Corona de Sal y Luna Capítulo 68
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Capítulo 68

“Hay sacrificios cuyo precio es tan alto que su recompensa no pertenece a esta tierra”.

La batalla en el reino de las hadas cobraba una vida por latido.

Caían cortesanos, sirvientes y magos de sangre al servicio de Kayla por igual.

Uno de los objetivos centrales del asalto era el alto lord de los elfos: un obstáculo potencial si sobrevivía después de conocer la verdad sobre la muerte de su hijo.

Por más enemigos que lo cercaran, se defendía con una destreza que honraba su lanza y su agilidad al trenzar magia y acero.

Con un golpe mixto de hielo y fuego abatió a tres magos de sangre que masacraban a un grupo de elfas de su corte: uno ardió; a los otros dos los atravesaron lanzas heladas que, al deshacerse, dejaron brotar la sangre a borbotones.

Kathir rebosaba de fuerza; la energía le chisporroteaba en la piel.

Aun así, su mente seguía atrapada en el recuerdo de su hijo.

No advirtió el cerco hasta que un ataque sorpresa lo derribó y la lanza rodó lejos, dejándolo como un simple elfo de los bosques.

Dos oponentes se le echaron encima y desataron la maldición de la muerte, determinados a extinguir su linaje.

Los hechizos le relampaguearon en las pupilas; no se amedrentó: salió a su encuentro.

Pensó apenas en la dicha de reunirse con su esposa y su hijo.

Solo lamentó no arrastrar a Kayla al mismo barco rumbo a las sombras.

Las luces murieron con el frío tacto de las cadenas de Asher.

El caballero absorbió los maleficios y los devolvió a sus dueños, despojándolos de sus escobas.

Kathir lo miró atónito, preguntándose qué lo movía a ayudarlo, después de todo lo que había intentado hacerle, aunque fuese por culpa de un engaño.

La respuesta podía esperar. Recuperó la lanza, la hizo girar sobre su cabeza y clavó un extremo en el suelo.

Las rocas exhalaron llamaradas que se alzaron como hogueras; los hechiceros quedaron atrapados en un horno rojo.

Sus gritos le arrancaron un amago de misericordia. “¿También serían padres?”, se preguntó. A pesar de estar herido por la pérdida de su hijo, sabía que aquellos hombres no conocían la piedad, habían venido a matar: estaban tan vacíos como Kayla.

Kathir gruñó y avivó el fuego hasta oír el crujido final; los huesos se quebraron una y otra vez, hasta volverse ceniza.

Cuando las llamas cedieron, inclinó la cabeza con respeto hacia Asher, en agradecimiento por recordarle que aún no era momento de marcharse.

Asher le devolvió el gesto con un parpadeo y se lanzó contra otra avanzadilla que abría brecha hacia los reyes.

No dejaría que Layla sufriera la pérdida de sus padres como a él ya le había tocado.

Cada segundo volvía la lucha más mortífera, manchando los muros con sangre inocente por el retorcido anhelo de poder de un alma desolada.

Ese horror se reflejó en los ojos de Celeste cuando el caos marchó hacia ella.

Magos y hadas al servicio de Kayla la cercaron y trenzaron un hechizo de convergencia para abatirla y llevarle la cabeza a su futura reina.

La anciana transformó su varita en cetro y desplegó la magia de espacio: un vórtice bebió los encantamientos y los escupió de vuelta contra cada uno de sus dueños en un ataque múltiple.

Cayeron por su propia hechicería, pero no dejaron de acecharla.

Los magos de sangre fueron los primeros en recomponerse.

Celeste alzó el cetro y sus ojos hallaron calma: todos los que la rodeaban se hundían de rodillas.

Deniel llegó junto a ella y tomó el control a través del dolor; les retorció las entrañas a medida que la sangre les hervía. Concentrado en el encantamiento, no advirtió a las hadas traidoras abalanzarse y ni siquiera se sobresaltó al verlas caer como moscas bajo el fuego dragón.

—Debemos detener esto cuanto antes —ordenó Celeste.

—Será difícil mientras Kayla siga en pie.

Deniel sabía que la clave era derrotar a la líder; pero esa tarea le correspondía a Layla. Necesitaba vencerla para convertirse en la guardiana que estaba destinada a ser.

Las auras de ambas hadas ardían al límite.

Cruzaban poder golpe tras golpe y desataban ondas que arrastraban a cualquiera en su estela.

Descendieron desde la bóveda en una espiral vertiginosa; se trenzaron a puñetazos hasta casi rozar el suelo.

Entonces Layla la fulminó con un rayo de luz y la estampó contra una columna.

Kayla rugió, contempló sus alas por si alguna estaba rota y midió la salida si la ocasión se abría.

Barrió el salón con la mirada: su plan avanzaba.

Algunos lores habían caído; su mano derecha y Jace habían escapado, era el momento de asestar el golpe final.

Layla no desperdició el envión. Invocó la tierra y del suelo emergieron dos manos pétreas que se cerraron sobre Kayla.

Toda su furia estaba allí, la urgencia de poner fin a aquella locura y encerrarla en la celda más oscura del castillo por el asesinato de Elvain.

Kayla alzó el vuelo, el hechizo se estrelló y estalló en pedazos.

Riéndose, disparó magia oscura. Layla la contuvo con un escudo de luz, respiró y lo volteó en su contra.

No bastó. Buscó justicia y arrojó un rayo de pura energía.

Esta vez, el hada oscura no lo esquivó: encajó su poder contra el de su hermana para decidir cuál de las dos era la más fuerte.

La magia de ambas se devoraba; aun así, la de Layla avanzó empujada por su voluntad.

Al ver retroceder su rayo oscuro cada vez más deprisa, Kayla entendió que no era rival para su hermana.

Las palabras de Jace le llegaron como una burla: jamás estuvo lista para enfrentarse a un guardián.

Palpó el bolsillo oculto del traje, sintió el cristal de sangre y supo qué hacer.

Hizo estallar su magia y huyó como una cobarde, dejando a los suyos a su suerte.

Layla la siguió; Asher se lanzó tras ella para evitar una trampa.

Deniel aprovechó y desató la furia de las tormentas: las nubes grises invadieron el salón, el trueno rugió, el viento azotó a los magos en sus escobas y los estrelló contra los muros, mientras los rayos los abatían sin clemencia.

Celeste intervino y aprisionó a cada traidor o mago de sangre que sobrevivió a la descarga del tritón.

El Consejo Mágico los juzgaría; llegarían al fondo de la rebelión.

Mientras Deniel y Celeste restablecían el orden, Layla cercó a su hermana, cerrándole el paso con cuanto hechizo sabía: no la dejaría huir otra vez. Y entonces, lo extraño: su magia se desvaneció engullida por un portal. Kayla sonrió satisfecha, esta vez sí tendría su premio.

Layla rastreó el origen y descubrió un rostro nuevo: una hechicera de mirada siniestra.

No sabía cómo había llegado ni cuál era su vínculo con Kayla, pero pensaba hacerla pagar por proteger a una asesina.

Alcanzó a reunir un ataque; pero Pheelix fue más rápido y la golpeó por la espalda, derribándola, directo hacia la espada de Jace.

Asher ahogó las ganas de matarlo. Con un látigo de cadenas atrapó a Layla y la arrastró fuera del alcance del caballero.

—Antes de marcharme, te dejaré un regalito, hermanita.

Kayla se acercó a Pheelix y recitó un hechizo.

Lo enloqueció hasta volverlo una criatura maldita: los ojos se le tiñeron de rojo, los dientes se partieron en diminutas dagas, y las alas doradas se marchitaron hasta un marrón seco.

Los reyes corrieron hacia Layla; al ver aquella deformidad, solo pensaron en el Árbol.

Como si aquel pensamiento fuera un gatillo, Pheelix se lanzó contra el Árbol Sagrado. Hundió uñas y dientes en la madera, inoculando el veneno que Kayla le había grabado en la piel.

Las hojas del Árbol se opacaron, deshaciéndose en jirones que el viento abatía.

El miedo heló a todos, menos a Layla: por dentro se retorcía, como si el dolor buscara salida.

No oyó a sus padres ni a Asher; la única melodía eran los gritos del Árbol y el padecer de los seres mágicos que reposaban en él.

Celeste llegó al jardín, la vio doblarse en los brazos del caballero y no necesitó mirar al árbol para saber que moría.

—Layla, solo la magia que compartes con Essen puede salvarlo.

Era cruel verla sostener ese dolor. Pero se negó a la inutilidad. Aleteó casi sin fuerzas, posó las manos sobre el tronco y, de inmediato, este se abrió y la absorbió, bañándola en la luz etérea de las almas que moraban en él.

—Hay que separar a Pheelix del Árbol —ordenó Celeste.

Royce no esperó, desató sus llamas y lo volvió ceniza en un instante. La criatura ni siquiera chilló, como si, en ese estado, careciera de alma.

La maldición se detuvo, pero el veneno ya prendía en las fibras del Árbol. Todo dependía de que Layla pudiera revertirlo.

—Espero que mueras.

Kayla rio, confiada en que el árbol la quebraría.

No vio venir a Deniel: el brillo de luz de luna cayó sobre ella y, cuando quiso escapar, ya era tarde.

La magia del tritón le destrozó un ala. Cayó como piedra.

Los guardias volaron a por ella, pero un cuervo de ojos rojos se adelantó y, al rozarla con las garras, ambos se desvanecieron.

Un latido después, la hechicera arrastró a Jace fuera de Greenland.

La reina Vanya llegó hasta Layla.

—Olvídate del Árbol. ¡Sal de ahí!

—Para esto nací. Es mi deber como guardiana.

—Y el nuestro es protegerte. ¡Te ordeno que te detengas! —bramó el rey.

—Layla, por favor —suplicó Asher.

Ella lo miró con ternura y le regaló una sonrisa antes de desatar todo su poder. A medida que sus alas brillaban, comenzaron a deshacerse, reemplazando con su energía cada fibra infectada del Árbol.

—Tus alas. Las perderás —insistió Asher.

—Viví sin ellas toda mi vida. Si sirven para sanar y proteger a mi pueblo, las entregaré con orgullo.

Layla ofrecía algo más que las alas: el Árbol le drenaba su esencia. El poco fulgor que le quedaba creció cuando las alas desaparecieron; después, su cuerpo. Una lágrima de amor y orgullo le cruzó el rostro antes de regalarle a Asher una última mirada y dejarle, como caricia, un fugaz:

—Te amo.