Corona de Sal y Luna Capítulo 85 #2
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Capítulo 85 #2

—Dile a tu novio que se aparte de Garvax o lo mataré. Ningún humano es digno de encantar a un dragón.

—Atrévete a tocarlo y terminaré contigo —replicó Royce, alzando las manos para convocar el fuego que corría por sus venas.

—Intenta acercarte a mi jinete y te arrancaré la cabeza como debí hacerlo hace años —amenazó Xerex, y avanzó sobre Draxo, buscando el ángulo perfecto para anudarle el cuello.

Garvax intentó alzar el vuelo, pero Deniel elevó el otro brazo y dejó una de sus alas inmóvil, pegada al cuerpo; ni siquiera pudo caminar.

Los invitados quedaron horrorizados. Muchos hechiceros jamás habían logrado dominar a un dragón: el príncipe tritón, evidentemente, no era común.

Todos se preguntaron cuál sería su siguiente paso: ¿la paz, el estallido de una guerra que arrasara el mundo mágico o el nacimiento de un ser tan peligroso que superara a Hades?

La magia le ardía en la piel. Sostener tal caudal exigía una resistencia feroz, y Deniel se obligó a mantenerla ante tantos testigos.

Tras semejante exhibición, no podía permitirse un atisbo de debilidad; no ahora, con cada rey de Sthevyand mirándolo.

Era cuestión de tiempo para que la noticia llegara a oídos de Hades, y eso era exactamente lo que buscaba: que el hechicero sintiera miedo antes de siquiera conocerlo.

—Te dejaré ir. Le dirás a tu padre que, desde hoy, Selenya apoya a las Tierras de Acero. Marcharemos con los gigantes contra él si insiste en esta guerra sin sentido. Dile que entregue la corona de Daavos y acepte su castigo o el Mar Rojo lo hundirá entre los escombros de su castillo.

Lucius quedó deshecho y avergonzado ante los reyes, aterrado por el castigo que lo aguardaba.

A su derecha, Garvax yacía vencida; a su izquierda, Draxo estaba acorralado entre Xerex y Roxé.

El tritón frente a él podría borrarlo de la tierra con un chasquido.

No le quedaba más que huir. Al volverse hacia Silla, encontró en su rostro pura amargura.

Ella, tragando hiel por culpa de Deniel, le hizo un leve gesto con la cabeza:

—Vete.

—¡Ah, una cosa más! Garvax se queda en Selenya.

—No puedes hacer esto. No tienes idea de lo que le sucede a un jinete sin su dragón.

—Sí que lo sé. Y créeme, no es suficiente para saldar el daño que tú y tu padre le han hecho a mi reino.

—¡¿Intentas obligarme a romper el vínculo?! —Lucius quedó atónito ante la expresión de Deniel. Notó sus deseos en el filo de la sonrisa dibujada en sus labios. Todo en él era una amenaza, una cruel burla y castigo. Un empujón hacia el inicio de su caída.

Lucius miró a Garvax con pesar. Vaciló un segundo y le dedicó un último saludo.

—Regresaré por ti y juntos reduciremos esta maldita tierra a cenizas.

La dragona intentó rugir, pero el encantamiento del tritón seguía sellándole la boca.

Draxo agachó la pata delantera para que Lucius trepara a la silla.

Rugió en cuanto su nuevo jinete ordenó el vuelo y escapó tan rápido como le dieron las alas.

No podían arriesgar una pelea: los próximos cadáveres serían ellos.

—Aún nos quedan temas por debatir —dijo Deniel, volviéndose hacia sus invitados.

Ellos lo miraron con una frialdad aséptica, clavados en sus manos como si fuesen armas. El tritón dio dos pasos y deshizo la magia que constreñía a Garvax. Pensó encontrar miedo; halló revancha. Antes de que avanzara, volvió a sellarle la boca.

—Detente, Garvax —intervino Royce.

—¿Estuviste conforme cuando te separaron de Xerex? — siseó la dragona .

—No seas ingenua. Si de verdad le importaras a ese chiquillo insolente, habría peleado un poco más por ti. Te estamos salvando de una muerte segura.

Xerex ladeó la cabeza hacia el tritón y dejó un rugido bajo que le vibró en el pecho.

—Dile a Deniel que la suelte. Yo me encargaré.

—Xerex dice que la liberes —tradujo Royce—. Él se encargará.

—Espero que no te equivoques, príncipe Gahel, o Amarys será la única que se siente en el trono —advirtió Arielle.

A Xerex no le gustaron las amenazas. Rugió con más fuerza; poco le importaba enemistarse con las sirenas si debía arrancarle la cabeza a la insolente octopus.

No permitiría abusos contra los suyos, y menos toleraría amenazas contra su jinete.

Arielle se estremeció, apretó los puños para domeñar los nervios y se apartó despacio.

Deniel liberó a Garvax. En cuanto las bandas de magia se disiparon, la dragona se irguió de un salto y lanzó un rugido al tritón, dejándole claro que se mantuviera lejos.

El batir de sus alas alzó los pétalos deshechos; el aire arremolinado bajo las membranas gigantes le supo a libertad, tras sentirse completamente dominada por aquel insignificante tritón.

Alzó la cabeza buscando, en el horizonte, la mancha negra de Draxo; ni con su aguda vista lo alcanzó.

—Regresemos a nuestros lugares —indicó Celeste—; aún hay de qué hablar.

Los condujo de vuelta a la mesa. Quedaba la otra mitad de aquel cónclave retorcido que sellaría el destino de Sthevyand.

—¿Por qué puedes hablar con los dragones?

El rey de Ivanya había tomado la palabra.

En su reino, los hechiceros de linaje puro —Matarazzo, Garret, Parrish y Bohem— hablaban la lengua de las serpientes.

En Daavos no era así. Allí solo unos pocos jinetes habían conversado con sus dragones, y, para colmo, habían sido guardianes que portaban el poder del dios Arclas.

—Se los explicaré —dijo Celeste, golpeó el suelo con el cetro.

—Es hora de contar la verdad. Pero necesito que presten atención a lo que voy a decirles.