Corona de Sal y Luna Capítulo 70
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Capítulo 70

“Ni todas las verdades salvan ni todas las mentiras hieren: lo decide el propósito”.

—¿Qué hace usted aquí, señor Filabandrel? —la voz de Celeste cayó como un sello.

Deniel sopesó el filo del riesgo: bastaba un susurro en el oído equivocado para despedazar años de trabajo. Sin esperar más tiempo formuló la pregunta que más preocupaba a todos.

—¿Cuánto escuchaste?

—No mucho. Venía a ver a Asher; Elena me dijo que estaban aquí. Solo oí algo sobre los cristales de sangre. Si eso ayuda a detener a Bahel, los guiaré con gusto.

—¿Puedes ayudarnos? —Royce calculaba la ventaja que tendrían sobre Hades si aceptaban al gigante.

—No podré llevarlos directo a los cristales, pero conozco a alguien que sí puede guiarlos por las minas.

Roger no pensaba quedarse atrás: veía por fin la brecha para huir de la isla, reunir un ejército, vengar a sus padres y recuperar su ciudad.

—Yo no podré acompañarlos esta vez. Sería un estorbo —dijo Emmond, mirando el vacío en su cinturón.

—Eres un mago excelente; claro que te necesitamos —replicó Deniel, sin descifrar la sombra que cruzó su rostro.

Con pesar, Emmond mostró el cinturón.

—Tuve que romper mi varita para vencer al cazador.

—¿Estás bien? —preguntó Celeste.

—Es una larga historia, magíster . Se la contaré con mucho gusto, pero ahora no sería de ayuda para tomar los cristales.

—Entonces solo somos tú y yo, Deniel —indicó Royce.

—No me quedaré aquí. Necesito distraer mi mente hasta encontrar a Kayla y matarla con mis propias manos —dijo Asher, asomándose por el corredor.

—No estás en condiciones.

—No me sermonees, Emmond —dijo Asher apretando los dientes—. Si no me dejan ir, me escaparé y saldré a buscar a esa zorra yo mismo.

Celeste contuvo el choque: lo último que necesitaban era un enfrentamiento. Si Asher iba bajo la mirada de sus amigos, al menos iría contenido. Ella tenía otros problemas con los que lidiar; y ser una niñera no era uno de ellos.

—Prométeme que no harás ninguna locura.

—Estoy fuera de mí; lo sé, pero no haré nada arriesgado. Solo quiero matar a Kayla.

—Entonces seremos nosotros tres y el gigante —rectificó Royce.

—Partiremos a medianoche. La oscuridad nos servirá de camuflaje —ordenó Deniel.

La noche cayó como tinta sobre las Tierras de Acero, el brillo plateado de la luna apenas peinaba las copas del bosque que abrazaba la última ciudad de enanos, cerca de Cuevacristal.

Al cruzar el portal, las casitas minúsculas le parecieron encantadoras al tritón; las distinguió a pocos metros de su escondite entre los troncos.

Royce se agachó, abriendo hueco para Asher detrás de la roca.

Un crujido les tensó la nuca. Al volverse, hallaron a Roger cubierto de ramaje y hojas.

—¡Vaya! —exclamó Deniel, alzando la vista hasta los ojos del gigante, seis metros arriba.

—Supongo que nunca habías visto un gigante —sonrió Roger divertido.

—Así no podrás entrar en la aldea —advirtió Royce—. Llamarías demasiado la atención.

El perfil debía ser bajo. Nadie podía saber que estaban allí. Si Hades buscaba los cristales, las minas estarían llenas de ojos.

—¿Cómo encontraremos a tus amigos si no puedes acompañarnos? —preguntó Asher. Sin el gigante dentro, dar con el enano correcto no sería tarea fácil.

—No necesito entrar. Deben llegar a la casa de la colina.

Nadie en la aldea debe verlos: con tantos ataques de Daavos, no dudarán en matarlos.

Cuando lleguen, entréguenle esto a Edwin Grengwood.

—Roger abrió el puño y dejó en la mano de Deniel el emblema de su casa; Celeste lo había encantado para volverlo liviano—. Él es el líder de la aldea.

—Iremos nosotros dos. Ustedes vigilen el portal. Nadie debe cruzarlo —dispuso Royce, y echó a andar con Deniel colina arriba.

El trayecto fue a salto de sombra: guardias en las bocacalles, linternas peinando esquinas. Al cruzar la calle principal rumbo al sendero, casi los sorprenden; el tritón sopló un hechizo que espantó a los gatos del callejón y desordenó la atención de los centinelas, lo justo para escapar.

Se pegaron a la esquina de la casa más próxima a la arboleda y asomaron apenas. Sin obstáculos a la vista, Royce buscó ángulo: se pegó al cuerpo de Deniel, afiló la vista de dragón y recorrió, hoja por hoja, cada arbusto y cada roca del camino hacia la casona.

—El camino está despejado; nada interesante, salvo unas rocas donde podríamos detenernos a descansar.

El jinete apretó su cuerpo contra el de Deniel, acorralándolo contra la pared.

—¡Royce! ¿Cómo puedes pensar en sexo en este momento?

—El sexo bajo tensión es excitante —bromeó.

—Acércate un poco más y te entierro en las minas —gruñó Deniel, apartando el deseo para enfocarse en la misión.

Royce le rozó el rostro y lo atrajo.

—Si salimos de esta en una pieza, me vas a deber una recompensa.

—Si salimos intactos, te daré un golpe en la cabeza. Concéntrate.

Deniel se apartó y tomó el sendero, procurando que Royce no viera su piel encendida bajo la luz de la luna.

El jinete sonrió de medio lado y lo siguió: sentía el pulso acelerado y olía el deseo revuelto en la química del tritón.

Caminaron en silencio, cruzando miradas que decían lo justo, mientras Royce afinaba sus nuevas habilidades y aseguraba cada paso hacia la colina.

Al llegar a la cerca baja de la casona, el silencio volvió a reinar, esta vez denso y frío.

—Hay más de un enano —advirtió Royce, olfateando el aire—. El rastro es fuerte.

—¿Cuántos?

—Más de veinte.

La cifra le encendió las alarmas a Deniel. Demasiados para una casa tan pequeña. Para cuando se percató, una veintena de enanos ya los cercaba.

—Nadie entra en mis tierras sin que yo lo sepa.

La voz grave emergió de la multitud: facciones recias, barba roja cubriéndole media cara al enano que se abrió paso.

—No vinimos a buscar problemas.

—Entonces, ¿por qué entraste a escondidas en mis tierras? —replicó, alzando los hombros con ironía sin despegarle la mirada al jinete.

—Necesitamos su ayuda, Edwin Grengwood —se adelantó Deniel. Era mejor sembrar la duda de cómo conocía su nombre que hacerlo perder la paciencia con rodeos.

—¿Cómo sabes mi nombre?

El tritón sacó con cuidado el emblema de la familia real de Puntadiamante. Bastó el brillo de los martillos cruzados para ganarse la atención del enano.

—¿Roger está vivo?

Edwin olvidó a los intrusos. Aquel emblema lo devolvió al gigante que le había salvado la vida. Cuando supo que Puntadiamante fue la primera ciudad de las Tierras de Acero en caer, el corazón se le heló.

—Ha venido con nosotros —dijo Royce, señalando el bosque.

—Llévenme con él.

Sin perder tiempo, Deniel y Royce guiaron a los enanos entre los árboles. Al llegar al claro, Edwin corrió hacia su viejo amigo. Roger se agachó y lo alzó entre las manos en un abrazo torpe.

—Espero que no estés pensando dejar tu ciudad en garras de los dragones.

—Voy a recuperarla.

Roger dejó al enano sobre una roca y se sentó en la hierba blanda.

—No tienes que pedírmelo. Te debo la vida. Si necesitas fuerza, aquí estamos.

—Sé que puedo contar con ustedes, pero ahora no sería prudente atacar Puntadiamante. Las pérdidas serían devastadoras y, aun ganando, no tendríamos ejército para resistir el contraataque de Bahel. Por ahora solo necesito que guíes a mis amigos hasta los cristales de sangre.

—¿Por qué los quieren?

—Celeste Gryffin los necesita en Eldryan. Alguien mucho peor que Bahel va tras ellos.

Roger midió cada palabra: Edwin, como los otros seis líderes enanos, debía proteger los cristales de los magos de sangre. Deniel y Royce se miraron asombrados; sabían lo que el gigante prefería callar.

—Confío en ti. Si esos cristales pueden atraer a alguien peor que el Rey Dragón, espero que Celeste los resguarde mejor que nosotros —dijo Edwin, volviéndose hacia ellos—. ¿Cuáles son sus nombres?

—Royce Worrel, jinete de Daavos.

El enano, al oír el reino, apretó los puños y le lanzó a Roger una mirada dura.

—Sé lo que piensas, pero Royce es de confianza —intervino el gigante—. Me salvó de una emboscada del hijo del rey Bahel.

—Aunque seas su amigo, lo vigilaré de cerca. No me fío de nadie que vuele en esas lagartijas.

Se giró hacia el siguiente.

—Asher Argent, caballero de Ashanty.

Edwin resopló, conforme.

—Al fin alguien de confianza.

Su mirada volvió a Royce, recordándole cuán bajo había caído el honor de los jinetes.

—Mi nombre es Deniel Lightmoon…

No alcanzó a terminar. Los enanos palidecieron y Edwin le cortó la voz:

—Eres el príncipe de las sirenas.