Corona de Sal y Luna Capítulo 67 #2
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Capítulo 67 #2

Conocía el vínculo entre los cuatro, y le complacía aplastarlo: su hermana enloqueciendo en soledad por la injusta muerte de Asher; el príncipe tritón cargando con la culpa de arruinar el poco prestigio que le quedaba a su pueblo; Celeste abandonada por los grandes del reino; y ese chico enmascarado…

ya vería. Si era necesario, también lo mataría.

—Soy testigo de que el joven lord Elvain amenazó de muerte a Asher en mi presencia —declaró Deniel.

No pudo seguir. Una figura se alzó contra él: sintió la descarga mágica a su izquierda y se volvió, atónito ante la falta de respeto del alto lord de los elfos, que desató el poder de su lanza en un estallido de ira.

Alzó una mano y el ataque se deshizo en el aire ante toda la corte, arrancando un jadeo unánime.

La magia del elfo fue engullida por la fuerza de la luna y de los océanos.

Deniel sonrió ladino: una jugada arriesgada cruzó por su mente, pero era vital imponer respeto al reino de las sirenas; debían dejar de verlos como una raza débil.

Soltó su poder, atrapó a lord Kathir y lo alzó del suelo.

El elfo abrió los ojos de golpe al verse sometido por un adolescente.

No comprendió la fuerza del tritón hasta que sus músculos se negaron a obedecer y el metal de su lanza repicó contra las baldosas.

El aire cambió, no por la brisa de los ventanales, Deniel tiró de él, obligándolo a caer de rodillas a sus pies, obligándolo a mantener la frente pegada al piso.

—Creo que necesitas educar mejor a tu corte. Considero una falta de respeto contra la corona de Selenya que, en una ceremonia tan importante, intenten asesinarme.

—Me disculpo por el atrevimiento de mi alto lord —repuso Kayla—. Como futura reina de Greenland, te ofrezco la libertad de elegir su castigo.

Kayla estaba segura de que no se atrevería a matarlo: primero, por su carácter, siendo amigo de Layla, la benevolencia lo dominaba; segundo, no sería tan necio como para morder el anzuelo y romper siglos de paz con las hadas.

El olor a trampa estaba en el aire. Deniel no necesitaba el olfato de los jinetes para notarlo.

La princesa buscaba apartar los obstáculos, y cada amigo de Layla lo era.

Recordó los consejos de Merckles y eligió la calma, pero no sin devolver al elfo a su lugar: con un gesto lo lanzó de regreso al asiento, astillando el trono de madera con el impacto.

—Ya está suficientemente castigado por la vida —dijo—. No meteré el dedo en la llaga. En todo caso, me parece más justo que él decida el castigo que recaerá sobre el asesino de su hijo.

—Entonces, ¿estás de acuerdo en que Layla y Asher deben ser castigados? —la sonrisa cínica de Kayla floreció sin pudor en su rostro.

Deniel avanzó hasta la escalinata del trono, se detuvo y dejó asomar su gesto más pícaro.

—Pero solo hay un asesino… Mejor dicho, una asesina.

Kayla tembló pese a su postura férrea. No sabía qué tramaba Deniel, pero su expresión anunciaba problemas.

Sin dar tiempo a nadie, extendió la magia y apresó a Pheelix y a Jace. Los obligó a mirarlo, y desató el encanto de tritón: los volvió títeres obedientes. Perdidos entre el deseo y la sumisión, se colocaron a ambos lados de él.

—Dices que Jace fue testigo de cómo Layla asesinó a Elvain por órdenes de Asher. Preguntémosle si es cierto.

—¿Por qué Jace respondería a tu pregunta? —escupió Kayla.

—Porque lo amo.

Sin esperar orden, Jace salió en su defensa y dejó a todos boquiabiertos.

—¿Qué les hiciste? —lo acusó Kayla. Sabía que su teatro se desmoronaba; bastaba con que ellos escupieran la verdad.

—Solo utilicé el encanto de las sirenas. Ahora creen que me aman y me obedecerán.

—Jace, ¿estuviste presente cuando Asher asesinó a Elvain?

El caballero alzó la cabeza para responder como sentía que Deniel lo deseaba.

—No. Solo ayudé a Layla a entrar en el bosque para llevarla con Kayla.

—Eso no significa nada —chilló ella descompuesta.

—Mientras Elvain era asesinado, Kayla sostenía una conversación conmigo.

O eso parecía. Mi novio —Deniel señaló a Royce; a estas alturas, después de que Roger los exhibiera aquella mañana, ya no había nada que ocultar— es jinete y ve a través de los encantamientos.

Mientras yo creía hablar con Kayla, era Pheelix quien estaba en su lugar.

—¿Me acusas de asesina?

—Pheelix, ¿con quién hablé a través de la esfera?

—Conmigo.

—¿Por qué lo hiciste?

—Porque Kayla me lo ordenó.

—Nadie creerá a tus marionetas —arremetió Kayla—. Es obvio que los usas para salvar a mi hermana y a ese traidor. ¿Qué se puede esperar de alguien como tú? Ni siquiera tuviste la decencia de ocultar tu aberración en el baile de Eldryan.

—La intimidad del príncipe Deniel no es asunto de este juicio. No es delito. Las tuyas, en cambio, sí lo son —dijo Royce, cortante—. Y puedo probar que mientes.

Royce caminó hacia Deniel, dejó a un lado la calma y recobró su carácter volcánico. Cruzó una mirada con Celeste; bastó para recordarle el viejo truco.

—Es hora de usar el cristal de luz.

La hechicera arrancó de la pared un cristal de luz y lo dejó en el centro del círculo que cerraron Deniel, Royce, Jace y Pheelix. Todos se tomaron de las manos para enlazar los recuerdos vinculados a la muerte del elfo.

El primer recuerdo fue el de Jace: la enfermería del castillo, Judith curándolo.

Cuando ella se apartó, él tomó una esfera y habló con una figura borrosa que no terminaba de definirse; el mensaje, sin embargo, fue nítido: Kayla se enfrentaría a su hermana y, muy pronto, su objetivo estaría cumplido.

El segundo recuerdo fue el de Pheelix. Como un perro obediente, se ciñó un collar de Kayla antes de comunicarse con Deniel; la prenda encantada lo mostraba como su copia fiel.

Los recuerdos de Deniel y Royce aparecieron a la vez: la mente del tritón devolvía el reflejo de Kayla en el cristal; los ojos del jinete mostraban, en cambio, la imagen ridícula de Pheelix con un collar de mujer, repitiendo palabra por palabra lo que decía la falsa Kayla.

—¡Eres un monstruo! —gritó Layla, consumida por la rabia.

Sus alas brotaron como si una llave liberara su magia. El aura que emanó la envolvió de un brillo que dejó sin voz a la corte: jamás habían sentido un poder similar. Su energía era tan sólida como la del propio Árbol Sagrado.

—Nadie me impedirá gobernar Greenland —declaró Kayla—. Esta corona es mía por derecho, y desde hoy te nombro traidora de la nación.

Alzó las manos e invocó la oscuridad sobre su reino.

Un enjambre de magos de sangre irrumpió por los ventanales en sus escobas, lanzando encantamientos mortales.

La confusión y los gritos desataron una estampida.

Sirvientes y cortesanos corrieron hacia la entrada, pero encontraron la muerte: la puerta se abrió de golpe y una docena de hechiceros harapientos invocó la maldición de la muerte para detenerlos.

Quien no apoyara a su futura reina no sería bienvenido en el castillo.

Aprovechando la confusión, Kayla atacó a Layla con la clara intención de matarla de un solo golpe. Dejándole claro a sus padres que una de las dos sobraba en el reino… y, costara lo que costara, no sería ella.