CAPITULO 2
SULAMITA
La barra es un torbellino de luces que cortan la oscuridad y cuerpos que se pegan a mí sin pedir permiso.
El bajo del club me atraviesa el pecho como un latido ajeno, uno que marca un ritmo que nunca he seguido.
Empujamos entre la multitud; Saray va pegada a mi lado y nuestras risas suenan a victoria, como si esta noche nos perteneciera de verdad y no fuera solo un préstamo del destino.
Llegamos a la barra y apoyo los codos en el mármol pegajoso. Se siente frío contra mi piel encendida.
—Un whisky con limón —le pido al camarero, alzando la voz por encima del estruendo.
—A mí otro —añade Saray, apoyándose casi encima de mí. Su risa vibra contra mi hombro—. ¡Brindemos por escaparnos, joder! ¡Por nosotras!
Chocamos los vasos. El primer trago me quema la garganta como lava, pero me gusta el fuego.
Me suelta los nudos que llevo dentro desde que tengo memoria: las reglas de mi padre, las miradas de Rafael, el peso asfixiante de ser "la pura".
Otro trago. Y otro. El mundo empieza a brillar con una intensidad peligrosa.
La pista nos arrastra. Bailamos juntas, torpes al principio por los nervios, luego más sueltas, más libres de lo que nunca me han permitido ser.
Los vaqueros se me pegan a la piel sudorosa y la música se me mete bajo la piel como una promesa prohibida.
Reímos, giramos, nos rozamos sin culpa porque aquí nadie sabe mi apellido.
Aquí no soy la gitana destinada a un contrato; soy solo una chica viva.
—Sa... Saray... —balbuceo, agarrándola del brazo cuando el suelo decide inclinarse bajo mis pies—. Necesito mear. Ya.
Mi voz suena espesa, extraña. El alcohol me ha golpeado con la fuerza de un camión.
Saray se ríe, tambaleándose también.
—Vale... yo te espero en esa mesa de ahí. Si me muevo más, me caigo redonda.
Me da un beso rápido en la mejilla, con los ojos brillando por el efecto de las copas.
—Ten cuidado, ¿eh? Vuelve pronto o iré a buscarte.
Avanzo entre la gente, tropezando con mis propios pies.
Joder. El baño de abajo es una fila interminable de chicas.
La urgencia me aprieta y miro a mi alrededor con desesperación.
Veo unas escaleras medio ocultas por pesadas cortinas negras.
Un guardia enorme bloquea el paso, discutiendo con un tipo, y mi mente nublada solo piensa una cosa: arriba tiene que haber otro baño.
Me cuelo con la torpeza de una sombra ebria, esquivando al guardia por su lado ciego. Subo los peldaños a trompicones. Arriba, el aire es distinto. Hay penumbra y un silencio sepulcral que me hace zumbar los oídos.
Pruebo la primera puerta: cerrada. Apoyo la frente en la madera fría, haciendo un puchero infantil.
—No jodas... por favor...
Me giro y veo la segunda, entreabierta. Una rendija de luz roja se filtra desde el interior. Empujo.
No es un baño. Es una suite que huele a cuero caro, humo de cigarro y a algo más denso, puramente masculino. Veo una cama de raso rojo y un sillón de cuero negro que parece sacado de una película. Pero al fondo, otra puerta negra me da la salvación.
Entro, cierro con pestillo y dejo escapar un suspiro de alivio que me recorre entera. Me lavo las manos y me miro en el espejo empañado. Tengo la cara encendida, el pelo revuelto y los ojos brillantes de adrenalina. Me veo... viva.
Salgo del baño sonriendo sola, todavía saboreando mi pequeña victoria.
Y entonces lo veo. Está apoyado contra el sillón, con los brazos cruzados, como si hubiera estado contando los segundos de mi estancia en su baño.
Es alto, imponente. Su traje negro parece una armadura hecha a medida y sus rasgos son afilados, peligrosos.
Pero son sus ojos, oscuros y hambrientos, los que me clavan al suelo.
Se me muere la risa. El aire se vuelve pesado, difícil de tragar.
—Perdón... —murmuro, intentando recuperar la dignidad—. Me he equivocado de habitación.
Intento pasar por su lado, pero él se mueve con una elegancia depredadora. Un solo paso y mi hombro roza su pecho. Su calor me golpea como una ráfaga de viento en el desierto. Huele a una colonia que grita poder.
—No —su voz es grave, un trueno contenido con un acento extranjero que hace que mis vellos se ericen—. No te has equivocado, pequeña.
Esa palabra, pequeña, suena como una sentencia en sus labios. Alzo la barbilla, aunque mis piernas son de gelatina.
—¿Cómo te llamas? —pregunta él, con una sonrisa lenta que no llega a sus ojos negros.
—Sulamita —respondo sin pensar. Mis raíces me traicionan; siempre nos han enseñado a decir la verdad ante el poder.
—Sulamita... —repite, y siento que está saboreando mi nombre, deshaciéndolo en su boca-. Precioso. Muy... especial. Justo como imaginaba.
—Oye... déjame salir —mascullo, mi voz saliendo ronca—. Me he equivocado, ya está.
—Tres whiskys y ya estás así —comenta él, divertido, bajando la mirada a mis labios perfilados de rojo—. Tienes una tolerancia muy baja para ser quien eres, ¿no?
—¿Y tú qué sabes de quién soy? —escupo, cruzándome de brazos para ocultar mi temblor—. Déjame pasar, joder.
Se ríe bajo. El sonido me pone la piel de gallina.
—Podría... si te comportas como una buena chica.
La rabia, ese fuego heredado de mi madre que mi padre siempre intentó apagar, me sube por la garganta.
—¿Y por qué no te comportas tú como un hombre de verdad y me dejas ir? —replico con veneno—. Ah, claro. Los gilipollas como tú no saben lo que es el respeto.
Sus ojos se oscurecen al instante. La diversión desaparece. Levanta la mano despacio y roza mi mejilla con los nudillos. Están fríos. Controlados.
Exploto.
Le aparto la mano de un manotazo y, antes de que pueda reaccionar, le suelto una bofetada que resuena en la habitación como un disparo.
Su rostro se vuelve de piedra. Peligro puro.
—Así que vamos directos a los preliminares—gruñe.
Me agarra del brazo con una fuerza que me hace soltar un gemido y tira de mí hacia la cama. El pánico me estalla en el pecho, borrando de golpe la neblina del alcohol.
—¡Suéltame! —grito, arañándole el antebrazo, luchando como un animal acorralado.
Golpeo su pecho, empujo con todas mis fuerzas, pero es como intentar mover una montaña. Me empuja contra el colchón de raso. Caigo de espaldas, el aire escapándose de mis pulmones. En un segundo, sus manos inmovilizan mis muñecas sobre mi cabeza.
—¡Suéltame, joder! —chillo, sintiendo las lágrimas calientes desbordarse.
Él se inclina, su aliento rozando mi cuello.
—Shh... pequeña. No grites. Nadie oye nada aquí arriba.
El terror absoluto me despeja la mente. Veo un hueco entre sus piernas y, con toda la rabia de siglos de mujeres oprimidas, levanto la rodilla con una fuerza que no sabía que tenía.
Impacto directo.
Él suelta un gruñido ahogado de dolor y se dobla. Aprovecho el segundo de debilidad para meterle un puñetazo torpe en la mandíbula y me escabullo por debajo de su brazo. Corro hacia la puerta, salgo al pasillo y bajo las escaleras casi cayéndome, con el corazón martilleando contra mis costillas.
El guardia de abajo me ve aparecer como un fantasma.
—Niña, ¿cómo has subido...? —Se corta al ver mis lágrimas y mi pelo revuelto—. ¿Estás bien?
No respondo. Sigo andando, ciega, buscando desesperadamente el rostro de Saray entre la multitud. La encuentro en la mesa, riendo con un chico, ajena al infierno que acabo de pisar.
—Saray... —la agarro de la mano, tirando de ella con desesperación—. Vámonos. Ya.
Ella se gira, alarmada por mi estado.
—Sulami, ¿qué te ha pasado? Tienes la cara... ¿estás llorando?
—No preguntes. Por favor. Vámonos de aquí ahora mismo.
La arrastro hacia la salida. Necesito el aire de la noche. Necesito borrar el tacto de ese hombre de mi piel.
Empujamos la puerta del club para salir a la calle, pero el destino no ha terminado conmigo. Al cruzar el umbral, con la vista nublada por las lágrimas y el miedo, choco de frente contra un muro de acero.
Unas manos firmes me sujetan por los hombros para evitar que caiga. Levanto la mirada, esperando ver a otra bestia, pero me encuentro con unos ojos azules, gélidos y profundos, que parecen reconocer mi alma antes de que yo pueda reconocer su rostro.
Es un hombre que desprende un aura de autoridad mucho mayor que el tipo de arriba. Y por la forma en que me mira, sé que mi noche acaba de complicarse todavía más.