Corona de Sal y Luna Capítulo 71
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Capítulo 71

“Si el destino está escrito, que sea con nuestra letra”.

—¿Eres el famoso tritón del que todos hablan? —continuó Edwin, evaluándolo con descaro.

—No creo ser tan famoso como dices.

—Sí lo eres. Y el chico enmascarado es tu novio; lo publicó ese mago mediocre en su revista de chismes.

—Veo que el cotilleo es un vicio en ambos mundos —Deniel rodó los ojos, dedicándole un reproche mudo a Roger Starmus.

—Les advierto algo: las minas no son un lugar amable. Los cristales están en lo más profundo, custodiados por criaturas horrendas.

—Ya nos enfrentamos a un profesor endemoniado, un hada desquiciada y decenas de magos de sangre —replicó Royce—. Además, tengo un dragón. Dudo que quede una criatura capaz de sorprendernos.

No era soberbia: era prisa. Royce odiaba la quietud; necesitaba moverse.

—Aún no has visto todo, muchacho.

El enano le lanzó una mirada por encima del hombro; la arrogancia se le olía a metros. En Royce reconoció el aire altivo de los jinetes.

Los tres forasteros partieron con Edwin y dos de sus mejores caballeros. El trayecto hasta las minas discurrió en calma, interrumpido apenas por las preguntas que al hombrecillo se le escapaban sobre Selenya: su curiosidad por el reino de las sirenas no sabía disimularse.

—Cada uno de ustedes viajará con uno de nosotros, por si debemos separarnos. Hagan exactamente lo que digamos: su vida depende de ello. Y una cosa más —añadió—: si ven un diamond, no sean tan estúpidos como para intentar matarlo.

La mirada de Edwin se clavó en Royce.

—¿Qué es un…?

—No necesitas saberlo. Digamos que son los dragones que viven bajo tierra.

El corredor principal permitía caminar de a cinco, pero, veinte metros más abajo, se abría en diez sendas angostas que obligaban a avanzar de dos en dos.

Los túneles, un laberinto hundido cientos de metros, se estrechaban hasta donde moría la arquitectura enana y empezaba la vida salvaje.

Las paredes, rugosas y asimétricas, estaban surcadas como por garras o por el arrastre de un cuerpo descomunal.

—Aquí comienza el territorio de los diamonds.

—¿Ocultaron los cristales en sus cuevas?

—No, príncipe. Allí es donde nacen.

—Perfecto —balbuceó Royce.

—Síganme. Y silencio. Con suerte, no seremos comida de gusanos.

El aire se volvió escaso y pesado; olía a humedad y a sangre seca.

Los huesos que alfombraban el suelo hablaban por las criaturas que reinaban allí.

Deniel avanzaba midiendo cada paso para no triturar cráneos; Asher memorizaba ángulos y giros, dibujando un mapa por si perdían a los enanos.

Royce, con los sentidos tensos, vigilaba los flancos.

Sin mirar, pateó una calavera: rodó por una grieta y estalló dos niveles abajo.

—¿Qué parte de “no hagan ruido” no entendiste? —chispeó Edwin.

—Fue solo un cráneo —farfulló Royce.

Asher le dio una palmada en el hombro al pasar.

—¿Qué? —Royce se encogió, sin comprender el gesto.

—No hables —lo cortó Deniel, ya harto de las pequeñas indisciplinas del jinete.

Tras casi un kilómetro, desembocaron en una cámara majestuosa, tallada en cientos de cristales.

Los forasteros contuvieron el aliento ante el tamaño de las piedras relucientes.

No solo brillaban los cristales de luz, diamantes de todas las formas, tamaños y colores brotaban del techo y de las paredes como fruta mineral.

Lo que atrapó al tritón fueron las flores que moteaban la sala.

—Guarida de un diamond —advirtió Edwin sin quitarle el ojo a Royce.

—Miren las flores —señaló Deniel.

Edwin odiaba esas plantas, hermosas como un augurio torcido: donde crecían, la muerte acecha.

— Phallius campellie —dijo Asher, recordando la lámina de la biblioteca, cuando envenenaron a Royce.

—Crecen sobre suelos fertilizados con el excremento de los diamons —agregó Edwin.

—Un secreto a la vista de todos —Sonrió Deniel, con picardía—. Con razón casi nadie llega a ellas.

—Si controlas a los diamonds, controlas el veneno de los lyrkkans —cerró Asher.

—¡Ayu… ayuda…!

Una voz temblorosa, casi apagada, emergió entre las flores. Royce fue el primero en oírla y alzó la alarma. Llegó hasta el herido, lo recogió entre los brazos y lo llevó al centro de la cámara. Edwin y los suyos lo reconocieron al instante: era el hermano mayor de la familia de herreros.

—Melton, ¿qué sucedió?

—Magos de sangre. Irrumpieron en nuestra casa y me obligaron a mostrarles el camino a los cristales o matarían a mi familia.

Deniel posó las manos sobre las heridas y dejó correr su magia curativa. El dolor del enano cedió; las laceraciones se cerraron con un temblor de luz. Por suerte, eran quemaduras de impacto mágico.

—¿Tienen los cristales?

Royce apretó los puños; un chasquido de brasa se le escapó entre los dedos. No podía creer que Hades hubiera sido más astuto que ellos.

—No todos. Uno está oculto bajo mi poder —dijo Edwin, entregando por fin el secreto mejor guardado de su pueblo.

—¿Por qué guardaron un cristal?

Edwin sostuvo el peso en la mirada de Asher.

—Hace trescientos años, el rey Helton Deutscher, de Tartharos, invadió nuestras tierras y se llevó la cosecha entera.

El rostro de Edwin se ensombreció; frotó el pulgar contra el índice, como contando pérdidas. La masacre de sus ancestros parecía aún aferrada a estas paredes.

—Desde entonces dimos por destruida una cueva canalizadora y dejamos solo seis cristales a ojos del reino. Reservamos uno fuera de las minas, bajo nuestro poder por si la historia insiste en repetirse.

—Al menos salvamos uno.

Ni siquiera esa certeza alivió la decepción en el rostro del tritón.

—Solo se han llevado tres —dijo Melton.

Alzaron la vista a los tres túneles que él señalaba. La idea se encendió al mismo tiempo en todos, como si una hebra invisible les trenzara la mente.

—Tendremos que dividirnos. Es la única forma —dijo Royce, tomando la mano de Deniel.

—Separarnos es un riesgo; no sabemos cuántos magos hay en cada túnel.

Asher vio el peso que le caía en los hombros al tritón. Pensaba en Layla, como él. Y, aun así, habló:

—Nacimos con el camino marcado, y no es un camino fácil. El peligro siempre estará detrás de nosotros y eso es un hecho.

Melton miró a Edwin.

—Ya estoy mejor; puedo soportarlo.

—Ocúltate entre las plantas —ordenó Asher, incorporándose—. Iremos en parejas. Prioridad: poner a salvo el cristal. A los magos, elimínenlos.

La rabia lo sostenía: ni extinguir al último hechicero de Tartharos le calmaría el odio que envenenaba su pecho. La muerte de Layla también era culpa de ellos por apoyar a Kayla.

—Edwin, con Deniel. Asher, con Levos. Peltos, vienes conmigo —dispuso Royce.

—Intenten no morir —cerró Deniel.

Tres túneles. Tres parejas. Un solo pulso. Era el momento de luchar y reescribir el destino.