Corona de Sal y Luna Capítulo 73
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Capítulo 73

“La venganza no solo envenena; también nos vuelve cómplices de nuestro verdugo”.

Asher y Levos eligieron el tercer túnel; de los tres, era el más largo y espacioso. Su cámara de cristales resultaba descomunal comparada con las otras seis. En el centro se alzaban tres obeliscos; por desgracia, solo uno florecía con el codiciado cristal.

Al cruzar el arco de la entrada, una figura siniestra admiraba la belleza y el peligro de la roca. Aunque les daba la espalda, el ansia por poseerla le hervía en la piel. Asher hizo un gesto a Levos para que guardara silencio; en una fracción de segundo desenvainó la espada y atacó.

El susurro del acero al salir de la vaina alertó al mago. Se volvió de inmediato y quebró la sorpresa con un encantamiento. Sonrió con malicia y comenzó a bordear los obeliscos, invitándolos a su peligrosa danza.

—Supongo que vienen a proteger el cristal —dijo el hechicero.

—Por desgracia para ti, venimos a llevárnoslo —replicó Asher; aunque no eran exactamente las palabras que le ardían en la lengua.

—¿Para qué querrían un caballero y un enano semejante piedra?

—Para arruinarle el plan a tu amo.

Un vestigio de alarma le cruzó el rostro al mago de sangre, se suponía que nadie sabía de Hades. No hasta que recuperara su cuerpo.

—Él está muerto; tu magíster lo selló. Su regreso no es más que un cuento de terror para mandar a los niños a la cama.

Asher esbozó una sonrisa ladina.

—Mala suerte para ti, dejé de ser un niño bueno hace mucho tiempo. Ahora disfruto mucho acabar con tu maldita especie.

—Cuidado, caballero; los magos de sangre somos peores que las pesadillas.

—Ilumíname.

Cegado por el dolor que le rugía en la cabeza, Asher corrió hasta el obelisco, se impulsó y cayó desde lo alto con la espada alzada, decidido a partir al mago en dos de un tajo.

El hechicero invocó una barrera y contuvo la hoja, midiendo la fuerza de su adversario.

Antes de tocar el suelo, Asher ordenó a sus cinco cadenas rebelarse: se filtraron por los límites del escudo y lo cercaron por cada flanco. Descolocado, el lanzador de conjuros no tuvo más remedio que teletransportarse unos metros atrás para contraatacar.

—¡Magicis Sever!

El corte mágico rasgó la piedra con la misma fiereza con que le habría abierto la carne a Asher; sin embargo, él sonrió con sorna, clavó la espada en el hechizo y lo absorbió en la primera gema.

—Guardaré este ataque para después. Con dos más acabaré contigo.

—Insolente —protestó el mago —. ¡Magna Sphaera!

El conjuro estalló: la magia brotó sin medida sobre su cabeza y se arremolinó en la punta de la varita. La esfera, descomunal, avanzó sobre Asher, devorando la sombra a su paso.

Levos quiso intervenir, pero se detuvo al ver al caballero hundir la espada en la esfera y resistir su embate.

A Asher le corría el sudor por la frente; tenía los brazos al borde del temblor.

Él había atrapado ese encantamiento cientos de veces, pero ahora pesaba distinto: como si diez hechizos se comprimieran en uno.

Los recuerdos del hada le punzaron el pecho y arrancaron otro trozo del cascarón que a duras penas le latía dentro. “No será en vano”, se dijo. No esta vez. Apretó el mango y empujó con un grito; hundiendo la hoja en la refulgente energía hasta que la segunda gema quedó imbuida.

El mago maldijo al ver desvanecerse la esfera.

Levos soltó el aire, aliviado de verlo ileso.

Asher no le dio respiro: arremetió con una lluvia de cortes, buscando una rendija.

El hechicero alzaba barreras que chocaban una y otra vez contra la hoja, negándole el cuello.

Asher, sediento de sangre, volvió a invocar sus cadenas; pero el mago las burló con giros, piruetas y fugas de humo.

En un último intento por alejarse, el hechicero hizo un salto mortal hacia atrás; la daga de la cadena pasó silbando y su pirueta se topó con la lanza de Levos, directa al estómago.

Se deshizo en una neblina negra y reapareció, apenas un latido después, en lo alto de la bóveda para caer sobre el enano.

Levos rodó a tiempo; cuando alzó la cabeza, el hechicero ya sonreía desde el otro extremo de la cámara.

—¿Estás bien? —preguntó Asher, corriendo a ayudarlo.

—Sí. Acabemos con ese maldito de una vez.

—¡Fulgura!

El rayo, redirigido por el hechicero, pretendió tomarlos por sorpresa y acabar con ambos. La sonrisa se le borró cuando Asher, con un gesto certero, capturó el ataque en la tercera gema de la espada.

Frustrado, el mago alzó la mano derecha: un brazalete de plata con una gema blanca centelleó en su muñeca. Giró la piedra y desapareció.

—¿Qué rayos? —Asher se quedó atónito. Nunca había peleado contra alguien a quien no podía ver.

—Tiene el Brazalete de Crugwell —dijo Levos.

Levos quedó estupefacto ante la trampa. Aquel brazalete se creía perdido; no alcanzaba a imaginar cómo había ido a parar a manos de semejante criatura.

—¿Qué es ese brazalete? —Asher odiaba no conocer a su enemigo; más aún cuando estaba en desventaja.

—El Brazalete de Crugwell lo forjó un duende que se enamoró de una humana.

La trajo al mundo mágico y lo usó para volverla invisible y ocultarla del Consejo —dijo Levos caminando en círculos tras Asher mientras intentaban descifrar la ubicación del hechicero—.

Ella lo abandonó por un elfo y, juntos, se dedicaron a robar secretos y a saquear bóvedas.

Crugwell, avergonzado, pidió ayuda a su viejo amigo Krangger, un enano herrero con el don de canalizar magia espiritual.

Entre ambos crearon una lanza capaz de desnudar lo invisible y disipar las sombras.

—Perfecto. Ahora, sin la lanza, ¿cómo nos desharemos de este imbécil? —Asher miró al frente y no le gustó lo que encontró.

—¡Comminuens impulsa!

El hechicero se materializó a pocos metros y desató un encantamiento decidido a acabarlos.

Asher reaccionó al instante extendiendo las cadenas para devorar la magia.

Al fallar, el mago volvió a perderse a la vista; su risa, hecha eco, los atormentaba adondequiera que miraban.

Con todas las gemas del caballero saturadas de poder, lo dejó en una encrucijada: atacar a ciegas era errar; no atacar, entregarse.

—Llegó mi momento —dijo Levos; giró la lanza y apuntó alto—. ¡Revelty!

La punta estalló en luz, bañó la cámara y reveló, a la izquierda, la figura perpleja del hechicero.

Asher cargó con premura y, con cada tajo, liberó uno a uno los tres hechizos: los dos primeros el mago los eludió a duras penas.

La luz de la lanza anulaba el brazalete impidiéndole escapar y Asher, no le concedía ni un latido para pensar.

El último golpe lo estampó contra un saliente de la pared y le quebró el equilibrio.

Las cadenas se cerraron entonces sobre manos, piernas y cuello; lo alzaron como a una bestia salvaje recién capturada.

Asher envainó la espada y apretó el cerco, le cortó el aire mientras las dagas se hundían despacio en la carne.

—Con tus propios hechizos te derribé; ahora acabaré con tu miserable vida.

Asher juntó las manos y dio forma a la energía de Silver Fox , haciéndola crecer al compás de su voluntad. Las gemas de las dagas se apagaron y volvieron a su color original: toda la magia que habían atrapado ahora hervía frente a él, siseando por liberarse.

—¡Fox Sould!

El rayo que brotó de la esfera desintegró al hechicero: le quemó la carne y le ahogó los gritos hasta dejar solo jirones prendidos a las cadenas. La descarga siguió de largo, abrió un boquete en la pared y sacudió la cueva con la furia que aún tiznaba el alma del caballero.

Asher no apartó la vista. Abrazó el silencio y, entre jadeos, dejó que una sonrisa mínima le partiera el rostro.

No le importó la fina arenilla que caía del techo ni los cristales estallando a su alrededor; menos aún la mirada angustiada del enano, rezándole a quién sabe qué dios para salvar la suya.

Solo le interesaba apaciguar la culpa que le roía por dentro: la misma que se aquietaba un instante con cada muerte que manchaba sus manos y, llegada la noche, volvía a morderle, recordándole que la verdadera asesina seguía suelta, saboreando su sufrimiento desde las sombras.