Capítulo 81
“No quiero que me ofrezcas el mundo; solo deseo que me abraces y, al mirarte a los ojos, descubrir que sigo siendo el único reflejo en tus pupilas”.
Los últimos días del otoño transcurrían en calma sobre Selenya: sin guerra, sin nuevas dentelladas de Hades.
Durante las dos semanas recientes, los selenenses se entrenaron sin descanso, tal como se lo habían jurado a la corona.
En los bosques, Elyot y Asher dirigían los simulacros: desmenuzaban ventajas y flancos, probaban a mandrells y sirenas por igual y recreaban escenarios que podrían hallar frente a los maggiums terrestres.
Como remate, Emmond y las hijas del alto lord de Pozo Lunar los ponían a prueba enfrentándolos a los octopus de Arielle.
No bastaba con blandir espada o tridente; había que aprender a mirar de frente a la magia, como lo hacen los caballeros de Ashanty.
Por otra parte, Emmond pasaba las noches cercado por los muros de su alcoba, memorizaba los hechizos del Libro de Merlín y domaba el ímpetu de sus dones.
Con un núcleo forjado con la fuerza de los guardianes, cualquier encantamiento, por humilde que fuese, crecía hasta el exceso.
Celeste tuvo que imponer rutinas de autocontrol antes de que el castillo pagara el precio.
Layla también se quedó en Selenya, prendida a lord Nerus día tras día.
Pasaban horas leyendo y examinando los restos del diamond y las plantas halladas en las cuevas.
Ella volvió hecha una guardiana completa; el Árbol Sagrado le dejó obsequios que abrieron su entendimiento sobre la Phallius campellie .
Aun así, por más que buscó un antídoto contra el veneno de los lyrkkans, chocó una y otra vez con la misma pared, faltaba algo en la fórmula, y no eran flores ni cristales desechados por las criaturas.
No muy lejos del castillo, a la orilla del lago, Xerex montó guardia hasta que terminaran el domo prometido por el tritón y su jinete.
En gratitud, no aflojó con Royce: lo hacía entrenar hasta el cansancio cada día.
Debía volverse un auténtico Rey Dragón antes de reclamar el trono.
Su forma de guardián obedecía a la perfección esas exigencias, pero no alcanzaba.
En sus escamas, Xerex presentía que Bahel escondía un truco sucio relacionado con la muerte de los dragones.
Royce era la única esperanza de restituir la armonía entre dragones y jinetes; solo él podría acabar con la aberración que se gestaba a la sombra de la corona de Daavos.
Deniel y Arielle pasaban la mayor parte del tiempo en el salón de guerra, reunidos con los altos lores : tomaban el pulso del reino y bebían de la experiencia de sus abuelos.
El reciente regreso de las sirenas encendió la curiosidad de todos los reinos; una procesión de naves pedía audiencia con sus regentes y, sin embargo, todas eran rechazadas por los guardias del Señor de Costa Dorada, convertido ya en el puño de hierro de la corona.
Nadie debía descubrir lo que escondían las aguas azules de Selenya, y mucho menos entorpecer la revolución que latía en las ciudades terrestres.
Lord Tyrsson y sus hijos lograron infiltrarse en los ejércitos de ambos bandos y enviaban informes semanales, detallando el avance metódico de los rebeldes.
—Mañana es el gran día —susurró Royce, acercándose a Deniel por la espalda.
El tritón miraba la luna sobre el mar desde el ventanal, intentando despejar la mente.
Al sentir el abrazo, se volvió hacia él.
—Mañana es el gran día que marcará el nuevo comienzo de Sthevyand… o su destrucción.
—Pase lo que pase, no estarás solo.
Los ojos azules de Deniel titilaron con un hilo de esperanza.
Eso, al menos, era verdad: sus amigos no lo abandonarían, y Royce seguía allí, anclándolo a la cordura.
Abrumado por el miedo y por la pasión, alzó la mano y le rozó el rostro.
Royce ladeó la cabeza para recibir la caricia; dejó que aquel contacto leve aquietara su pecho.
Con ternura en la mirada, buscó la boca del tritón.
La breve distancia se encogió y el tiempo se detuvo en el beso dócil.
Cuando sintió los brazos de Deniel aferrados a su cuello, lo condujo hasta la cama sin romper el beso y lo dejó caer con suavidad sobre las sábanas.
Deniel no podía pensar en nada más que en tenerlo, el jinete parecía un antídoto contra todas sus dudas.
Royce se apartó despacio y le sostuvo la mirada mientras se quitaba la camisa.
Una curva de lujuria asomó en sus labios al verlo recorrer con la mirada, descaradamente, cada uno de sus músculos.
Sin pudor, tomó su mano y la guio por el relieve del pecho y el abdomen, haciéndole sentir la vida bajo la piel.
Deniel se mordió el labio; sus ojos brillaron con picardía mientras la mano seguía un descenso peligroso hasta la viva y pulsátil tela del pantalón.
La sonrisa del jinete hablaba por él, adoraba cuando su amante se dejaba arrastrar por el deseo y mostraba ese filo seductor que lo arrastraba a la locura.
—Ya sé por qué me resistí tanto a ti. Siempre supe que serías mi perdición.
—Te dije que terminarías amándome —replicó Deniel, lamiéndose los labios para tentarlo.
Su plan se cumplía sin esfuerzo. Royce lo despojó de las prendas y lo giró con una suavidad, le mordisqueó la oreja y enredó los dedos en su nuca.
La espalda blanca de Deniel se bañaba con la luz de luna que se colaba por los ventanales.
A Royce le gustaba tenerlo bajo su peso; le gustaba el sabor de esa piel cediendo en cada beso en tanto descendía por la palidez.
Exploró esa sensibilidad y fue conquistando territorio hasta ajustar la voz del tritón a los gemidos que tanto amaba.
Se aferró a sus caderas y arrancó melodías escandalosas que Deniel hubo de ahogar en el refugio mullido de las almohadas.
—Arrancaré cada gemido en tu garganta —susurró Royce, gozando de la mirada extasiada del tritón; el cabello, revuelto, le velaba el rostro y encendía el azul de sus ojos: inocencia y lumbre, la mezcla que le incendiaba el cuerpo.
—No te detengas —gimió Deniel, mientras se acomodaba frente a él para entregarse al placer.
Royce volvió a los besos y se ancló al cuello de Deniel, justo sobre los dos lunares que punteaban aquella piel sensible.
Lo sujetó, le robó el movimiento, y entonces los cuerpos comenzaron a hablar por ellos: cadera contra cadera, en un vaivén que se hacía cada vez más hondo.
Las preocupaciones fueron expulsadas de sus mentes, hasta dejarles solo el recuerdo de la intimidad y el deseo.
Deniel le afianzó la cintura, marcándole el sitio exacto; lo quiso más cerca, más dentro de él. Lo quería todo y, a la vez, olvidarse del mundo, de Hades, de Sthevyand: solo sentir el amor de su amante, su fuego derritiéndole la piel y el alma. Borrar el mañana. Ahora, solo importaba él.
Sus jadeos se volvieron firmes, aunque irregulares.
La energía de cada embestida trepaba por su columna y le envolvía la mente en un frenesí que ya no parecía de este mundo.
Deslizó las manos, tomó el rostro de Royce y lo acercó; lo miró sin pudor y sonrió, diciéndole, sin palabras, que lo quería allí, justo en él.
El fuego de su boca no se contuvo: lo abrazó y lo devoró como si sellara un pacto que minuto a minuto los consumía y los hacía uno.
Esta vez, Deniel tomó el mando. Se alzó sobre Royce e hizo danzar su cuerpo en un ritmo malditamente perfecto que obligó al jinete a alzar la cabeza en busca de aire, con los gemidos tropezando entre ambos.
Aprovechó la ventaja y lo llevó al borde: lamió su cuello, besó cada centímetro de piel, hundió los dedos en el cabello oscuro, hasta adueñarse de su mente y su cuerpo.
Royce soltó el freno de sus fantasías. Lo sujetó con fuerza, lo arrastró hasta el espaldar de la cama, lo ciñó por la cintura y apoyó el antebrazo en la pared para domar el ímpetu que volvía a tomar la delantera: esta vez más pasional, más enérgico.
Había perdido el juicio ante los gemidos de Deniel y ese aroma a sal y luna que le llenaba los pulmones.
El ritmo se volvió firme, urgente. Calor contra calor.
Hasta que el éxtasis los abrazó y los reunió en el mismo temblor, en la respiración entrecortada del caprichoso deseo.
—Te amo… Deniel —jadeó Royce perdiendo el aliento.
—Te amo… Royce —susurró Deniel, rendido en los brazos del jinete.