CAPITULO 1
SULAMITA
La música se arrastra baja por las paredes de mi habitación, un ronroneo que tapa el silencio sin alertar a nadie al otro lado de la puerta.
Estoy sentada en la cama, con las piernas cruzadas, mirando a Saray balancearse boca arriba entre cojines como si el mundo no pesara sobre ella.
Yo sí lo siento: siglos de reglas, miradas y sangre ajena sobre los hombros.
Aquí dentro soy Sulamita. No la hija de Machin. No la hermana que debe caminar con los ojos bajos para no tentar a la suerte. Solo Suli. Sulami. La chica que todavía se atreve a soñar con elegir su propio camino.
—Estoy harta —suelto de golpe, arrancándome los auriculares. Caen sobre la colcha como un desafío—. Siempre lo mismo, Saray. Paseo marítimo, helado, vueltas hasta que oscurece y vuelta a casa a las diez como si fuera una cría.
Me levanto de un salto. El nudo en mi pecho es una bestia que necesita aire. Abro el armario y el olor a ropa limpia y lavanda vieja me envuelve, pero no me calma. Es el olor de la obediencia, y hoy quiero oler a pecado. Saco dos vaqueros ajustados y los lanzo sobre la cama.
—El Club Zafiro está abierto esta noche —digo, mirándola de reojo—. Mi padre y Rafael están liados con sus "negocios" fuera. No volverán en horas. ¿Y si salimos? Solo un rato. Para respirar de verdad.
Saray se incorpora como si la hubiera electrocutado la mención del club.
—¿Estás loca? —susurra, sus ojos volando hacia la puerta—. Sulami, sabes lo que pasa si nos ven entrar en un sitio de esos. No somos como las demás. Si nos manchamos, la mancha no se quita.
—Estoy cansada de ser la "niña buena" de La Caleta —respondo, sintiendo el fuego de mi madre, esa mujer que apenas recuerdo pero cuyo carácter parece latir en mis venas—. De dar vueltas como si el mar fuera el límite del mundo. Además... ayer oí a Kevin decir que hoy iba a ir allí.
Saray sonríe a su pesar, mordiéndose el labio. Esa es la chispa que necesitaba.
—Solo un vistazo —cede ella—. Si vemos a algún conocido... nos largamos.
Mi corazón da un vuelco salvaje. Saltamos juntas, riendo en silencio como dos tontas que acaban de romper una cadena invisible. Pero cuando la risa muere, la verdad cae pesada como plomo sobre el colchón.
En nuestra sangre, pisar un lugar como ese ya es deshonor. Y para nosotras, el honor se paga. Entregarlo al hombre que el clan elija es lo que nos eleva; perderlo con cualquiera... eso no se lava con lágrimas. Se paga caro.
Saco el móvil y el brillo de la pantalla me quema la cara.
Saray y yo posamos frente al espejo: labios fruncidos, hombros descubiertos, una rebeldía que cabe en un cuadrado de Instagram.
Mi dedo duda sobre el botón de "Compartir".
Sé que Rafael podría verlo, que sus amigos están en todas partes.
Pero la adrenalina es un veneno demasiado dulce.
Click. Subido. El rastro digital de mi desobediencia ya está volando por la red, una señal de humo para cualquiera que sepa dónde mirar.
El taxi nos deja frente al Club Zafiro.
Bajo primero y me quedo clavada frente a esa mole de cemento y neón.
El portero es una montaña viva de traje oscuro.
Tiene los hombros de alguien que ha derribado muchas puertas y una mandíbula tan dura que parece tallada en granito.
Sus ojos no parpadean; nos escanean como si buscara un arma o una debilidad.
Siento su mirada pesada sobre mi piel, pero no bajo la vista.
Caminamos hacia la entrada sintiendo el peso de mil años de tradición gritándonos que demos media vuelta. Él se aparta. Solo eso.
Al cruzar el umbral, el mundo conocido se rompe bajo mis pies.
Saray se detiene en seco a mi lado. Suelta un jadeo que la música se traga al instante y me agarra del brazo con tanta fuerza que sus uñas se clavan en mi carne.
La miro; tiene la boca entreabierta y los ojos desorbitados, saltando de un lado a otro como si estuviera viendo un incendio.
—¡Dios mío, Sulami! —me grita al oído, pegándose a mí—. ¡Mira eso! ¡Es... es gigante!
La veo palidecer bajo el maquillaje, pero sus ojos brillan con una mezcla de pánico y deleite.
Se queda petrificada mirando la tarima, donde los cuerpos se retuercen bajo luces violetas que parecen cuchillos cortando la oscuridad.
Se lleva una mano al pecho, justo encima del corazón; sé que el bajo le está retumbando en los huesos igual que a mí.
—¡Mira la ropa de esa gente! -exclama, señalando a un grupo que ríe en la zona VIP entre botellas que brillan como oro—. ¡Y la bebida! ¡Huele... huele a todo lo que nos tienen prohibido, Sulami!
Está temblando. Siento sus espasmos de nerviosismo a través de mi brazo.
Para nosotras, esto es como aterrizar en otro planeta.
Se queda embobada con las cascadas de alcohol tras la barra y el movimiento frenético de la gente.
Me doy cuenta de que, si no la arrastro ahora mismo, se va a quedar ahí parada hasta que alguien nos reconozca.
—¡Ven! —le gritó, tirando de ella—. ¡Vamos al baño antes de que nos arrepintamos y salgamos corriendo!
Avanzamos entre la multitud. Siento manos que rozan mi cintura "sin querer" y miradas que se clavan en mi nuca como alfileres calientes. Entramos al baño y el ruido se amortigua, dejando solo un zumbido eléctrico en mi cabeza que me hace sentir mareada.
Me miro en el espejo. Sigo siendo yo, pero el reflejo me devuelve a una extraña.
Saray me tiende el labial con las manos todavía temblorosas y las pupilas dilatadas por el shock de lo que acaba de ver ahí fuera.
Me perfilo los labios con un rojo tan oscuro que parece sangre vieja.
Es una advertencia. Es el color de la manzana mordida.
—¿Lista? —le pregunto. Mis ojos brillan con un hambre que me asusta y me fascina a partes iguales.
Saray traga saliva, mirando la puerta como si al otro lado estuviera el paraíso o el infierno.
—Lista —responde ella, aunque su voz suena pequeña, casi ahogada.
Justo antes de poner la mano en el pomo para salir, un escalofrío violento me recorre la columna. El aire en el baño se vuelve gélido de repente, pesado. Es esa sensación de cuando alguien camina sobre tu tumba.
Siento un pinchazo en la nuca, una intuición feroz que me dice que, al cruzar esa puerta, el camino de vuelta a mi casa, a mi padre y a mi vida protegida se va a borrar para siempre. Siento que hay ojos invisibles acechándome desde la penumbra del club, esperando a que dé el primer paso.
Niego con la cabeza para espantar el presentimiento y empujo la puerta.
No quiero pensar. Solo quiero vivir este instante. Aunque sea el último segundo de mi vida en el que el peligro todavía no tiene nombre.