Capítulo 84
“Quien camina en tinieblas y obra contra sus iguales está condenado a arder en el fuego de sus propios pecados”.
Tanto George como la reina Fabya tragaron con dolor al ver a su hijo tratado como un criminal, y a Asher, la maldita presa a la que persiguieron durante años, convertido en su verdugo.
—¿Qué significa esto? —gritó George, ultrajado.
—Se lo diré cuando lady Gissel Lagance… o, perdón, Gissel Mlambo, desocupe la silla del príncipe.
Deniel siguió acariciando a Azura sin variar la frialdad de su mirada.
—¿Te atreves a faltarle el respeto a mi hija?
—Vuelves a mencionar que tienes una hija y les arranco la cabeza a ambos. Ronnald lo confesó todo.
Las miradas cayeron sobre George, tanteando la verdad entre las acusaciones del tritón.
No era menor el hecho de que la princesa Gissel compartiera rasgos con la lady de Fuerte Ladera; jamás iba sola, siempre escoltada por alguno de los reyes o por su hermano, y en las escasas visitas del rey a otros reinos no se le permitía hablar en privado con ningún cortesano.
—¡Aclara esta estupidez, Ronnald!
George rugió, a punto de empuñar la espada y cortar el teatro de una vez; pero la cordura en los ojos de Fabya, clavados en los falsos reyes de Istall y Febees, lo frenó.
No había escapatoria: quedaría como cobarde ante sus homólogos y el Consejo Mágico. Su única salida era que Ronnald lo negara todo.
—Gissel no es…
El alarido de Ronnald cortó el aire cuando la daga del cinturón, empujada por su propia mano, le abrió el muslo. Era su castigo por mentir.
La reina de las hadas se cubrió la boca al ver al capitán hundirse la daga por segunda vez.
El rey August Bremmen, de Notherland, y el rey de Zonla se miraron, incrédulos; a un lado, Silla tomó la mano de su madre para calmarle el pulso.
“¿Seré la siguiente?”, pensó, recordando todo lo que le había hecho a Deniel en Eldryan.
Ulthor Matarazzo, regente de Ivanya, sonreía apenas, disfrutando del espectáculo. Le daba igual que Bahel le hubiera señalado a Selenya como enemiga de la corona: a sus ojos, el tritón era promesa. Tal vez más severo que su ancestro, el rey Kresseo.
—Sabes lo que sucede si mientes, capitán.
Ronnald tosió hasta vaciarse. Las náuseas le arrancaron lo poco que había comido esa mañana.
Estaba acabado, sin salvación para su imagen ni para su padre.
Deniel se lo había advertido: por cada mentira, dos puñaladas en lugares no vitales; y ni pensara en morir, porque lo sanaría cuantas veces hiciera falta para repetir la lección hasta que confesara todo.
—Antes de continuar —dijo Deniel, clavando la mirada en Gissel—, retírate. Considero tu presencia una falta de respeto.
La joven obedeció sin protestar. El tritón sonrió, satisfecho. Ese gesto decía más que cualquier defensa del rey de Ashanty. Por mucho que resoplara y buscara respaldo entre los suyos, solo hallaba reproche y vergüenza.
—Ahora, Ronnald, cuéntalo todo.
El caballero miró a Deniel con horror. Jamás habría imaginado que aquel rostro amable del colegio pudiera tornarse tan terrible.
Estaba perdido. Deniel no necesitaba torturarlo para arrancarle la verdad: un encantamiento bastaría.
Pero había elegido el dolor: pagar cada intento de matar a Asher y el veneno contra Royce.
—Cuando mi padre tomó el trono tras el asesinato del rey, mandó ejecutar a cada guardia real y a sus familias.
Algunos escaparon gracias a la hechicera de la difunta reina.
Ella sospechaba que mi padre había eliminando a los reyes por envenenamiento.
Se rebeló contra la corona y la quemaron en la hoguera.
»El padre de Asher y varios guardias que sobrevivieron conocían la verdad y se alzaron en los primeros años del mandato; intentaron arrebatarle el trono, pero mi padre intoxicó al reino contra ellos y los cargó con la culpa de las muertes.
Cuando mi madre quedó encinta, por miedo a que los rebeldes pusieran fin a su reinado, decidió acoger en el castillo a la lady de Fuerte Ladera para que diera a luz junto a ella bajo el cuidado de los mejores curanderos.
Esa fue la excusa para intercambiarnos: asegurarse de que yo sobreviviera y reclamara el trono si algo fallaba.
»Años después supo de Asher, cuando un campesino le vendió el paradero de su familia. La aldea donde se refugiaba el capitán Axel con los suyos ardió hasta las cenizas. Su bastardo logró escapar; ellos no.
En Ronnald, el dolor se quebró y dejó ver pura venganza. No saldría vivo de allí, pero aún podía restregarle a Asher lo peor.
—A tu madre la mataron en su propia casa; a tu padre lo llevaron a las mazmorras del castillo y lo torturaron hasta morir.
Asher se abalanzó y lo golpeó en la cara.
Layla corrió tras él y lo sujetó antes del segundo puñetazo.
El relato de aquella desgracia le desfiguraba el rostro, pero no era el momento de perder el control.
Con una mirada profunda, compasiva, lo apartó de Ronnald, le tomó las manos y lo condujo a su lugar.
Él valía más que toda la familia Lagance: no permitiría que manchara su nombre con la sangre sucia de ese canalla, ni que mancillara el prestigio de sus padres.
Asher se arrepintió de no poder hacer nada más que golpearlo.
Respiró despacio para no atragantarse con las palabras que lo incendiaban por dentro.
Se aferró a la voz de Layla y dejó que el cuerpo obedeciera sus órdenes.
La calma tardó en llegar, sobre todo por la mirada cínica de Ronnald, que retomó la historia bajo las amenazas de Deniel.
—Durante los gloriosos días en que los rebeldes fueron exterminados, crecí en Fuerte Ladera hasta llegar a capitán.
Cuando regresé a Castillo Negro, mi padre me ordenó asesinar a este bastardo.
Superé el examen de Eldryan para tomar el puesto; a decir verdad, me deshice de la competencia.
Tenía que llegar a Asher como fuera, y nadie iba a impedírmelo. El resto ya lo conocen.
La altanería del capitán crispó a Deniel. Alzó las manos y, con un gesto, le cerró de golpe la garganta.
—¡Detente, por favor! ¡Te lo ruego! —suplicó la reina Fabya—. Es culpa nuestra. Nosotros lo obligamos a esto.
—Yo no decidiré su castigo —dijo Deniel—. Sus crímenes serán juzgados por el Consejo.
Los siete hechiceros del Consejo Mágico se adelantaron, con Celeste a la cabeza. Si por ella fuera, el castigo habría sido otro; pero, al ser miembro de la realeza y no haber consumado el asesinato de Asher, tuvo que acatar la sentencia del sumo sacerdote.
—El Consejo ha tomado su decisión —proclamó—: por los crímenes cometidos —intento de asesinar a un inocente, violación de su código de honor como caballero y no denunciar a la hechicera Morgana—, el príncipe Ronnald Lagance será condenado a treinta años de prisión en Valle Helado.
Gissel y la reina Fabya se llevaron las manos a la boca.
Jamás se había impuesto a un miembro real una condena tan larga en aquella prisión.
Cuando él saliera, si lo conseguía, quizá ella ya no estaría viva.
Tendría que mover hilos, persuadir al Consejo, pero no allí, no con todos los ojos clavados en su desgracia. Esperaría el momento justo.
—La familia Lagance queda despojada de su título —dictó Celeste—. Abandonarán el castillo de inmediato sin llevarse pertenencias de la corona.
—¡Esto es una locura! ¡Somos los regentes de Ashanty! ¡No pueden hacernos esto! —gritó Gissel.
—Lo siento, lady Gissel, pero no es bienvenida —respondió Celeste, mirándola por encima del borde de los espejuelos—. Se marchará ahora mismo y le dirá a su padre que queda obligado a recibir en su casa a Fabya y a su hijo Markus. Además, será sancionado por haber contribuido a esta locura.
—Si crees que me iré, Celeste Gryffin, estás equivocada. No pienso mov…
No terminó. Celeste azotó el suelo con el cetro y un portal devoró a Gissel, arrojándola a Fuerte Ladera.
—Tiene más agallas que Ronnald para no ser su hermana —se burló la hechicera, acomodándose los espejuelos.
—En cuanto a usted, George Lagance —continuó el sumo sacerdote—: por violar su código de caballero, por el asesinato de reyes legítimos, por la masacre de sus hermanos de la guardia real y por el intento de asesinato de Asher Argent, queda condenado a muerte.
George quedó de piedra. Trató de asumir que no viviría para vengarse, que todo su trabajo fue en vano y que aquella bruja que lo maldijo en la hoguera debía estar riéndose, allá donde sus cenizas hubieran caído.
Tal vez su espíritu ya aguardaba para escoltarlo al infierno.
Si iba a morir, al menos se llevaría a alguien con él.
Se dijo a sí mismo mientras desenvainaba una de sus espadas.
—¡Nigrum Dente!
La espada oscura de George hendió el aire como un rayo hacia Deniel, decidido a arrastrarlo con él a la muerte. Las cadenas de Asher interceptaron el ataque y lo absorbieron por completo, desintegrando el último rastro de magia del rey de Ashanty.
De inmediato estalló otro poder —más hondo, más negro—: no era George. La voz de Emmond se alzó sobre los susurros e invocó cadenas de sombras que apresaron al caballero, obligándolo a arrodillarse ante Deniel, que seguía en su trono, jugueteando con la flix .
—No intentes resistirte. Nadie ha escapado de las cadenas de sombras.
—Tienes otro cargo, George: intento de asesinato del príncipe heredero de Selenya. Como líder del Consejo Mágico, te condeno a muerte aquí y ahora.
El sumo sacerdote alzó la varita para el encantamiento final, pero Emmond lo detuvo.
Los últimos sucesos en las Tumbas de las Calamidades no eran alentadores.
Si la teoría de Deniel era cierta y Hades estaba resucitando la magia de los maggiums más poderosos y temidos del pasado, George —y sus espadas negras— seguirían siendo un problema incluso muerto.
—No debemos correr riesgos. Si él toma el poder de los muertos, asegurémonos de que los muertos permanezcan en sus tumbas para siempre.
—¿Qué tienes en mente? —preguntó Celeste.
—Un hechizo capaz de sellar la magia de un individuo incluso en el más allá.
—¡Maldito mocoso! ¡Los maldigo a todos! —gritó George desesperado, intentando zafarse de las cadenas de sombra mientras contemplaba con angustia la mirada horrorizada de su esposa.
La guardia de Selenya desarmó a Fabya antes de que alzara sus dagas en favor de su esposo. Nadie deseaba convertir aquello en un río de sangre, aunque el espectáculo dijera lo contrario.
El Consejo asintió: todos sabían a qué se refería Emmond. Mientras Hades merodeara entre los vivos y quedara una pizca de magia en sus venas, no descansaría hasta someterlos.
—¡Nigro ignis! ¡Exitio Animas!
Los versos de Emmond abrieron un círculo oscuro alrededor de George.
La energía lo envolvió; unas marcas se dibujaron bajo sus rodillas.
El aire se detuvo. El suelo crujió cuando brotó el fuego negro para castigarlo.
George gritó y forcejeó; las cadenas lo ceñían, inmóvil, mientras la carne se carbonizaba y las llamas se abrían paso hasta sus huesos.
Alzó la vista para apartar el fuego de sus ojos y lo que vio fue peor que arder: la hechicera lo esperaba, riéndose, sosteniéndolo por la nuca.
—Te advertí que morirías, y aquí estoy para llevar tu alma al infierno.
La risa de la bruja reverberó; su rostro se deshizo en las llamas oscuras hasta quedar solo la calavera, que le sostuvo la mirada a George en su último alarido antes de abandonar el mundo de los vivos.
La reina Fabya cayó al suelo y forcejeó por soltarse, sacudiendo el cuerpo en busca de las dagas bajo la presión de los tritones.
La corona que llevaba golpeó el mármol y rodó hasta la mancha oscura donde había quedado su esposo.
La siguió con la mirada y pensó en todas las veces que intentó detenerlo en la locura de hacerse rey; pensó en el precio de la soledad que pagaría el resto de su vida, separada del hombre a quien más amó.
Pero, mientras sus gritos crecían y el viento alzaba partículas de hollín, una sola idea se le grabó como hierro: de ahora en adelante, viviría para acabar con Selenya.
—¡Esta locura debe terminar inmediatamente!
Bahel gritó temiendo lo que le aguardaba. De nada servía que sus canalladas hubiesen ido enmascaradas por la guerra: Deniel estaba cobrando deudas, una por una.
Estaba seguro de que él sería el siguiente y, por orgullo, solo había acudido con su hijo y dos dragones.
La princesa Amarys no lo defendería; algo había cambiado en ella.
Lo supo por la manera en que lo miró al sentarse a su lado, por el montón de cartas sin responder.
Estaba en desventaja: si salía vivo de allí, sería por un milagro.
—No te apresures, Bahel. La mejor parte la he reservado para ti.
Deniel acomodó a Azura en su hombro y se alzó del trono.
El momento había llegado. El cielo tembló con el rugido de una nueva bestia que se sumaba a la escena: un rugido de ira y de justicia, el mismo que heló a los daavonenses durante años antes de convertirse en el grito de victoria del reino.
La sonrisa de Amarys se torció; en sus ojos prendió una luz que Bahel nunca le había visto.
La joven jinete avanzó hacia Deniel, cómplice, y alzó la vista al cielo mientras el batir de alas se acercaba.
Draxo y Garvax lanzaron dentelladas al aire y bramaron, pero el miedo les quebró el rugido. Sabían quiénes llegaban. Y sabían que no era una sola bestia.
El resplandor dorado de Xerex rasgó las nubes, atrapando todas las miradas —sobre todo las de Bahel, que abrió los ojos de manera antinatural al ver al dragón y al jinete enmascarado montado sobre su lomo.