Capítulo 75
“Ser fuerte no es ganar todas las batallas; es conocer tus límites y atreverte a cruzarlos para proteger a otros”.
La salida de las minas pesó menos. El hedor, domado por las victorias, ya no mordía igual. Cada uno cargaba su propio silencio.
Melton imaginaba el pánico en su casa: la puerta hecha astillas, los magos arrastrándolo por los túneles, obligándolo a señalar el camino hacia los cristales.
Asher, en cambio, solo rumiaba culpas. Si hubiese sido un poco más egoísta, si la hubiese arrancado del Árbol, Layla estaría viva.
Se lo repetía hasta desgastarse por dentro.
Más adelante, Edwin y Peltos contemplaban el brazalete de Levos preguntando por su origen.
El enano, paciente, volvió a contar la tragedia de Crugwell y el valor de Krangger.
Detrás, los tórtolos avanzaban ligeros, Royce aprovechó la sombra, rozó con los labios el nombre del tritón y le robó un beso.
Por loco que sonara, reclamaba una parte del premio por el día ganado y, a la vez, daba gracias a los dioses por tener todavía al terco príncipe entre los brazos.
Deniel abrió la boca para recibirlo; la lengua de Royce buscó con hambre, decidida a conquistar cada rincón.
Él también lo necesitaba, comprobar que seguía vivo, que tenía un día más para decirle cuánto lo amaba.
Su aroma varonil, a cítrico, le nubló la cabeza.
Llevaban días sin hurgar bajo la piel del otro; bastaba aspirar aquel olor en las noches para que el remordimiento por el sufrimiento de Asher le arañara el pecho.
A pocos metros de la salida, la brisa de la mañana se adentró en las galerías con un arrastre de cánticos y un olor que helaba la sangre. Royce frunció el ceño al olfatear el aire, era sangre inocente mezclada con fuego, magia y muerte.
—¿Qué sucede?
Deniel se tensó al sentir cómo Royce cortaba el beso de golpe. Algo iba mal.
—Los magos de sangre están atacando la aldea. ¡Corran!
Al emerger de las entrañas de la tierra, los detuvo el espantoso amanecer: el humo tiznaba las nubes de un gris enfermo; los techos eran ya una sola cortina de fuego; en el suelo, una decena de enanos y algunos magos engrosaban el río rojo que bebía la tierra.
Edwin dejó escapar un grito que pareció arrancarse con raíces; maldijo a cada intruso y echó a correr hacia el gigante que defendía la aldea a mazazos.
Peltos y Levos fueron tras él. Deniel y Royce, extenuados por la noche en vela, sacudieron las fuerzas que les quedaban, no iban a abandonarlos.
Asher, con el peso de Melton clavado en la espalda, desenvainó su espada y canalizó por una de las cadenas el primer corte.
El hechizo partió en dos a un mago que sobrevolaba el pueblo, antes de que alcanzara a dos ancianos.
—Señor, el ataque comenzó hace una hora. Aparecieron de la nada.
Edwin arrebató la lanza al guardia y la arrojó con rabia, atravesando el cráneo de un hechicero que se les venía encima. Un segundo mago alcanzó a invocar su conjuro, pero el señor de los enanos activó su anillo.
—Tendrás que hacer mucho más que eso —retó el enano.
Gruñendo por el fracaso, el mago de sangre remontó la escoba y se estrelló de cara con el mazo de Roger. El gigante lo clavó contra el suelo sin una sombra de remordimiento. La sangre salpicó en abanico; el crujido de huesos se perdió bajo el estruendo del metal hundiéndose en la tierra.
—Intenté detenerlos cuanto pude —dijo Roger, acercándose.
—Te lo agradezco, pero deben irse. Nosotros nos encargaremos —replicó Edwin.
—No seas necio. Aún son demasiados —saltó Royce.
—Si vuelves a insinuar que mi pueblo es débil, acabaré contigo.
Royce avanzó, apretó los puños hasta hacer tronar los dedos y dejó asomar la sonrisa de fuego de los daavonenses.
—Por lo que he visto, tu pueblo está lejos de ser débil, pero no pienso dejarte toda la diversión, viejo gruñón.
—Maldito mocoso. Soy Edwin Grengwood, el más fuerte de los siete señores de los enanos.
—Y yo soy noventa y cinco centímetros más alto que tú, y te digo que no me iré de aquí hasta poner en su sitio a estos bastardos.
—Y yo soy el príncipe de Selenya, y te digo que nos quedaremos —cerró Deniel.
—Llévense a Melton con un curandero; así podré concentrarme en estos mequetrefes —ordenó Asher.
Las cadenas asomaron por su espalda y retomaron su aspecto asesino.
—Todo está dicho. Es hora de actuar —anunció Levos. Giró la piedra del brazalete y se desvaneció, lanzándose contra los magos que entraban por el este.
—Me quedaría con ese enano, pero aún soy muy joven para ser padre —bromeó Royce.
El caballero corrió tras él, lanzó una cadena, cazó a un hechicero en su escoba y lo devolvió a la tierra, donde la pelea sería, con suerte, un poco más justa.
Otro mago surgió a su espalda y lo cercó en un callejón: pensaban enterrarlo allí mismo.
Rieron. Asher calculó al vuelo un ataque combinado y entonces el hechicero de atrás chilló.
Algo lo había atravesado por el pecho. La sangre delineó el contorno de la lanza de Levos.
Asher sonrió, giró hacia su rival y liberó el mortal rugido de Fox sould .
Edwin y Royce tomaron el norte. La horda venía en formación cerrada, escobas como lanzas.
Royce alzó el fuego sobre los tejados y lo dejó caer en abanico; el dibujo perfecto se desarmó.
Edwin se aferró a un piloto, le abrió el flanco derecho y ambos cayeron a pocos metros.
Rodó, recuperó el aliento y descargó la hoja en el pecho del mago de sangre una, dos, tres veces: un cobro por cada enano caído.
El escuadrón giró para vengarlo y se estrelló con el aliento dragón. La ráfaga barrió el aire; otra baja, otro cuerpo incendiado que atravesó un techo y arrastró la casa hasta el suelo.
No cayó solo. La hechicera a su derecha gritó y, ciega, apuntó a Edwin.
Royce quiso cubrirlo, pero los demás ya lo cercaban.
Edwin alcanzó a ver la luz amarilla venir en cámara lenta: no llegaría el escudo.
Miró a su derecha y una silueta se interpuso sin pensarlo.
Melton. La piel se volvió piedra al contacto; la estatua se hizo añicos al golpearse contra una roca.
La risa de la bruja quebró el aire. Edwin respondió con un grito que le arrancó el pecho.
Peltos cayó de rodillas, atrapado por recuerdos domésticos: una jarra compartida, historias imposibles en la mesa de Melton.
El dolor también alcanzó a Levos, que dejó de ocultarse; y a Roger, que conocía esas manos de herrero, las mismas que habían templado sus martillos.
Vio a la bandada doblar hacia Edwin, corrió, plantó los pies, alzó el metal y desató una onda sonora que estremeció las entrañas de la tierra; el rugido de sus mazos recorrió las ruinas de la ciudad, arrancó magos de sus escobas y los estampó contra el polvo.
—¡Signa fulgura, parturire caelum, et veni ad me! —invocó Peltos.
El sello abrió el cielo en un tajo de luz. El rayo, magnífico, cayó sobre la asesina y ella lo desvió con un giro de muñeca, burlándose del enano.
Entonces el cielo se cerró de verdad. Una boca negra devoró la aldea y el bosque. El viento cambió de dueño; arrastró ceniza, rasgó harapos, dejó a los magos expuestos. El trueno rugió. Otro rayo partió el firmamento y carbonizó a la bruja.
Esta vez rio Royce. Conocía ese pulso, sal y luna en cada ráfaga. Asher apoyó la mano en el hombro de Levos.
—Están jodidos —murmuró—. La furia de Selenya ha caído sobre la ciudad.
Deniel caminó hasta el lado de Peltos y ocupó su derecha. Cargaba sobre la espalda miradas pesadas, la esperanza áspera de los heridos. Oía a los caídos exigir justicia. Su mirada heló a los hechiceros dejándolos atónitos ante semejante poder.
—¡Huyan! —chilló uno montando la escoba.
Royce se les interpuso con una pared de fuego. La madera crujió, se dobló, ardió, con el mago dentro.
—Sirvieron al amo equivocado —dijo Royce.
—Hoy ninguno volverá con él —sentenció Deniel.
—¡Esto es por Melton y por todos los enanos que asesinaron! —rugió Peltos.
El enano encadenó sellos. Los círculos se abrieron bajo los magos; la descarga los dobló de rodillas, los dejó tensos, entumecidos. Pero no bastaba. Peltos exprimió su rabia, repitió el sello hasta el punto de sangrar por la nariz buscando más poder.
—¡Si continúas, morirás! —advirtió Levos.
—¡No me importa! —escupió Peltos.
—¡Detente, es una orden! —alcanzó a decir Edwin, frenado por la corriente que cercaba al enano.
Deniel leyó el dolor en esos ojos y se reconoció en él: proteger a los suyos, incluso si la muerte era un precio razonable. Avanzó hasta que la electricidad le chisporroteó en la piel. Podía apagarla si quisiese, mas no lo hizo. Eligió acompañar la decisión.
—Abre tu mente —dijo— y escucha mi voz.
Alzó la mano. El canto nació bajo la lengua y la magia del alquimista corrió hacia Peltos como un río.
Los sellos refulgieron con rabia, liberando una luz cegadora que engulló hasta el último mago.
Los hechiceros se desvanecieron; sus ropas se hicieron ceniza y la piel, enrojecida, se abrió hasta dejar los huesos calcinados y cuarteados a la vista.
Cuando el resplandor se apagó, las almas quedaron sueltas.
Ofrecidas a Zahar para que las atormentara en la oscuridad eterna.