Capítulo 77
“Para proteger lo que amamos, aceptamos ser el villano en la historia ajena”.
Las sombras se les venían encima a los guardianes, tratando de derribarlos con sus sucias jugarretas; aun en medio del caos, Celeste se mantenía firme, guiándolos por el mejor camino, aunque no siempre fuera el más seguro.
—No puedo creer que ese viejo cascarrabias de Edwin moviera el destino de un cristal a espaldas del Consejo —dijo la anciana; la molestia no le borraba el alivio. Gracias al silencio de los enanos, ahora tenían otro cristal.
—Aún con esa ventaja, Hades nos lleva un paso por delante —dijo Royce, recostado al ventanal.
Miró el horizonte y, en el mismo filo de su mirada, juzgó la imagen del hechicero, retorcida por la noche.
Por sí solo ya era amenaza; con un cristal, su poder valía por diez sobre el de cualquier mago en Eldryan, salvo Celeste.
Ahora reunía tres: tres armas listas para alzarse contra ellos.
—No dominamos del todo nuestro poder, pero no seremos presa fácil. Lucharemos con todo. Es un hecho —dijo Deniel, ladeando la cabeza hacia el jinete, una promesa de que no estaba solo.
Celeste exhaló despacio.
—¿Cómo se comportó Asher?
Ambos se miraron, calibrando sus palabras.
—Igual que siempre —respondió Deniel—, salvo por el exagerado deseo de matar a cuanto mago de sangre se cruzó en su camino. Es como si los culpara por la muerte de Layla.
—Yo haría lo mismo si estuviese en su lugar.
El fuego le rugió a Royce en los puños. Un óxido amargo le raspó el pecho solo de pensar a Deniel en el sitio de Layla. Los ojos azules del tritón buscaron los suyos: compartían el mismo dolor, la misma imagen imposible de sostener. Enloquecería sin él.
—Aunque me pese, espero que su sed de venganza no se derrame sobre inocentes. La culpa es oportunista: infecta y mata a quien la hospeda. —La mirada de Celeste se ensombreció—. Si eso ocurre, elimínenlo.
Deniel se quedó helado. Era, literalmente, una sentencia de muerte contra su amigo.
—No mataré a Asher.
—Si ustedes no lo hacen, lo haré yo. El poder de un guardián en su sano juicio ya es abrumador, pero si es presa del dolor, su lado oscuro puede tomar el control de su poder. Y eso sería una catástrofe.
—Cualquiera de nosotros podría estar en sus zapatos —dijo Royce, incorporándose y sorteando a Rasha, que dormía hecha ovillo sobre el tapete.
—Y no dudaré en eliminarlo si llega ese día —sentenció Celeste—. Si no pueden proteger el reino, no permitiré que lo destruyan.
Deniel no encontró respuesta. Recordó la expresión de Edwin en Cuevacristal, el miedo asomando con apenas una fracción de su poder. Entendía a qué se refería Celeste, pero carajo, matar a un amigo no era una opción para él.
—¿Por qué las caras largas?
La voz de Elena cortó la cuerda de la tensión desde el umbral.
Para los guardianes, sonó a campanada de salvamento.
Nadie había imaginado esa frialdad en el rostro de la anciana, lista para dispararles al pecho como un arma.
Era absurdo lo que decía, pero tan real como el peligro que volvía una y otra vez.
—Hablamos de los cristales —dijo Celeste—. Su poder puede ser tan aterrador que, a veces, la única salida es romperlos.
Elena miró a su madre, buscando un mensaje oculto.
—No sé por qué, pero suena a amenaza.
—Ideas tuyas, Elena —replicó la anciana.
—Hablando de ideas, ¿dónde está Theodor?
—Lo envié a Áragos. El Consejo me advirtió que las tumbas de las Cuatro Calamidades fueron profanadas.
Elena giró el rostro, impasible. Conocía la historia: nada bueno se incubaba en ese gesto.
—¿Quién querría algo de esos fósiles?
—Alguien que sabe exactamente lo que busca —dijo la anciana, acercándose al ventanal.
—Alguien que quiere utilizar su poder.
Todas las miradas cayeron sobre Deniel, con dudas y una obstinada certeza.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Elena.
Quería que el tritón estuviese equivocado. No era la única que exigía explicación: la ira contenida de Celeste también llamaba a la verdad. Deniel recorrió sus rostros y debatió consigo mismo si era prudente compartir sus sospechas; temía ser malinterpretado.
—He estado estudiando los cristales de sangre; con ellos se puede canalizar la energía de una persona hacia otra. Lo probé con los mandrells y ahora pueden caminar en tierra como nosotros.
—¿Qué fue lo que hiciste?
Celeste estrelló la palma contra el escritorio. No supo, al principio, cómo ordenar sus reacciones. El orgullo por el avance del tritón chocó de frente con un miedo más hondo: que alguien con su poder acabara corrompido y se volviera algo peor que su hermano.
—Solo intento proteger a mi reino. Necesito un ejército para esta guerra.
Había lógica en sus palabras: las sirenas cargaban la peor masacre en la historia del mundo mágico.
Pero esa razón no bastaba para despertar un ejército de aberraciones a manos de un adolescente desbocado.
Celeste sentía un orgullo feroz por Deniel, quizá ya por encima de Theodor, y, aun así, el frío que encendían los ojos azules del tritón le oprimía el pecho.
—Estás jugando con la naturaleza.
—Solo quiero salvar a mi pueblo y detener esta guerra.
—Tienes derecho a proteger a los tuyos, pero estás hurgando en el fango sin saber qué va a salir de ahí.
—Solo restablezco el equilibrio. Fuiste tú quien me enseñó a estudiar la magia y usarla a mi favor.
—Deniel, lo hice para que protegieras el reino, no para que te volvieras contra él.
Odiaba oír sus propias lecciones en la voz del muchacho. Había abierto demasiadas puertas a mentes jóvenes. Ya le ocurrió con su hermano; hoy era la mayor amenaza que el mundo mágico recordaba.
—No me volveré contra Sthevyand. Pero no le daré la espalda a los míos por obedecer reglas absurdas que sirven de alfombra a la muerte.
—No me hables en ese tono, seas guardián o príncipe de Selenya —exclamó Celeste.
—Entonces no nos amenaces. Es fácil tirar de los hilos mientras nosotros caemos como moscas.
Algo terminó de romperse en Deniel: la puerta que sostenía desde la muerte de Layla se abrió por fin.
—Pudiste evitar su muerte y no lo hiciste.
—Era su deber. Era la única que podía impedir que el Árbol muriera.
—Ese es el problema: para ti no somos más que armas.
Tú y ese coro de viejos decrépitos se escudan detrás de nosotros.
Nos arrojan a una guerra de la que no saldremos vivos o terminaremos rotos por dentro.
Solo piensan en mantener el equilibrio a costa de los demás.
No contemplan que, a veces, la carga nos devora y ustedes solo nos empujan hacia nuestro límite.
El aire se tensó alrededor de Deniel. La ira contenida prendió la tormenta: el cielo rugió haciendo vibrar los cristales en los ventanales; un relámpago rasgó la noche, inundando el gabinete de Celeste.
El destello encendió el azul helado en los ojos del tritón, transformando su mirada en una sentencia.
—Estamos todos cansados. Necesitamos calmarnos.
Elena sintió el filo en cada palabra. Por mucho que coincidiera con Deniel, no podía negar que su madre era crucial para ganar la guerra.
Celeste, esta vez, se quedó sin respuesta. Sabía que había verdad ahí: desde que Hades alzó la cabeza, olvidaron lo que era guiar y enseñar. Buscaban armas. Que otros hicieran el trabajo sucio que ellos no pudieron.
—Siento la muerte de Layla —dijo al fin—, pero hay cosas que ni yo puedo detener.
Todo se había torcido. La tensión se clavó en el pecho del tritón como una espina. Sabía que su desahogo no fue el modo, pero necesitaba sacar el veneno.
—Todos estamos dolidos por Layla. Vivimos al límite por ser guardianes. Sé que temes que me convierta en un segundo Hades, pero tienes que confiar en nosotros. Deja de vernos como un boleto de victoria y permítenos tener voz en esta guerra.
—¿Por eso tomaste una parte de cada cristal de sangre?
Celeste dejó que la pregunta hiciera su trabajo. Si pedía confianza, que la honrara.
—No tengo cómo responder a eso. Solo intento proteger a mi pueblo. Si te lo hubiese pedido, me lo negarías.
—Tienes razón: no te los daría. Pero, si de confianza hablamos, haré la vista gorda. Solo espero que no me decepciones… o yo misma pondré fin a la historia de Selenya.
Deniel quiso decir algo más que culpa y vergüenza, pero ni siquiera logró forzar una sonrisa. Sabía que en la concesión de la anciana había más que bondad, la confianza había quedado frágil; desde ahora todo sería una prueba constante.
Elena miró a su madre, perpleja, jamás la había visto ceder tan fácil ni doblarse ante el pedido de nadie.
Royce, en cambio, sintió orgullo, bajo el temblor de la voz, reconoció el valor con que el tritón se plantó ante Celeste. Por una vez no lo miró como amante ni como príncipe, lo vio como el guardián que era.
—Espero que no vuelvas a guardarme secretos, príncipe de Selenya. Una segunda vez no la dejaré pasar.
—Así será, magíster .
El suspiro de Deniel lo vació un segundo, cuando la anciana se volvió hacia las ventanas. La calma fue breve, ambos sabían que algo había quedado herido.
—¿Cuánto sabes del uso de los cristales? —insistió ella.
—No sirven solo para maldiciones. Con ellos se pueden combinar magias y crear algo más poderoso; pero para eso se necesita la esencia de ambas partes.
—Por eso fueron por una muestra de la esencia de las Cuatro Calamidades —musitó Celeste, perdiendo la mirada en el cielo mientras hacía cuentas.
—Intentan revivirlos —dijo Elena, sentándose de golpe con el horror en la mirada.
—Eso no es posible. Los cristales no devuelven la vida; lo que buscan es canalizar su poder.
—¿Quiénes eran esas Calamidades?
Royce, ajeno a ese hilo, no se había equivocado: Hades llevaba la delantera.
—Las Cuatro Calamidades fueron lo mejor y lo peor de hace más de setecientos años —detalló Elena—. Contaminaron su magia con oscuridad y masacraron Sthevyand durante años.
—Si ese es el plan de Hades, deberán fortalecerse de inmediato —concluyó Celeste—. Hizo falta un grupo de cinco maggiums por cada calamidad para detenerlos.
Todos quedaron en silencio viendo a Celeste. Por primera vez, el miedo tuvo color en su rostro.