Capítulo 76
“El cambio es un proceso verdaderamente mágico, digno de admiración, aunque a veces lo abracen las sombras”.
El caudal que Deniel vertió en Peltos encendió, como una bengala en la noche, la atención de un segundo grupo de magos apostado en las afueras de la aldea por si sus hermanos pedían auxilio.
El zarpazo de verlos caer los empujó a desobedecer las órdenes de Hades y a buscar venganza contra los enanos.
Desde lo alto, Roger avistó la escuadra enemiga, doce sombras, y dio la alerta.
A su lado, Edwin le cerró de un portazo la entrada al dolor y se atrincheró en la inteligencia: un movimiento imprudente costaría más vidas enanas y quizá la de alguno de los enviados de Eldryan.
—Deben irse. Esta es nuestra lucha, y ya nos han ayudado bastante.
—Podemos ayudar, Edwin —protestó Royce.
—La ayuda que necesitamos es que su misión se cumpla. Tomen el cristal en mi casa y márchense.
—Yo me quedaré —dijo Roger, adelantando un paso; no pensaba dejar a Edwin solo.
—No seas idiota. Si mueres, Puntadiamante se quedará sin un alto lord . Esta es mi ciudad y sé cómo defenderla. Lárgate tú también.
Levos y Peltos se alinearon junto a Edwin y la guardia; todas las lanzas y espadas se alzaron contra la escuadra que avanzaba.
A Deniel le dolió la aldea en el pecho: vaciló entre plantar cara o huir hacia Eldryan.
Las palabras del enano le martillaban la sien; cada una guardaba una verdad áspera.
Su deber era poner a salvo los cristales.
Tocaba confiar en la fuerza y el valor de los enanos.
—Es hora de irnos —dijo el tritón, mirando a Edwin con franca admiración—. Los espero en Selenya. No tienen permitido morir. Es una orden.
Los tres enanos inclinaron la cabeza y recibieron el mandato como un juramento. Con un grito breve, el pequeño ejército rompió a correr hacia la batalla, guiado por el coraje de Edwin, la magia de Peltos y el nuevo artefacto de Levos. Marchaban orgullosos, por su señor, por la aldea, por Melton.
Al cruzar el umbral con el cristal, los enviados de Eldryan se concedieron una última mirada furtiva: la furia del fuego encaramado a los techos, los encantamientos que estallaban como látigos de luz, los gritos de guerra enana.
Todo era parte de una escalofriante imagen que rozaba las pesadillas.
Roger alcanzó a ver a Edwin hundir la espada en el pecho del líder enemigo; a un mago perder la cabeza bajo un arma invisible; a otro consumirse en llamas con el estallido de un sello.
La sonrisa que se le dibujó mezclaba orgullo, miedo y una astilla de remordimiento por no poder ayudarlos.
Rezó por su supervivencia; anhelaba volver a verlos y compartir el campo de batalla una vez más.
El portal se cerró en cuanto lo atravesó y los arrojó a la cámara secreta de Celeste, donde los cristales aguardarían hasta decidir dónde ocultarlos para siempre.
Mientras tanto, lejos de Eldryan, el Árbol Sagrado del castillo de las hadas fulguró con filo de diamante y dejó correr ondas de magia que alcanzaron los aposentos reales.
Al grito de un guardia, los reyes corrieron al jardín, con el miedo creciendo como hiedra ante la posibilidad de que el sacrificio de su hija hubiese sido en vano.
Frente al tronco, una grieta de luz abrió la corteza y ahondó una brecha.
De ella emergió una figura que devoraba la claridad para abrirse paso.
El rey se interpuso entre la reina y el Árbol, alzó la mano para invocar su poder…
y la luz se desplomó de golpe, revelando una silueta conocida, dos alas multicolores y una voz que nadie había olvidado.
—Estoy de vuelta.
Sirvientes y cortesanos cayeron de rodillas, con los ojos anegados, agradeciendo a la diosa Essen el regreso de su princesa.
La reina corrió a tomar su rostro entre las manos, recorriendo cada rasgo como quien despierta de un sueño.
El rey las envolvió por la espalda y dejó caer lágrimas de felicidad por conservar, al menos, a dos de las mujeres más importantes de su vida.
—¿Cómo es posible? —insistió él.
—No morí; el Árbol me puso a prueba. Fui llevada al mundo de los espíritus y allí terminó de despertar mi poder de guardiana.
—Entonces estás lista para asumir el trono.
La sonrisa de Layla se deshizo al oírlo. Ponerse la corona era acercar el cuello a la guillotina: significaba renunciar a todo lo que amaba. Significaba dejar atrás a Asher.
—¡No! Mi trabajo como guardiana no ha terminado. Algo terrible se acerca; Sthevyand está en peligro. No sé exactamente qué es, pero sentí el miedo del Árbol. Debo advertir a mis amigos y a Celeste.
—¿Segura de que hablas por deber y no por ese caballero que trajiste? —el rey conocía a su hija lo suficiente para leer más allá de las palabras.
—Mi decisión no tiene nada que ver con Asher. Lo que se avecina es más peligroso que el propio Hades.
Los reyes temblaron al oír aquel nombre. En el pasado habían combatido junto a Celeste y lo habían enfrentado más de una vez; y, aun siendo hadas poderosas, el hechicero cargaba una fuerza atroz. Algunos susurraban que era la reencarnación retorcida de Merlín.
—¿Hades? —repitió la reina, horrorizada—. Está muerto; Celeste lo confinó en un cristal para la eternidad.
—Eso fue lo que les hizo creer. Celeste no pudo derrotarlo. Salió de su cuerpo y tomó una nueva identidad con la que ha movido los hilos desde las sombras.
—Es imposible que Celeste fallara. No estarás hablando en serio, Layla.
—Es verdad. Y mi tarea será detener aquello en lo que Kayla está a punto de convertirse.
Una sombra de horror tiznó el rostro de los reyes; bastó el filo acusador en la voz de Layla para que el pensamiento de un choque entre hermanas les estremeciera el alma.
—¿Qué quieres decir? —exigió la reina.
—Mi hermana se convertirá en algo peor que un hada oscura. Se unirá a Hades, manchará sus manos con sangre inocente solo para aferrarse al trono. Si no la detengo, Greenland quedará convertida en ruinas.
—Sabemos que tu hermana no es inocente. Tu padre y yo somos conscientes del daño que ha hecho, pero preferiría verla encerrada el resto de sus días a tener que llorarla cada noche.
Layla acarició las manos de su madre; le recorrió la desesperación al imaginar a Kayla con un final escrito en muerte.
—No pienso matarla. Sería un castigo demasiado piadoso. Pero algo es seguro: Kayla pagará por el daño que le hizo al reino, a ustedes, a Elvain y a mí.
Leyó en los ojos de sus padres el ruego de piedad que todavía imploraba por su hija.
—Ahora debo marcharme. Debo llegar a Eldryan y contarle todo a Celeste.
El rey le sujetó el brazo antes del primer aleteo. Le ardía el pecho de solo verla partir hacia una guerra cuyo desenlace nadie podía adivinar.
—Cuídate, Layla. Que la fuerza de Essen te acompañe.
—Así será, padre.
El reencuentro en el castillo de las hadas no fue el único celebrado en el mundo mágico.
En la guarida de Hades, la piedra parecía respirar sombras cuando Kayla y Jace reclamaron su lugar en el ejército del hechicero.
Subieron los peldaños del trono tallado en roca, sedientos de promesas.
Ezkel, al verla, se quedó helado; ella ni parpadeó.
Había sido su títere y, a punto de recibir un nuevo poder, no pasaría de gusano a sus pies.
Hades se alzó. Las voces de sus seguidores lo coronaron con alabanzas, como si el propio dios de la noche hubiese entrado en la sala.
Alzó una mano y el silencio se asentó como polvo.
—Demos la bienvenida a dos hermanos que eligieron, como nosotros, el camino de la grandeza.
Con su poder, el continente mágico caerá a mis pies; después, el mundo entero será nuestro.
Recibamos a Jace Conant, el mejor caballero de Ashanty, y a la princesa renegada de Greenland, Kayla Hildegard, el hada más fuerte de Sthevyand.
A una seña, dos magos avanzaron con cofres pequeños. Hades descendió los escalones y extrajo uno de los cristales de sangre robados en Cuevacristal.
—Hoy arrancamos tres de los seis cristales a la aldea enana. Reliquias legadas por nuestra madre, Johanne Claymond. Con su saber haré historia, alzaré de sus tumbas a los guerreros más temibles que pisaron esta tierra.
Los cofres fueron abiertos, mostrando dos vértebras ajadas por el tiempo, aún vestidas de telarañas.
—Jace, sostén este cristal. Y tú, mi querida Kayla, muéstranos el cristal de sangre de Greenland.
Hades pasó entre ambos; les ordenó alzar los cristales mientras él posaba las vértebras sobre sus espaldas. El poder le floreció en las manos, bañó los huesos casi fosilizados y despertó la magia dormida.
—Entréguense al poder.
Cuando los huesos tocaron la piel, el dolor fue una hendidura en carne viva. Gritaron. Intentaron arrancarse las vértebras que se aferraban como garras; venas oscuras irrumpieron bajo la carne, trepando hacia la columna hasta soldarse con ella.
Kayla cayó de rodillas en el primer escalón; clavó las uñas en la roca negra y avanzó, arrastrándose, peldaño a peldaño.
El verde de sus alas se apagó, cambiando a un tono negro como el odio que sentía en su pecho, salpicado por el rojo de la sangre inocente que arrebató en los bosques de Eldryan.
Los bordes se necrosaron, deshilachándose como hojas de otoño.
Sus iris oscurecidos viraron a un violeta profundo, frío, que reflejaba la muerte.
A su lado, Jace se retorció. El hueso ennegrecido le atravesó la espalda y se volvió parte de su organismo como un parásito.
Se arqueó en ángulos imposibles mientras la vértebra abría camino por su columna, tejiendo conexiones que tomaron el control de cada músculo, cada hueso.
Cuando alzó la vista hacia Hades, en sus ojos ardía un rojo bajo, cargado de muerte y desesperación.
Los alaridos no inmutaron al hechicero. Sonrió, torcido, aunque la preocupación le punzó el ceño.
Si el experimento fallaba, perdería dos de sus mejores peones.
Vigiló las espaldas de sus víctimas y respiró aliviado al ver las heridas cerrarse, oscuras y abultadas.
El temor a recipientes débiles se deshizo como humo.
Kayla arqueó el cuerpo y exhaló un suspiro hondo; sus pupilas se abrieron y se contrajeron. La metamorfosis había concluido. Jace, en cambio, sonrió con malicia cuando el poder le recorrió las venas, moviéndolas bajo la piel como si otra vida latiera dentro.
—Bienvenida de vuelta, princesa.
—¿Qué es este poder, Hades? —preguntó ella, mirándose las manos.
—En ti habita la magia del Hada de las Pesadillas, la alta lady Calixo Deucalion de Paso de Piedra, el hada oscura más temida en la historia.
Kayla lo interrumpió; era imposible. Esa hada había vivido hace más de setecientos años.
—La magia no conoce límites y, en mis manos, concede milagros. Sembré en tu cuerpo una de sus vértebras, con el cristal de sangre, podrás canalizar su poder.
—¿Quién habita en mí? —Jace se recompuso y se colocó a su lado.
—Tú llevas una parte de Xiao Yukimura, alto lord de Silas, el Espadachín Sombra .
Algo se quebró en Jace, y no fue su alma. Su humanidad fue rasgada y arrojada a las fauces de las sombras. En Kayla, tras el dolor, el sello de la indestructibilidad quedó marcado al rojo vivo, ya no sería un hada oscura; se ganaría con fuego y sangre el título de Hada de las Pesadillas.
Ambos se miraron, satisfechos. La misma sonrisa sombría les cruzó el rostro mientras imaginaban a Asher y toda Sthevyand reducida a escombros bajo sus pies.