Corona de Sal y Luna Capítulo 85
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Capítulo 85

“Teme al pasado si no hiciste lo correcto: tarde o temprano te cobrará el precio de tus errores”.

Xerex se posó en el muro que separaba el jardín del acantilado que caía al mar.

La mirada se le afiló en oro: rabia y fuego latían en sus pupilas.

Garvax y Draxo ladeaban el cuello, dejando escapar siseos por las fauces entrecerradas; aquel reto irritaba al dragón dorado, y él no estaba dispuesto a tolerarlo.

Giró la cabeza y desató un rugido que fue sentencia: o callaban o los haría trizas.

Garvax bajó la cabeza al instante, admitiendo su inferioridad.

Draxo amagó con oponerse, pero se quedó en un mudo gesto de dientes mientras Xerex descendía del muro y llevaba a Royce hacia la capilla.

Al pasar junto a sus dos hermanos, la sala entera vio revivir a Kretax en cada uno de sus pasos.

Nadie dudó: Xerex era la reencarnación del legendario dragón rojo.

Draxo sería más viejo, sí, pero Xerex era más grande; en sus líneas y músculos se respiraban brutalidad y peligro.

Su sola presencia eclipsaba a los otros dos.

Un segundo rugido retumbó; en un parpadeo, Roxé aterrizó arremolinando polvo bajo sus alas y encaró al dragón negro de membranas rojas.

A Draxo nunca le había caído bien. Amarys sonrió al verla: ya estaban listos; los números se igualaban por si Bahel se atrevía a desafiar a su hermano.

Xerex podía medirse con Draxo; y Roxé, pese a su juventud, era una de las dragonas más veloces de Daavos: podría contener a Garvax.

Concluido el cálculo, Amarys siguió con la mirada a Royce hasta su entrada en la capilla, donde se plantó junto a Deniel.

—¿Quién demonios es tu novio? ¿Por qué está montando a Xerex?

Bahel tembló sin saber si era miedo o furia.

El dragón dorado había tenido un solo jinete y, si la memoria no le fallaba, estaba muerto, enterrado en el fondo del mar convertido en pasto para peces.

“¿Quién era ese sujeto capaz de dominar a semejante bestia? ¿Y cómo demonios había escapado Xerex del domo?”

—Aún no es momento de revelar su identidad. Antes, debemos aclarar algunas dudas sobre esta guerra.

—¡Deja los juegos, príncipe Deniel, y termina de una vez! —Bahel no soportaba la altanería del tritón, y menos aún la presencia del jinete. Algo en su mirada, tan familiar, lo incomodaba.

—Edwin, Levos, Peltos: muestren lo que recolectaron en la aldea de los enanos y en las ciudades atacadas por los dragones. —Deniel ladeó la cabeza en dirección a los tres enanos que caminaban en dirección al rey de Tartharos.

Levos arrojó sobre la mesa el morral que traía a la espalda. El golpe abrió la boca del saco y dejó a la vista más de una docena de varitas.

—¿Qué significa esto? —preguntó Artorius, temiendo ser el siguiente.

—Esperaba que me explicaras por qué había magos de sangre involucrados en los ataques a las Tierras de Acero.

—No tengo parte en esta guerra. El rey Bahel acudió a mí en busca de ayuda, pero me negué a arrastrar a mi pueblo a una sentencia de muerte.

Un leve alzar de cejas hizo pensar a Deniel. Las pruebas estaban allí, pero Artorius parecía decir la verdad; más aún cuando Bahel lo reprendió con la mirada por hacer pública la pequeña visita que le había hecho meses atrás.

El joven tritón siguió hilando el cuadro: algo no encajaba.

El ataque contra Emmond había sido organizado por Hades, igual que el de la aldea de los enanos; en cambio, los asaltos a Piuntadiamante, Fuerte Gigante, Puerto Pietra, Tetrass y Pico de Acero fueron obra de jinetes y magos de sangre.

Intentaron desaparecer los cuerpos de los hechiceros, pero algunas varitas quedaron como botín.

Y, en los interrogatorios, los sobrevivientes habían sido unánimes: vieron a los magos de sangre.

Arielle se acercó a Azura y la tomó entre las manos: necesitaba su poder para enlazarse con Deniel y los guardianes.

—Algo no está bien.

—Creo que Artorius dice la verdad —dijo Emmond.

—Si Bahel pidió ayuda al rey de los magos de sangre y este se la negó, tuvo que acudir a alguien más —añadió Asher—. Solo hay un hechicero capaz de controlar a los magos de sangre más que Artorius.

La idea era demasiado certera para ignorarla. No habría de sorprender que esos dos demonios trabajaran juntos.

—No digan nada por ahora. Hasta estar seguros, una acusación sin pruebas podría derrumbarlo todo —advirtió Layla.

Sabía que un paso en falso, una acusación sin sustento bastaría para que los tacharan de rebeldes y tiranos, propagando rumores contra los máximos gobernantes del mundo mágico. Y, si además se descubrían sus verdaderas identidades, lo tomarían por abuso de poder.

—Al parecer no controla a todos sus ciudadanos, rey Artorius. Es evidente que algunos de sus hombres actúan a sus espaldas —insinuó Deniel, arrastrando la atención de la sala hacia el hechicero.

—No creo que sean de mi reino. Hay magos de sangre dispersos por todo el continente. Pronto llegarán a Selenya.

—No intentes desafiarme. Ya viste de lo que soy capaz.

—Príncipe Deniel, no se deje engañar por esa alimaña —bramó el rey de los gigantes—. Esas varitas bastan para probar que actúa con Bahel. Deberíamos matarlos a ambos de una vez.

Odrell se levantó de golpe: no iba a desaprovechar la ocasión de aniquilar al Rey Dragón y aliviar el peso sobre sus tierras. Y, si de paso rodaba la cabeza de la víbora de Artorius, quedaría más que satisfecho.

—Aún no es momento de matar a nadie, rey Odrell.

La voz de Deniel se heló. Su expresión se volvió un filo. No le gustaba que lo manipularan como a una daga.

—¡Termina con este circo! Exijo saber quién es este farsante.

Bahel señaló a Royce con despotismo y dejó escapar una ráfaga de fuego que murió a mitad de la mesa. Deniel curvó los labios en una sonrisa afilada: había llegado el momento.

—No seré yo quien te lo diga.

Royce alzó las manos al rostro, sujetó la máscara y empezó a desprenderla.

El cuerpo le vibró bajo un torrente de emociones: por primera vez, revelaría su identidad ante todo el reino tras tres años de falsa muerte.

Volvería a ver a su tío, frente a frente.

Sería la primera y la última vez que los verían juntos en el mismo lugar.

—¿No me reconoces, tío?

El metal de la máscara sonó largo en los oídos de Bahel.

Aquella voz, hasta entonces apenas un recuerdo dulce y desgraciado, volvió con filo, y lo dejó atrapado entre la realidad y la cruel fantasía.

Los ojos le delataron el miedo: miedo a perder lo construido con sudor, traición y sangre.

La boca se le tensó en una fina línea de rabia ante la ineptitud de los suyos.

Habían fallado, y ahora, tres años después, se enfrentaba a un fantasma.

—Tú estabas muerto.

—Lo estuve durante tres años. Viví como Royce Worrel tras esta máscara mientras tú deshonrabas a Daavos.

—Organicé búsquedas. Ofrecí recompensas. No dejé de buscarte, Gahel —dijo Bahel, acortando la distancia, como si una absurda excusa pudiera revertir el pasado—. Se lo debía a tus padres.

Royce movió la mano y su fuego dorado lamió el suelo, avanzando con ferocidad hacia Bahel.

—¡Tú los mataste! Fuiste con mi padre a la guerra y lo emboscaste; lo asesinaste con tus propias manos.

Luego fuiste por mi madre e hiciste pasar su muerte por un suicidio, llamándola loca —rio con sorna—.

Y un año antes de mi coronación como príncipe heredero ordenaste que me asesinaran en el Mar Rojo mientras entrenaba a Harrex.

Las miradas se clavaron en Bahel como dagas.

Reyes y reinas lo contemplaron, por fin, como lo que era: un monstruo.

Ya habían visto suficientes trucos sucios, pero nada tan vil como segar la vida de su propio hermano, de su cuñada, y apartar del camino a su sobrino.

Frente a esa maldad, las locuras del joven tritón eran simples rabietas.

Otra voz surgió entre la multitud:

—Yo estuve allí. Celeste descubrió el intento de asesinato contra Gahel y ambas lo rescatamos de la muerte.

La reina Alina descendió del trono y avanzó con una calma que imponía, hasta colocarse entre su nieto y el príncipe dragón.

—Sabía que había visto a una sirena —susurró Royce. Desde aquel día quedó atado a Selenya. No fue un capricho de su mente: aunque vio el rostro de su madre, sentía otra presencia.

—No tienes adónde escapar —sentenció Celeste—. Tu reinado y esta guerra terminan aquí.

—Con gusto lo aplastaré como a una mosca —gruñó Odrell.

—Lo siento, rey Odrell, pero si alguien ha de darle descanso a su alma, seré yo. Se lo debo a mis padres.

Royce no esperó la réplica. Saltó y lanzó una ráfaga.

Las llamas, más doradas que nunca, rugieron al abrir el aire: iban cargadas con su ira, con la rabia de Amarys y con el rencor de Xerex por los tres años de cautiverio, lejos de su jinete.

Avanzaron devastadoras, pero, antes de alcanzarlo, un guardia con el uniforme de Selenya apareció junto a Bahel, lo aferró y recitó un hechizo.

Ambos se desvanecieron. El fuego arrasó el rosal tras ellos.

—¡Lucius está escapando! —gritó Amarys.

Los guardias intentaron perseguirlo, pero Deniel les ordenó permanecer en sus lugares. Él mismo lo enfrentaría.

—No tienes adónde ir, Lucius.

—No eres nadie. Solo otro pez en el océano… mi dragona acabará contigo. ¡Garvax!

La imponente bestia se alzó como una sombra, abriendo las fauces hacia el tritón.

En su mirada, Deniel reconoció el apetito sanguinario por terminar lo que habían empezado aquella vez en la playa.

Pero esos recuerdos no eran solo de ella: también eran suyos.

Y recordaba, palabra por palabra, las lecciones de Theodor para someter a las bestias más poderosas.

Aunó su magia y la hizo remolino dentro de las fauces de Garvax, cerrándole la hedionda boca hasta obligarla a tragarse las llamas. La vieja dragona sacudió la cabeza con furia, quebrando estatuas en su pelea por recobrar el control.

Draxo rugió hacia Deniel: