Capítulo 82
“La diplomacia es la guerra de las mentes”.
La mañana desgarró el último pliegue de la noche y dejó correr, como filo limpio, los primeros rayos sobre el horizonte.
Istall y Febees amanecieron desbordados desde antes del alba: muelles atestados, voces superpuestas, ojos atentos al desfile de estandartes que marchaban rumbo a Selenya con una sola promesa en la frente, ganarse el favor del futuro monarca.
Los reyes de Istall zarparon apenas una hora después del despertar del sol sobre Rocasirena.
Dos naves escolta flanqueaban el navío real; doscientos guardias para apuntalar un regreso que no olía a seguro.
Habían arrancado tierras a Selenya y se proclamaron reino independiente de Sthevyand: las heridas recientes no perdonan.
Por prudencia, dejaron a sus dos hijos en el castillo, bajo la custodia de la guardia real y su consejero.
Si todo se torcía y ellos no alcanzaban a huir, al menos la línea no moriría con ellos.
Ashanty había salido una semana antes. El rey George Lagance detestaba los trucos de hechiceros —no confiaba en ninguno y los desterró de su reino—, de modo que su caravana cruzó Greenland, bordeó la frontera con Áragos, se internó en Istall por Kebryth y se detuvo un día en Rocasirena para que la reina Fabya y la princesa Gissel descansaran.
Durante la estancia, George intentó hablar con Ronnald; recibió, en cambio, notas breves con su puño y letra sobre el estado de Asher: veneno en dosis medidas, muerte lenta.
La verdad viajaba en dirección contraria: Arielle empleaba el encanto de sirena sobre Ronnald y respaldaba su coartada con la ausencia del caballero en el colegio, mientras Amarys alimentaba el rumor de su traslado a Selenya junto al capitán y a Layla para completar el tratamiento.
Sobre Istall, una bandera blanca con castillo de oro cortó el cielo, cincuenta escobas de la guardia real de Casstle, reino de los hechiceros de Áragos, formaban un anillo perfecto alrededor del carruaje tirado por los Aureus, aves sagradas por la elegancia y el dorado de sus plumas.
El rey Telius Vinyard iba más ansioso que su propia hija por reencontrarse con su renombrada profesora.
En el último año le envió más de cien solicitudes para arrancarla de la escuela de magia y convertirla en su mano derecha.
Celeste rechazó con extremada cordialidad cada una de sus propuestas.
Los regentes de Greenland izaron su estandarte en lo más alto del barco real y sumaron otra nave con cien guardias, entre hadas y elfos.
Llevaban más de dos semanas sin noticias de Layla, solo el rastro de una búsqueda obstinada por Kayla.
Al salir por Puerto Celeste, se cruzaron con la embarcación de Northderland.
La flotilla de tres naves entró en Selenya por Costa Dorada, desde donde fue escoltada por la guardia del alto lord Berath Taldross.
Puerto Perla vio partir tres embarcaciones hacia Selenya: el barco personal del rey Zaggar, Issy, su esposa, y el hijo mayor —nuevo rey de Febees desde hacía dos años—, además de dos naves de apoyo.
Cegado por la ambición que heredó, el joven regente viajó con una idea inoportuna: conquistar a la princesa Arielle, asegurar el comercio de su reino y, si la guerra rebasaba las fronteras, brindarle a Daavos su pago por ayudarlos a tomar el trono a destiempo.
Xerbus, con su escorpión al viento, coincidió con Ivanya: dos naves por casa desde Puerto Perla hasta Bahía Syrelia.
Allí se toparon con los barcos de la reina Tamirah Vermont y su hija.
El muelle estuvo a un suspiro de convertirse en campo de batalla: las tierras del basilisco y Vermont ya habían rozado la guerra antes que Daavos, pero el Consejo logró calmar las tensiones antes que las armas alzaran su voz.
Ante el creciente caos en el muelle los guardias del alto lord mandrell intervinieron al mando de su nieto; cerraron filas y escoltaron a ambas familias hasta el castillo. No se derramaría sangre, no todavía.
Las naves de Zonla arribaron a Isla Medialuna una hora más tarde, a tiempo para ver el cielo cubrirse con los magos de sangre de Tartharos y sus vespertylions: abominaciones que, según se rumoreaba, fueron creadas por los primeros magos de sangre.
Una bestia descendió lo suficiente para mostrarle los colmillos a la guardia mandrell —golosa ante una sangre nueva y exótica.
El rey Odrell Maxfield tuvo que improvisar, dejó su coloso de madera en las playas de Pozo Lunar —demasiado grande para conseguir amarre en Bahía Syrelia— y pidió a Celeste utilizar el mismo encantamiento que en Eldryan para reducir el tamaño de sus hombres.
Desde los ventanales altos del castillo, Deniel repasaba, uno por uno, los estandartes de Sthevyand. Buscaba un solo color entre todos. Merckles se aproximó, haciendo retumbar el bastón de madera sobre la roca lunar.
—Ya casi es la hora, alteza. La mayoría de los reyes han llegado.
Deniel no lo dejó terminar; sabía exactamente a quién esperaba y, sin ese rostro en la sala, revelar lo que sabía carecía de sentido.
—Solo falta Bahel. El invitado principal.
—Aunque no asista, la coronación se celebrará. No debe preocuparse por eso —dijo el anciano.
—La corona no me preocupa. Nunca lo ha hecho y no empezará hoy. La cambiaría por verlo negarse en mi cara cuando lo desmienta ante todos.
Se volvió hacia el viejo mandrell al tiempo que Arielle cruzaba el umbral, recién llegada de recibir en persona a los soberanos de Northderland. Su estancia en las aguas frías del reino de hielo había sido acogedora. Y divertida.
—Todos te están esperando, Deniel —dijo ella firme, cómplice.
El recorrido por el castillo fue un oleaje de emoción.
Cortesanos, guardias y sirvientes se inclinaron ante su futuro rey; lo saludaban con diligencia, ofreciéndole su apoyo para la batalla que estaba por librar.
Tras las grandes puertas que daban al jardín, lo aguardaban sus abuelos, vestidos con sus mejores galas.
—Me encargaré de las presentaciones —dijo Merckles, y se adelantó, desvaneciéndose tras la enorme puerta de plata.
—A partir de hoy sus vidas cambiarán por completo —dijo Egor—. Su abuela y yo estaremos aquí para guiarlos en lo que nos sea posible.
—Suenas a despedida —replicó Arielle, clavando en él la mirada.
—No soy joven como ustedes. Ya me queda poco en este mundo.
—Les queda lo suficiente para disfrutar muchos años, cuando restablezcamos el nombre de Selenya.
A Deniel le dolía siquiera imaginar perderlos. Bastaba con no tener recuerdos de sus padres.
—Estoy segura de que así será —dijo Alina—. Ahora, cumplamos con nuestro deber y terminemos con esto de una vez. No soporto a tantos intrusos en mi casa.
Alina jamás disimuló su ojeriza: llevaba años detestando a más de uno de los presentes, en especial a los que servían a Daavos.
La voz de Merckles fue la señal: no había vuelta atrás. Era hora de justicia. Arielle apretó la mano de su hermano y sostuvo su mirada; le prometía, sin palabras, estar con él hasta el final. Deniel le respondió con una sonrisa breve. Y fue suficiente.
—Bienvenidos a Selenya —proclamó Merckles—. Un reino renacido de las cenizas de una guerra sin precedentes. Nos empujaron al borde de la extinción y, aun así, hoy nuestro pueblo se alza para abrir una nueva era: la era de las sirenas.
Sirenas, tritones, mandrells, octopus e, incluso los humanos del castillo alzaron la voz en un clamor que hizo temblar las coronas de los invitados.
—Con orgullo celebramos la presentación oficial de nuestra princesa y la coronación del futuro rey de los mares y la luna.
Un rey justo y benevolente, feroz en su devoción por la defensa del reino.
Antes de presentar a los nuevos miembros de la corte, recibamos a nuestros regentes: el rey Egor Lightmoon, primero de su nombre, protector de los mares y señor de la luna; y a su lado, su majestad la reina Alina Lightmoon, segunda de su nombre, encantadora de bestias, protectora de los mares y señora de la luna.
Los guardias abrieron paso. Al salir de las sombras, erguidos e imponentes, robaron el aliento de la corte y de sus homólogos. Hubo murmullos, pero nadie se atrevió a decir palabra alguna, la fiereza de los reyes iba más allá del peligro.
—Llena de valor y de amor por su pueblo —continuó el viejo mandrell—, fue astuta para escapar, valiente para aventurarse a un mundo salvaje y fuerte para abrirse camino con voluntad de acero. Contemplen a nuestra princesa: Arielle Lightmoon.
—Es tu momento —dijo Deniel, soltándole la mano para dejarla ser la princesa que anhelaba.
Ella descendió los peldaños con elegancia y una frialdad asesina que heló a todos salvo a los regentes de Northderland: ellos conocían cada una de sus armaduras. Sabían que detrás de aquella imagen delicada que proyectaba el vestido de aguamarina y la corona, Arielle poseía el filo de un caballero.
Con la mirada, ella recorrió los rostros de los invitados, deteniéndose unos segundos en los repugnantes rostros de los perros que servían a Daavos.
—Separado de los suyos para sobrevivir —Merckles alzó la voz como nunca antes; golpeó el suelo con su bastón, era hora de que todos reverenciaran a su rey—, nuestro príncipe heredero se ocultó en el mundo humano.
Aprendió la cultura de su pueblo bajo la guía de la reina Alina, que lo formó hasta convertirlo en un príncipe digno de su apellido; capaz de devolver a Selenya la grandeza que le fue arrebatada.
Inclínense ante el futuro rey de Selenya: el príncipe heredero Deniel Lightmoon.
La corte de Selenya hincó la rodilla, renovando su lealtad al joven tritón.
Los reyes vecinos inclinaron la cabeza ante el filo de su aura.
Con la mirada rígida, Deniel inventarió invitados, fijó objetivos, eligió por quién empezar.
Sus ojos se hicieron témpanos al posarse en el asiento vacío del rey de Daavos: su presa favorita.
Imaginó drenarle cada gota de sangre en nombre de las sirenas y tritones caídos bajo el fuego de los dragones.
Deniel avanzó y se arrodilló ante sus abuelos, con la frente alta, para recibir oficialmente el poder de Selenya.
—Arrodillaos ante el príncipe heredero y futuro rey, Deniel Lightmoon, primero de su nombre; rey de la unificación, padre de la nueva Selenya, señor del mar y de la luna —entonó Merckles, guardando, como se le encomendó, el secreto de su poder de alquimista y guardián.
El anciano condujo el resto de la ceremonia hasta que el propio Egor ciñó la corona de Selenya sobre la cabeza de su nieto y exigió, con voz de trueno, el reconocimiento de sus iguales.
Iniciado su mandato, Deniel se puso en pie y tomó el tridente de Selenya, símbolo del poder que le entregaban la fuerza de los océanos y el pulso de la luna.
Al alzarlo, las voces de su pueblo conquistaron el castillo en un rugido de júbilo: canto de fuerza, de poder, de victoria…
una victoria a punto de medirse con la realidad.
El cielo se oscureció. Dos sombras mancharon las nubes y sus rugidos hicieron vibrar la tierra.
Las criaturas —detestables— desataron el pánico sobre la capilla; el murmullo y el asombro recorrieron el lugar de un extremo a otro, todos sabían de quién se trataba.
El batir de alas se hizo cercano hasta que el estruendo del aterrizaje quebró la firmeza de los guerreros apostados en los jardines.
Huyeron, aterrados, ante Draxo y Garvax.
—Disculpe mi retraso, alteza. Tengo la mala costumbre de llegar de último.
La sonrisa de Bahel fue cínica. Su sola presencia marchitaba el aire y lo cargaba de hedor a sangre. Y luego su mirada: una promesa de muerte clavada en el joven tritón.