Capítulo 72
“Con principios, el poder crea; sin ellos, destruye”.
Los tres grupos se separaron por los caminos que señaló el enano herido. Sabían que avanzaban hacia una batalla que podía costarles la vida; aun así, era su deber. Era su primera tarea como guardianes, su primera prueba ante la mayor amenaza en siglos.
Deniel y Edwin tomaron el primer túnel. El enano, prudente, tanteaba la empuñadura de su espada y, a intervalos, hacía girar el anillo del dedo. En un descuido, el destello llamó la atención de Deniel: oro trabajado, diminutas gemas verdes engastadas en el aro.
—¿Tu anillo de bodas?
—Los enanos nos regalamos collares. Este es el mío.
El tritón se inclinó para verlo mejor: la piedra que ardía sobre el pecho de Edwin era una aguamarina.
—¿Es de Selenya?
—Sí. Mi esposa es amiga de la reina Alina. Ella nos los regaló la última vez que la visitamos, pocos meses antes de la guerra.
—Ella está viva. Se alegrará de verlos.
—Sería fantástico volver a Selenya —dijo Edwin, y la memoria lo llevó a las largas discusiones con Egor sobre táctica y estrategia.
—Ven a la coronación. Será una sorpresa para ellos.
Deniel intuía que sus abuelos celebrarían el reencuentro con viejos amigos y que aquel gesto podía reabrir las rutas con las Tierras de Acero.
Tras la desaparición de Selenya, los aliados se dispersaron; solo las hadas pidieron restablecer la diplomacia, y no del mejor modo.
Aun así, los reyes de Greenland ratificaron su alianza con la corona.
—Estamos llegando a la cueva. Prepárate.
El aviso tensó al tritón; no habían visto a ningún mago de sangre en el camino, así que debían de estar dentro de la cámara.
Ambos afinaron la vista hacia la entrada, cazando sombras y signos que delataran al intruso.
El salón rústico parecía en calma: el cristal reposaba sobre el obelisco tal como decían los últimos reportes.
No vieron nada extraño, ni siquiera la sombra del enemigo, que los acechaba desde arriba, montado en su escoba.
—¡Osculum morphei!
Apenas el mago de sangre lanzó el conjuro, Edwin, que nunca confía en la calma, giró y alzó el puño: el anillo se encendió y desplegó un escudo a la espalda de Deniel. El rayo chocó y empujó con tanta fuerza que, por un instante, el enano creyó sentir crujir la barrera.
La luz cesó. El hechicero comenzó a girar sobre sus cabezas, descargando ataques que buscaban acabarlos de un solo golpe. Esta vez, Deniel alzó su defensa y cortó el asedio.
—Tenemos que derribarlo.
—Lo intentaré —dijo Edwin, cargando la espada.
Esperó el ángulo exacto. Tras un ataque del tritón, aprovechó la maniobra del enemigo y lanzó un tajo de magia.
El mago, pendiente de la esfera, no vio venir el corte directo al pecho.
Sin tiempo para conjurar una defensa, Se dejó caer antes de que lo partieran en dos como a su escoba.
Resbaló por la roca, estabilizó su caída, saltó de nuevo, y contraatacó desde el aire.
—¡Explodes!
Deniel cerró una cúpula de luz azul en torno a ambos.
El golpe los sacudió incluso dentro de la barrera, y la nube de polvo alzada por el impacto los devoró.
Edwin cayó y se golpeó con las rodillas del tritón.
Al levantar la mirada, el príncipe sereno había desaparecido: en su lugar, quedó un guerrero de aspecto frío y calculador.
El hechicero rio, convencido de haberlos borrado. La nube de polvo se arremolinó y fue a reunirse entre las manos de Deniel. La mirada del tritón, helada, chispeó; la esfera de partículas de tierra se tensó con un latigazo eléctrico y salió disparada.
El mago rodó por el suelo esquivando el ataque, al incorporarse, alzó una ceja mientras contemplaba el agujero en la roca tras él.
—Para ser un hada sin alas, muerdes fuerte.
—No te confundas. Soy algo más peligroso.
—¿Qué eres, entonces?
—Un tritón.
Los ojos del mago se abrieron de golpe. Escarbó en la memoria hasta dar con la imagen del príncipe de Selenya en un periódico de chismes y sonrió, demente.
—Lástima que no llegues a tu coronación. ¡Sanguis Reprehendo!
El encantamiento se apoderó del cuerpo de Deniel, apenas le obedecieron los dedos. Un gesto de la varita bastó para arrancarlo del lado de Edwin y estamparlo contra la pared, como un adorno.
—Es una pena que Selenya vuelva a quedarse sin sirenas.
Deniel esbozó una sonrisa; sus ojos azules se clavaron, cargados de rabia, en su oponente. No le hervía la sangre por el encantamiento, sino por haberlo oído burlarse tantas veces del poder de las sirenas.
—Si buscas caos, estaré complacido de mandarte al infierno.
Ni siquiera movió las manos: la magia brotó de él como nunca.
La ira se volvió energía, alimentó su poder y lo proyectó contra el mago de sangre, sometiéndolo bajo un hielo sólido.
En el acto, el hechizo que lo sujetaba cesó y quedó libre.
Edwin, atónito, lo vio avanzar: el aire se helaba a su alrededor y, con cada paso hacia el hechicero, el suelo se cubría de una capa gruesa de escarcha.
—El control de sangre es fuerte, lo admito. Pero hay una diferencia entre nosotros: tú canalizas magia a través de una herramienta; yo la creo.
El cuerpo del hechicero se tapizó de escarcha. Deniel lo condenó a un infierno de hielo: sostuvo la mano, lo señaló y endureció la prisión hasta hacerla estallar en astillas, dejando al prisionero desparramado como piezas de un rompecabezas.
—Nunca había sentido terror por la magia de las sirenas… —murmuró Edwin, pálido, ante el desastre.
—Borraré la imagen de debilidad que los dragones impusieron a mi pueblo. Haré que cada criatura mágica lo piense dos veces antes de hablar de un selenés.
—Solo espero que ese poder no se vuelva contra el reino.
El horror en los ojos del enano le sembró culpa.
Tenía razón: no debía cegarse por el poder ni envenenarse con la venganza; si eso sucediera podría convertirse en el próximo Hades.
Miró el estrago y se contempló las manos como si fueran un arma.
La culpa le hincó los dientes, pero recordó la verdad de Asher: había nacido con un propósito y no siempre lo cumpliría sin dejar un rastro de sangre.
Pensó en el sacrificio de Layla; por doloroso que fuese, el tiempo no se detendría para volverla inmortal: la vida seguiría y sería recordada como una guardiana que cumplió su deber.
Sintió la pena de Royce, exiliado por un tirano que le arrebató la felicidad e intentó matarlo pese al lazo de sangre.
Todo eso se anudó en él y suturó la grieta que amenazaba con partirle el alma.
Aun envuelto en sombras, su causa era llevar luz a quienes habían sido pisoteados por los fuertes.
—Si algún día eso sucede, tienes derecho a matarme.
—Confío en que no ocurrirá.
Edwin sabía que no era rival para semejante poder; solo podía confiar en sus palabras y en que el amor por los suyos mantuviera las tinieblas lejos de su alma.
Mientras Deniel y Edwin se hacían con el cristal de sangre, ignorando los trozos de hielo esparcidos por el piso, Royce y Peltos ya encaraban la siguiente cueva.
Para su sorpresa, el enemigo intentaba huir.
Con la guardia alta, Royce olió la muerte acercarse; su oído aguzado atrapó el silbido del aire cortado por una escoba y, aun en la oscuridad, no le costó hallar al indeseado visitante.
La luz del hechicero no bastó para alcanzarlo.
Cuando por fin distinguió al jinete entre sombras, fue tarde: el fuego de Royce lo arrastró al suelo y le chamuscó los harapos.
La escoba ardió hasta consumirse, anulándole la fuga.
Aturdido, el mago quiso defenderse, pero, en cuanto intentó recitar un conjuro, las llamas brotaron a su alrededor como nacidas de la roca.
Abrumado por el escozor del calor, invocó un gólem de piedra para abrirse paso; Royce no se amedrentó.
Recurrió a una postura del arte del fuego que dominaba a la perfección: aunó las llamas doradas entre las manos, las contuvo hasta rozar lo insoportable, apuntó al pecho del gólem y descargó su ira.
La explosión lo desintegró y el impacto lanzó al mago contra la pared, reduciéndole la capa a cenizas y obligándolo a exhibir el cristal.
Con el sudor bañándole la frente, el hechicero harapiento entendió que debía escapar. Le daba igual vaciarse de magia: era eso o morir a manos de Hades por perder el cristal. Blandió la varita y abrió un portal que se cerró de golpe. Quedó incrédulo.
—¿Qué has hecho?
Royce oyó un susurro y miró a Peltos. El enano trenzaba sellos con las manos y recitaba lo que parecía un encantamiento. Ambos quedaron boquiabiertos, era imposible que un enano canalizara magia.
—¿Qué has hecho, escoria? —escupió el mago, ofendido de que una criatura insignificante osara manipular su poder.
—Nací con el don de canalizar gracias a mi madre. Era un duende de Greenland y me enseñó el poder de los sellos y las runas.
Peltos sostuvo un sello antiguo que bloqueaba los portales.
—¡Entréganos el cristal! —ordenó Royce.
—Primero tendrás que matarme. ¡Vocatio Mortis!
No solo las palabras le resultaron conocidas a Royce; la luz lo llevó al amargo recuerdo de Harrex.
La ira se apoderó de él: se dibujó en sus venas, le subió por el cuello, se deslizó bajo la máscara y tiñó sus iris de un dorado intenso.
Aquella energía ya no era la de siempre; se sentía más letal.
La piel cambió; no brillaba solo por el oro de las venas, escamas menudas asomaron en brazos y dedos, afinándose hacia unas uñas afiladas como las de Xerex.
Peltos lo miró, sintiendo el calor que irradiaba; habría jurado ver colmillos en su sonrisa.
No solo el fuego y el cuerpo cobraron fuerza: toda su magia se había renovado desde que tocó a Xerex.
Por primera vez saboreó su modo dragón como guardián.
Abrió la boca con ganas de rugir y convirtió la voz en un aliento de fuego que devoró el encantamiento y al hechicero por igual.
Cuando cesaron las llamas, la piedra del túnel había mutado de forma y lucía un rojo intenso, casi del color del cristal que refulgía en medio del fuego.
Incluso Royce quedó atónito ante su propio poder. Observó cómo las escamas se retiraban mientras apaciguaba, latido a latido, el incendio que le abrazaba el pecho.
Jadeante, se volvió hacia Peltos, aún incrédulo de que un enano canalizara magia.
—Sin tu ayuda, habríamos perdido el cristal.
—Tomémoslo y regresemos. Quizá podamos ayudar a los demás —alcanzó a decir Peltos, todavía pasmado.
Al recogerlo, Royce sintió a Xerex latir dentro de él; su energía de guardián tomaba la forma de un verdadero dragón, lo bastante fuerte para enfrentar a su tío y arrancar, de raíz, tres años de tristeza.