Capítulo 69
“En los momentos de tristeza, cuando la desolación nos ataca y quedamos a la deriva, el abrazo de un amigo obra su magia: se vuelve faro y refugio”.
El Árbol Sagrado volvió a respirar: la savia brilló con su antigua luz, la corteza recobró pulso. A un precio insoportable. La figura de Layla se desvaneció en el tronco, fundida con las almas que lo habitan. Su ausencia tiñó de sombra el día más negro que el reino recordaría.
Los reyes de Greenland cayeron de rodillas, suplicando a Essen la misericordia de un milagro. Los sirvientes rompieron en llanto: amaban a la princesa por su corazón noble, y el clamor de la reina, maldiciendo a la muerte, les desgarró el pecho.
Celeste se aferró al cetro con la culpa clavándole espinas en el cuerpo, aunque su juicio le repetía que había obrado bien. Layla no era guardiana solo por el peso del nombre: como todos los que vinieron antes, estaba llamada a proteger el Árbol, incluso si el voto exigía la vida.
La tristeza siguió tocando a todos y, en Deniel, talló un agujero en su alma al ver la madera intacta donde estuvo una vez Layla.
La fuerza lo abandonó; cayó al suelo, atravesado por una marea de ira y dolor que no sabía nombrar.
Royce olvidó sus propias lágrimas, enjugó las del tritón y lo sostuvo con la mirada, prestándole aliento.
Intentó resistir, pero el llanto de Deniel quebró su armadura invisible y no pudo evitar abrazarlo.
Todos sentían una pérdida irremplazable; pero solo uno vio marchitarse su mundo.
Asher cayó de rodillas, los ojos fijos en el Árbol.
Dudó si arrancarlo de raíz por arrebatarle lo que más amaba o si dejarlo ser: al fin y al cabo, Layla ya era parte de él.
Su sonrisa, su último “te amo”, avivaron la herida; las lágrimas, silenciosas, golpearon la tierra como lluvia.
La sensatez se agotó y, con ella, las fuerzas para contener la voz que pedía tomar el mando.
Con un grito súbito se alzó como fiera y soltó sus cadenas, dejándolas moverse a voluntad.
Las dagas en sus extremos buscaron el único remedio que conocían para domar la pena que lo devoraba.
Esta vez los gritos supieron a venganza.
Asher hundió cadenas y espada en la carne de los magos y hadas renegadas que sobrevivieron al ataque.
Quienes lo vieron, juraron estar frente a un demonio.
Callaron detalles por falta de palabras, pero bastó con decir que ningún prisionero salió con vida; casi todos tenían más de veinte perforaciones, y la mitad acabó decapitada por su espada.
El alto lord Kathir confesó que temió interponerse; el rey tampoco ordenó detenerlo.
Con la mirada sombría, parecía compartir la furia de Asher, y sentía aflojarse el dolor con cada herida, con cada vida segada a los traidores.
Incluso la reina reprimió, con un gesto, a Celeste para que no interviniera.
Horrorizada por la fuerza de Asher, Celeste unió su poder al de Deniel cuando ya no quedó a quién masacrar. Entre ambos apagaron el dolor del guerrero y lo hundieron en un letargo que duró medio día. Ni ese sueño logró arrancarlo de la pesadilla que acababa de empezar.
Las noticias cruzaron el continente. Proclamaron que la princesa Kayla ya no era bienvenida en Greenland ni reconocida por sus títulos. Y anunciaron lo más atroz: la muerte de Layla, que dejó de ser “el hada sin alas” para ser recordada como “el hada que salvó el Árbol Sagrado”.
La tristeza impregnó cada crónica y alcanzó Ciudad Sagrada. El sumo sacerdote mandó a llamar a Emmond sin saber cómo darle la noticia sin que el hechicero perdiera el control. No era momento para ceder a las emociones. El joven entró en el salón: lo aguardaban rostros tensos que no supo descifrar.
—Emmond, hoy han llegado noticias devastadoras para el mundo mágico —dijo el sumo sacerdote, acercándose—. Debemos compartirlas contigo: tu destino también está ligado a ellas.
—¿Mi destino otra vez? —Emmond torció la boca con ironía. Últimamente su vida cabía en esa palabra.
—El Árbol Sagrado de Essen fue envenenado por la princesa Kayla esta mañana, en un acto de traición. Layla impidió que muriera.
—¿Cómo está Layla?
Algo en la inexpresividad de los sacerdotes lo heló.
—Lamentablemente, la princesa Layla no sobrevivió a la maldición.
—¿Me están diciendo que Layla está muerta?
—Por desgracia, sí, Emmond.
Los ojos del hechicero se inundaron; el alma se le rasgó.
El tiempo se detuvo y lo obligó a repasar los últimos recuerdos de ella.
Sus sentidos se apagaron; ni siquiera alcanzó a oír el murmullo de los sacerdotes.
Nunca imaginó perder a uno de sus amigos; menos a Layla, hecha de amor y bondad.
En su mente maldijo al destino, al mundo y a los dioses por arrebatársela con tanta crueldad.
—Debo ir a Greenland —dijo Emmond, abriéndose paso hacia la salida.
—Tus amigos están en Eldryan.
El sumo sacerdote cruzó las manos; no le quedaba más que observar y confiar en que Celeste pudiera contenerlo.
—No saldrás de la ciudad. No permitiremos que te lleves el libro.
La voz áspera de Zaharan cortó el silencio y detuvo a Emmond en seco.
Mientras todos aguardaban su reacción, él se preguntó si quedaba algo de humanidad en aquel sacerdote.
Apretó los puños, impotente sin su varita, se volvió con la calma helada de un verdugo y le clavó la mirada, sin ocultar el deseo de hacerlo pedazos.
—¿Tanto les importa el poder del libro que olvidaron ser humanos?
—Compartimos tu dolor —repuso Zaharan—, pero comprenderás que el libro no debe salir de Ciudad Sagrada. Mucho menos ser mal utilizado.
Las últimas palabras resonaron como un golpe en sus oídos. El libro, atento a sus ruegos, irrumpió frente a los sacerdotes y se abrió de golpe: exhaló un raudal de energía que peinó la sala y volcó atriles y sillas.
Cuando la marea se aplacó, los sacerdotes yacían desparramados por el suelo. Solo el sumo sacerdote resistió, pálido, con el hechizo aún temblándole en las manos. Emmond los recorrió con la mirada hasta detenerse en el anciano.
—No vine buscando el libro; el libro me encontró a mí. No me contendré si intentan detenerme.
—No lo haremos. Confiamos en que sabrás darle buen uso, como lo hizo tu ancestro.
Sin esperar otra palabra, Emmond llegó a sus aposentos, tomó la escoba y salió al patio trasero de la torre.
Los gemelos y Zamira lo miraron con pena: veían a través de su pecho el dolor ardiendo.
La despedida fue breve; bastaron unos abrazos para que remontara los cielos rumbo a Eldryan, ansioso por alcanzar a Asher.
Voló un día y medio sin descanso, surcando el aire como un rayo.
Al llegar al castillo, Theodor lo interceptó y lo condujo al gabinete de Celeste.
Ante la puerta, Emmond contuvo el aliento: quiso ordenar sus palabras, pero la mente se le quedó en blanco.
Solo deseaba no desmoronarse cuando viera a su mejor amigo.
La puerta se abrió despacio; el chirrido de las bisagras anunció su entrada.
Asher, al verlo, se derrumbó. Golpeó el escritorio de Celeste con rabia. El rostro de Emmond era un recordatorio insoportable de su culpa: no había sido lo bastante fuerte para salvar a Layla. Se maldijo a sí mismo.
Emmond corrió y lo abrazó.
—No había forma de evitar su muerte. No es tu culpa.
Era devastador contemplar cómo aquel guerrero, salvaje y colosal, se había vuelto un manojo de lágrimas y astillas; hería tanto mirarlo como el recuerdo del hada fundida en el Árbol.
Deniel apretó los puños. Algo tiraba dentro de él: quizá la culpa de no haber estado más cerca de Layla por jugar a ser rey.
Se le nublaron los ojos al verlos tan rotos como él, o más.
Desde la muerte del hada, Arielle había tomado el mando de Selenya; él no se apartaba de Asher, sentía que se lo debía.
Por las noches no lograba espantar las pesadillas; el remordimiento lo despertaba, y pasaba largas horas contemplando el rostro de Royce, pensando en lo insoportable que sería perderlo.
Solo sabía que el jinete al fin dormía cuando el brillo salado dejaba de surcarle la piel.
Ambos, quebrados, se consolaban en la oscuridad, repartiéndose el peso del duelo.
Royce se acercó y tomó la mano de Deniel.
Miró a Asher y comprendió que él no lo soportaría: enloquecería al primer latido ausente de su amado, y derramaría el fuego de Xerex sobre Sthevyand hasta hallar al culpable.
En un impulso por asegurarse de que Deniel estuviera bien, lo abrazó y le secó las lágrimas.
Horas después, Asher cedió al agotamiento; bastó un sorbo del té de hierbas de Celeste para rendirlo. La anciana lo dejó dormir y ordenó al resto salir del despacho hacia la sala contigua.
—Estoy seguro de que hay una forma de traerla de vuelta —dijo Emmond, invocando el libro de Merlín.
—Aunque hayas logrado abrirlo, no creo que Merlín dejara un hechizo para resucitar a los muertos.
Todos miraron a Celeste. La anciana se acercó lo suficiente para examinar el libro.
—¿Qué sabes del libro? —insistió Emmond. Si guardaba los mejores hechizos del mago más poderoso, quizá ocultara uno capaz de regresarla.
—Merlín nunca buscó la resurrección de los muertos. Aborrecía esa magia. Nunca se sabe cómo o quién vuelve.
—¿Es posible hacerlo? —preguntó Deniel, adelantándose.
—Podría intentarse, pero tal vez no sea Layla quien regrese.
—¿Qué significa eso? —preguntó Royce.
—Merlín no creó grandes hechizos solo para detener guerras —respondió Celeste—. Luchó contra otra clase de poder. Se enfrentó a criaturas que ustedes, con un poco de suerte, no verán jamás.
—¿Hablas de magia demoníaca?
—Sí, Deniel. La magia demoníaca existe, aunque casi ha sido olvidada gracias al sacrificio de Merlín y de los dioses.
—No creo que un demonio sea lo peor que vayan a oír —dijo Emmond. Confiado de que los demonios llevaban cinco mil años encerrados, según las antiguas escrituras.
—Hades no está muerto. Envió a un mago de sangre por el libro. Afortunadamente, mis amigos y yo lo detuvimos y logramos extraerle información.
Emmond contempló el Grimorio un instante; veía peligro en cada una de sus páginas.
—Necesita el libro y al heredero de Merlín para liberar su cuerpo.
Emmond recorrió sus rostros: una calma extraña, impropia de la noticia.
—Ustedes lo sabían.
—Sí. Y también tenemos algo que contarte —intervino Royce.
—¿Están seguros? No creo merecerlo después de lo que hice.
Aunque Deniel le ofrecía comprensión, Emmond sentía que su traición seguía en pie, como una sombra.
El tritón lo sostuvo con la mirada: recordó su choque reciente, pero desde que lo vio entrar, roto por la muerte de Layla, supo que aún eran amigos.
Al fin y al cabo, no dudó en rescatarlo de Ezkel cuando le arrebató el Selenyo .
—Lo sucedido quedó atrás. Por más extraño que parezca, no puedo verte como un enemigo; mucho menos como a un desconocido.
El joven hechicero no se contuvo: corrió a abrazarlos. Les debía demasiado y haría lo que fuera por enmendar su error. Celeste sonrió con discreción, feliz de ver a los retoños que cultivó crecer juntos.
—¿Qué es eso que tienen que decirme? —preguntó Emmond, recomponiéndose.
—Somos guardianes. Royce, Asher, Layla y yo —dijo Deniel. Al pronunciar el nombre del hada, el dolor volvió a abrirle una grieta.
—Y yo soy descendiente de Merlín —añadió Emmond.
—Increíble —alcanzó a decir Deniel, sin medir aún el peso de la revelación.
—Sabes que el riesgo que corres es tan grande como el de los guardianes o mayor —advirtió Celeste—. Cuando lo descubran, irán tras de ti por los secretos que esconde el libro.
“Una nueva preocupación”, pensó Celeste. No solo por los magos ambiciosos del reino: cuando su hermano lo descubriera, movería cielo y tierra para atrapar a Emmond. Si la escuela ya era peligrosa, ahora sería un campo de batalla.
—No debes decirle a nadie. Si Hades se entera, serás su principal objetivo.
—¿Descubriste el paradero de Hades? —preguntó Royce. Como guardián, hallar al hechicero era vital; si conocían su escondite, podrían encargarse de él ahora que estaba débil.
—No sé dónde se oculta, pero sí sé que planea robar los cristales de sangre de Cuevacristal.
—No podemos permitirlo. Mi hermano no tiene límites cuando se trata de usar esos cristales —dijo Celeste, dejándose caer en uno de los sillones.
Todo se enredaba y los guardianes aún no estaban listos. Mil conjeturas cruzaron la mente de Celeste sobre el uso de los cristales; con su hermano, lo impensable siempre era opción.
—Sé dónde están los cristales.
Una voz partió el silencio como un filo. Todos se volvieron hacia el intruso, temiendo cuánto había alcanzado a escuchar.