre que no hace preguntas. Al salir del probador para que ajusten los bajos del pantalón, busco a Sulamita.

Está sentada en un sofá de piel, absorta en su teléfono. Tiene una sonrisa suave en los labios, una que no es para mí, ni para su padre. Es una sonrisa íntima.

¿Con quién habla?, me pregunto, y la punzada de irritación que siento en el pecho me pilla por sorpresa.

No es asunto mío. No debería importarme si habla con un chico de su edad o con el diablo.

Pero aprieto la mandíbula y vuelvo a mirar mi reflejo en el espejo.

El traje es perfecto. El hombre dentro de él sigue siendo un desastre de cicatrices y sombras.

—Te queda… —la voz de Sulamita me saca de mis pensamientos. Ha levantado la vista y me observa de arriba abajo—. Te queda muy bien, Alekséi. Pareces casi una persona civilizada.

—Casi —respondo, mirándola a través del reflejo del cristal—. No te dejes engañar por la tela cara.

Entramos en el centro comercial después de dejar el traje en el coche.

El ruido de la gente y la música ambiental me ponen los nervios de punta.

Sulamita, en cambio, florece. Entra y sale de las tiendas de accesorios, probándose pendientes que brillan contra su piel, riendo mientras se mira en los espejos.

Me ignora, o eso parece, hasta que saca el móvil y vuelve a escribir con esa rapidez febril.

La observo de reojo. A veces me mira, nota que mi expresión es la de un guardia de prisión aburrido, y rueda los ojos con un gesto infantil que me hace sonreír por dentro, aunque por fuera sea una estatua de hielo.

Finalmente, se acerca a mí. Se nota que tiene algo en mente por cómo le brillan los ojos.

—Tengo una idea —dice, con una voz que suena a travesura.

—¿Qué idea? —respondo, con la voz áspera. Llevo dos horas cargando bolsas y aguantando mi propia tensión.

Se inclina hacia mí, rompiendo esa distancia de seguridad que tanto me esfuerzo en mantener. Su olor a jazmín vuelve a invadirme.

—¿Por qué no dejas esas bolsas en el coche y vamos a tomar un helado de caramelo salado? Ese que me prometiste anoche.

La miro de arriba abajo, intentando mantener mi fachada de tipo duro.

—¿No me dijiste anoche que no eras una niña?

—Y no lo soy —replica ella, cruzándose de brazos y arqueando una ceja—.

Pero a todo el mundo le gusta el dulce. Tengo calor, estoy cansada de caminar y…

—me señala con un dedo acusador— un hombre de honor cumple su palabra, Alekséi.

Me dijiste que me comprarías uno si me portaba bien. Y me he portado de maravilla.

Mierda. Tiene razón. Ella tienen un brillo que desarma. No es inocencia, es algo mucho más poderoso: es la capacidad de recordarme que, bajo este traje de mil euros y mi pasado sangriento, todavía queda algo capaz de disfrutar de un momento simple.

—Vale —cedo, soltando un suspiro de rendición—. Pero no te muevas de aquí. Ni un centímetro. Si vuelvo y no estás en este banco, te juro que te encierro en el sótano de Machín yo mismo.

Su sonrisa se ensancha, victoriosa y radiante. Se sienta en el banco, balanceando las piernas con una despreocupación que me asusta. La observo unos segundos antes de darme la vuelta. No me gusta dejarla sola en un lugar tan abierto, pero el parking está a un minuto.

Cada paso que doy hacia el coche se siente como si estuviera dejando una pieza de mi armadura atrás. No me preocupa Machín, ni Kemal en este momento. Lo que me preocupa es que protegerla está dejando de ser una obligación para convertirse en una necesidad que me quema las entrañas.

Y eso, en mi mundo, es el primer paso hacia el desastre.