CAPITULO 4
SULAMITA
El interior del coche es un ataúd con ruedas forrado en cuero negro.
El aire pesa, denso, cargado de una electricidad estática que me eriza el vello de los brazos.
Me cuesta respirar; el pecho se me ha encogido de golpe, como si una mano invisible me apretara los pulmones para que no escape ni un solo suspiro de rebeldía.
El motor ruge al arrancar, un rugido que me vibra en la base de la columna: ya no hay escapatoria.
La noche que empezó con el brillo de la libertad se cierra ahora sobre mí como una trampa de acero fría.
Rafa está sentado delante. No tarda ni diez segundos en girarse lo justo para clavarme la mirada a través del retrovisor. Sus ojos oscuros —esos que siempre se suavizaban cuando me veía— son ahora dos brasas de puro reproche. La rabia contenida en su mandíbula apretada es casi tangible.
—No puedo creer que entraras en ese antro —dice al fin, y su voz no es un grito, es algo peor: un susurro afilado como una navaja—. Sabes perfectamente que está prohibido. Lo sabes desde que tenías diez años, Suli. Sabes lo que nos jugamos.
Aprieto los puños sobre mis rodillas hasta que me duelen las uñas. El nudo en mi garganta me quema, pero me obligo a tragarme las lágrimas. No voy a darle el gusto de verme rota.
—Pues quizá... —empiezo, con la voz quebrada por la humillación— quizá si no me tuvierais como una monja encerrada en un convento de cristal, no tendría que escaparme para sentir que el aire todavía es gratis. Quizá si no me asfixiarais, no buscaría dónde respirar.
Rafa se gira de golpe en el asiento, ignorando el tirón violento del cinturón sobre su hombro. Me mira como si fuera una extraña, una amenaza.
—¿En serio te atreves a soltar eso ahora? —escupe, y esta vez el volumen sube, crudo y violento—. ¿Después de que un hijo de puta turco te acorralara como a una presa? ¿Después de tener que sacarte de allí llorando y temblando? ¡Joder, Sulamita! Si no llegamos nosotros... o ese ruso...
Se calla de golpe. El nombre de Alekséi queda flotando en el aire como una palabra prohibida.
La puerta del conductor se abre y papá entra.
El silencio que trae consigo es un muro infranqueable, mucho peor que cualquier grito de mi hermano.
Es el silencio de quien ha sido decepcionado en lo más profundo.
Arranca el coche sin mirarme. Sus manos grandes y callosas se cierran sobre el volante con tal fuerza que los nudillos se le ponen blancos.
No dice nada, y ese vacío de palabras es mi verdadera condena.
Sé lo que significa: cuando crucemos el umbral de casa, el patriarca tomará la palabra.
Y el castigo será una mancha difícil de limpiar.
Me giro hacia la ventanilla y apoyo la frente en el cristal frío. Las luces de Cádiz pasan rápidas, borrosas, como jirones de una fiesta que terminó en tragedia. Y entonces lo veo.
Está allí, de pie bajo la luz tenue de una farola junto a su imponente coche negro.
Alekséi Volkov. Su postura es tranquila, casi arrogante, como si fuera el dueño de la calle.
Nuestros ojos se cruzan a través del cristal solo un segundo...
pero es suficiente para que el estómago se me de la vuelta.
Un recuerdo antiguo, que creía enterrado bajo años se abre paso.
Él, más joven, serio, vigilando desde las sombras cuando papá se reunía con gente de mal vivir.
Sus dedos grandes despeinando mi pelo de niña mientras soltaba con ese tono de superioridad: "No te metas en líos, pequeña gitana".
Lo odiaba entonces por tratarme como a una cría.
Pero ahora... ahora no hay nada de aquel hombre molesto.
Ahora es una montaña de músculo y peligro que me mira como si supiera exactamente de qué color es el miedo que guardo en el pecho.
—No vuelvas a mirarlo —gruñe Rafa, adivinando hacia dónde se desvían mis ojos.
—¿El qué? —miento, con la voz demasiado aguda.
—Al ruso —sentencia él, seco—. No te conviene ni cruzar la mirada con tipos así. Son peores que los turcos. Kemal es un animal, pero los rusos... los rusos calculan. Y cuando Alekséi calcula, siempre gana. Es un monstruo, Suli.
El trayecto a la finca es un desfile de sombras.
Por el retrovisor lateral, veo unas luces que no se separan.
Es él. Alekséi nos sigue a una distancia calculada, constante, como un lobo que escolta a su manada de regreso al redil, o quizás, asegurándose de que la presa que él "salvó" llegue intacta a su celda.
Llegamos por fin. Las puertas metálicas se abren con un chirrido que resuena en la noche como una sentencia firme. Al bajar, el aire de casa me golpea con su familiaridad opresiva: incienso, café cargado y ese orden rígido que siempre me ha protegido pero que hoy me encarcela.
Saray me aprieta el brazo, temblando.
—Mi padre me va a encerrar con llave, Sulami... —susurra, aterrada.
Papá la mira de reojo.
—Jorge, lleva a Saray a su casa —ordena con voz de mando—. Dile a su padre que mañana hablaremos. Las niñas hacen tonterías, pero aprenden de sus errores.
Saray se va, dejándome sola frente al juicio final. El coche de Alekséi entra en la propiedad justo entonces, deteniéndose con una elegancia que me irrita profundamente. Entro sin mirar atrás, escapando de sus ojos azules.
—Al salón —resuena la voz de mi padre.
Me dejo caer en el sillón de piel, cruzando los brazos con una rebeldía que ya no tengo.
Papá entra, apoyado en su bastón de pomo dorado.
Y detrás, para mi desgracia, entra Alekséi.
Se queda apoyado en el marco de la puerta, con esa sonrisa ladeada que parece decirme que sabe exactamente lo que estoy pensando.
—Ahora me explicarás qué buscabas en ese lugar —dice mi padre, su voz vibrando en la estancia.
—Lo siento... —empiezo, sintiéndome pequeña—. Solo quería... no pensé que pasaría nada.
—¡Porque no piensas! —estalla él, golpeando el suelo con el bastón—. Eres Sulamita Machin. Tienes enemigos. Eres un blanco para cualquiera que quiera herirme a mí. El honor y la pureza no son cuentos de viejas, ¡son tu escudo!
—¡Vale! ¡Ya lo he entendido! —grito, levantándome de un salto—. ¡Estaré encerrada! ¡No saldré ni a la puerta! ¿Es eso lo que quieres?
Intento salir, pero la voz de Alekséi me frena como un muro.
—Machin, no seas tan duro. Estaba asustada —Me giro hacia él, con los ojos encendidos.
¿Quién se cree que es para interceder por mí?
—¡Tú no te metas! —le espeto.
—Subirás a tu cuarto —ordena mi padre, ignorándome—, y no saldrás hasta que yo lo diga.
—¡Papá, mañana es lo de mi vestido para la boda de Raúl! —protesto con desesperación.
—Irás —dice él con una calma gélida—. Pero Alekséi te acompañará. Tiene que comprarse un traje y lo he invitado a la boda. Él te llevará y te traerá. Sin paradas. Sin tonterías.
El mundo se me viene abajo. ¿Una niñera rusa?
Alekséi da un paso hacia el centro del salón. La luz de las lámparas resalta sus rasgos afilados.
—No tardaremos mucho, Sulamita —dice, y su voz baja es un ronroneo que me pone la piel de gallina—. Y de paso, te compraré un helado. De caramelo salado, con ese toque de sal que tanto te gusta, ¿verdad?
Me quedo de piedra. El corazón me da un vuelco violento.
¿Cómo puede acordarse de eso? Fue hace una eternidad. Yo era una niña que apenas le llegaba a la cintura. ¿Por qué un hombre como él guardaría un detalle tan insignificante sobre mí?
—No soy una niña —le suelto, aunque mis cuerdas vocales parecen a punto de romperse.
—Oh, lo sé —responde él, recorriéndome con una mirada lenta, pesada, que me hace sentir desnuda bajo su escrutinio—. Créeme que lo sé perfectamente.
Siento el calor subiendo por mi cuello. Camino hacia la salida y, al pasar por su lado, le golpeo el hombro con el mío con toda la fuerza que puedo.
Él ni siquiera se mueve; es como chocar contra una pared de mármol.
Al salir por las puertas, noto su mirada clavada en mis piernas, en mi espalda, en mi nuca.
Subo las escaleras, cierro la puerta de mi cuarto y me apoyo en ella, intentando calmar mi pulso. Mañana estaré a solas con él. Con el hombre que me salvó, el hombre que me irrita y el hombre que, por alguna razón que me aterra, sabe exactamente qué sabor de helado me gusta.
Esta noche he ganado un enemigo turco, pero sospecho que el ruso que duerme hoy bajo mi techo es un peligro mucho más difícil de esquivar.