VIKA
—¡Vamos, joder, muévete! —grito sacando un poco la cabeza por la ventanilla del coche, dándole un par de golpes impacientes al volante mientras miro al maldito camión de mudanzas que se ha cruzado y no me deja seguir mi camino.
He tenido que ir a recoger el anillo de la joyería yo misma porque mi hermano está demasiado ocupado con sus cosas de la Bratva, y si quiero que los planes salgan bien, tengo que llegar pronto a la mansión.
Alekséi me ha pedido que se lo entregue sin que nadie lo vea; quiere que sea una sorpresa absoluta para Sulamita, y el pobrecito está tan enamorado que no quiero ser yo la que le arruine el momento.
Por fin el camión se mueve hacia un lado y me deja el paso libre. Suspiro con alivio y piso el acelerador a fondo. El camino de vuelta a la casa del lago es largo con esta neblina, así que tendré que darme muchísima prisa.
Entro por las grandes puertas de hierro de la finca y dejo el coche aparcado justo en la entrada principal. Salgo volando, tiritando un poco por el frío, y me cruzo con el guardaespaldas de mi hermano.
—Igor, por favor, ¿te encargas de él? Voy con el tiempo justo —le digo, dedicándole una de mis mejores sonrisas.
—Por supuesto, señorita —se burla él, devolviéndome el gesto con diversión—. Usted siempre va corriendo.
Le saco la lengua como si fuera una niña pequeña y entro a la mansión cruzando el gran recibidor.
Al pasar, veo a mi padre sentado en el comedor junto a mi madre, hablando en voz baja y mostrándose muy cariñosos.
Siempre me ha gustado ver cómo se quieren después de tantos años; espero tener algo así algún día.
Hago el menor ruido posible para que no me vean y voy directa al despacho de mi hermano. Alekséi está sentado tras su escritorio, con unos papeles en la mano, pero tiene la mirada fija en la ventana. Su mente está en otro lugar, o más bien, con otra persona.
—Lo tengo —anuncio en un susurro, levantando la mano con la cajita de la joyería en alto.
Alekséi se levanta de la silla enseguida, como si le hubieran dado un muelle, y se acerca a mí a zancadas.
—Joder, Vika, ¿por qué has tardado tanto? Ya casi es la hora de la comida.
—No te quejes tanto, hermanito —le espeto, cruzándome de brazos—. Me he tenido que pelear con la dependienta de la tienda, con una anciana testaruda y con un maldito camión de mudanzas solo por ti. Así que agradécemelo y no me protestes.
En cuanto coge el pequeño estuche entre sus manos grandes y lo abre para mirar el anillo de compromiso, la tensión de su rostro desaparece. Una sonrisa enorme se expande por sus labios, haciéndolo parecer un completo bobo. Da hasta risa verlo así.
—Sí, hermanita... Es perfecto. Muchas gracias —dice, mirándome con los ojos brillantes—. ¿Tú crees que a Sulami le gustará?
—Le encantará, de verdad —le aseguro, ablandándome un poco al verlo tan vulnerable—. No te comas tanto la cabeza, seguro que todo sale bien.
Llaman suavemente a la puerta del despacho e Irina se asoma con su habitual compostura, anunciando que la comida ya está serviva en el gran comedor. Miro a mi hermano, que suelta un bufido nervioso y se apresura a guardarse el anillo en el bolsillo interior de la chaqueta.
—Joder, llegó el momento —dice, moviendo los hombros de un lado a otro para intentar relajarse.
Alekséi ha aprovechado que Machín y Rafael están en Rusia para reunir a nuestros padres y a toda la familia en este almuerzo.
Sulamita y él ya están casados por el contrato, pero mi hermano quiere rememorar aquello y regalarle una boda real, sin mentiras, sin obligaciones y queriéndose de verdad.
Cuando me pidió consejo hace unos días, le dije que era lo más bonito que podría hacer por ella.
Al fin y al cabo, detrás de toda esa fachada de lobo peligroso de la Bratva, entre ellos siempre ha existido un pique juguetón que delata lo mucho que se aman.
Entramos al comedor y nos sentamos a la mesa.
El ambiente al principio es algo tenso por los negocios de la mafia, pero a medida que avanza la comida, las cosas se calman.
Yo intento concentrarme en mi plato, pero me resulta imposible.
Al otro lado de la mesa, la mirada de Rafael Machín se clava en mí una y otra vez.
Es un descarado. El gitano me observa con esa sonrisa de medio lado tan suya, sosteniéndome el pulso visual.
Yo no me achanto; le respondo con una mirada coqueta y juguetona, desafiándolo en silencio mientras doblo sutilmente la comisura de mis labios.
Nos comunicamos sin palabras, con una picardía que nos pertenece solo a los dos, asegurándome de que nadie en la mesa se dé cuenta del juego que nos traemos entre manos.
Siento cómo el calor empieza a subirme por el cuello, pero mantengo la compostura.
En cuanto terminamos de comer, Alekséi se aclara la garganta, pero el sonido le sale extrañamente quebrado.
Se pone de pie y, por primera vez en mi vida, veo al gran líder de la Bratva completamente nervioso.
Le tiemblan sutilmente las manos cuando se gira hacia Sulamita, que lo mira desde su silla sin entender nada.
Mi hermano saca la cajita de su bolsillo, da un paso al frente y se hinca de rodillas ante ella sobre el suelo del comedor.
Sulamita se lleva las manos a la boca. Está tan sumamente nerviosa que le entra una risa pequeña, temblorosa y cristalina, una risa de pura incredulidad mientras las lágrimas empiezan a asomar en sus ojos morenos.
—Sulamita... Moyá tsygánka —arranca Alekséi, con una voz rota por la emoción que jamás le había escuchado a un heredero ruso—.
Rompimos el maldito contrato, pero hoy quiero sellar uno nuevo.
Uno de verdad. Quiero pasar el resto de mis días cuidándote, adorándote y amándote como te mereces. ¿Quieres casarte conmigo de verdad?
—¡Sí, joder, sí! —consigue articular ella entre sus risas nerviosas, lanzándose a sus brazos mientras él le desliza el anillo en el dedo.
El comedor estalla en aplausos, y en medio del alboroto, mi madre se lleva un pañuelo a los ojos, llorando de pura alegría.
—¡Dios mío, mi niño...! —exclama mi madre con la voz ahogada por el llanto, mirando a mi padre mientras se limpia las lágrimas de felicidad—. Jamás pensé que vería a Alekséi mirar a alguien con tanta devoción. Se merecen toda la felicidad del mundo.
Todos rompen a brindar por ellos, celebrando que ahora sí habrá una boda real y con el amor que Sulamita siempre mereció.
Me levanto con una sonrisa enorme, profundamente emocionada por mi hermano, y me hago a un lado cerca del ventanal para dejarles espacio a los prometidos.
Siento las mejillas ardiéndome por la adrenalina del momento, con ese tono rosado que sé que me sube siempre hasta el puente de la nariz cuando los sentimientos me superan.
De repente, una sombra alta se proyecta a mi lado. Antes de que pueda girarme, el calor de un cuerpo se pega sutilmente a mi espalda y la voz ronca, pícara y arrastrada de Rafael me susurra al oído, tan cerca que su aliento me eriza la piel:
—Estás muy bonita cuando te sonrojas, rusa.