CORONA DE SANGRE CAPITULO 6
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CAPITULO 6

SULAMITA

Me quedo quieta unos segundos, observándolo caminar delante de mí como si la noche le perteneciera por derecho de nacimiento.

Su espalda es un muro de músculos rectos bajo la camisa negra, y sus hombros anchos parecen cargar con el peso de secretos que yo apenas empiezo a vislumbrar.

Camina con un paso seguro y silencioso, ese andar de quien ha aprendido a moverse entre las sombras sin dejar más rastro que el frío que queda en el aire.

Cada movimiento suyo es pura precisión; está atento a cada crujido de la grava, a cada cambio en la brisa salada que llega del puerto.

No parece nervioso. Parece… acostumbrado. Como si la oscuridad fuera su hábitat natural y yo solo fuera una invitada temporal a la que tiene que guiar para que no se pierda. Y eso debería tranquilizarme. Debería hacerme sentir a salvo bajo la sombra de este gigante ruso.

Pero no lo hace.

No lo hace porque lo siento demasiado. Siento su presencia como una presión física en el pecho, una vibración que me recorre la columna cada vez que sus ojos se desvían apenas hacia atrás para comprobar si sigo ahí. ¿Desde cuándo Alekséi Volkov me parece… irresistible?

Aprieto los labios, molesta conmigo misma, con mis pensamientos y con este cuerpo que parece traicionarme.

No es el momento. No es el lugar. Y, definitivamente, no es el hombre adecuado para perder la cabeza.

Alekséi es el pasado de mi padre, es un mundo de plomo y deudas, es alguien que me dobla la edad y que, hasta hace una hora, me miraba como si fuera una muñeca de porcelana que se ha escapado del estante.

Y aun así, mi cuerpo tarda un segundo de más en reaccionar cuando se detiene en seco. Se gira apenas, y la luz de un farol lejano capta sus ojos, haciéndolos brillar como obsidiana húmeda en mitad de la penumbra.

—Sí… ya voy —susurro, sacudiendo la cabeza para intentar ordenar el caos que llevo dentro.

Empiezo a caminar tras él. El patio de la finca es enorme a estas horas, un laberinto de piedra y vegetación que exhala el calor acumulado durante el día.

Los faroles bajos proyectan sombras largas y retorcidas que parecen querer agarrarnos los tobillos.

Cada paso mío me suena como un disparo en este silencio sepulcral, aunque sé que nos movemos con cautela.

Alekséi avanza analizando cada rincón, cada ángulo muerto de la seguridad de mi padre, como si estuviera memorizando un campo de batalla.

No puedo evitar sonreír por lo bajo. Él es un experto, un lobo de ciudad, pero yo soy la dueña de estos rincones. Él sabe de tácticas, pero yo sé de libertad.

—Alekséi —murmuro, bajando la voz hasta que es solo un aliento que se lleva el viento—. ¿Por qué no me sigues tú a mí?

Se detiene. Lentamente. Muy lentamente. Su figura se recorta contra la noche, imponente, casi irreal bajo la luz de la luna.

—Puedo enseñarte por dónde se sale sin que nadie nos vea —añado, ladeando la cabeza con ese descaro que tanto enfurece a mi padre.

Le sonrío con esa chulería que dice "sé más de lo que crees".

La que deja claro que no necesito que me salven, aunque me guste que él lo intente—. Es más rápido. Y mucho más discreto.

Alekséi me observa en silencio unos segundos eternos. Luego sonríe de lado, esa curva lenta y peligrosa que me hace apretar los puños sin darme cuenta para no lanzarme a tocar esa comisura.

—Así que… —dice despacio, con esa voz ronca como grava bajo botas—. No es la primera vez que intentas esto, ¿verdad?

Se ríe por lo bajo. Y entonces lo veo: ese pequeño hoyuelo en su mejilla derecha. Mi corazón da un salto absurdo. Oh, por Dios… Sulamita, para. Ese hombre es un depredador, no un príncipe de cuento.

—Sígueme —respondo, fingiendo indiferencia—. Te dejaré acompañarme. Por esta vez.

Paso por su lado sin tocarlo, pero lo siento igualmente. Su presencia es como una corriente eléctrica que me roza la piel. Escucho su respiración, ese suspiro breve que se le escapa cuando lo adelanto. No lo miro, pero sé que está sonriendo. Lo noto en el aire. Lo presiento en mi nuca.

Camino con seguridad hacia la esquina más densa del jardín, apartando unas ramas bajas de jazmín que inundan el aire con su aroma empalagoso.

Es un recorrido que me sé de memoria. Un pequeño hueco entre el muro antiguo y la vegetación densa, casi invisible si no sabes exactamente dónde mirar.

Lo he usado desde los trece años para burlar la sobreprotección de mi familia.

Me agacho ligeramente y paso primero. Cuando me incorporo al otro lado, fuera de los muros de la finca, lo veo observando el espacio con una atención clínica. Nada se le escapa.

—¿Ves? —le digo, girándome hacia él—. Nadie mira aquí. Todos creen que es solo un rincón de maleza descuidado.

Alekséi me mira entonces. De verdad. Sus ojos se clavan en los míos con una intensidad que me hace contener el aliento. Sus ojos marrones me estudian, y por un momento siento que puede ver a través de mi piel.

—Eso mismo piensa la gente antes de meterse en problemas graves —responde, con la voz baja.

Sonrío, desafiante.

—Entonces supongo que encajamos bien, ¿no crees?

Él niega con la cabeza, divertido, y se acerca un poco más. Demasiado. Mi espalda roza la pared de piedra fría y por un segundo me siento acorralada… no físicamente, sino por su aura. Por el olor a colonia cara, a tabaco y a ese magnetismo oscuro que desprende.

—Eres peligrosa —dice en voz baja—. Mucho más de lo que crees.

—¿Eso es una queja o un cumplido? —pregunto sin apartar la mirada de sus ojos.

—Aún no lo sé. Pero me temo que lo descubriré pronto.

Levanta una mano y aparta con cuidado una hoja que se ha quedado enredada en mi pelo. El gesto es lento, deliberado, como si quisiera que yo fuera consciente de cada milímetro que nos separa. Sus dedos rozan mi sien apenas, un contacto fugaz que me eriza el vello de los brazos.

—Venga, pequeña gitana—murmura con un matiz que me hace temblar—. Sal… y yo te sigo.

Avanzamos por el sendero trasero, alejándonos de la seguridad de la mansión. La grava cruje bajo nuestros pasos, pero Alekséi camina con una seguridad que me sorprende. Va a mi lado, atento, como un guardaespaldas que no puede evitar ser también algo más.

Salimos a la carretera secundaria que conduce a la casa de Saray. Las farolas iluminan tramos irregulares del asfalto y la noche huele a salitre y a peligro contenido.

—Deberías tener cuidado —dice de pronto, rompiendo el silencio—. Ahora que Kemal ha amenazado con ir detrás de ti, cada sombra puede ser un problema.

No me detengo. Sigo caminando con la barbilla alta.

—Él no puede acercarse así como así —respondo con una sonrisa que pretende ser más firme de lo que se siente mi pulso—. Tengo buenos vigilantes a mis espaldas. Y mi padre es respetado en toda Cádiz. Nadie toca a una Machin sin pagar el precio.

Alekséi se gira hacia mí, serio. Se detiene y me obliga a parar.

—No debes confiarte —replica, y su voz es puro acero—. Y menos con ese hijo de puta. Lo conozco de años. No amenaza por amenazar, Sulamita. Cuando dice que quiere algo, lo toma. Cueste lo que cueste. No le importa cuántas leyes de tu padre tenga que romper.

Hay algo en su tono que me hace callar. No es solo advertencia; es una preocupación real que me hace sentir algo cálido en el pecho.

Al fin llegamos a la pequeña casa de Saray. Doy la vuelta por detrás, hasta la ventana de su habitación. Saco el móvil con dedos rápidos y le escribo. A los dos minutos, la cortina se mueve y Saray aparece, con el rostro marcado por la angustia.

La observo bajar. Ágil, decidida. Cuando toca el suelo, Alekséi niega con la cabeza, entre divertido e incrédulo.

—Creo que vuestros padres tienen un gran problema con vosotras dos —murmura para sí mismo.

Saray me abraza con fuerza. Hablamos bajo, nos pedimos perdón por lo ocurrido en el club, y me confirma que su padre solo le ha dado un sermón eterno y la ha dejado sin salir un mes.

La culpa que sentía empieza a disolverse.

Pero entonces, Saray se fija en el hombre que espera a unos metros, vigilando el perímetro con la mirada de un halcón.

—Ay, madre… —susurra ella al oído, con los ojos brillando—. ¿Quién es ese dios griego, Sulami? ¿Tu padre te ha puesto al final un ángel de la guarda de revista?

—Saray, por favor —la regaño, aunque siento que el calor me sube por el cuello—. Es amigo de mi padre. Ha insistido en acompañarme para que no viniera sola.

—Pues tiene peligro solo de mirarlo —insiste Saray con una sonrisa pícara—. Si te cansas de él, me lo mandas.

Alekséi carraspea, dándose cuenta de que es el centro de nuestra conversación privada. Su mandíbula está tensa, pero veo que intenta no sonreír ante el descaro de mi amiga.

—¿Ya habéis terminado? —pregunta—. Porque cuanto más tiempo estemos aquí fuera, menos discreta será esta "misión de rescate".

Su mirada se posa en mí. Directa. Intensa.

—¿Está bien tu amiga? —añade, suavizando un poco el tono.

Asiento.

—Sí… gracias por traerme, Alekséi.

Emprendemos el camino de regreso. Siento su presencia a mi lado, protectora y peligrosa a partes iguales.

Mientras camino, lo sé con certeza: esto ya no es solo una escapada nocturna.

Algo se está tensando entre nosotros, una cuerda que nos une y que, una vez que se estire del todo… no será fácil de soltar.

Llegamos de nuevo a la grieta del muro. Entramos y recorremos el jardín en sombras hasta llegar a la base de mi ventana. Estoy a punto de empezar a subir cuando su voz suena a mis espaldas, grave y demasiado segura.

—Espero no tener que trasnochar todas las noches para asegurarme de que no vuelvas a bajar por aquí.

Me detengo, con una mano ya apoyada en la piedra fría.

—Siii, papá —respondo burlona, riéndome por lo bajo para ocultar mis nervios.

Pero no me da tiempo a reaccionar cuando, en un solo paso largo, lo siento detrás de mí. Está tan cerca que su pecho roza mi espalda. Su presencia me envuelve antes incluso de que vuelva a hablar. Su voz llega directa a mi oído, baja, firme… con un matiz que me eriza hasta el alma.

—Lo digo en serio, pequeña —murmura, y su aliento es una caricia caliente en mi nuca—. No juegues conmigo.

Trago saliva con dificultad. El corazón me va a mil.

—Además —continúa él—, mañana temprano quiero ir a por el traje. Y tengo que llevarte a por tu vestido. Así que duérmete pronto.

No es una orden, pero no hay opción de réplica en su tono. Me quedo mirando la pared, fingiendo concentración mientras mi estómago se revuelve.

—Sí —respondo seca, cortante, intentando recuperar mi orgullo.

Empiezo a subir rápido por la hiedra. No quiero verlo tan cerca. No quiero confirmar que ese tono suyo me ha provocado un temblor que no puedo controlar. Llego al alfeizar y me impulso hacia dentro. Antes de cerrar la ventana, me permito un último segundo para mirar hacia abajo.

Él sigue ahí, de pie en la oscuridad, mirándome con una intensidad que casi puedo sentir en la piel. No se mueve hasta que cierro el cristal.

Apago la luz y me meto en la cama, con el corazón aún acelerado. Esto no está bien. Alekséi es amigo de mi padre. Forma parte del mundo de sombras que me rodea, pero él es la sombra más profunda de todas.

"Solo ha sido una sensación", me susurro, apretando las sábanas.

Pero mientras cierro los ojos y el olor a tabaco y colonia de Alekséi parece seguir impregnado en mi piel, sé que mañana será mucho más difícil fingir que nada ha cambiado.

Mañana, bajo la luz del sol de Cádiz, el peligro será mucho más real.