Capítulo 86
“El final no es la cumbre de una historia; es la pausa en la que el destino traza el siguiente viaje”.
Las palabras de Celeste desataron el horror entre los invitados; los días de Hades habían sido oscuros incluso para ellos, pese a la alianza con que una vez creyeron contenerlo.
Volcaron todas sus fuerzas en detenerlo…
hasta que él anudó los hilos precisos y encendió la guerra.
Nadie quedó conforme con el relato de la hechicera; incluso el Consejo Mágico pidió disculpas por haber ocultado la verdad sobre su derrota.
El rey Artorius era el más inquieto. Hades intentó borrarlo varias veces para alzarse con el trono de Tartharos; muchos de sus seguidores abandonaron el reino y se internaron en el continente mágico, reacios a obedecerlo.
Los registros hablaban de más de tres mil renegados: un número considerable para un ejército compuesto solo por magos.
Si Celeste decía la verdad, su trono, su corona y su vida pendían de un hilo.
—Entonces volveremos a vivir tiempos oscuros por su incompetencia —la voz del rey Kaldur Niggan de Xervus cayó como un relámpago y ahogó los murmullos; todas las miradas se clavaron en él y en su desafío a la anciana.
—Según recuerdo, usted enfrentó a Hades tres veces y fue derrotado —respondió ella.
—Pero fue usted quien se llevó la gloria de haberlo acabado.
—No pude detenerlo del todo, pero encerré gran parte de su poder en su propio cuerpo. Por eso ha permanecido en las sombras.
—¿Y tiene algún plan de respaldo, magíster ? —contraatacó la reina viuda de Vermont.
—¿Sabe cómo detenerlo? —intervino Melissa Bremmen, reina de Notherland.
Celeste buscó al Consejo. Tenía respuesta para todo, pero decirla era quebrar el sello de una verdad guardada demasiado tiempo.
Si la teoría de Deniel sobre los cristales de sangre robados y el saqueo de tumbas antiguas era cierta, en los días venideros sería imperativo que los guardianes actuaran.
Había llegado el momento de revelar su identidad.
Sthevyand necesitaría un rayo de esperanza para unificar a todos los reinos contra Hades.
—Tengo varios planes. Los he preparado desde hace años.
—¿Los ha estado preparando? —El rey Oderll frunció el ceño, incrédulo.
—Hace más de mil años que no ha nacido ningún guardián, pero las cosas han cambiado y los dioses han escuchado nuestras plegarias, devolviéndonos sus semillas.
Celeste invocó el libro que la investía como sacerdotisa.
—¡El Libro Blanco ! —exclamó la reina Dellia Maxfild.
—Así es. He preparado a los nuevos guardianes para el regreso de Hades.
—¡Nos ocultaste algo tan importante durante tantos años! ¿En qué estabas pensando? —La expresión de August Bremmen fue tan gélida como la nieve que abraza su reino; y no se dirigía solo a Celeste, sino a los demás integrantes del Consejo Mágico, en especial al sumo sacerdote.
—Somos conscientes de ello, rey August. Fue decisión nuestra mantenerlo así. No podíamos permitir que Hades los asesinara en sus cunas.
—¿De qué nos servirán los guardianes si son niños? —La regente de Vermont cruzó los brazos, destilando puro desdén en cada gesto.
—Le sugiero que guarde la calma, reina Tamirah. Los guardianes no son niños. Han estado frente a ustedes durante la ceremonia.
La sonrisa confiada de la anciana fue más que una respuesta: un destello de esperanza en rostros incrédulos.
Las miradas recorrieron a los jóvenes, descartando a algunos que lucían tan atónitos como ellos.
Deniel acaparó la mayoría tras el derroche de poder que había exhibido.
Los ojos saltaron después entre Gahel y Amarys, recién llegada a Eldryan.
Otra corriente de asombro se detuvo en Layla: la princesa que murió para salvar el Árbol Sagrado y que, al renacer, recuperó el par de alas que siempre le sobró a su espalda.
—Nuestra princesa Layla Hildegard es la guardiana elegida por Essen, la Diosa de la Naturaleza.
Los reyes de Greenland le permitieron avanzar junto a la hechicera; dejaron de verla como una princesita indefensa, atormentada por la ausencia de sus alas. Ahora brotaban de su espalda como un emblema de fuerza.
—El Dios del Sol , Arclas, ha señalado como su guerrero más fuerte a Gahel Deehagon, príncipe heredero de Daavos y jinete de Xerex.
—Estoy orgullosa de ti.
Amarys le regaló a su hermano la sonrisa que le habrían dado sus padres: temerosos por el porvenir, sí, pero orgullosos de que fuese uno de los legendarios elegidos.
Xerex y Roxé liberaron un rugido estrepitoso en honor al joven guardián; elevaron al cielo sus llamas en tonos dorado y rosa, como dicta el ritual de revelación del hijo del fuego.
—Fruto del guerrero más honorable de Ashanty. Hoy, su hijo, Asher Argent, se convierte oficialmente en el guardián de la barrera que nos separa del mundo exterior —anunció Celeste, posándole una mano en el hombro e invitándolo a ocupar su lugar en esta nueva era de los elegidos.
Asher avanzó hacia Layla, sin mirar las pupilas inquisitivas de los reyes de Greenland.
No ignoraban el deseo de su hija ni la claridad de los sentimientos del joven.
Lo había probado al vengarla de los magos de sangre: algo de lo que el rey Jerald no debía enorgullecerse y, sin embargo, agradecía, en el fondo, que fuese Asher quien velara por ella.
Si la seguridad de su primogénita dependía de un lunático cegado por amor, capaz de incendiar un reino entero por ella, estaba dispuesto a dejarla en sus manos.
—Acogido por el poder ancestral de la luna y la fuerza de los océanos, regresó del mundo exterior para revivir una civilización que se creía perdida.
Su nombre no solo será recordado como el tritón que salvó Selenya, sino como Deniel Lightmoon, hijo de Syreen, Diosa de la Luna, y de Umak, Dios de los Mares —remató Celeste, retrocediendo un paso y dejando a los guardianes bajo la mirada juiciosa de los reyes y reinas de Sthevyand.
Los cortesanos y los guardias estallaron en vítores a una sola voz, levantando el orgullo por el príncipe y anunciando a todos los reinos que el pueblo de Selenya viviría para cumplir la voluntad de su monarca.
Celeste aguardó a que la ovación menguara para dar la última noticia.
—Lamentablemente, la guardiana de los cielos no estará presente; su pueblo ha decidido mantenerla oculta hasta que llegue el momento preciso que solo ellos determinarán. Por ahora, pedimos que unan sus fuerzas a los guardianes para detener esta guerra y poner fin a Hades de una vez por todas.
La ovación se alzó como una sola voz; la luz prendió en cada guardián y bañó las almas de los invitados. Por un instante, los regentes creyeron ver la gloria y las sombras retrocedieron ante el nombre de Hades: los dioses habían escuchado, y la salvación volvía a Sthevyand.
Deniel hizo un gesto a los suyos y los atrajo a un círculo estrecho.
—Lo logramos. Ahora sí estamos listos para enfrentar el destino.
—Lo haremos juntos —dijo Royce, abrazando a Deniel y a Emmond.
—Acabaremos con Hades —afirmó Asher y tomó la mano de Layla.
—Traeremos la paz a Sthevyand —aseguró el hada.
—Seremos imparables. —Sonrió Emmond alzando la varita.
Eran promesas. Aún quedaba camino por recorrer y demasiadas batallas por librar antes de restaurar el equilibrio que el mundo mágico anhelaba.
Sus destinos seguían escribiéndose sobre un pergamino oscuro de tinta roja, acechados por la muerte.
Todavía quedaban acertijos por descifrar antes de gritar victoria.
El viento frío de Notherland aulló en la prisión de Valle Helado, arremolinándose en la celda más oscura y gélida. Unas manos enormes se aferraron a los barrotes; de las sombras emergió un rostro adusto, coronado por una sonrisa macabra, que se inclinó hacia el tenue resplandor de los cristales.
—Ya regresaste, príncipe Deniel. Es hora de salir de aquí.
Al saber del regreso del tritón, el prisionero rompió en carcajadas; el eco arrastró a los guardias, pasmados de verlo reir como un lunático por primera vez en años.
—Tráiganme al tritón.