Capítulo 78
“No hay nada más doloroso que los recuerdos cuando vuelven en la soledad de la noche”.
El silencio tendió su manto sobre Eldryan.
Para algunos, la noche era un prodigio; para otros, el remate de un día doloroso.
En la torre de caballeros, a solas, Asher levantó la vista al cielo buscando en el titilar de las estrellas la mirada de Layla.
El recuerdo del hada era un dulce veneno que le devoraba el alma; se había vuelto adicto a invocar su rostro a cada hora, temeroso de cargar la vergüenza de haberla olvidado.
La luna le devolvió el brillo de sus ojos cuando le regaló su último “te amo”.
Primero el sollozo, luego la lágrima y, al final, el cuchillo del dolor.
Esa era la secuencia de cada noche, a la que se aferraba por feroz que fuese.
Un suspiro cruzó la habitación antes de que el olor a rosas y jazmines se colara por los ventanales, trayéndole el perfume primaveral de Layla.
Pensó que era un sueño, otra fantasía cruel después de tantas pesadillas.
Las paredes se cubrieron de enredaderas y flores que avanzaron hacia él, rozándole la piel como una caricia.
Suspiró de nuevo, rezando para que el sueño le devolviera al hada una vez más.
Necesitaba besarla, aunque al despertar solo quedara en sus labios el amargo anhelo de ese deseo.
En una tormenta de pétalos la figura de Layla se materializó frente a él.
El vestido rosa, ceñido y limpio, era digno de una princesa capaz de domar bestias con la sola estela de su belleza.
Las filigranas doradas realzaban su brillo bajo la iridiscencia de sus alas: un espectáculo que ni los libis podrían igualar.
Asher sonrió ante la visión. La sintió tan real al tacto en su mejilla que cerró los ojos para contener sus lágrimas.
—Te extrañé.
Aquella voz, melodía pura, estalló en sus oídos. Jamás creyó que un sueño pudiera ser tan real; tan deliciosamente cruel como para no querer despertar.
—He vuelto, Asher.
El caballero abrió los ojos de golpe. Aún se aferraba a la idea del delirio, pero palideció al tocarla y reconocer la textura de su piel. Sin fiarse del todo de lo que veía, se arrojó a su abrazo y el llanto lo sacudió sin remordimientos.
—He regresado a ti. —Layla se inclinó y posó los labios sobre los de Asher, reclamando el beso tantas veces añorado.
Desesperado, él le cedió cada rincón de su boca.
Seguía en shock , pero se recomponía al compás de la fuerza de sus brazos, como si ella tirara de su alma desde el pozo oscuro donde había caído.
Convencido por fin, la recostó de espaldas en la cama, aprisionándola para impedir que otro árbol de los demonios volviera a arrebatársela.
El beso crecía. Habían pasado tres malditos días desde que se marchó; para él fueron tres jodidas vidas.
—Aún no sé si esto es solo un sueño —susurró—, pero quiero quedarme aquí para siempre.
Layla leyó la desesperación en sus ojos: hambre y deseo ardiendo en la piel del caballero, amenazando con devorarla. Ansiaba esa antigua posesión que la doblegaba con un toque, la que la hacía estallar en emociones que ningún humano nombraría.
—No volveré a perderte. Seré más fuerte para protegerte —dijo Asher, olvidando el dolor.
—Seremos más fuertes. Los dos —respondió ella, abrazándolo.
Asher recorrió su cuerpo y traicionó la seda del vestido para hurgar debajo.
Sus dedos encontraron la piel sensible entre sus muslos y, con cada roce, le arrancaron gemidos más hondos.
Sus labios hinchados bajaron por su cuello, dejaron un rastro ardiente hasta los pechos.
Ella hundió las manos en su cabello y lo guió al lugar donde siempre se rendía.
Arqueó la espalda mientras él descendía, rozó el ombligo y llegó a su centro.
Gimió tan alto, tan libre, que olvidó el mundo. Podían oírlos; al carajo el resto.
El sabor de Layla lo inundó y soltó su parte más salvaje.
Cada centímetro de piel se volvió un incendio; cada fluido, una droga.
Sabía dónde insistir para no perder la melodía de esa voz que temblaba cuando su lengua, descarada, profundizaba en ella.
Aquel campo de batalla era demasiado dulce para abandonarlo, pero un tirón de Layla lo hizo ascender de nuevo hasta el cielo de su boca, lo miró fijo mientras lo ceñía con las piernas y lo atraía de las caderas.
En un instante quedaron entrelazados. Recorrieron con celo cada detalle del otro. La ternura en los ojos de Layla se volvió atrevimiento cuando tiró de los pantalones de Asher. Él la besó, otra vez y otra mientras unía sus manos con las de ella en un mágico instante.
—Te amo, Layla.
El susurro le rozó el oído antes de que él se adentrara en ella.
Layla le clavó las uñas en la espalda para aferrarse a algo firme: las piernas le temblaban; la cordura, ausente.
Cada embestida detonaba más que la anterior, y el caudal de emociones le reverberaba en la piel, corría por sus venas y le subía a la garganta en gemidos que él apagaba con su boca.
Asher no se detuvo: quería más de esos sonidos, más de esa humedad que lo bañaba; anhelaba verla estallar en deseo bajo su mandato de fuego.
Gemidos, apretones, besos… y otra vez gemidos.
Nacían en oleaje con cada choque de sus caderas.
La lujuria tomó el control de sus cuerpos y mentes al compás del calor que latía entre ambos.
La humedad que se liberaba entre ellos se transformaba en incontenibles jadeos que desenfrenaban su locura, arrastrándolos a una espiral de deseo que amenazaba con ser eterna.
Asher escondió el rostro en el hueco sensible del cuello de Layla.
Su aliento le cosquilleaba la piel, encendiendo cada tramo que besaba.
No estaba satisfecho: no después de los días gastados en sombras, de haberla llorado hasta vaciarse, de creerla muerta.
Quería más que el acto; quería su calor, la melodía de su corazón latiéndole en el oído cada vez que la abrazaba.
Necesitaba saber que estaba viva, y que seguía siendo suya.