Corona de Sal y Luna Capítulo 74
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Capítulo 74

“No existe obstáculo que el trabajo en equipo no derribe”.

Asher acercó con las cadenas el trozo del brazo del mago, desprendió el brazalete y arrojó lo demás a las sombras.

—Quédatelo —le dijo al enano.

—No puedo; fuiste tú quien lo derrotó.

Levos sopesó el brazalete con la mirada: tentación que rara vez volvería a presentarse. Pero algo le decía que no estaba bien tomarlo. Al fin y al cabo, Asher había sido el héroe.

—Tómalo. Sin tu lanza no lo habríamos vencido. Lo mereces más que yo.

La insistencia del caballero le apaciguó la vergüenza. Con un gesto sobrio, Levos tomó la pieza y se la ajustó a la muñeca.

—Será una combinación poderosa: podrás defender la aldea incluso contra un gigante. Ahora vámonos; detesto estar bajo tierra.

El dúo vencedor salió de la cámara con sus premios.

Asher contemplaba el cristal; el enano, a su lado, probaba el pulso del brazalete y sonreía a escondidas, como un niño.

A la salida de los túneles se reunieron con el resto.

Royce alardeaba del nuevo brío de su magia; Peltos, desatado, no escatimaba elogios a la figura del joven y, entre risas, lo bautizó como el Dragón Dorado de Eldryan.

Edwin no disimulaba su poca fe en el jinete: aún le parecía un presumido.

Levos alzó el brazo para mostrar el brazalete recién adquirido, pero lo que de veras serenó los ánimos fueron los tres cristales de sangre elevándose en medio del bullicio.

Todos sonrieron, satisfechos. A pesar de que Hades les llevaba ventaja y de que Edwin conservaba otro cristal, se habían hecho con la mayor parte del botín.

Sus planes, por ahora, quedaban frustrados.

El grito de Melton, rebotó en los corredores, les tragó la alegría.

La voz, vuelta alarido, les recordó que el peligro seguía allí.

En el salón de las flores encontraron al desdichado enano acechado por un enorme gusano de cristales.

La criatura abrió las fauces y dejó ver cuatro coronas de dientes, afilados como sierras, con unas cincuenta piezas por anillo.

—¡Maldita sea! Es un diamond —soltó Edwin. Quiso correr a ayudarlo, pero Levos lo contuvo.

—Iré yo. Con el brazalete no podrá verme.

—Lo distraeremos para ganarte tiempo —anunció Deniel, y lanzó un grito contra la criatura.

El gusano se volvió hacia el grupo, contemplándolos como si fueran el desayuno de aquella mañana. Se retorció y avanzó, dejando un rastro de saliva fétida. Royce invocó sus llamas, seguro de hacerlo estallar; la sonrisa le duró lo que tardó Edwin en morderle la soberbia.

—¿Acaso eres estúpido?

Los enanos clavaron en Royce una mirada nada amable. En sus ojos iba escrita la muerte.

—Acabas de regalarle tu poder —señaló Peltos.

La bola de fuego impactó bajo la cabeza del diamond. Las llamas doradas se absorbieron en el cristal y se arremolinaron en sus entrañas. Sin saborearlas, el gusano abrió la boca hacia ellos.

—¡Cúbranse! —gritó Edwin.

Royce se volvió justo a tiempo para ver cómo las fauces del diamond resplandecían, la garganta anegada en fuego, y una ráfaga que se les vino encima. Deniel lo aferró del brazo y lo arrastró tras unas rocas, evadiendo el primer ataque.

—¿Esa cosa acaba de lanzar fuego como un dragón? —balbuceó Royce.

—Los diamonds son puro cristal. Absorben la magia y la devuelven magnificada —dijo Edwin, pálido.

—Podrías haberlo dicho antes —protestó Royce.

—Podrías haber estudiado más —replicó el enano con tono seco.

—¡Basta! Debemos encontrar una forma de vencerlo, no discutir entre nosotros.

Asher asomó la cabeza, calculando la posición del gusano.

—Solo el chillido de los grifos rompe a un diamond y ninguno habita bajo tierra —dijo Peltos sin esperanza.

Deniel repasó todo, en especial el dato del chillido, hurgó entre las lecciones de Celeste y algo se encendió en su mente.

—Necesito que me cubran.

—¿Qué locura tramas ahora? —Royce lo miró con la inquietud acostumbrada; sus ideas siempre bordeaban el riesgo.

—Cúbreme de las llamas —ordenó Deniel.

—¿Y quién te protege del diamond? —apuntó Edwin hacia la bestia.

—Confía en Deniel. —Asher posó una mano en el hombro del jinete—. Yo drenaré toda la energía que pueda.

Sin pensar en el peligro, Asher se lanzó. Liberó las cadenas, las ciñó alrededor de la criatura para cerrarle la boca y, mientras tanto, fue clavando las dagas a lo largo del cuerpo, robándole a tiras las llamas de Royce.

La criatura no cedió. Forcejeó contra las cadenas, buscando un resquicio para abrir la boca.

En un latigazo alzó la cabeza, tiró con todo su peso y arrastró a Asher hasta el borde de una grieta.

Él resistió, no pensaba soltar al diamond sin vaciarle la magia, pero aún para Silver Fox , aquella bestia era demasiado.

El pie derecho le resbaló y quedó colgando en el vacío; la gravedad intentó arrastralo hacia el fondo, y fue cuando otra fuerza, lo sujetó desde atrás.

—No puedo sostener esto todo el día. Mi magia no es tan fuerte.

Peltos, manos alzadas hacia Asher, lo cargó de peso hasta volverlo plomo. Ganó segundos. Canalizaba como un duende, sí, pero sus hechizos ardían breve y lo dejaban extenuado.

Deniel quedó horrorizado cuando un matiz dorado encendió las fauces del diamond. La bestia, deshaciendo vueltas de cadena, abrió por fin la boca para juntar su aliento devastador.

Royce corrió hacia Asher, con Deniel a los talones.

Alzó las manos; con círculos precisos desvió la corriente del fuego hacia el techo, obligándola a danzar en espiral hasta compactarse en una esfera.

Edwin parpadeó, incrédulo, jamás vio a un jinete maniobrar las llamas de un diamond con tanta precisión.

Aquellas criaturas no solo roban; amplifican la magia hasta rozar lo salvaje.

Las venas de Royce se marcaron bajo la piel; el esfuerzo por contener la incineración ya rozaba a Asher.

Cerró los ojos un segundo, engarzó la fuerza en un grito y, al abrirlos, el iris era oro absoluto, letal como su estirpe de guardián.

Deniel no perdió el compás. Invocó su canto, lo agudizó, lo comprimió con magia hasta volverlo una lanza dirigida solo al gusano.

El cráneo de cristal estalló. El cuerpo se contrajo, se retorció en el suelo hasta que la vida se le fue en oleadas, quedando solo un montón de fragmentos rotos y hermosos.

Asher recogió las cadenas. Peltos, temblando, lo arrastró a tierra firme antes de que su hechizo se apagara. Cayó de rodillas; había exprimido demasiado su don. Edwin lo sostuvo. No era la primera vez que se excedía; por suerte, esta vez, sin sangre.

Deniel y Royce se dejaron caer junto a Asher. El día había sido una locura; necesitaban recomponer el aliento.

—Necesitaré llevarme una muestra del diamond, y unas cuantas plantas.

—No tengo inconveniente —dijo Edwin, con media sonrisa—. Puedes llevártelo todo, si quieres.

Deniel le devolvió la sonrisa. Si su corazonada era cierta, volvería a las minas más a menudo.

Un grito distinto sacudió la sala, era de alegría. Levos alcanzó a Melton y lo resguardó en una grieta de la pared. Ambos agitaban los sombreros desde el otro extremo, celebrando.

Se miraron unos a otros, buscando el sostén que aún faltaba. Deniel volvió el rostro hacia Royce y Asher, y sonrió.

—Vamos a casa. Hoy lo logramos.