Corona de Sal y Luna Capítulo 80
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Capítulo 80

“Solo las mentes débiles creen en los límites”.

—Este es el Libro Blanco con el que convoco a los guardianes —indicó Celeste.

El salón contuvo el aliento. No solo por el volumen que resplandecía en su mano; el tomo oscuro, en las manos de Emmond, sembró un rumor de dudas que se extendió como escarcha.

—El libro que sostiene mi discípulo es el legendario Grimorio perdido de Merlín.

Celeste no alcanzó a decir más: Nerus la cortó con voz de decreto.

—Todos los libros de Merlín fueron sellados en sangre. Nadie, salvo él o su estirpe, puede abrirlos.

—Su agudeza abruma, alto lord de Pozo Lunar. No me sorprende que haya sido el único maggium, fuera del círculo de hechiceros, invitado tres veces al Consejo. —Alzó la voz Celeste, para que resonara en cada piedra—. Emmond desciende de Merlín. Es el único que puede acceder a sus hechizos.

—Si confías secretos, confía los nombres —intervino lord Merckles, sospechando la naturaleza de Deniel.

—Los guardianes están aquí —dijo Celeste—. Todos, excepto la guardiana de la luz y el cielo. Ella aguarda en su templo.

Las miradas de los altos lores saltaron de Celeste a los jóvenes, y de ellos a los regentes de Selenya, que sostenían la calma como una armadura.

—Les presento a Asher Argent: no solo hereda el prestigio de su padre; sostiene la barrera que separa nuestro mundo del de los humanos.

Merckles sonrió de medio lado; las piezas encajaban.

Nerus estudió al muchacho, enlazando indicios; Berath alisó su barba blanca, leyendo cada gesto de Asher.

Royce también cargó con los ojos ajenos.

Arielle, imperturbable, repasó la máscara del jinete: la idea de que él fuera un guardián le encendió un asombro que no dejó asomar.

—La princesa Layla Hildegard porta el poder de Essen —prosiguió Celeste—. A su lado, Royce Worrel: señor de los dragones y elegido del dios Arclas.

El silencio se tensó como una cuerda cuando las miradas saltaron del enmascarado a los príncipes de Selenya. Uno de ellos debía ser el siguiente.

—Por último, nuestro futuro rey, Deniel Lightmoon. Tritón nacido bajo la bendición de la luna y el océano. Sucesor de la guardiana Seleen Hartley.

El estruendo de rodillas y espadas golpeando el mármol hizo eco como un juramento. Todos se inclinaron ante el heredero, renovando su lealtad. Fuera Bahel o Hades, lo seguirían hasta devolverle la gloria a Selenya y la paz a Sthevyand.

Arielle se acercó con una sonrisa que venía de lejos, recordó al pequeño tritón que aleteaba torpe la primera vez que visitó el arrecife con sus padres; miró al hombre en que se había vuelto y supo que aquellas muertes no serían en vano.

—Serás un guardián, pero sigues siendo mi hermanito pequeño. No te dejaré solo en esta aventura.

—Me alegra saber que cuento contigo.

—Y conmigo —Royce dejó caer un brazo sobre los hombros de Arielle con su mejor sonrisa.

—Aunque seas un guardián, te haré pedazos si me das algún motivo.

—Lo sé —repuso Royce, retirando el brazo. Le convenía tenerlos a ambos si pretendía enfrentarse a su tío.

Layla rio al ver al jinete recular, el terrible dragón temiendo la furia de los mares.

—Tu pueblo te espera, Deniel —señaló Celeste a la corte, aún de rodillas.

—Nos espera —corrigió él, tomando la mano de Arielle—. El trono también es tuyo.

Los príncipes ocuparon su lugar frente a la corte con una seguridad nueva, dispuestos a devorar a quien se interpusiera.

—No deben depender de nuestros dones —advirtió Deniel—. Si fallamos, ustedes tendrán que ser el muro. Con los cristales de sangre alistaremos el ejército de mandrells, pero no bastará para ganar. Solo el esfuerzo y la unidad nos darán la victoria.

Los lores alzaron un grito de batalla. No importaba el rostro del enemigo, lo derrumbarían por su rey.

—Así será, alteza —dijo lord Tyrsson, inclinándose—. Traigo buenas nuevas, las ciudades terrestres están a nuestras órdenes. Una instrucción suya y sus regentes caerán.

—Buen trabajo, alto lord de la casa Shellsea. Pero guardemos la sorpresa para la coronación, quiero ver el gesto de sus reyes cuando les arrebate las coronas frente a todo el reino.

—No es la única sorpresa. Nuestro prisionero, Ronnald Mlambo, es hijo del rey de Ashanty. Su padre lo envió a asesinar a Asher. Cantó todo en las mazmorras.

—¿Sigue con vida, Arielle?

La expresión de la princesa fue espeluznante. Sin embargo, bastó para confirmar que el prisionero respiraba.

—No podemos enemistarnos de golpe con el reino de los caballeros mientras aún forjamos el nuestro. Expondremos las intenciones de su regente durante la coronación y daremos un ultimátum a Ashanty: o desisten de su plan o serán considerados enemigos de Sthevyand por intentar asesinar a un guardián.

Deniel miró a Asher y le sonrió, como quien posa una mano desde lejos. Esta vez no estaba solo, tenía un reino entero cubriéndole la espalda.

—Quisiera ayudar a entrenar a los mandrells —dijo Asher dando un paso al frente.

No permitiría que otros sangraran por él.

—De acuerdo —afirmó Deniel.

Neherynia pidió la palabra. Había instruido a tritones y octopus durante la ausencia del príncipe, y el brillo de su mirada la delataba, había encontrado su ambición. No descansaría hasta ser la sirena más poderosa de Selenya.

—La magia de nuestro pueblo se ha templado. Nuestros guerreros ya pueden medirse con cualquier maggium de Sthevyand.

Emmond la secundó. Aun sin canalizar, estaba dispuesto a entregar saber.

—Ayudaré en cuanto tenga mi varita —dijo.

La ceja de Deniel se arqueó; Emmond entendió.

—En Ciudad Sagrada rompí la anterior para vencer a un mago de sangre. Una amiga me envió un cuerno de unicornio y esta pluma para forjar otra.

Deniel se puso en pie. Entre los volúmenes de Nerus había leído algo que quizá serviría.

—Haré una varita digna del heredero de Merlín.

Lord Nerus sonrió ladeado. Gran parte de su biblioteca ya vivía en los aposentos del príncipe, y por sus visitas sabía que la había devorado.

El plan que permitió a los mandrells adoptar forma humana era prueba suficiente.

Pero esto era otra cosa, crear una varita exigía un poder espiritual y mágico descomunal.

Incluso para coryns veteranos, era extremadamente complejo.

No intervendría, quería ver hasta dónde alcanzaba el poder de su futuro rey.

—Cada uno de nosotros pondrá una porción de su don de guardián en el núcleo —propuso Deniel.

—¡Estás loco! No podrás —saltó Arielle—. Forjar un núcleo es difícil y peligroso, incluso para un coryn .

—Arielle, hay cosas de mí que aún no conoces.

Podría sonar a terquedad, pero el tritón sabía lo que hacía. Era arriesgado, incluso para él, y aun así confiaba en su alquimia. Ya la había invocado para salvar a Royce, para unificar su magia en los entrenamientos con Celeste; ahora la usaría para crear un arma verdadera contra Hades.

Elevó el cuerno y la pluma; los hizo girar sobre sus cabezas.

Pidió a los guardianes una gota de poder.

Layla batió las alas y dejó escapar polvo de hada: las partículas buscaron la pluma y se quedaron allí.

Royce siguió: convocó la llama dorada de Xerex que le corría por las venas.

El calor se prendió a la pluma; no la consumió, pero doró sus fibras.

Deniel arrancó dos cabellos, uno rubio, otro azul, y los arrojó al remolino.

El poder rugió. La onda los obligó a retroceder.

—¡Deniel! —gritó Arielle, echando a correr.

—¡Atrás! —ordenó él, y Royce la sujetó.

Arielle lo taladró con la mirada. Temía que la fuerza se desbocara; no pensaba perderlo tras tantos años contemplándolo desde la distancia.

—Si algo le pasa, serán dos guardianes menos.

—Estará bien. Sabe lo que hace —dijo Royce, ocultando el temor tras la máscara.

Las escamas le afloraron en los antebrazos; las venas doradas encendieron su pulso, y el color de sus ojos reaccionó al golpe del miedo.

Atrapada en sus brazos, Arielle alzó la vista, no tenía su olfato, pero sentía en su piel el zarpazo de cada descarga sobre Deniel.

Comprendió que él también estaba aterrado, y aun así confiaba.

“¡Rayos!”, maldijo Deniel por dentro. La presión le quebraba los hombros. Podrían llamarlo soberbio; no importaba. Tenía que lograrlo por Sthevyand. Sería la única oportunidad de reemplazar a cualquiera de ellos si caían.

Cuando los elementos encajaron, la energía le escoció la piel, como si la magia quisiera devorarlo. No le importó. Era el momento de su arma secreta. Liberó el canto y volcó en la voz la mayor parte de su fuerza.

Los impactos cedieron. El siseo de la magia obedeció a la melodía.

El resplandor desigual se volvió uno y las piezas se fundieron.

El cuerno se afinó y se volvió esbelto, plata viva cuando el cabello dorado del tritón se hundió en él.

La hebra azul dibujó espirales hasta la punta, donde el brillo de hada cristalizó en un diamante límpido.

Las llamas del jinete anidaron en la base, forjando una empuñadura dorada con cabeza de dragón; una lengua de fuego quedó tatuada en el cuerno, como si el propio Xerex lo lamiera.

El espectáculo concluyó, la luz fue absorbida por la varita en un último golpe, y descendió hasta posarse en las manos de Emmond.

Royce dejó a Arielle y corrió hacia Deniel. Al tocarlo lo sintió arder; se contuvo. No regalaría a los altos lores el dato de cuánto lo agotaba la alquimia. Deniel le ofreció una sonrisa mínima que apagó la alarma en sus ojos.

—Tienes el don de la alquimia en la voz —dictaminó lord Nerus, avanzando.

La mirada del jinete bastó para frenarlo a un metro.

Nerus sería quizá el cortesano más poderoso de Selenya, pero tampoco él debía conocer el costo.

Al menos, Deniel seguía en pie y disimulaba la respiración.

El tritón asintió en dirección a Nerus, hablar ya era pedirle demasiado a su cuerpo.

Podían saber que manejaba la alquimia; no que, por ahora, lo debilitaba.

Celeste le había prometido que, con tiempo y control, la alquimia cedería hasta volverse un hechizo más en su arsenal.

—Muéstranos el poder de la varita —pidió Nerus.

Emmond se acercó al ventanal. Alzó la mirada. Cuánto había soñado con invocar relámpagos como los de Deniel. Sería justo que el primer conjuro naciera de la magia de las sirenas.

—¡Fulgura!

Su voz se hizo energía, golpeó el Libro de Merlín y lo abrió al medio; cruzó a la varita y un rayo hendió el cielo, cayendo sobre Bahía Syrelia. Emmond sonrió con la alegría voraz de un niño. Miró la varita, luego, a los suyos, aún le costaba creer el poder que sostenía.

—Ahora sí estamos listos para la coronación —dijo Deniel, tomando la mano de Arielle—. Listos para dirigir Selenya, como hubiesen querido nuestros padres.

Los reyes se acercaron a sus nietos y les mostraron, sin reservas, lo orgullosos que estaban. Las miradas de los altos lores se volvieron densas cuando los guardianes y Celeste cerraron filas junto a ellos, tenían ante sí la bendición de su tiempo y, sobre todo, a su futuro rey.

Lord Nerus aprobó la coronación de Deniel y, con un leve gesto, reconoció a Arielle como su princesa.

Lord Berath sonrió, el presentimiento de ajustar cuentas con Daavos le palpitaba en los huesos.

Merckles golpeó el suelo con el bastón, orgulloso de servir a una corte que no volvería a denigrar a nadie.

Una corte con cimientos firmes y un rey por el que estaría dispuesto a morir.

Lord Tyrsson midió el poder del príncipe, y su mirada alcanzó también a la octopus; vio grandeza, reconoció los sacrificios.

Desde ese instante, ambos serían dignos de su respeto.