Capítulo 67
“No es el filo de las palabras lo que complace al engaño y a la mentira, sino la mirada tardía de quien, desde el polvo, comprende que ya no hay vuelta atrás”.
—En nombre de la princesa heredera Kayla Hildegard, primera de su nombre, futura reina de las hadas y protectora de los espíritus, se abre este salón del trono para iniciar el juicio del caballero Asher Argent, acusado del asesinato del joven lord Elvain Wersching, heredero al trono del Bosque Encantado y al título de señor de los elfos.
»Junto a él, la princesa Layla Hildegard será encausada como cómplice tras descubrirse un vínculo afectivo entre ambos no consentido por la corona. Para la defensa, comparece la directora del Colegio de Magia Eldryan, la señora Celeste Gryffin.
Pheelix alzó una ceja al verla; intuía que, esta vez, su fama no bastaría para salvar a sus alumnos. El primer pliegue de su caída ya estaba trazado.
Una marea de susurros barrió el salón. Por muy irritados que estuvieran los ciudadanos de Greenland, sabían que la palabra de Celeste era ley.
Su criterio inquebrantable y su temple de acero ante la vileza le habían ganado un nombre: la Hechicera de la Justicia.
Hasta el juez supremo vacilaría antes de dictar sentencia después de escucharla.
Celeste avanzó hacia el podio sabiendo que no iba a un debate, sino a una guerra.
Carecía de pruebas suficientes para demostrar la inocencia de Asher y, si él caía, Layla caería con él.
Una vez más, el destino del mundo mágico pendía de sus manos.
Mientras subía los peldaños, percibió la oscuridad en los ojos de Kayla; no era sombra: era intención.
Si el veredicto no obedecía a sus planes, Sthevyand vería renacer a otro Hades.
—Todos lamentamos la muerte del joven lord —dijo, clara—, pero para no sumar injusticia a la pérdida, los convoco a la reflexión.
El alto lord de los elfos ciñó los dedos a la lanza. No deseaba un sermón sobre justicia. Nunca la hubo para su hijo. La hechicera le provocaba un asco antiguo; lo humillaba. Contenerse era un acto de fuerza.
—Como cada año, el Torneo de Caballeros se celebró bajo las mismas salvaguardas de décadas atrás —prosiguió Celeste—.
Aun así, hemos perdido a un joven elfo de gran talento: una ausencia irreparable.
Pero no podemos fabricar culpables para calmar el dolor.
Una decisión torcida y la pérdida será definitiva para todos.
Lord Kathir estalló. No permitiría que mancillaran el buen nombre de su hijo ni la luz de su recuerdo por obra de dos infames sin escrúpulos.
—Si la seguridad del castillo hubiese sido digna, mi hijo estaría vivo y no dentro del Árbol Sagrado. Él —señaló a Asher— lo asesinó. No descansaré hasta tener su cabeza.
—Comprendo su dolor…
—Usted no comprende nada. Al parecer, superó la muerte de su hijo cuando encerró a ese demonio. Exijo el mismo trato. Quiero su cabeza.
El lord elfo dejó atrás la razón. Apuntaba la lanza contra Asher sin pudor. Su mirada, afilada, le recorría la piel como un filo. A ratos se desviaba hacia Layla: contra ella hervía su rencor. La culpaba de la desgracia y, aunque debía evitar un conflicto con la corona, la haría pagar.
Algo crujió en el fondo de Celeste: el recuerdo de su hijo, vuelto dolor. La lumbre trepó por su pecho, dispuesta a calcinar la serenidad que proyectaba; los ojos se le llenaron de lágrimas, mas no era el momento.
—Le recuerdo, lord de los elfos, que cuando murió mi hijo no recibí de usted una sola línea de condolencia —dijo firme—. Sufrí su muerte y no me tomé la justicia por mi mano; lo hice por el bien del reino.
»Es cierto: su hijo murió durante el torneo. Pero fue a él a quien se vio, en varias ocasiones, amenazando de muerte al acusado.
—¿Acusa a mi hijo de intentar asesinar a un cualquiera?
—Si así se refiere a los plebeyos de su corte, dice mucho de usted como lord .
Kayla amagó con intervenir y se contuvo. Esperaría a que la herida se abriera sola: lord Kathir desestabilizaría a Celeste; ella solo tendría que tirar de los hilos. Con un gesto, ordenó a su mano derecha que permaneciera inmóvil.
—Asher me informó que combatió con Elvain en el bosque —continuó Celeste—. Cuando Layla llegó, Elvain aún estaba con vida. Lo curioso es que el joven lord murió por el encantamiento de un hada que lucía exactamente igual a usted, princesa Kayla.
El rumor se volvió acero. Los cortesanos contuvieron el aire ante la audacia de la acusación.
Lord Kathir vaciló, sin saber si Celeste desenmascaraba la verdad o urdía un ardid.
Todos se agitaron, salvo el hada oscura.
Pese a la mirada de horror de sus padres, se mantuvo serena.
Contaba con aquella acusación. Con gracia, se levantó del trono. Alzó una mano; el silencio cayó.
—La acusación que me haces es severa, Celeste, y podría costarte mucho más que tu precioso colegio —dijo Kayla, ladeando la cabeza hacia su sirviente—. Traedme al testigo.
Las puertas, a mitad del salón, se abrieron y dieron paso a Jace. Traía una máscara de víctima tan bien trabajada que, por un latido, hasta a Celeste se le encogió el estómago.
—Maldito —susurró Asher.
—¡Por eso me ayudaste a entrar al bosque: para servirle de testigo a mi hermana! ¡Me tendiste una trampa! —escupió Layla.
La desesperación y el temor a perder a Asher la arrojaron a hablar a destiempo, socavando la defensa de Celeste.
—Así no hablan las princesas —aprovechó Kayla, hundiéndola ante la corte.
—¡Tú no eres una princesa: eres un demonio!
—¡Layla, suficiente! —la cortó Celeste. Sabía lo que Kayla tramaba; y, por desgracia, lo estaba logrando.
Con la mirada inquisitiva, Kayla encaró al jurado y alzó la voz, como si los llevara sujetos por hilos invisibles.
—Jace Conant es uno de los caballeros que participaron en el torneo.
Tuvo la desdicha de enfrentarse al acusado y solo escapó porque Elvain intervino en su defensa.
Mi hermana, que debía velar por el reino, se volvió contra su prometido por órdenes de su amante para asesinarlo a sangre fría y anular así su compromiso.
—¡Fuiste tú quien asesinó a Elvain! —saltó Layla.
No podía contener la rabia. La corte la miraba como a un ser despreciable, y todo por culpa de su hermana, por su hambre de poder.
—Por desgracia, no pude estar allí para impedir la tragedia —prosiguió Kayla—. Durante la celebración del torneo mantuve una conversación con el príncipe Deniel Lightmoon. Él puede afirmarlo.
Bastó oír el nombre para que Layla palideciera. Si era cierto, si Deniel confirmaba su coartada, Asher estaba perdido. Celeste no había contemplado esa grieta; al ver la desesperanza tomar forma en el rostro de Layla, temió no poder salvarlos.
—La palabra del príncipe de las sirenas bastará para probar la culpabilidad de mi hermana y de su cómplice —sentenció Kayla, señalándola sin pudor.
Los reyes de Greenland, sobrecogidos por el destino de su hija, buscaron una salida.
Sabían que Layla no haría algo así; conocían cada paso de Elvain antes de su muerte. Pero todas las evidencias se alzaban contra Asher y contra ella. Poco podían hacer sin que pareciera abuso de la corona.
El aire cambió de golpe. La magia sacudió la sala y todas las miradas confluyeron en el centro, donde un portal se abrió burlando las protecciones del castillo.
El primero de los intrusos atravesó los destellos en espiral.
Layla sonrió al reconocer el cabello rubio con el mechón azul que se materializaba como un rayo de esperanza.
Quizá él podía condenar a Asher; aun así, algo en sus entrañas le aseguró que estaba a salvo.
Celeste lo entendió al instante: aquel portal conectaba con Eldryan.
Y cuando vio surgir a Deniel y a Royce, supo que la batalla apenas comenzaba.
Por poderosa que fuese, Deniel podía hacer lo que ella no haría: por salvar a sus amigos, sería capaz de reducir el castillo a escombros.
Ella no; no por su imagen. Ahora lo veía claro: Sthevyand lo necesitaba.
Asher sonrió con descaro. Si el tritón estaba allí, no era para hundirlo: había una salida. La sonrisa se le heló un segundo al descubrir a Royce. Un tritón y un dragón juntos no eran cosa menor: mecha y pólvora. Contra la injusticia, ese par no conocía freno.
Aun con la sorpresa, Kayla mantuvo la calma. No había forma de que Deniel la contradijera; y, si lo hacía, recurriría a la magia para desmentirlo y arruinar la reputación de Selenya. Haría caer a las sirenas a lo más bajo. Nada podía salirle mal. La victoria era suya, se repetía.
—No esperaba una visita tan pronto. Asumo que vienes a abogar por la justicia. Démosle la bienvenida al futuro regente del trono de sal y luna: el príncipe heredero Deniel Lightmoon.
Los cortesanos escrutaron cada rasgo del príncipe.
Habían oído el rumor del regreso de las sirenas y de la invitación de los reyes a su coronación; verlo allí lo confirmaba.
Algunos calcularon los beneficios de comerciar con los señores del mar; otros temieron el rumbo del reino.
Las sirenas desaparecieron en la guerra, y nada garantizaba que su regreso no fuese una bomba de tiempo.
Deniel no saludó. Clavó en Kayla una mirada fría y calculadora.
La sangre le ardía: le repugnaba haber sido pieza de un ardid contra sus amigos.
Odiaba la manipulación. Si las hadas jugaban sucio, replantearía cualquier trato con Greenland.
Pero primero salvaría a Asher y a Layla; el cómo era secundario.
Y, en el camino, arrancaría la máscara de Kayla por el bien de Sthevyand.
—Vine para impedir que el asesino quede en libertad.
—Con tu testimonio podremos poner fin a esta farsa urdida por mi hermana y su amante —replicó Kayla.