Corona de Sal y Luna Capítulo 79
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Capítulo 79

“Los buenos amigos no se miden por años, sino por la paz que su sonrisa nos devuelve”.

El alba ya ensayaba sus naranjas y rosas detrás de la línea del mar. Mientras el castillo soñaba, Deniel, Royce y Roger agotaban las últimas palabras en la playa más apartada. En su visita a la aldea de los enanos descubrieron la mentira del gigante.

—¿Lo sabes todo, verdad? —preguntó Deniel, apartándose el cabello que la brisa le arrojaba a los ojos.

Roger bajó la cabeza y llenó los pulmones. Había sido un error callarlo; aun así, tras oír a Edwin y asegurar su apoyo para recuperar Puntadiamante, no se arrepentía.

—Sé que ustedes son guardianes y que Hades vive. Sé que él envió a los magos de sangre por los cristales. Debí decirles la verdad y no mentirle a Celeste.

—No te flageles por eso —masculló Royce, ladeando la cabeza hacia Deniel—. Al parecer está de moda.

—Sé lo que estás sintiendo —siguió Deniel con una empatía aprendida a golpes—: que te arranquen la familia, que masacren a tu pueblo por codicia.

Te ayudaremos a recuperar tu trono y a devolver las Tierras de Acero a los gigantes; pero hay una amenaza mayor.

Su sola presencia pone en riesgo todo lo que amamos.

Para ayudarnos a detenerlo, tendrás que olvidar todo lo que sabes de nosotros.

Roger no tenía garantías de nada; alzó la vista y vio dos sombras cortar el horizonte.

Al acercarse, el contorno se hizo más nítido: dos dragones.

Xerex y Roxé volaban bajos, peinando los últimos velos de la noche.

El gigante, al ver a las criaturas, recordó cómo Deniel y Royce lucharon en la aldea por los cristales, cómo vengaron a Melton.

Las entrañas le dijeron que aquellos dos decían la verdad.

—Estoy dispuesto a olvidar, si prometen ayudarme.

—Recuperaremos tu ciudad —afirmó Deniel, clavando los ojos en los del gigante. Tensó la magia en su voz y arrancó de su memoria las últimas horas: la aldea enana, el secreto frente a la oficina de Celeste.

—Olvidarás lo ocurrido ayer. Si te preguntan, estuviste entrenando en el bosque.

El batir de alas alzó remolinos de arena. El golpe del aterrizaje hizo vibrar la playa con un estruendo que, por fortuna, no alcanzaría el castillo. Roger los observó con reverencia y temor mientras su mente se reordenaba bajo el encanto.

Royce montó a Xerex en un segundo, no sin dedicarle una sonrisa a Deniel, que trepaba con cautela por la pata de Roxé.

Impaciente por volar y agria por no ver a Amarys, la joven dragona empujó al tritón con el hocico hasta hacerlo caer en la silla.

Aún fantaseaba con escaparse al castillo, llevarse a la princesa y arrojar al maggium de agua al mar para que regresara nadando.

Enderezó el cuello y dejó en el aire una reprimenda de vapor.

Antes de que Deniel ajustara la cincha, ya iban rumbo a Selenya, tal como había prometido a Arielle. El reino entero lo aguardaba para su coronación, viva o no la sombra de Hades, su pueblo lo necesitaba.

Bahía Syrelia fue suelo y alivio. Deniel jamás había deseado tanto la tierra; hasta una caída de cien metros en el océano le parecía más amable que estar sobre un dragón.

Royce ordenó a Roxé moderación en el descenso y le permitió bajar con calma por la pata.

Arielle se acercó con cautela: detestaba a los dragones, y ya tenía bastante con que su hermano compartiera cama con un daavonense.

—Justo a tiempo para el encuentro con los altos lores .

—¿Encuentro con los altos lores ? —repitió Deniel, aferrándose a la primera palabra.

—En cuanto confirmaste tu llegada, lord Merckles exigió convocarlos. Tu coronación como príncipe heredero se acerca y debes prepararte. Te tocará lidiar con cada rey de Sthevyand. Incluido Bahel.

El nombre del usurpador crispó a Royce: apretó los puños como si ya cerraran una garganta. También él tendría que prepararse; sería la primera vez que enfrentaría a su tío desde su falsa muerte.

Los altos lores aguardaban en el salón del trono en Sel: algunos ansiosos por saber qué traía el joven príncipe; otros, recelosos, aunque dispuestos a reconocer un trabajo digno de la corona.

Al cruzar el umbral, Deniel vio primero a sus abuelos; después, el gesto jubiloso de Merckles; al final, los ojos fríos, pero menos gélidos que de costumbre, del alto lord Tyrsson Beltram.

El viejo tritón inclinó la cabeza. Deniel respondió con una reverencia sobria, aristocrática, y le regaló una sonrisa ladina; esperaba de él solo buenas noticias.

—Te escucho, alto lord de la casa Mandrell. ¿Qué noticias me traes del nuevo ejército? —preguntó Deniel, con la firmeza de un rey más que con la cercanía de un amigo.

—Debo admitir que me asombra su destreza con los cristales de sangre, alteza —respondió Merckles—. Los cien guerreros que portan los collares siguen entrenando en tierra; su progreso es extraordinario. Mi nieto podrá exponerlo mejor.

Las miradas cayeron sobre el joven. Avanzó hasta el borde de la escalinata, inclinó la cabeza y habló:

—El avance es rápido. En un día nos acostumbramos a las piernas; ya sostenemos combate en tierra. Con un poco más de tiempo estaremos a la altura de los guerreros terrestres.

—Lo estarán —concedió Deniel—. Traeré a alguien de Eldryan para pulir su adiestramiento. Y, además, tengo una sorpresa.

Le hizo un gesto a Royce. El jinete descolgó el morral y lo volcó a los pies del príncipe.

Cayeron fragmentos de cristales de sangre, vivos como brasas recién nacidas.

—Con esto forjaremos más collares.

La sonrisa de Merckles encendió el salón. Desde Selynee, ningún soberano se había ocupado tanto de los suyos; ninguno había defendido con tanta claridad su derecho a la corona como ese tritón al que, además, le debía la vida.

El resto contuvo el aliento. Los cristales devolvieron destellos a ojos hambrientos de respuestas.

Deniel los leyó uno por uno. Revelar a Hades o callar: esa era la grieta.

Por mucho que deseara mantener a su pueblo fuera de la marea que cargaba, sabía que sus actos repercutirían en Selenya.

Nadie quedaría indemne cuando la amenaza estallara bajo sus narices.

La decisión se quebró sola. En medio del salón se abrió una costura de luz.

Deniel no se inmutó: solo una persona podía cortar el aire así.

Celeste cruzó primero; la herida luminosa no se cerró.

Tras ella llegaron tres figuras que pisaron por fin el mármol de Sel.

Emmond se situó a su derecha con un pequeño cofre entre las manos.

A la izquierda entró Asher, y con él Layla, cuyas alas derramaron sobre el salón un abanico de colores.

—¿Cómo has estado, viejo amigo? —saludó el hada, sin apartar la vista de Deniel.

—¡Layla!

Deniel no bajó los escalones: los olvidó. No creyó en fantasmas ni en espejismos. No había tiempo para dudas; solo para el abrazo. En ese instante dejó de ser príncipe, de ser guardián, de ser tritón: solo fue un muchacho que quería recuperar a su amiga.

—¿Cómo es posible? Te vi desvanecerte.

—El Árbol Sagrado me ayudó a despertar mi poder y me mostró lo que ocurrirá si no detenemos el mal que se acerca.

—Ahora mismo solo me importas tú —dijo Deniel, volviendo a estrecharla mientras las lágrimas se le escapaban—. No sabes cuánto te extrañé.

—También los extrañé. A ambos —dijo Layla, tendiendo la mano hacia el jinete para reclamar su abrazo.

Desde que se unió al grupo, Royce hizo de Layla algo más que una amiga; en ella encontró un remiendo para el hueco que dejaron los años sin Amarys. La quiso como a una hermana. Su partida temprana rompió una pieza en él que creyó irrecuperable.

Emmond y Asher aguardaron en silencio, a la orilla de la escena, con sonrisas tensas que retenían el llanto. Aun viéndola allí, a un palmo, la duda les arañaba la certeza. Deniel los llamó; y el abrazo, breve y feroz, remendó la hebra que ni la muerte había podido cortar.

Entonces Celeste se acercó. No buscaba calor; venía a cerrar una conversación pendiente.

—Les debo una disculpa. Y una muy grande a ti, Deniel.

Se apartaron, dejando al tritón frente a la hechicera. Todos, menos Royce, quedaron perplejos, tratando de leer el filo de sus palabras.

—Les debo una disculpa por mi falta de confianza —prosiguió—. Por mirarlos como el arma que salvará el reino y no como lo que son: seres capaces de maravillas, pero atravesados por el amor y el dolor como cualquiera.

»Siempre supe que Layla estaba viva; el Libro Blanco me lo mostró. Pero necesitaba saber si podían soportar la ausencia de uno de ustedes. Necesitaba saber si comprendían por qué el reino descansa sobre sus hombros.

El silencio pensó por ellos. Emmond creyó que su mundo terminaba cuando lo rechazaron por traición; luego, luchando por el Libro de Merlín, entendió que los errores cuentan menos que la insistencia de quien se queda a pelear por los suyos. Esa era la amistad: proteger, incluso cuando duele.

Asher dejó entrar las palabras de la anciana.

Su camino se volvió cuchillo cuando solo quiso matar por Layla.

El honor, al borde de quebrarse, se sostuvo en manos amigas que no lo soltaron.

Comprendió entonces que luchar por quien ya no está también es honor, y más aún si ese combate salva vidas inocentes.

Layla no olvidó el futuro que el Árbol Sagrado le hizo mirar durante tres días: Hades, Kayla y sus atrocidades; la sombra sin rostro con garabatos rojos por sonrisa y mirada.

En el mundo espiritual vio con claridad lo que debía hacerse de fuerte.

La culpa de ver a sus amigos consumirse encendió a la guerrera que llevaba dentro: solo necesitaba valor.

Aprendió que temblar no impide avanzar si es por el bien de otros.

Royce sintió el peso de Celeste. Su soberbia lo empujaba al fracaso, a un destino como el de Layla o peor, sin regreso; a convertirse en la pesadilla de un ser amado.

Lo vio en los ojos de Edwin: la reprobación, el desprecio, la decepción.

Pero también escuchó el llamado a pelear por los débiles, a derribar tiranos como su tío.

Entendió que ser fuerte no es demostrarlo para convencer a otros; a veces, pedir ayuda para acabar con el dolor y la tristeza también es una forma de fortaleza.

Deniel cruzó miradas con Celeste, luchando contra su orgullo y reconociendo su error, asumiendo que no siempre tendría la razón y que, en ocasiones, los sentimientos podrían llevarlo a destruir todo cuanto ama.

Recordó la mirada aterrada de Edwin y supo lo que significaba seguir el camino de la venganza.

Reconoció lo caótico que podía volverse si el poder lo envenenaba.

Comprendió las palabras de Celeste cuando le ordenó eliminar a Asher si fuese necesario.

Y aceptó que la responsabilidad también es una forma de amar.

—Soy yo quien debe disculparse —dijo al fin—. No debí actuar así.

—Sin duda, ayer todos aprendimos algo: ustedes, a hacerse respetar; y yo, a escucharlos —sentenció Celeste, orgullosa, sobre todo de Deniel.

—Es hora de revelar verdades —anunció él—. Si estamos de acuerdo. La guerra que viene no la ganaremos solos, y no arrastraremos a un pueblo ciego a lo que ignora.

Deniel recorrió el rostro de los guardianes y se detuvo en Celeste. La decisión final le pertenecía: permitir que Selenya viera renacer las últimas esperanzas antes de que la oscuridad los tragara.

—El reino los necesita —aseveró ella—, y ustedes a él.

Fue suficiente. En los guardianes prendió una confianza nueva, la libertad de asumir su destino, de avanzar y pelear por la paz que el reino merecía.

—Selenya se alza de nuevo para recordarle al mundo cuán fuerte es. Pero no bastará para enfrentar el mal que acecha en las sombras. Un mal vencido que regresó de las tinieblas en busca de poder. Ese mal no es Daavos con su guerra en las Tierras de Acero; ese mal se llama Hades.

El asombro recorrió los rostros como una oleada; las miradas, incrédulas, se clavaron en Celeste, a quien veneraron durante años por sellar a su hermano. Ella no respondió a ninguna; confió en que Deniel sabría manejarlos.

—Celeste hizo lo que nadie logró en más de una década —prosiguió Deniel—.

Aun así, ese mal escapó y permaneció oculto, reuniendo un ejército bajo nuestras narices para volver en el momento más crítico y tomar el mundo mágico casi sin esfuerzo.

Celeste nunca quedó conforme con aquel desenlace y tomó precauciones: buscó a los guerreros que devolverían la paz a Sthevyand de una vez por todas. Reunió a los legendarios guardianes.

La palabra, arcaica y temida, pareció resucitar ecos de otro tiempo. Habían pasado más de mil años desde que los guardianes caminaron la tierra. Incluso los eruditos más viejos juraban que los dioses habían roto su vínculo con los maggiums; prueba de ello era la ausencia de elegidos.

—¿Esto es una broma?

El alto lord Berath Taldross rompió el silencio. Avanzó un paso hacia la hechicera con un tono ambiguo, filo de reproche y burla.

—No supe de mi error hasta hace poco más de cinco años —dijo Celeste—.

Los sacerdotes y yo hallamos evidencia de que Hades seguía vivo, usurpando el cuerpo de otro.

Me bastó leerle la mirada y su magia para reconocerlo.

No creí que pudiera burlar mi hechizo. Informé al Consejo y me vi obligada a traer a los guardianes a Eldryan para prepararlos para este día.

—Si lo que dices es cierto, eres la sacerdotisa del Libro Blanco . Muéstralo, para creer. — Lord Nerus secundó la exigencia, reclamando una respuesta a la mentira que les habían hecho tragar durante tanto tiempo.

Celeste alzó la mano y el Libro Blanco se manifestó.

Bajo la vista de todos, se abrió de golpe y estalló en un resplandor frío y etéreo.

A su lado, Emmond sintió la energía reverberarle en la piel; las venas le ardieron como si cien hechizos pugnaran por salir.

Se dejó arrastrar por el cauce, imitó a Celeste y, sobre la palma de su mano derecha, surgió el Libro de Merlín .

Asustado, buscó a la hechicera con la mirada.

¿Qué haría ahora? ¿Cómo esconder un secreto que la luz le arrancaba de cuajo?

Celeste sonrió. Ya no había marcha atrás. Tocaba creer en los altos lores , y para eso era vital revelar la identidad de los guardianes.