CORONA DE SANGRE CAPITULO 5
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CAPITULO 5

ALEKSÉI

Madre mía… No tiene ni idea de lo peligrosa que está cuando se enfada.

La veo desaparecer por el pasillo con ese paso rápido, orgulloso, casi felino, chocándome el hombro al pasar como si su pequeño cuerpo pudiera desplazar el mío.

El impacto es leve, apenas un roce de seda y fuego, pero suficiente para que sienta su calor a través de la tela de mi traje de tres piezas.

Me quedo ahí, inmóvil en medio del salón, dejando que el eco de sus pasos se pierda en la planta superior.

Una sonrisa se me queda prendida en la comisura del labio antes de que mi disciplina logre borrarla.

No es burla. Es otra cosa. Algo más oscuro.

Algo que me recuerda que, aunque lleve diez años controlando cada impulso en el gélido invierno moscovita, hay hogueras que no se pueden apagar con pura voluntad.

Esa chica no es una niña. Es una granada de mano con el seguro a medio sacar, y yo acabo de metérmela en el bolsillo por pura lealtad a su padre... o eso quiero creer.

Me giro despacio, sacándome la imagen de su mirada desafiante de la cabeza antes de que se vuelva un problema permanente.

Camino hacia Machín con calma. El salón ahora parece más grande, más vacío sin la energía arrolladora de su hija.

Mi socio está ahí, de pie, una figura imponente pero que hoy muestra las grietas del cansancio bajo la luz de las lámparas de cristal.

—Deberías darle un poco más de libertad —le digo al fin, con la voz baja y tranquila—. Te lo digo por experiencia, amigo mío… cuanto más aprietas la cuerda, más fuerte tira el animal para romperla. Y Sulamita no es de las que se dejan domar fácilmente.

Machín me observa en silencio. Sus ojos, curtidos por mil batallas y el sol de Andalucía, analizan mi rostro como si buscaran una intención oculta detrás de mi consejo. Luego suelta un resoplido cansado y se apoya con fuerza en su bastón de pomo dorado.

—Hablas como si no supieras lo que hay ahí fuera, ruso —gruñe—. Hablas como si el mundo fuera un jardín de recreo donde las gitanas con ojos de miel pueden pasear sin que los lobos les aúllen. No conoces a la gente de aquí tanto como crees.

—Lo sé mejor que nadie —respondo, acercándome a la mesa lateral donde descansa una botella de coñac antiguo—.

Precisamente por eso te lo digo. Si la mantienes en una jaula de oro, el primer hombre que le ofrezca una llave se la llevará.

Y tú no quieres que sea cualquiera quien tenga esa llave.

Quieres que sea alguien que sepa qué hacer con ella.

Machín alza una ceja, irónico, y hace un gesto con la mano libre para que me siente en uno de los sillones de cuero frente a él.

Obedezco. El cuero cruje bajo mi peso, un sonido sólido en medio del silencio tenso de la mansión.

El ambiente huele a madera vieja, a incienso y a ese tabaco negro que Machín fuma desde que lo conocí en aquel puerto de Marsella hace una eternidad.

—Así que… —añado, ladeando un poco la cabeza mientras observo el líquido ámbar en la copa— estoy invitado a una boda.

Machín suelta una carcajada breve, seca, y niega con la cabeza.

—No empieces, Alekséi. Perdóname porque nuestra reunión haya empezado con este drama familiar.

Pero tener una hija de diecisiete años, con la sangre de su madre hirviendo en las venas, no es fácil.

Es como intentar encerrar un rayo en una botella de cristal fino.

Sabes que en cualquier momento va a estallar.

—No hace falta que te disculpes. Créeme, aquí estoy mucho más cómodo que en ese club lleno de buitres y humo. Pero hablemos de lo que de verdad importa. Kemal Kara ha puesto los ojos en ella. Y eso cambia el tablero.

El nombre del turco hace que la mandíbula de Machín se tense tanto que los músculos le tiemblan. Veo cómo una vena le palpita en la sien, un mapa de la rabia que está intentando contener.

—Kemal es un animal —continúa Machín, bajando la voz—. Lo vi en el Zafiro. No miraba a una mujer, miraba un trofeo. Una forma de humillarme a mí a través de lo que más quiero.

—Kemal no negocia, Machín. Él toma. Por eso he aceptado acompañarla mañana a por ese vestido.

No soy solo su escolta, soy su seguro de vida.

Si ese hijo de puta o cualquiera de sus hombres intenta acercarse mientras yo estoy con ella, se encontrará con un muro de acero ruso que no podrá saltar.

Haré que lo entienda... con palabras o con plomo. Tú descansa. Yo vigilo.

~~~

Una hora después, Carmen me conduce por los pasillos silenciosos hacia mi habitación.

Las paredes están decoradas con retratos de antepasados gitanos que parecen seguirme con la mirada, juzgando al extranjero que camina por sus tierras.

La habitación que me han asignado es amplia, sobria y huele a sábanas limpias y a aire de mar.

Dejo mi chaqueta sobre una silla de terciopelo y me desabrocho los primeros botones de la camisa, sintiendo que el nudo de la corbata me estaba asfixiando más de lo habitual.

Necesito aire. Salgo al balcón y el frescor de la noche de Cádiz me golpea el rostro.

Enciendo un cigarrillo, dejando que el humo se mezcle con la brisa húmeda.

Mi mente es un tablero de ajedrez donde las piezas no dejan de moverse: los negocios en el puerto, la expansión de la Bratva hacia el sur, la deuda de honor que tengo con Machín... y ella.

Sulamita.

¿Cómo ha podido crecer tanto? La última vez que estuve en esta casa, ella era una criatura que apenas me llegaba a la cintura y que me robaba los gemelos de la camisa para esconderlos en el jardín. Ahora, su presencia es un ruido constante en mi cabeza, una interferencia que no logro sintonizar.

De pronto, un movimiento en la periferia de mi visión me saca de mis pensamientos. Mis años en las calles de Moscú me han enseñado que nada se mueve a estas horas si no es para esconderse o para atacar. En el extremo opuesto de la fachada, una silueta se desliza con cautela por una ventana.

—Maldita sea, pequeña... —murmuro, dejando escapar el humo de golpe.

Es ella. Sulamita. Está bajando por el muro calizo, agarrándose a los salientes de la fachada con una temeridad que me corta la respiración.

Un mal paso, una piedra suelta, y se rompería el cuello contra los adoquines.

Aplasto el cigarrillo contra la barandilla con un movimiento brusco y, sin pensarlo dos veces, salto hacia la cornisa contigua.

Desciendo con la agilidad de una sombra; mis manos encuentran agarre en los huecos de la piedra casi por instinto, moviéndome mucho más rápido de lo que ella jamás podría.

Llego al suelo justo un segundo antes de que sus pies toquen la hierba.

Ella no tiene tiempo ni de suspirar de alivio por haber bajado sana y salva.

La sujeto por la cintura, sintiendo lo pequeña y firme que es bajo mi fuerza, y la arrastro de un tirón hacia la sombra densa de un gran roble centenario.

Le tapo la boca con la mano antes de que el grito de sorpresa alerte a los guardias que patrullan el perímetro exterior.

Su cuerpo es un manojo de nervios bajo mis manos. Está tensa, caliente por el esfuerzo, y su corazón late contra mi pecho como un pájaro desesperado atrapado en una jaula de costillas.

—Shhh… —susurro contra su oído, dejando que mi voz sea solo un roce ronco—. Si gritas, despertamos a toda la casa. En verdad, pequeña tsygánka, no quieres que Machín nos encuentre en esta posición a estas horas.

Sus ojos se clavan en los míos. Son de un marrón profundo, como la madera de caoba bajo la lluvia o la miel más oscura.

Me miran con una mezcla de terror inicial que se transforma, en apenas un par de latidos, en un desafío puro y ardiente.

Son los ojos de alguien que prefiere morir antes que rendirse.

Lentamente, retiro la mano de su boca, pero no la suelto del todo.

La mantengo acorralada contra el tronco del árbol, mi cuerpo bloqueando cualquier vía de escape, atrapándola en mi propio espacio personal.

—Tengo que saber si Saray está bien —dice en un susurro cargado de una urgencia que me desarma—.

Se fue llorando por mi culpa, Alekséi. Su padre es un hombre duro, y si le ha pegado o la ha encerrado por seguirme a ese maldito club...

no podría perdonármelo. No puedo cerrar los ojos sin saber que está a salvo.

La miro fijamente, buscando cualquier rastro de mentira en ese marrón intenso de sus pupilas.

No es una excusa barata para irse de fiesta o encontrarse con un chico.

Es lealtad. Es el código de honor de su sangre, el mismo que yo he seguido toda mi vida en la Bratva.

Esa chispa de integridad me golpea más fuerte que su propia belleza.

—Te estás metiendo en un lío del que no podré sacarte si nos pillan, Sulamita —le advierto, bajando la voz hasta que es casi inaudible—.

Si intentas salir por la puerta principal o te acercas a la valla, los sensores térmicos y los guardias de tu padre te detectarán en cinco segundos.

Te atraparán antes de que pongas un pie fuera.

—No voy a salir por donde ellos miran —me espeta ella con una seguridad que me sorprende y me irrita a la vez.

Señala con la barbilla hacia la zona más salvaje de la finca, donde la vegetación se traga los muros de piedra vieja—.

Conozco un lugar. Un hueco en el muro que nadie más sabe que existe.

He salido por ahí desde que tenía trece años.

Arqueo una ceja, impresionado a mi pesar. Así que la princesa de la casa tiene sus propios túneles de escape.

—¿Y qué pretendes hacer cuando cruces ese muro?

¿Caminar por la carretera secundaria a oscuras?

Kemal Kara tiene hombres patrullando la zona buscando precisamente un error como este.

Si te encuentran sola en mitad de la noche, Machín no volverá a verte nunca.

¿Es eso lo que quieres, ponerle las cosas fáciles al turco?

Ella se queda callada, apretando los labios con fuerza. El miedo cruza su rostro por un instante, una sombra en sus ojos marrones, pero desaparece tras una máscara de terquedad absoluta.

—Iré de todas formas. Con o sin tu permiso —insiste, intentando zafarse de mi agarre.

Maldita sea. Sé que si la dejo ir, pasaré el resto de la noche con los nervios en tensión.

Sé que si la obligo a subir, volverá a saltar por la ventana en cuanto yo cierre la puerta de mi habitación.

Y sé que, al acompañarla, estoy caminando sobre el filo de una navaja con la confianza de mi socio.

Pero entre traicionar a Machín o dejar que Kemal le ponga una mano encima a esta chica, la elección es obvia.

—Te llevaré yo —digo al fin, sintiendo el peso de la decisión en mis hombros.

Sus ojos se agrandan, brillando bajo la luz de la luna con una mezcla de sorpresa y algo que no logro identificar.

—¿Vas a venir conmigo?

—No voy a dejar que le pase nada a la hija de mi amigo si puedo evitarlo, Sulamita.

Iremos a pie hasta ese hueco tuyo para no hacer ruido con los motores.

Te escoltaré hasta la casa de tu amiga, comprobarás que respira y volveremos antes de que el primer rayo de sol toque los tejados de esta casa. Pero con una condición.

Me inclino hacia ella, reduciendo el espacio entre nuestros rostros hasta que nuestras respiraciones se mezclan. El olor a jazmín de su piel y el calor que desprende me nublan la razón por un segundo.

—Confía en mí. A partir de ahora, no vuelves a hacer una locura de estas sin decírmelo primero. Si vas a saltar al vacío, asegúrate de que yo esté abajo para agarrarte. ¿Ha quedado claro?

Ella me sostiene la mirada, evaluándome con una madurez que no le corresponde a su edad, viendo al hombre detrás de la leyenda del "ruso despiadado". Finalmente, asiente con un movimiento solemne de cabeza.

—Vale. Confío en ti, Alekséi.

—Caminemos entonces —le ordeno, dándole la espalda para que me siga, pero manteniéndome lo suficientemente cerca como para protegerla—. Vamos a ver ese famoso pasadizo secreto antes de que mi sentido común regrese y decida que lo mejor es llevarte a rastras a tu cama.

Avanzo en silencio, esperando a que ella me marque el destino de su supuesto escondite: dos sombras unidas por un secreto que acaba de nacer.

Con cada paso que doy sobre la hierba húmeda, sé que, a partir de esta noche, mi relación con la hija de Machín ha dejado de ser un encargo para convertirse en algo personal.

Algo que no sé si seré capaz de controlar cuando salga el sol.