CORONA DE SANGRE CAPITULO 3
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CAPITULO 3

ALEKSÉI

El Gulfstream toca tierra con un susurro metálico.

El avión privado siempre llega como un depredador: en silencio y sin pedir permiso.

Bajo las escaleras sintiendo el viento salado de Cádiz azotarme la cara.

Diez años. Diez años desde que me fui de aquí con el cuerpo marcado por el fuego y una deuda de vida que todavía me quema en el pecho.

La ciudad huele igual: a salitre, a puerto viejo y a ese matiz sutil de pólvora que flota en el aire cuando los negocios se cierran de noche.

Un hombre me tiende las llaves de un Mercedes negro mate. No hay palabras. En mi mundo, las palabras sobrantes son balas malgastadas.

Entro y el bajo me envuelve como una segunda piel. Subo a la planta superior para observar el campo de batalla desde arriba antes de la reunión. Me dispongo a bajar hacia la zona VIP cuando algo choca contra mi pecho con la fuerza de un huracán pequeño.

—¿Pero qué coño...? —masculló, bajando la mirada para ver quién ha cometido el error de atropellarme.

Y la veo.

Ojos marrones, inmensos, enmarcados por pestañas que tiemblan como alas rotas.

Hay un rastro de lágrimas en sus mejillas y el terror emana de ella en ondas físicas.

Es demasiado joven. Demasiado... intacta para este antro de lobos.

Su piel oliva y su pelo negro salvaje revelan su sangre de inmediato.

Es gitana. Una rosa roja tirada en un charco de gasolina.

—Oye —digo, bajando la voz a un tono que no admite réplicas—. ¿Estás bien?

No responde. Me mira como si fuera su única balsa en un naufragio.

Detrás de ella, otra chica, igual de pálida, la sujeta del brazo.

Siento una punzada de algo que no sé identificar.

Esta chica tiene una fuerza en la mirada que me resulta inquietantemente familiar, una determinación que me recuerda a la presencia arrolladora que tenía la mujer de mi socio, alguien que no aceptaba un "no" por respuesta.

—Si necesitas ayuda, dila ahora —añado, inclinándome apenas. No debería estar aquí.

Antes de que abra la boca, una voz aceitosa nos alcanza desde la penumbra del pasillo.

—Ahí estás, pequeña...

La chica se tensa tanto que parece que se va a romper. Se gira, y veo a Kemal Kara. Mafia turca. Un sádico que colecciona deudas y mujeres por igual.

—Debería castigarte por escaparte así -dice Kemal con esa sonrisa que invita a la violencia—. Las niñas malas terminan pagando.

No lo pienso. Antes de que Kemal la toque, la atraigo hacia mí con un movimiento seco, colocándola detrás de mi espalda. Mi palma se planta en el hombro del turco, frenando su avance con la firmeza del acero.

—La estás asustando —sentencio, mi voz es puro hielo siberiano—. Es una cría.

Kemal suelta una carcajada baja, ronca, y me mira fijamente.

—Deja de hacerte el héroe, ruso —me dice, y el veneno en su voz es casi tangible—. Tú y yo sabemos que no eres esa clase de hombre. Tú coleccionas territorios, no damiselas en apuros.

Lo miro fijo, sin parpadear. Tiene razón. No soy un héroe. Soy el monstruo que los héroes temen encontrar en la oscuridad, pero hay líneas que no permito que se crucen en mi presencia.

—No me interesan los juegos sucios con niñas —respondo, ignorando su provocación—. Pero todo tiene un límite. Incluso para escoria como tú.

Siento los dedos de la chica clavándose en la tela de mi abrigo. Tiembla contra mi espalda y, por un instante, su calor me descoloca. No sabe caminar entre lobos, pero ha tenido el acierto de esconderse detrás del más grande.

—¿Lo conoces? —le pregunto sin quitarle vista a Kemal. Ella niega frenéticamente con la cabeza.

—Esto no ha terminado, Volkov -sisea Kemal, ladeando la cabeza para intentar verla por encima de mi hombro—. Cuando la vi bajar esas escaleras, supe que no era una cualquiera. Esa belleza... solo algunas gitanas la tienen.

La rabia me golpea las sienes. El sonido metálico de dos armas siendo montadas corta la música de golpe.

—Sulami... es tu padre —susurra la amiga a mis espaldas, con la voz quebrada.

¿Sulami? ¿Padre?

El nombre y la situación encajan en mi cabeza como una pieza de puzzle ensangrentada. Me giro despacio. Machin está allí, con Rafael a su lado. Sus ojos están fijos en Kemal con una promesa de muerte que no necesita traducción.

Sulamita. Es ella. La niña de ocho años que dejé atrás cuando salí huyendo de esta ciudad. La hija del hombre al que le debo la vida.

Doy un paso adelante, bloqueando por completo la visión de Kemal. Ahora nadie la toca.

—Más vale que apartes los ojos de mi hija —gruñe Machin, su voz cargada de una furia ancestral—. Si no quieres que te haga un cenicero con el cráneo, Kemal. Te lo juro por mi sangre.

Rafael no espera. Le apoya el cañón de su pistola en la sien al turco.

—Vuelve a hablar de mi hermana -sisea Rafael— y te juro por mi familia que no sales de aquí andando.

Kemal calcula. Sabe que está en minoría y que yo no soy un espectador pasivo. Asiente con una sonrisa de derrota temporal y retrocede hacia las sombras.

—Me marcho —dice—. Pero nos veremos pronto. Tenemos deudas que cobrar, Alekséi.

Cuando el turco desaparece, me giro hacia ella. Sulamita no me suelta el abrigo. Sus ojos están rojos, su labio tiembla, pero hay una chispa de ese fuego familiar en su mirada. Tiene la misma intensidad en los ojos que su madre, esa fuerza que una vez casi me consume.

—Ya pasó —le digo en un susurro—. Nadie va a hacerte daño.

Machin se acerca, su rostro es una máscara de alivio y furia. La revisa como si fuera de cristal fino.

—¿Estás bien, mi niña? —Ella asiente, pero sigue aferrada a mi ropa, como si yo fuera su ancla.

Machin recupera su rol de patriarca y, con la brusquedad de un padre que ha sentido el aliento de la muerte cerca de su hija, la agarra de la oreja. No para herirla, sino para obligarla a volver a la realidad de su mundo.

—¡Ay, papá! ¡Que duele! —protesta ella, soltando por fin mi abrigo para agarrar la mano de su padre.

—¡Más te va a doler lo que te espera en casa! —responde Machin tirando de ella—. ¡Caminando! ¡Y tú también, Saray!

Veo cómo se las lleva. Sulamita se gira un segundo antes de entrar en el coche. Nuestras miradas se cruzan. Vergüenza, miedo... y algo que brilla como una chispa en la oscuridad. Algo prohibido.

Machin se acerca a mí antes de arrancar.

—Siento este percance, hermano. No era el plan. Ven a casa ahora. Hablaremos allí.

Asiento. El coche de Machin se pierde en el tráfico y yo me quedo solo en la acera. Mis manos aún guardan el rastro de su calor. No debería importarme.

Pero sé que desde esta noche, Sulamita Machin ya no es una niña. Es la pieza más valiosa del tablero. Y si tengo que protegerla del mundo, o de sí misma, lo haré.

Aunque el primero que deba recordar las reglas de esta deuda... sea yo mismo.