Capítulo 83
“Que las mentiras suenen bonitas no obliga a la verdad a ser benévola”.
—La puntualidad determina la responsabilidad de un rey.
Deniel se dejó caer en el trono como si Bahel no fuera más que una mancha en el mármol.
El rey de Daavos sonrió, malicioso, al tomar su sitio junto a la princesa Amarys.
—Supongo que la experiencia pesa más. A fin de cuentas, la puntualidad no salva un reino.
Deniel esbozó una media sonrisa; su mirada, afilada, ya le había atravesado el cuello al Rey Dragón. Su objetivo estaba por cumplirse.
—Descuida. Selenya se ha hecho lo bastante fuerte para resistir otro ataque.
—Me disculpo por aquello. Espero que no queden rencores.
Bahel alzó la copa, pidiendo complicidad. Nadie lo siguió. El príncipe tritón lo desafiaba con cortesía de cuchillo; el resto lo observaba, asépticos, sin decidir si aquella insolencia pulida era torpeza juvenil o locura gemela a la de Bahel.
—No hay ninguna fiesta, Bahel —dijo Deniel, negándole el título—. Prefiero poner las cartas sobre la mesa y mostrar mi verdadero objetivo al tenerlos aquí. No soy como tú, que te escondes tras rumores y los necios que te siguen como perros.
La copa no llegó a los labios del monarca.
Se detuvo a medio aire; Bahel tragó saliva, envenenada por la soberbia del tritón.
Depositó el cristal despacio, como si estuviera escogiendo su respuesta.
El golpe cantó en el silencio. Incluso Lucius entornó los ojos ante la expresión irreconocible de Deniel.
—Peligroso acusarme así. Los daavonenses no tenemos sentido del humor. Nos ofendemos rápido y nos defendemos por puro impulso.
—¿Así llamas a la excusa con la que atacaste las Tierras de Acero?
—¡Basta! ¡Tú no sabes nada!
La paciencia jamás fue virtud de Lucius. Impulsivo, irracional hasta la estupidez, golpeó la mesa; el vino saltó de su copa como sangre mal contenida.
—¡Lucius, compórtate! —bramó Bahel.
El cielo respondió primero. Un rayo trazó su firma tras el acantilado que guarda Bahía Syrelia.
El azul del cielo viró a gris, luego a negro, rendido a la voluntad de Deniel.
El viento se arremolinó en la capilla, batió capas y vestidos, arrancó adornos: una ráfaga de mil demonios.
La silla del príncipe dragón voló contra su espalda, lo estampó en la mesa y lo dejó tendido en el suelo.
—En mi reino nadie alza la voz más que yo. Menos un parásito como tú.
El silencio se pobló de asombro. La calma de Deniel era una máscara terrible; la frialdad en sus ojos borraba al muchacho de las revistas de chismes, como si dos vidas respiraran en el mismo cuerpo.
Bahel, con el viento en la cara, alzó la vista para medir la magia del tritón y sus opciones de enfrentarlo.
Incluso con sus secretos, la cuenta no le favorecía.
Artorius Deutscher paladeó la envidia ante aquella tormenta: la querría en Tartharos, o al menos poder llamarla así.
Pero no había duda: nadie iguala una tormenta invocada por una sirena.
Vanya Hildegard tanteó, discreta, el pulso del vendaval; Layla le sujetó la mano indicándole que era imposible.
Nadie había detenido una tormenta de Deniel salvo Celeste, y ella no era una hechicera común.
Las miradas siguieron hasta los altos lores de Selenya.
Nerus, impasible, cómodo en el ojo del huracán.
Merckles reía bajo, orgulloso de su rey.
Berath sonreía, ladino, brazos cruzados, imaginando lo entretenido que sería el reino en lo adelante.
Y la duda, inevitable, nubló a Egor: ¿era este el camino?
—Deberíamos detenerlo —susurró a Celeste, que estaba sentada a su lado como invitada de honor a la coronación.
—Deniel es inteligente; sabe lo que hace y aún no ha desatado todo su poder. Hay cosas que conviene dejarlas a la espontaneidad, viejo amigo —respondió ella, serena.
Lo había visto desbordarse tantas veces que esto le supo a teatro.
—No intentes intimidarme —escupió Bahel, cerrando los puños—. No lo lograrás.
La sonrisa de Deniel se torció en algo salvaje. Un segundo rayo partió el firmamento y cayó entre los dragones. Ambos rugieron hacia él, con las fauces abiertas, listos para asarlo, pero Bahel los acalló con un gesto.
—No te hagas el listo. No me costaría nada dejarte sin dragón.
Entonces, lord Tyrsson atravesó la tormenta y entró en la capilla con la naturalidad de quien la ha visto mil veces. Todas las miradas fueron hacia él, intuían lo que el viejo lord se traía entre manos.
Deniel captó la señal. Fin del preludio. Empieza el juego. Con un ademán, el viento se rindió; las nubes se abrieron y los rayos dejaron de besar la tierra.
—Para quienes no lo recuerdan, él es el alto lord de Shellsea —anunció Deniel. Se volvió hacia los reyes—. Rey Alant de Istall, rey Zaggar de Febees, tengo una duda respecto de su linaje real.
El miedo les sopló en la nuca. El día que temían llegó de improviso, con la amenaza de despojarlos de todo.
—Tras la guerra, las ciudades terrestres de Selenya volvieron adonde pertenecen —respondió Alant, apretando la copa.
—Su ancestro usurpó nuestras tierras y robó nuestras riquezas cuando unificó esas ciudades con Selenya.
Zaggar se sumó a Alant. Pese a su guerra íntima, prefería seguir enfrentado a Istall antes que permitir que las sirenas retomaran Febees y verlo hincar la rodilla: despojado de lo que tanto le costó robar.
—Si quieren hablar de historia, hablemos —admitió Deniel.
—Es cierto: Istall y Febees fueron reinos independientes antes de la intervención del rey Kresseo. También lo es que, tras la conquista de Selenya, sus propios ciudadanos eligieron permanecer bajo nuestra protección.
Deniel se recostó en el trono. Ya tenía previstas esas réplicas; las cartas aguardaban el momento para voltearse. Los desenmascararía ante el reino y exhibiría la mano de Daavos.
—Ese mismo pueblo decidió separarse después de la guerra —replicó Zaggar—. Entendieron que nada ganaban obedeciendo a fantasmas.
El rostro del rey de Febees se endureció como una roca roja, hirviente de ira. Desde su ascenso, libraba dos frentes: contra Istall, para frenar su expansión, y contra los rebeldes de alcantarilla que anunciaban el regreso de las sirenas. La misma plaga mordía a Istall.
—Ya no hay fantasmas. Aquí estoy. Y reclamo las ciudades terrestres como parte de Selenya.
—¿Nos estás declarando la guerra?
Alant golpeó la mesa y se puso en pie. No permitiría que un mocoso lo desafiara ante todos, menos ahora, con un ejército apenas remendado. Daavos los había llevado al borde de la extinción; a su juicio, Selenya no podría vencerlos.
La tensión subía por segundos. La paz prometida por la coronación era ya un recuerdo. Todas las miradas se clavaron en Deniel, incrédulas ante la templanza del futuro rey.
—Han pasado por alto a quienes se sientan frente a mí —dijo Deniel—. Cada uno comanda una parte considerable de mi ejército. Ha sido descortés no presentárselos. Descendió del trono y avanzó, afilado, hasta los sillones de sus altos lores . Las expresiones neutras se volvieron dagas.
—Isla Ballena se llamará Isla Mandrell. La gobernará el alto lord Merckles Cregan.
Los susurros estallaron al oír “mandrell”.
Esclavos durante siglos, reducidos a criaturas inferiores…
¿Cómo estaban en la corte? ¿Qué pasaba en el reino de las sirenas?
¿Y cómo habían conseguido piernas? La brisa marina arrastró las preguntas como hojas.
—Isla Tortuga será recordada como Isla Oken, y su regente será la princesa Arielle. Además, se convertirá en la primera alta lady de Selenya.
—¿Qué tramas, mocoso? —murmuró Bahel, irritado por no descifrar el juego del tritón. Evidentemente el regreso de los octopus al reino no era una broma.
—Alto lord Berath Taldross, el Terror del Mar Selayo ; regente de Costa Dorada. Nerus Hesgard, el Sabio ; alto lord de Pozo Lunar; y el lord Orgulloso : Tyrsson Beltram, regente de Shellsea —presentó Deniel—. El último que les mostraré; el resto quedará en sus manos.
Tyrsson se irguió y saludó con una breve reverencia.
Chasqueó los dedos y, desde uno de los extremos de la capilla, irrumpieron guardias escoltando a los consejeros de Febees e Istall y a los hijos del rey Alant.
El rostro de la reina Emilia pasó del asombro al horror: ver a sus hijos en manos enemigas le oprimió el pecho y le devolvió escenas de un pasado del que ahora se arrepentía.
—Si les haces algo, terminaré el trabajo que Daavos no pudo —advirtió Alant, sujetando el brazo de su esposa para pedirle calma.
—No soy un asesino como ustedes —replicó Deniel—. ¿No fue eso en lo que se convirtieron al aceptar la ayuda de Bahel para quedarse con las ciudades terrestres?
Las miradas saltaron de Deniel a los reyes de Istall y Febees. El sudor les partía la frente; sus manos temblaban como hojas en un vendaval. En sus rostros, solo habitaban el miedo y la desesperación. Bahel, en cambio, mantenía la calma, incluso cuando las acusaciones resbalaban hacia él.
—Haces acusaciones serias, príncipe.
—Y no las más graves, Bahel. Aún tengo cartas para demostrar que no eres digno de sostener la corona de Daavos.
—Lástima que no tengas pruebas —se recostó, midiéndolo con la mirada.
—Tenemos maneras de llegar a la verdad.
Bahel rio, sin pudor.
—¿Usarás la espada para esto?
—¿La espada? No la necesito. Hay algo que olvidaron tras la masacre de mi pueblo. Lord Tyrsson, continúe.
El nombre en labios de Deniel fue la llave. Tyrsson se aproximó a los consejeros de ambos reinos y desató sus encantos de tritón: cada músculo bajo su dominio, cada palabra arrastrada a la verdad.
El primero en hablar fue el consejero de Istall.
Lo contó todo sobre la rebelión del Lucero de la Mañana, como bautizaron las acciones de Alant en las ciudades terrestres.
El nombre de Bahel emergió una y otra vez; su rey le ordenó callar para no quedar como un monstruo ante los regentes.
Fue inútil. Confesó cómo torturó y asesinó con sus propias manos al alto lord de Kebryth.
Y la reina Emilia, por un instante, olvidó el miedo por sus hijos al recordar la madrugada en que empuñó la daga que apagó la vida de la lady y de sus tres hijas, tras humillarlas y ordenar a sus hombres que las violaran.
Las atrocidades continuaron con la voz del reggin de Febees: relató hechos similares en Puerto Perla, donde Zaggar se alzó como rey, y reveló el reclutamiento forzoso de jóvenes mayores de trece años para engrosar el ejército y enviarlos a las Tierras de Acero en apoyo a la guerra de Bahel.
Amarys quedó atónita ante los horrores cometidos por su tío, nunca pensó que él se atrevería a semejante artimaña.
—Todo tiene un precio. Más aún cuando se trata de la guerra.
Bahel hizo girar el vino en la copa sin apartar la mirada de Deniel. Todo lo suyo ocurrió durante la guerra; no podían acusarlo, y menos ahora. ¿Qué había de malo en pedir ayuda a un aliado para defender un reino?
—Pero la guerra terminó —dijo Deniel—, y es momento de que Istall y Febees regresen a Selenya.
—Primero tendrás que matarme —escupió Alant, olvidando la diplomacia al alzar la varita. Cayó directo en la trampa.
—No permitiré que me quites lo que me pertenece. Me da igual si maté o robé para llegar aquí. Siempre sobrevive el más fuerte —se atrevió Zaggar ya preparando un conjuro.
El hechizo no nació. Deniel los suspendió en el aire; los gritos estallaron cuando el calor les subió por la sangre bajo su voluntad.
—¿Qué estás haciendo? —balbuceó la reina Emilia, buscando con la mirada a los sacerdotes del Consejo.
No se movieron. Ya estaban al tanto: Deniel y Celeste les habían revelado las atrocidades de ciertos reinos y el modo de repararlas. Era hora de detener la ola de terror que la guerra desató en Sthevyand.
—Iré desenmascarando, uno por uno, a quienes se escudaron en la guerra o en la vulnerabilidad para usurpar lo que no era suyo.
Un gesto bastó para lanzarlos contra los rosales. Layla alzó los dedos; las plantas se enroscaron en torno a las presas. El azul de los pétalos viró a un blanco incandescente a medida que las espinas se hundían en la carne.
—¡Globus Ignis!
La reina Emilia intentó liberar a su esposo, pero la magia fue devorada por las rosas que lo cercaban. Se quedó horrorizada: la osadía del príncipe tritón, la complicidad de las hadas.
—Layla, ¿qué es esta locura? —protestó el rey de Greenland, aterrado al ver a su hija envuelta en aquella desfachatez.
—Cumplimos con nuestro deber —respondió ella—. Así serán tratados todos los que obraron contra Sthevyand.
—Según entiendo, las leyes del reino prohíben todo acto violento durante la coronación —intervino el rey George Lagance.
Azura se posó en el hombro de Deniel y chilló hacia George, cantándole sus verdades.
—Tienes razón: esto no debería ocurrir durante la coronación —admitió Deniel—. Pero la coronación ya terminó. La corona está en mi cabeza y tú estás en mi reino. Además, no te preocupes por ellos: tú eres el siguiente.
El rey quedó helado bajo el peso del dedo de Deniel, que lo señalaba sin pudor.
—En este momento, los rebeldes de Istall y Febees ya se han hecho con el poder.
Recuperaron las ciudades con la ayuda de los ciudadanos a quienes ustedes han extorsionado durante años; con la ayuda de las madres que lloran a sus hijos, enviados como pago al ejército de Daavos; con la ayuda de cada mujer que vela a su marido caído en una guerra sin sentido.
A partir de hoy, las ciudades terrestres vuelven a formar parte de Selenya.
Los rebeldes llegados con lord Tyrsson prorrumpieron en gritos, secundados por los guardias del castillo. El nombre del príncipe que los liberó subió como una ola.
—Nuestro reino da la bienvenida a sus nuevos lores —proclamó Deniel—.
Lady Jassmin Holt, de Rocasirena. Lord Charles Latimer, regente de Kebryth.
Lord Vincent Atkinson, de Madreagua. Lady Sanya Forsyth, de Laguna Azul.
Lord Milton Crugen, al mando de Puerto Perla.
Y nuestras fronteras montañosas quedarán a cargo de lord Darien Massey.
Uno por uno hincó la rodilla ante Deniel y la corte de Selenya. Nadie volvería a mancillar el nombre de las sirenas sin que las ciudades terrestres respondieran con mano de hierro.
—Restaurado el orden en Selenya, sigamos con Ashanty —dijo Deniel, y su calma se tornó fría y oscura.
—¿De qué hablas? —George sintió retorcerse las entrañas; el miedo le trepó por las piernas bajo la mirada del tritón. “Es imposible. No puedes saberlo…”, se dijo, aferrando la empuñadura.
—Traigan al capitán Ronnald Mlambo… o, mejor dicho, al príncipe Ronnald Lagance, de Ashanty.